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				<journal-title>Korpus21</journal-title>
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			<issn pub-type="ppub">2683-2674</issn>
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				<publisher-name>El Colegio Mexiquense A.C.</publisher-name>
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			<article-id pub-id-type="doi">10.22136/korpus21202284</article-id>
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					<subject>Artículos</subject>
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				<article-title>Las olas feministas, ¿una metáfora innecesaria?</article-title>
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					<trans-title>Feminist waves, an unnecessary metaphor?</trans-title>
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						<surname>Chaparro</surname>
						<given-names>Amneris</given-names>
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					<institution content-type="original">UNAM-Centro de Investigaciones y Estudios de Género México. amneris_chaparro@cieg.unam.mx</institution>
					<institution content-type="normalized">Universidad Nacional Autónoma de México</institution>
					<institution content-type="orgname">UNAM</institution>
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					<p><bold>Amneris Chaparro</bold>. Es doctora en teoría política por el Departamento de Gobierno de la Universidad de Essex, Reino Unido. Actualmente es investigadora en el Centro de Investigaciones y Estudios de Género de la Universidad Nacional Autónoma de México. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, nivel candidata. Sus líneas de investigación son: feminismos y estudios de género: nuevos conceptos teóricos y herramientas metodológicas. Entre sus más recientes publicaciones destacan, como autora: “Feminismo e injusticias epistémicas”, <italic>Debate Feminista</italic>, 31 (62), Ciudad de México, UNAM, pp. 1-23 (2021); “Acoso y hostigamiento sexual: una revisión conceptual a partir de MeToo”, <italic>GénEros</italic>, 28 (29), Colima, Universidad de Colima, pp. 243-268 (2021).</p>
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			</author-notes>
			<pub-date date-type="pub" publication-format="electronic">
				<day>14</day>
				<month>04</month>
				<year>2022</year>
			</pub-date>
			<pub-date date-type="collection" publication-format="electronic">
				<season>May-Aug</season>
				<year>2021</year>
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			<volume>2</volume>
			<issue>4</issue>
			<fpage>77</fpage>
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					<license-p>Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons</license-p>
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			<abstract>
				<title>Resumen</title>
				<p>En este artículo ofrezco una exploración sobre la conformación de la metáfora de las olas feministas entendida como desplazamiento epistemológico. Después de un breve recuento histórico, doy cuenta de que, si bien la metáfora resulta útil para visibilizar y sistematizar la lucha de las mujeres, un acercamiento más profundo da cuenta de sus limitaciones, omisiones y sesgos, así como de la falta de acuerdo sobre su temporalidad. Pese a lo anterior, sugiero que la metáfora es un recurso epistemológico valioso para pensar no sólo el pasado sino también el presente y el futuro de los feminismos.</p>
			</abstract>
			<trans-abstract xml:lang="en">
				<title>Abstract</title>
				<p>In this article, I offer an exploration of the conformation of the metaphor of feminist waves understood as epistemological shift. After conducting a brief historical account, I suggest that although the metaphor is useful in systematizing and making women’s movements visible, a closer look reveals its limitations, omissions, and biases, as well as the lack of consensus regarding its temporality. Despite these criticisms, I argue that the metaphor is a valuable epistemological tool for thinking about not only the past but also the present and the future of feminism.</p>
			</trans-abstract>
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				<title>Palabras clave:</title>
				<kwd>desplazamiento epistemológico</kwd>
				<kwd>metáforas</kwd>
				<kwd>olas feministas</kwd>
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				<title>Keywords:</title>
				<kwd>epistemological shift</kwd>
				<kwd>feminist waves</kwd>
				<kwd>metaphors</kwd>
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			<verse-line><italic>Quisiera esta tarde divina de octubre</italic></verse-line>
			<verse-line><italic>pasear por la orilla lejana del mar;</italic></verse-line>
			<verse-line><italic>que la arena de oro, y las aguas verdes,</italic></verse-line>
			<verse-line><italic>y los cielos puros me vieran pasar.</italic></verse-line>
			<verse-line>Alfonsina Storni</verse-line>
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		<sec sec-type="intro">
			<title>Introducción</title>
			<p>“Y, ustedes en México, ¿en qué ola están?” fue la pregunta que una colega mexicana recibió de una académica alemana en una conferencia sobre feminismo en Estocolmo, Suecia, hace un par de años. Después de una breve pausa, la respuesta de mi colega fue contundente: “Esa es una pregunta muy eurocéntrica”. Pregunta y respuesta encarnan una tensión al interior del feminismo con respecto a cómo lo imaginamos, cómo lo narramos y cómo lo transmitimos. Asimismo, pregunta y respuesta asoman sesgos y resistencias, los cuales se hacen aún más evidentes cuando exploramos críticamente la utilidad de la metáfora de las olas en el feminismo.</p>
			<p>En este artículo ofrezco una exploración sobre la manera en que se ha configurado la metáfora de las olas feministas. De manera más específica: busco argumentar que la metáfora no es inocua ni insustancial; es decir, que no se trata de un mero tropo lingüístico que sólo sirve para evocar imágenes poéticas que romantizan al feminismo como un movimiento homogéneo, simplista y monolítico. Por el contrario, argumento que el uso de la metáfora implica un corte o desplazamiento epistemológico<xref ref-type="fn" rid="fn1"><sup>1</sup></xref> que nos permite visibilizar y sistematizar la historia de la lucha de las mujeres. Ahora bien, la metáfora de las olas está lejos de ser perfecta; la manera en que ha sido potenciada desde ciertos feminismos la hace problemática en tanto que es el sitio de limitantes, omisiones y sesgos que ignoran las aportaciones de mujeres provenientes de contextos no hegemónicos. En términos metodológicos, llevo a cabo una revisión, desde la epistemología feminista, de los argumentos a favor y en contra del uso de la metáfora con el fin de ofrecer objeciones y alternativas que permitan un uso mucho más equilibrado de la misma.</p>
			<p>El artículo está dividido en tres secciones. En la primera hablo del contexto político, social e intelectual en el que las feministas radicales de los años sesenta y setenta tomaron inspiración para autonombrarse “la segunda ola del feminismo” con el objetivo de diferenciarse del viejo feminismo sufragista y, en consecuencia, posicionarse históricamente. Aquí también sugiero que la ola no es meramente retórica y que podemos entenderla como un desplazamiento epistemológico sumamente exitoso. Doy cuenta del éxito de la metáfora a través de distintos ejemplos de su uso indiscriminado, tanto en términos cuantitativos como cualitativos, en contextos más allá del anglosajón.</p>
			<p>La segunda sección comienza con una revisión crítica de la literatura feminista por parte de autoras clave que han cuestionado la utilidad de la metáfora. En general, estas autoras hablan de la necesidad de ubicar la metáfora en contextos mucho más específicos y dejar de pensarla como un ente meramente abstracto. En esta sección sugiero que, pese al éxito advertido, la metáfora implica, por lo menos, cuatro problemas importantes: el número de olas, cómo hemos de denominar al momento actual del feminismo, quién posee la autoridad para determinar en qué ola nos encontramos y qué es lo que se queda fuera de la narrativa de las olas.</p>
			<p>Con lo anterior en mente, en la sección número tres propongo una discusión de cada uno de los problemas, ofreciendo alternativas que nos invitan a repensar y re-imaginar el uso de la metáfora. En este sentido, mi postura es más bien de conciliación: busco dar cuenta de las ventajas del lenguaje oceánico en el feminismo, a la par de abrir canales de comunicación para que no se reproduzcan regímenes epistemológicos arbitrarios que obnubilan las luchas de mujeres desde otros contextos o que encarnan cruces identitarios diversos. En esta sección también hago referencia al feminismo contemporáneo<xref ref-type="fn" rid="fn2"><sup>2</sup></xref> en tanto que nos ofrece pistas sobre si la metáfora de las olas es pertinente para capturar lo que sucede actualmente en las distintas expresiones feministas. El artículo concluye con algunas recomendaciones para futuras investigaciones.</p>
		</sec>
		<sec>
			<title>Metáforas oceánicas</title>
			<p>No es del todo extraño que metáforas relacionadas con el océano funcionen de manera poderosa para describir las movilizaciones encabezadas por mujeres y otros sujetos en la búsqueda de derechos políticos, económicos y sociales. Los océanos son el sitio donde fluctúan la tranquilidad, la tensa calma y la furia descontrolada. Representan, a la vez, cercanía y distancia, aventura y tragedia, extensión y profundidad. Desde sus criaturas míticas, tesoros escondidos, historias de naufragios, piratas, acorazados y submarinos hasta procesos colonizadores y conflictos bélicos, el océano ha sido parte fundamental de los imaginarios literarios, científicos y políticos en la historia de la humanidad.</p>
			<p>Dentro del feminismo, desde hace mucho tiempo se ha hecho uso de diversos recursos lingüísticos asociados al océano para describir momentos clave: mareas, olas, tsunamis. Las mareas, nos dice la fluidodinámica, son cambios que ocurren de manera periódica en el nivel del mar, los cuales son provocados por las fuerzas gravitacionales del sol y la luna y se relacionan directamente con la rotación del planeta. Las olas, por su parte, son ondas generadas por el viento que ocurren en un cuerpo de agua. Esas ondas tienen un efecto propagador que perturba ese cuerpo de agua a través del cual se transporta energía. Finalmente, los tsunamis o maremotos son una serie de olas generadas por el desplazamiento de agua en grandes cantidades.</p>
			<p>Existen, hasta donde he podido comprobar, dos versiones con respecto al primer uso documentado de metáforas oceánicas para describir al movimiento de mujeres. De acuerdo con Nuria <xref ref-type="bibr" rid="B31">Varela (2019)</xref>, es en el trabajo de la feminista británica Millicent Garrett Fawcett (1847-1929) donde aparece por primera vez una referencia al océano para definir a uno de los movimientos sociales más importantes de finales del siglo XIX, a saber: el feminismo. A este movimiento se le daba entonces el carácter de revolución no violenta ni restringida a un solo país occidental:</p>
			<disp-quote>
				<p>[…] las fuerzas físicas que aquí obran no son las que levantan barricadas o hacen estallar cartuchos de dinamita; sería más propio compararlas con el <italic>impulso silencioso e irresistible de la marea que sube</italic> […] ya se comprenderá que la revolución pacífica de que hablamos es la que poco a poco modifica la condición política, educativa e industrial de la mujer en la sociedad (Garrett Fawcett, citada en <xref ref-type="bibr" rid="B31">Varela, 2019: 26-27</xref>; las cursivas son mías).</p>
			</disp-quote>
			<p>La otra versión, propuesta por Nancy A. <xref ref-type="bibr" rid="B17">Hewitt (2012)</xref>, sugiere que el honor es para un ensayo escrito en 1884 por la activista irlandesa Frances Power Cobbe (1822-1904). Ahí Cobbe decía que los movimientos sociales “se parecen a las mareas del océano, donde cada ola obedece a un ímpetu uniforme y lleva las aguas hacia adelante y hacia arriba de toda la costa” (Cobbe, en <xref ref-type="bibr" rid="B17">Hewitt, 2012: 660</xref>) y que los movimientos de mujeres eran el mejor ejemplo de esas olas, pues “como la marea entrante […] ha rodeado en olas separadas […] y ha hecho su parte para llevar adelante todo el resto” (Cobbe, en <xref ref-type="bibr" rid="B17">Hewitt, 2012: 660</xref>).</p>
			<p>Visto de esta manera, podemos entender cuán atractivo es pensar al feminismo como un inmenso mar en donde converge una infinitud de corrientes y contracorrientes. Asimismo, vemos que desde muy temprano en su historización no se le considera un movimiento menor sino más bien se le entiende como un punto de inflexión, quiebre y transgresión. Es así que de este movimiento irrumpe la primera y una de las más contundentes críticas a las inconsecuencias y androcentrismo del proyecto filosófico-político de la modernidad ilustrada que propugnaba principios universales de igualdad y libertad, pero sólo para una fracción de la humanidad (<xref ref-type="bibr" rid="B1">Amorós, 1997</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B27">Serret, 2003</xref>).</p>
			<p>Ahora bien, será hasta la segunda mitad del siglo XX -es decir, después de que las mujeres ya habían conquistado derechos políticos y sociales, otrora prerrogativa de los varones como el sufragio y el acceso a la educación-, que las feministas comenzaron a utilizar la metáfora de las olas. La historiadora Gabriela Cano menciona que “la noción del oleaje feminista se incorporó al vocabulario internacional de los movimientos sociales -como el estudiantil y la contracultura- en las décadas de los sesenta y setenta” (<xref ref-type="bibr" rid="B7">2018: 3</xref>), que poseían una clara inspiración marxista revolucionaria. Más específicamente, fue en un artículo periodístico publicado el 10 de marzo de 1968 en la edición dominical de la <italic>New York Times Magazine</italic> titulado “The Second Feminist Wave”, donde Martha <xref ref-type="bibr" rid="B32">Weinman Lear (1968)</xref> hace eco del término que las feministas estadounidenses de la National Organization of Women (NOW) e impulsoras de la Enmienda de Igualdad de Derechos, estaban utilizando para describir sus movilizaciones y, sobre todo, para diferenciarse y desmarcarse ideológicamente de sus antecesoras, las sufragistas de finales del siglo XIX.</p>
			<p>En el artículo, Lear se preguntaba qué es lo que estas mujeres querían y confesaba:</p>
			<disp-quote>
				<p>Cuando finalmente estaba lista para escribir un artículo sobre esta nueva marea [<italic>tide</italic>], me preparé para entretenerme; la carga [<italic>burden</italic>] feminista consiste en que el suyo es el único movimiento en la historia de la lucha por los derechos civiles que ha sido consistentemente descalificado por la más cruel de todas las armas: el ridículo (Lear, citada en <xref ref-type="bibr" rid="B22">Mendes, 2011: 68</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>En un análisis llevado a cabo por Kaitlin Mendes del trabajo de Lear en su libro <italic>Feminism in the News. Representations of the Women’s Movements since the 1960s</italic>, encontramos que quizá se trata del primer artículo publicado en un medio de comunicación de circulación nacional que busca entender qué es lo que sucede al interior del movimiento de mujeres: quiénes son esas “alegres militantes<italic>”</italic> de NOW, por qué se oponen a los concursos de belleza y los llaman “subastas de ganado” y por qué afirman que el poder es un fraude.</p>
			<p>El artículo de Lear buscaba, por un lado, describir los principales objetivos del movimiento feminista (creación de una red nacional de centros de cuidado infantil, reducción de impuestos para madres y padres trabajadores, licencia de maternidad remunerada, leyes de divorcio y pensión alimenticia justas, por mencionar sólo algunos). Pero, por otro lado, también se refería a las diferencias ideológicas al interior del feminismo, pues no sólo daba voz a las integrantes de NOW sino también a un grupo de feministas aún más radicales que, por ejemplo, advocaban por la desaparición de la familia nuclear (<xref ref-type="bibr" rid="B22">Mendes, 2011: 68-70</xref>), notando así que el feminismo nunca ha sido un movimiento homogéneo. El trabajo de Lear representa entonces un punto nodal en la clasificación discursiva y política del movimiento de mujeres a finales de los años sesenta: “al involucrarse con el movimiento, con sus integrantes y sus diferencias, de una manera seria y no trivializante, el artículo legitima al movimiento y a sus integrantes, y otorga una consideración justa a sus objetivos” (<xref ref-type="bibr" rid="B22">Mendes, 2011: 69</xref>).</p>
			<p>Habría que añadir que, al autonombrarse como la segunda ola, las feministas de los años sesenta y setenta en Estados Unidos hacían un doble juego: catalogaban retrospectivamente al feminismo decimonónico del que eran herederas directas a la vez que criticaban sus sesgos y limitaciones; y avanzaban una agenda política propia cimentada en la generación de contenidos académicos, artísticos y activistas específicos cuyo objetivo era denunciar y poner fin a las distintas formas de opresión que vivían las mujeres por su condición de género.<xref ref-type="fn" rid="fn3"><sup>3</sup></xref>
			</p>
			<p>En este sentido, Shulamith <xref ref-type="bibr" rid="B14">Firestone (1970)</xref> es muy clara al afirmar que los problemas señalados por la primera ola del feminismo aún no estaban resueltos porque si bien el movimiento sufragista tuvo orígenes radicales, terminó subsumido por grupos reformistas que contribuyeron a la creación de lo que ella llama <italic>el Mito de la Emancipación</italic>. Es decir, de una serie de ideas y prácticas que durante 50 años mantuvieron adormecida la conciencia política de las mujeres a través del confinamiento en el hogar, la invisibilización de la lucha feminista, el olvido de los nombres de las sufragistas pioneras, el entendimiento de la emancipación como responsabilidad individual y la idealización del amor romántico; a esto se referían las feministas cuando decían que la idea del poder era un fraude. Con esta crítica, Firestone hace una división tajante entre el viejo y el nuevo feminismo; el nuevo feminismo que se asume como radical constituye</p>
			<disp-quote>
				<p><italic>la segunda ola de la revolución más importante de la historia</italic>. Su objetivo: derrocar al sistema de clases/castas más antiguo y rígido que existe, el sistema de clase basado en el sexo -un sistema consolidado a lo largo de miles de años que otorga a los roles arquetípicos masculino y femenino una legitimidad inmerecida y una supuesta permanencia (<xref ref-type="bibr" rid="B14">1970: 15</xref>; las cursivas son mías).</p>
			</disp-quote>
			<p>Es así como las feministas radicales de los años sesenta y setenta en Estados Unidos inauguran, a partir del uso de la metáfora, una manera de pensarse a sí mismas y a su momento histórico: unidas a, pero a la vez separadas de la generación anterior por el inmenso océano de aquello que llamamos feminismo. Parafraseando a Virginia <xref ref-type="bibr" rid="B33">Woolf (1992)</xref>, las feministas se balancean sobre las olas, se les empuja hasta el fondo. Todo cae en tremendo chubasco, disolviéndolas.</p>
			<p>Con el uso de la metáfora de las olas, las feministas radicales llevaron a cabo lo que denominaré un corte epistemológico fundamental que, si bien no está exento de sesgos -como veremos más adelante-, se convirtió en una exitosa herramienta narrativa y didáctica. En otras palabras, la metáfora de las olas no es, y éste es mi argumento principal, sólo una metáfora inocua e insustancial: se trata de un desplazamiento epistemológico, educativo y político que ha contribuido a hacer visible y sistematizar la historia del feminismo. Antes de brindar más elementos para sostener ese argumento, me parece importante ofrecer mayores detalles sobre las metáforas como tropo retórico.</p>
			<p>Las metáforas son figuras del lenguaje que implican un desplazamiento de significado o una transgresión del sentido esperado (<xref ref-type="bibr" rid="B20">Lejarcegui Gutiérrez, 1990</xref>). Su uso no se limita al lenguaje culto en la literatura y la poesía (“convulsa entre tus brazos como mar entre rocas”), sino que las metáforas también existen en el coloquial (“un mar de llanto”) y hasta en el lenguaje académico (“el género, no la religión, es el opio del pueblo”).<xref ref-type="fn" rid="fn4"><sup>4</sup></xref> Las metáforas tienen tres elementos: comparado, comparante y base de comparación o punto común. El comparado es el objeto del que se habla, el comparante es el objeto invocado y la base de comparación o punto común es la relación que existe entre ambos términos. La base de comparación debe expresar una relación de incompatibilidad cuyo fin es crear una ilusión o construir relaciones insólitas: “sugerir algo distinto de lo afirmado, a través de una comparación que está en la mente y que se base en un atributo dominante en comparante y comparado” (<xref ref-type="bibr" rid="B20">Lejarcegui Gutiérrez, 1990: 142</xref>).</p>
			<p>La metáfora, siguiendo a María del Carmen Lejarcegui, es “un medio de comunicación, no un fin en sí mismo” (<xref ref-type="bibr" rid="B20">1990: 143</xref>). Se trata, pues, de un ornamento del lenguaje sujeto a múltiples interpretaciones que, asimismo, puede presentar dos tipos básicos de construcción: <italic>in praesentia</italic>, que es cuando el término comparado aparece de manera explícita; o <italic>in absentia</italic>, que es cuando, como el nombre lo indica, el término comparado brilla por su ausencia y sólo aparece el comparante. Entonces, teniendo esto en mente, cuando hablamos de las olas feministas, ¿cómo es que debemos entender esta construcción retórica? ¿De qué manera la metáfora de las olas es un desplazamiento, una transgresión del sentido?</p>
			<p>En primer lugar, la metáfora de las olas feministas posee como elemento comparado al feminismo, pues es el objeto del que se habla, mientras que el elemento comparante es, precisamente, la ola. La base de comparación entre ambos elementos establece una relación de analogía: el feminismo es <italic>como</italic> una ola. En tanto que el término comparado aparece de manera explícita, se trata entonces de una construcción metafórica <italic>in praesentia</italic>. En segundo lugar, hay que hablar un poco más sobre la transgresión o el desplazamiento de sentido que esta metáfora provoca y que es el sitio donde, sugiero, yace parte de su éxito. La introducción del elemento comparante, la ola, para establecer una relación de referencia con un movimiento social supone un atentado contra la relación prototípica o esperada que el elemento comparado, el feminismo, tiene usualmente con el término movimiento social. Es decir, al metaforizar al movimiento feminista como una ola, ocurre lo que Carlos Bousoño llama “desgarrón” lingüístico (en <xref ref-type="bibr" rid="B20">Lejarcegui, 1990: 142</xref>) y es lo que dota de un carácter poético a la metáfora. Entonces cuando nos referimos a <italic>las olas feministas</italic>, implicamos un contrasentido e invocamos una relación que sólo es posible de manera figurada.</p>
			<p>En último lugar, si la metáfora sugiere una analogía entre el feminismo y las olas del mar ya hemos visto que aquella funciona porque pensar al mar figurativamente evoca imágenes sumamente poderosas. Puede entonces sugerirse que la elección de metáforas oceánicas no es del todo sorprendente si consideramos que, desde muy temprano, el feminismo se pensó a sí mismo como un movimiento crítico, transgresor, revolucionario, transformador, imparable, con vasto potencial y de largo aliento. O como lo sugiere la icónica frase de la poeta Adrienne Rich, “las conexiones entre mujeres son la fuerza más temida, la más problemática y la más potencialmente transformadora del planeta” (<xref ref-type="bibr" rid="B26">1979: 279</xref>).</p>
			<p>Líneas arriba me referí a que el recurso de la metáfora de las olas contribuyó a la visibilización y sistematización de la historia del feminismo al dar nombre a dos momentos clave: el sufragismo decimonónico y el feminismo radical de los años sesenta y setenta. Ahora bien, el recurso de la metáfora también se verá beneficiado por el efecto propagador de las luchas que tuvieron lugar a lo largo y ancho del mundo y que devinieron en la conquista de derechos políticos, sociales y laborales para las mujeres. Desde Nueva Zelanda hasta Suiza, pasando por México y China, las primeras décadas del siglo pasado atestiguaron cambios sin precedentes en el devenir de las mujeres como sujetos políticos, sujetos de derechos, ciudadanas. Adicionalmente, esa propagación pone de manifiesto el éxito de la metáfora de la ola como herramienta epistemológica.</p>
			<p>En términos cuantitativos, por ejemplo, la metáfora ha inundado la producción académica, periodística y activista de feministas de las últimas décadas. Una rápida pesquisa de la frase en inglés <italic>feminist waves</italic> en el motor de búsqueda Google Académico arroja 226,000 resultados, mientras que, para la frase en castellano, <italic>olas feministas</italic>, arroja 21,200 resultados. Por su parte, la base de datos de la Dirección General de Bibliotecas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) arroja 5832 resultados en inglés, de los cuales 47% son publicaciones académicas (2753). Curiosamente, esta base sólo registra 289 resultados para el término en castellano, de los cuales 31% son publicaciones académicas (92). Estos números nos ofrecen una idea de la manera en que la noción de las olas ha contribuido a producir un imaginario feminista dentro del marco referencial.</p>
			<p>Ahora bien, esta fotografía del uso de la metáfora quedaría incompleta si nos limitamos a la descripción meramente cuantitativa. Un mapeo de la producción académica ilustra que muchas representaciones no anglosajonas del feminismo son descritas como pertenecientes a alguna ola. Por ejemplo, al examinar la historia del feminismo en la India, <xref ref-type="bibr" rid="B23">Rekha Pande (2018)</xref> nota que el Movimiento de Mujeres en la época anterior a la independencia (1850-1915) era de carácter reformista y “fue impulsado principalmente por la primera ola feminista de occidente y se concentró en los derechos básicos de las mujeres” (<xref ref-type="bibr" rid="B23">2018: 4</xref>). Alexia <xref ref-type="bibr" rid="B29">Ugalde Quesada (2021)</xref>, en su recapitulación del feminismo costarricense, ubica el inicio de la segunda ola del feminismo en la creación en 1975 del Movimiento para la Liberación de la Mujer que, de extracción trotskista, demandaba el fin de la subordinación laboral y doméstica, así como derechos sexuales y reproductivos. Marta Torres Falcón hace lo propio cuando señala que el neofeminismo o segunda ola feminista en México es producto directo de la efervescencia estudiantil de la década de los sesenta y que, desde entonces, “la lucha contra la violencia ha sido eje de cohesión del movimiento feminista” (<xref ref-type="bibr" rid="B28">2019: 208</xref>).</p>
			<p>Otras ilustraciones oportunas del uso de la metáfora incluyen trabajos como el de Tal <xref ref-type="bibr" rid="B13">Dekel (2011)</xref>, quien en una mirada desde el arte feminista afirma que las feministas israelíes dieron un salto de proporciones cuánticas -influidas por sus <italic>hermanas mayores</italic> en Estados Unidos- para situarse de lleno en la tercera ola sin haber atravesado las olas anteriores. No obstante, Dekel también sugiere que “una vez que ocurrió este ‘salto cuántico’, podemos distinguir artistas que cambiaron de un lado a otro, a veces relacionándose con las diferentes olas del feminismo […] simultáneamente, incluso en la misma obra de arte” (<xref ref-type="bibr" rid="B13">2011: 159</xref>).</p>
			<p>Finalmente, encontramos trabajos que anuncian el surgimiento de una cuarta ola. La periodista <xref ref-type="bibr" rid="B11">Kira Cochrane (2013)</xref> la describe como un movimiento más activista que académico, potenciado por el uso de tecnologías y por un sentimiento de desaliento con respecto a los gobiernos y las grandes corporaciones. Asimismo, afirma que la cuarta ola es indiscutiblemente interseccional, que se compone de muchas otras olas y es necesaria como movimiento global para estos tiempos inhóspitos. En nuestro continente también existen ejemplos que proclaman que vivimos la cuarta ola feminista. Camila <xref ref-type="bibr" rid="B25">Ponce Lara (2020)</xref> califica al movimiento feminista estudiantil chileno de 2018 como el sitio de articulación de demandas pertenecientes a olas anteriores que van desde mayor libertad sexual, aborto libre, reconocimiento del trabajo no remunerado, hasta demandas propias de la cuarta ola (es decir, demandas totalmente nuevas), como acceder a una educación no sexista y la denuncia de la violencia y el acoso contra las mujeres a través del uso de plataformas en línea. Tanto Cochrane como Ponce Lara registran el papel que tienen las emociones para el efectivo despliegue de la ola: la ira, la rabia, la indignación, pero también el humor como vehículos para la transmisión de ideas más allá de las fronteras nacionales (<xref ref-type="bibr" rid="B11">Cochrane, 2013: 90</xref>).</p>
			<p>En esta sección he ilustrado el surgimiento, los usos, implicaciones y éxitos asociados a la metáfora de las olas feministas. El alcance de la metáfora para suscribir movimientos feministas pertenecientes a contextos aparentemente disímiles es importante; sin embargo, ello no debe obnubilar la existencia de un álgido debate al interior del feminismo sobre la pertinencia de la metáfora. Discutiré este último punto en la siguiente sección.</p>
		</sec>
		<sec>
			<title>Una ola nunca viene sola: problemas y desencuentros en el uso de la metáfora</title>
			<p>En una primera instancia, las metáforas oceánicas parecen ser muy efectivas no sólo para denominar la realidad, sino también para acotar la complejidad de la historia de movimientos sociales como el feminismo. En el primer sentido, denominar la realidad, la metáfora nos permite escuchar, presenciar y hasta -para algunas de nosotras- <italic>sentir</italic> que somos parte de ese <italic>impulso silencioso e irresistible</italic> de las mareas verde y violeta exigiendo “aborto legal para no morir” y que no haya “ni una más, ni una asesinada más”.<xref ref-type="fn" rid="fn5"><sup>5</sup></xref> En el segundo sentido, como acotamiento de la complejidad, encontramos una apuesta epistemológica que nos permite visibilizar y sistematizar la historia y las contribuciones teórico-políticas del feminismo. Esta apuesta, no obstante, se ha convertido en un punto de tensión dentro de la reflexión feminista contemporánea como veremos a continuación.</p>
			<p>En años recientes, la metáfora de las olas feministas ha sido blanco de escrutinio dentro de la literatura académica. Lo anterior se hizo evidente en un número especial de la revista <italic>Feminist Formations</italic> donde un grupo de historiadoras feministas discutieron si ya era momento de saltar del barco y abandonar la metáfora (<xref ref-type="bibr" rid="B19">Laughlin <italic>et al</italic>., 2010</xref>). Si bien, por un lado, coincidían en que la metáfora tiene una potencia didáctica que ha permitido contar la historia del feminismo -sobre todo el estadounidense-, por otro lado también señalaron algunas de sus limitaciones:</p>
			<p>
				<list list-type="order">
					<list-item>
						<p>La inclinación a favorecer lo que Dorothy Sue Cobble llama “el modelo de las dos olas”, la sufragista y la radical, deja vacía una brecha de casi 50 años entre una ola y otra. El problema es que en esa brecha la movilización feminista continuó, <italic>pero</italic> estaba encabezada por mujeres de color que seguían luchando por el derecho al sufragio y por mujeres de clase obrera que crearon sus propios movimientos sindicales (Cobble, en <xref ref-type="bibr" rid="B19">Laughlin, 2010: 89</xref>).</p>
					</list-item>
					<list-item>
						<p>La metáfora de la ola entonces sólo parece resaltar el trabajo de las feministas blancas de clase media (Gallagher, en <xref ref-type="bibr" rid="B19">Laughlin, 2010: 82</xref>). Puede decirse que esto ayudó a la configuración de un feminismo hegemónico y a la (re)producción de un oleaje que invisibiliza, como vimos en el punto anterior, las aportaciones de mujeres que se manifiestan desde cruces identitarios no hegemónicos y cuyas luchas son muy distintas a las de las feministas que cuentan con ciertos privilegios de clase, etnia, nivel de escolaridad y orientación sexual.</p>
					</list-item>
					<list-item>
						<p>El establecimiento de diferencias generacionales como un factor inherente a la metáfora de las olas (Cobble, en <xref ref-type="bibr" rid="B19">Laughlin, 2010: 89</xref>) provoca roces y quiebres políticos entre las representantes de las diferentes olas y, además, impide entender al feminismo como lo que realmente es, un movimiento sumamente complejo, plural, continuo, con avances y retrocesos.</p>
					</list-item>
				</list>
			</p>
			<p>En una vena similar, Dean y Aune sugieren que la metáfora de las olas tiene un alcance limitado fuera de contextos anglófonos porque las historias de los feminismos son sumamente diversas y no se acomodan fácilmente a las narrativas hegemónicas (<xref ref-type="bibr" rid="B12">2015: 381</xref>). Estas autoras fijan su atención en países de Europa del Este con un legado postcomunista o postfascista en donde el marco de la narrativa de las olas no es aplicable en tanto que la protesta social fue desmovilizada de manera tajante por los gobiernos autoritarios, o porque se apostó por perpetuar estereotipos que enfatizaban el papel de las mujeres como esposas y madres. Los movimientos feministas en estos países surgieron, sobre todo, en momentos marcados por el derrumbe del bloque socialista y la entrada de la economía de mercado a finales de los años ochenta que supuso el empeoramiento de las condiciones de vida para muchas mujeres. Teniendo esto en mente, para Dean y Aune sería un error pasar por alto la importancia de los contextos nacionales y la manera en que estos han posibilitado, o no, la asociación de mujeres y la lucha por sus derechos. Y, en este sentido, apuestan por la creación de narrativas feministas situadas que respondan a la particularidad de los contextos y a las demandas feministas propias de cada región.</p>
			<p>Las anglosajonas no son, empero, las únicas voces que cuestionan el uso de la metáfora. En América Latina, las críticas provienen de distintos frentes. Por ejemplo, la propia Ponce Lara (2018), que habla del movimiento estudiantil chileno como ejemplificación de la cuarta ola del feminismo, también advierte que la correspondencia de momentos clave del feminismo en Chile con la narrativa hegemónica de las olas puede ser, en algunos aspectos, bastante forzada, pues las luchas de las estadounidenses no coinciden temporalmente con las de las chilenas (Ponce Lara, 2018: 1558). De igual manera, Katherine M. <xref ref-type="bibr" rid="B21">Marino (2021)</xref> saca a la luz las contribuciones de las feministas latinoamericanas y panamericanas en el periodo comprendido entre 1930 y 1950, que queda fuera del modelo oficial de las dos olas. Marino afirma que feministas como Ofelia Domínguez Navarro, Paulina Luisi, Clara González, Bertha Lutz y Marta Vergara</p>
			<disp-quote>
				<p>dieron lugar a la primera organización intergubernamental por los derechos de la mujer (la CIM),<xref ref-type="fn" rid="fn6"><sup>6</sup></xref> al primer tratado internacional por los derechos de la mujer y, en 1945, a la inclusión de los derechos de la mujer en la Carta de las Naciones Unidas y su categorización como derecho humano internacional (<xref ref-type="bibr" rid="B21">Marino, 2021: 13</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>Asimismo, feministas decoloniales comunitaristas como Julieta Paredes y Adriana Guzmán se oponen a la narrativa de las olas por considerar que “giran en torno a la modernidad eurocéntrica y egocéntrica”, la cual rechazan. Para ellas, no existe una historia universal del feminismo y aunque aquello que llaman las “clasificaciones ‘oficiales’ del feminismo” en olas parece tener un objetivo pedagógico es “en sí un ejercicio de poder”, “una arbitrariedad colonial y colonizadora del feminismo euroocidental” que ha excluido sistemáticamente las luchas socialistas, las luchas en contra de las dictaduras y las luchas anticolonialistas (<xref ref-type="bibr" rid="B24">Paredes y Guzmán, 2014: 19-22</xref>).</p>
			<p>Voy a sugerir que todo lo anterior nos permite pensar que el escrutinio de la metáfora de las olas revela la existencia de, por lo menos, cuatro problemas de orden epistemológico al interior del feminismo: el primer problema concierne al número de olas; el segundo requiere, por el bien del argumento, asumir que necesitamos determinar en qué ola nos encontramos o a qué ola pertenecen determinados acontecimientos feministas. El tercer problema es de autoridad epistemológica en tanto que es importante examinar quién o quiénes tienen el poder para determinar que un acontecimiento es lo suficientemente relevante para formar parte de una ola, o incluso inaugurar una nueva ola (es decir, dónde marcamos el inicio y el fin de la ola, cómo identificamos sus yuxtaposiciones y repliegues); y, finalmente, el cuarto problema indaga qué es lo que la metáfora deja fuera o es incapaz de capturar.</p>
			<p>Con respecto a los primeros dos problemas, es posible afirmar que no hay un consenso sobre el número de olas feministas y, por consiguiente, sobre en qué ola nos encontramos en este momento (aquí, además surge una crítica al carácter teleológico o evolucionista de las olas del que hablaré en la siguiente sección). Mientras que, para algunas autoras, sobre todo en la tradición anglosajona y por razones que ya he explicitado a lo largo de este artículo, la primera ola surge con el movimiento sufragista en Estados Unidos y Gran Bretaña y tiene su acto inaugural en Seneca Falls (<xref ref-type="bibr" rid="B19">Laughlin <italic>et al.</italic>, 2010</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B9">Chamberlain, 2017</xref>), para otras autoras los trabajos de las feministas ilustradas como Mary Wollstonecraft y Olympe de Gouges son el verdadero origen del oleaje feminista (<xref ref-type="bibr" rid="B31">Varela, 2019</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B1">Amorós, 1997</xref>).</p>
			<p>El desacuerdo con respecto al número de olas tiene que ver con la manera en que la metáfora se ha popularizado en los últimos años. Es decir, pese a que es producto del pensamiento feminista anglosajón de la segunda mitad del siglo XX, su uso no se ha limitado a esos confines. En consecuencia, nos encontramos ante un escenario donde la falta de claridad con respecto a la categorización de oleajes feministas simultáneos y contrapuestos se hace evidente. Por ejemplo, mientras algunas autoras aseveran que nos encontramos en los albores de la cuarta ola del feminismo (<xref ref-type="bibr" rid="B11">Cochrane, 2013</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B9">Chamberlain, 2017</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B4">Basset <italic>et al</italic>., 2020</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B31">Varela, 2019</xref>), para otras el momento actual es apenas el inicio de la tercera (<xref ref-type="bibr" rid="B3">Arruzza, 2018</xref>).</p>
			<p>El desacuerdo entre estas dos vertientes representa otro punto de turbulencia para la metáfora que puede expresarse con la siguiente pregunta: ¿cuándo se da por concluida la segunda ola del feminismo? Una respuesta sugiere que en la década de los ochenta se asomaba ya un cambio de actitud importante entre las feministas estadounidenses de los años sesenta y setenta y las jóvenes de entre 19 y 25 años que eran las beneficiarias directas de la lucha de las primeras pero que no se interesaban por el feminismo (<xref ref-type="bibr" rid="B6">Bolotin, 1982</xref>).<xref ref-type="fn" rid="fn7"><sup>7</sup></xref> Adicionalmente, en países de América Latina se daban procesos paralelos: de un lado comenzaba la apertura democrática con el fin de las dictaduras que permitió la incorporación de feministas a estructuras importantes al interior de gobiernos e instituciones transnacionales promoviendo procesos de institucionalización y transversalización del feminismo que para muchas representaría la tercera ola. Y, por otro, existía un boyante activismo como lo demuestran los Encuentros Feministas de Latinoamérica y el Caribe. En corto, el feminismo en esta región se movía y legitimaba en distintos espacios.</p>
			<p>En contraste, para autoras como Cinzia <xref ref-type="bibr" rid="B3">Arruzza (2018)</xref> los procesos de institucionalización no pueden ser considerados como una ola del feminismo. Esto es porque si pensamos al feminismo desde la tradición socialista de figuras icónicas como Clara Zetkin, la lucha feminista no puede estar desligada de la lucha de clases, no puede tener un carácter meramente reformista ni ignorar la explotación de los cuerpos, sino que debe ser revolucionaria y anti-capitalista. Aquí también vemos que, pese a que la tradición del feminismo socialista es muy vasta, éste tampoco se encuentra del todo reconocido dentro de la metáfora de las olas. Es en este mismo espíritu que la primera tesis planteada en <italic>Feminismo para el 99%: Un Manifiesto</italic> sugiere que la nueva ola feminista está reinventando y posicionando la huelga como movimiento transnacional y catalizador de cambios profundos. Aunque <xref ref-type="bibr" rid="B2">Arruzza, Bhattacharya y Fraser (2019)</xref> evitan darle un número a esta nueva ola, sí la sitúan como respuesta a la mutación más reciente del capitalismo, el neoliberalismo y le conceden el potencial de resignificar al feminismo como un movimiento militante verdaderamente emancipador. Para ellas, “la nueva ola de feminismo militante activista está redescubriendo la idea de lo imposible” (<xref ref-type="bibr" rid="B2">2019: 11</xref>). Y si somos capaces de pensar colectivamente en lo imposible, entonces es viable cambiar nuestra realidad social.</p>
			<p>Entonces, si decidimos abrazar la metáfora de las olas podemos ver cuán difícil es determinar cuántas hay y en cuál estamos. Esto me lleva a abordar el tercer y cuarto problemas epistemológicos: el problema de la autoridad y el problema de lo que se queda afuera de la ola, respectivamente. Al nombrarse la segunda ola del feminismo, las feministas estadounidenses establecieron una narrativa sobre su posicionamiento político, social y epistemológico que no tardó en volverse hegemónica e influir la manera en que otros feminismos buscaban alinearse o distanciarse de ellas. Además, hemos visto que el problema con la narrativa hegemónica es que posee enormes sesgos y reproduce prácticas de poder que han contribuido a invisibilizar e ignorar las historias y luchas de otras mujeres. Una consecuencia política de lo anterior está relacionada con el acceso de muchas mujeres al mercado laboral que no supuso una modificación de la división sexual del trabajo, sino que ahora correspondería a mujeres racializadas y marginadas hacerse cargo de esos trabajos que las privilegiadas ya no podían ejercer (cfr. <xref ref-type="bibr" rid="B15">Fraser, 2013</xref>). Ahora bien y para concluir esta sección, si pensamos que existe una necesidad científica y analítica -no política- de ordenar, categorizar o clasificar a los movimientos sociales con el objetivo de poder acotarlos para estudiarlos y entenderlos, también debemos considerar que la metáfora de las olas no puede ser vista como universal, pues pese a su imagen de vastedad, la metáfora, tal y como se presenta hoy en día, sigue siendo excluyente.</p>
		</sec>
		<sec sec-type="discussion">
			<title>Discusión: un mar de problemas</title>
			<p>Con lo visto hasta ahora, es posible afirmar que el acotamiento de la historia del feminismo en olas es un recurso analítico <italic>arbitrario</italic>: es analítico en tanto que marca momentos que se han vuelto parte del canon curricular en la enseñanza del feminismo (la lucha por el sufragio y el acceso a la educación, la libertad sexual, procesos de institucionalización y transversalidad, el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, la tipificación de la violencia de género, por nombrar sólo algunos). Empero, esa división también es arbitraria porque depende de quién, desde cuándo y cómo cuenta la historia de (cuáles) las mujeres. Esta arbitrariedad se hace evidente en la literatura feminista, donde no existe un acuerdo generalizado sobre cuántas olas hay, cuándo comenzaron, qué las hizo terminar, cuáles son los criterios mínimos para determinar que un acontecimiento forma parte de una ola o qué hacemos con aquellos eventos que se quedan a la orilla del mar o flotando a lo lejos.<xref ref-type="fn" rid="fn8"><sup>8</sup></xref>
			</p>
			<p>Todo lo expuesto hasta ahora parecería indicar que estar a favor del uso de la metáfora es una lucha poco fructífera y que lo mejor que podemos hacer es saltar del barco (la trajinera, la góndola o el yate), abandonar la misión o navegar por otras aguas. Sin embargo, el argumento que he querido defender es que la metáfora de las olas es un recurso epistemológico valioso, pero para que funcione hemos de tener en cuenta sus limitantes. Prudence Chamberlain, una de las defensoras más vocales del uso de la metáfora, sugiere que si bien ésta se ha convertido en la “narrativa maestra”, es más efectivo pensarla como un fenómeno que ocurre al interior de “un océano mucho más amplio, influida y alimentada por diversos factores”, y que para ella “[l]as olas no son la suma total de toda la acción feminista” (<xref ref-type="bibr" rid="B9">Chamberlain, 2017: 7</xref>).</p>
			<p>Aunque Chamberlain es sumamente cuidadosa en situar su trabajo en un contexto particular, el británico, nos ofrece pistas conceptuales útiles para pensar las olas más allá de rígidos cánones generacionales y contextuales. Para esta autora, al igual que para Dean y Aude, las olas son un discurso continuo cargado de significados, afectos, contextos y efectos. Añade que las olas son estructuras de sentido lo suficientemente flexibles para ser traducidas a otros contextos (<xref ref-type="bibr" rid="B9">Chamberlain, 2017: 7</xref>). En otras palabras, las olas, aunque sean metáforas, involucran flujos.</p>
			<p>Pienso que la propuesta de Chamberlain abre canales importantes para adjetivar la metáfora de las olas desde contextos particulares. Eso nos permitiría resignificar y desafiar el carácter euroanglocentrista de la narrativa y dotarla de contenidos específicos, promover la autoridad epistemológica de feministas otrora no tomadas en cuenta y disolver la idea de cortes entre generaciones de feministas que parecen rígidos e irreconciliables. En este mismo tenor, Cobble apuesta por no deshacernos de la metáfora, sino que</p>
			<disp-quote>
				<p>si se usa con cuidado y de manera consciente, el lenguaje de las olas del océano podría extenderse en algunos casos para acomodar nuevos trabajos académicos sobre historia de las mujeres, los cuales enfatizan la diversidad, la heterogeneidad y la multiplicidad del activismo de las mujeres. Sin embargo, será necesaria una revisión más fundamental si es que nuestras prácticas de ondulación han de reflejar la realidad no sólo del mundo natural, sino también del social (en <xref ref-type="bibr" rid="B19">Laughlin <italic>et al</italic>., 2010: 87</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>Un uso crítico, contextualizado y acotado de la metáfora de las olas parece ofrecer soluciones plausibles a dos de los problemas epistemológicos arriba mencionados: el problema de autoridad y el problema de dejar fuera a ciertos sujetos y acontecimientos feministas. Sin embargo, aún nos hacen falta alternativas para los problemas relacionados con cuántas olas hay y en qué ola estamos. Otra manera de frasear esos problemas es la siguiente: al inclinarnos por enumerar las olas existe el riesgo de pensar al feminismo como un movimiento teleológico. La historia misma de los feminismos nos ha enseñado que no se trata de una lucha lineal y que, además, se ha topado con varios retrocesos provocados, entre otras cosas, por la concurrencia de reacciones y movimientos anti-feministas. En este sentido, es importante cuestionar si la adjetivación de las olas -como primera, segunda, tercera y así hasta el infinito- es necesaria, pues crea expectativas progresistas (<italic>mi ola es mejor que la tuya</italic>) y jerarquías <italic>(¿ustedes en qué ola están?</italic>) innecesarias.</p>
			<p>El feminismo contemporáneo atraviesa por un momento excepcional que se potencia con la velocidad de la comunicación que cruza los océanos del mundo en unos cuantos segundos. Las mujeres han tomado las calles formando ríos verdivioláceos porque todavía tenemos que exigir derechos básicos; asimismo, han inundado las redes sociales para denunciar, muchas veces desde la seguridad que proporciona el anonimato, actos de violencia y poner nombre a sus verdugos.</p>
			<p>Pareciera que las mujeres, tanto las <italic>cis</italic> como las <italic>trans</italic>, se encuentran siempre en una suerte de vaivén, un oleaje continuo que, a momentos, se torna impetuoso y turbado. El momento actual del feminismo es impetuoso y turbado, o como afirma Marta Lamas, está lleno de “indignación, dolor y rabia” (<xref ref-type="bibr" rid="B18">2021: 16</xref>). Curiosamente, muchas de las tácticas de disrupción (intervención/ vandalización de los monumentos, <italic>performances</italic>, marchas, canciones de protesta) utilizadas por las feministas para manifestar esa indignación, dolor y rabia no son nuevas, así como tampoco es nueva la ridiculización de la que son objeto, como lo fueron todas las que estuvieron antes.</p>
			<p>En lenguaje oceánico, podríamos decir que el feminismo contemporáneo se encuentra en la cresta de la ola. Pero de una ola que no necesariamente necesita adjetivarse. Una ola en donde se repliegan afectos pasados, continuidades, deudas pendientes y planes futuros. Y aunque nadie duda del carácter global de este feminismo contemporáneo, hay que reconocer que es en los países del sur global en donde ha adquirido un <italic>momentum</italic> particularmente interesante y en donde se están gestando muchas de las estrategias de resistencia. La articulación de lógicas de muerte y explotación, de sexismo y misoginia, coloca a las mujeres y a los sujetos feminizados, de por sí ya en condiciones de vulnerabilidad sistemática, en posiciones sumamente precarias. La espiral de violencia, la complicidad estatal y las reacciones misóginas son disparadores de la movilización. Como dice el Colectivo Lastesis:</p>
			<disp-quote>
				<p>La lucha es de largo aliento y estamos preparadas para seguir. Solo esperamos que esta red feminista, este monstruo transcontinental que escapa absolutamente a nuestro control, siga creciendo, devenga inmenso, y sea imposible no verlo, esquivar la vista, taparse los oídos, porque gritará tan fuerte que en todo el mundo resonará (<xref ref-type="bibr" rid="B30">Valdés Vargas <italic>et al</italic>., 2021: 117</xref>).</p>
			</disp-quote>
		</sec>
		<sec sec-type="conclusions">
			<title>Conclusiones</title>
			<p>En este artículo he revisado la manera en que las metáforas oceánicas, en particular la de las olas feministas, han sido problematizadas al interior del feminismo. Dando cuenta tanto de sus éxitos como de sus limitantes, he sugerido que la metáfora es útil siempre y cuando sea capaz de resolver sus propios sesgos y omisiones. Esto es posible no sólo a nivel teórico, sino también en la práctica política. El feminismo contemporáneo, sobre todo aquel que emana desde el sur global, tiene el potencial de convertirse en el articulador de estrategias para este nuevo capítulo del feminismo que <italic>se siente</italic> y se presenta a sí mismo como más revolucionario. Este ímpetu no debe, sin embargo, impedir la tan necesaria autocrítica al interior del movimiento, la cual incluye, entre otras cosas, una revisión constante de las estrategias narrativas que utilizamos para pensarnos como parte del feminismo.</p>
			<p>Por cuestiones de espacio, en esta ocasión el artículo se centró en ciertas narrativas. Queda pendiente, para futuras investigaciones, un análisis crítico de las metáforas oceánicas desde tradiciones feministas alejadas de occidente, como el feminismo islámico, así como de los feminismos decoloniales comunitarios que rechazan de manera total estos posicionamientos. De igual forma, habrá que dedicar trabajos posteriores a otro tipo de tropos lingüísticos. La metáfora de las olas no es el único recurso hermenéutico que tenemos para hablar, estudiar y aprender del feminismo, pero sí es uno muy poderoso no sólo por las imágenes que evoca sino también porque nos permite dar cuenta de las muchas vertientes, corrientes, remolinos, flujos y tsunamis que convergen en este inmenso mar.</p>
		</sec>
	</body>
	<back>
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			<title>Fuentes de consulta</title>
			<ref id="B1">
				<mixed-citation>Amorós, Celia (1997), <italic>Tiempo de feminismo. Sobre feminismo, proyecto ilustrado y posmodernidad</italic>, Madrid, Ediciones Cátedra.</mixed-citation>
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					<source>Tiempo de feminismo. Sobre feminismo, proyecto ilustrado y posmodernidad</source>
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				<p> Por desplazamiento epistemológico me refiero a un cambio de posición que nos permite comprender, desde otro lugar, no sólo la pluralidad y complejidad del feminismo sino también su lugar en la configuración del conocimiento.</p>
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			<fn fn-type="other" id="fn2">
				<label>2</label>
				<p>Utilizo este término para referirme al conjunto de movilizaciones de mujeres (cis y trans) en varios países del mundo y a la producción académica feminista.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn3">
				<label>3</label>
				<p>Entre las muchas publicaciones feministas surgidas durante los años setenta, me gustaría destacar <italic>The Second Wave. A magazine of the new feminism</italic>. Publicada en 1971 por el grupo estudiantil feminista Female Liberation en Boston, Massachusetts, el título fue elegido “para recordarnos que nuestro movimiento comenzó hace más de un siglo y que somos la segunda ola de feministas en una lucha continua” (<xref ref-type="bibr" rid="B5">Bingham et al., 1971: 2</xref>). En cuatro años de existencia, la revista editó nueve números con artículos políticos y personales, reseñas de libros y películas, entrevistas, así como poesía y arte gráfico, desde miradas diversas que incluían a feministas de color y lesbianas.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn4">
				<label>4</label>
				<p>El primer ejemplo es un fragmento del poema “En el filo del gozo”, de <xref ref-type="bibr" rid="B8">Rosario Castellanos (2009: 7)</xref>, publicado en 1950; mientras que la cita sobre el género y el opio es de <xref ref-type="bibr" rid="B16">Erving Goffman (1977)</xref>, titulado “The Arrangement Between the Sexes”.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn5">
				<label>5</label>
				<p>Hablar de los movimientos a favor de la legalización del aborto y la exigencia de una vida libre de violencia no debe remitirnos únicamente a las grandes movilizaciones que abarrotan las calles de diversas ciudades del mundo. Las mareas verde y púrpura también suponen espacios de intervención feminista al interior de instituciones dentro y fuera de los gobiernos. La metáfora de la marea puede ser vista de manera efectiva en tanto que, como señalaré más adelante, indicaría los momentos sosegados -el <italic>crescendo</italic>, pero de tensa calma-, necesarios en toda lucha revolucionaria de largo alcance.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn6">
				<label>6</label>
				<p>La Comisión Interamericana de Mujeres (CIM) fue creada en 1928, y desde 1948 es parte de la estructura de la Organización de Estados Americanos.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn7">
				<label>7</label>
				<p>A este fenómeno también se le ha llamado postfeminismo (cfr. <xref ref-type="bibr" rid="B10">Chaparro, 2021</xref>), pero aquí también puede frasearse como un periodo inter-olas de sosiego y tranquilidad.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn8">
				<label>8</label>
				<p>Un ejemplo relevante sobre estas omisiones involucra a una de las obras cumbre del feminismo, <italic>El Segundo Sexo</italic>, de Simone de Beauvoir. El libro fue publicado en Francia en 1949; la traducción al inglés aparece en 1953 y al castellano en 1954. En sentido estricto, no entra en la narrativa de las olas.</p>
			</fn>
		</fn-group>
	</back>
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