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				<journal-title>Korpus 21</journal-title>
				<abbrev-journal-title abbrev-type="publisher">Korpus 21</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="ppub">2683-2682</issn>
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				<publisher-name>El Colegio Mexiquense A.C.</publisher-name>
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			<article-id pub-id-type="doi">10.22136/korpus2120216</article-id>
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					<subject>Artículos</subject>
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				<article-title>La disparatada idea de la “conquista de México”. Propuesta deconstructiva sobre 1519</article-title>
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					<trans-title>The unrealistic idea of the “conquest of Mexico”. Deconstructive proposal about 1519</trans-title>
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						<surname>Centeno Vargas</surname>
						<given-names>Andrés Enrique</given-names>
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					<label>1</label>
					<institution content-type="original">Facultad de Filosofía y Letras (UNAM), a.centeno90@gmail.com</institution>
					<institution content-type="normalized">Universidad Nacional Autónoma de México</institution>
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			<author-notes>
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					<p><bold>Andrés Enrique Centeno Vargas</bold></p>
						<p>Licenciado en historia por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, nominado al premio “Marcos y Celia Maus” para mejor tesis de licenciatura por el trabajo titulado: “Algunas discusiones pendientes sobre el calpulli y el barrio mexica de Tenochtitlan: un acercamiento desde la historia cultural”, tesis de licenciatura, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional Autónoma de México, Ciudad de México. Actualmente se desempeña como asistente de investigación con la doctora Clementina Battcock de la Dirección de Estudios Históricos del INAH. Asimismo, puede mencionarse su artículo, próximo a publicarse: “Disrupción e irrupción. Los tributarios y aliados inconformes Tenochtitlan”, <italic>La bola. Revista de divulgación de la Historia</italic>, 13, México, La Bola. Su línea actual de investigación es el proceso de dominación castellana en América la Historia Cultural. En el último año participó en los proyectos de investigación: “Las epidemias en la Ciudad de México a través de los fondos documentales del Archivo Histórico de la Ciudad de México (1524-1928), de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México; “Voces, textos e imágenes de la Conquista”, dentro del Repositorio Memórica. México haz memoria; y “Los puentes ocultos. Proceso de glocalización, maíz y cacao entre Américas e Italia: historia, sociedad, imaginarios colectivos”, organizado por el INAH, la Presidencia de la República y la Universidad Libre de Lengua y Comunicación de Milán.</p>
				</fn>
			</author-notes>
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				<day>06</day>
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				<year>2021</year>
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			<pub-date date-type="collection" publication-format="electronic">
				<season>Jan-Apr</season>
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			<fpage>81</fpage>
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					<license-p>Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons</license-p>
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			<abstract>
				<title>Resumen</title>
				<p>La Conquista de México es un tema nodal en la conformación de la identidad histórica mexicana y es parte importante de la vida cultural nacional. No obstante, la idea de la conquista se ha configurado en el marco de un complejo proyecto de Estado. Lo que este artículo propone es la deconstrucción de la idea de la conquista a partir del análisis de los primeros meses de Hernán Cortés en Mesoamérica bajo un enfoque que resalta la heterogeneidad del proceso de dominación castellana. Esta vía de análisis parte de un postulado de Walter Benjamin: el conocimiento del pasado mediante destellos. </p>
			</abstract>
			<trans-abstract xml:lang="en">
				<title>Abstract</title>
				<p>The Conquest of Mexico is a central theme in the conformation of the Mexican historical identity and it is an important part of the national cultural life. However, the idea of conquest has been configured within a complex state project. What this article proposes is the deconstruction of the idea of t he conquest based on the analysis of the early months of Hernan Cortes in Mesoamerica under an approach highlighting the heterogeneity of the process of Castilian domination. This way of analysis arises from a postulate of Walter Benjamin: knowledge of the past through flashes.</p>
			</trans-abstract>
			<kwd-group xml:lang="es">
				<title>Palabras clave:</title>
				<kwd>historia</kwd>
				<kwd>conquista</kwd>
				<kwd>revisionismo</kwd>
				<kwd>Cortés</kwd>
				<kwd>deconstrucción</kwd>
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				<title>Keywords:</title>
				<kwd>history</kwd>
				<kwd>conquest</kwd>
				<kwd>revisionism</kwd>
				<kwd>Cortes</kwd>
				<kwd>deconstruction</kwd>
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		<sec sec-type="intro">
			<title>Introducción ¿Una idea nacional?</title>
			<p>“La Conquista de México”, con mayúsculas y resaltado, es el encabezado de temas y subtemas en libros de texto, el nombre de sesiones de enseñanza en el sistema educativo mexicano e, incluso, el título de cursos universitarios. Basta con mencionar la Conquista para que, en la mente de casi todo mexicano, surja la dramática imagen de españoles subyugando, evangelizando o <italic>civilizando</italic> pueblos originarios; son pocos los que se percatan de lo disparatado del concepto y la parafernalia que lo rodea.</p>
			<p>La Conquista de México, a secas, se forjó como un hito histórico clave en la identidad de los mexicanos. Dicha formulación implica una idea que resulta colonizante, y errada, por excelencia: la Corona Española del siglo XVI ordenó a un sujeto, llamado Hernán Cortés, que conquistara una entidad geográfica y política específica llamada México. La idea de la conquista ha generado dos posturas extremas: a) somos herederos de los buenos pueblos mesoamericanos, conquistados por un grupo de malvados españoles a los que todavía guardamos rencor, y b) un ejército europeo, superior tecnológica y mentalmente, trajo a esta tierra los beneficios de su civilización. Ambas posturas pueden ser criticadas y deconstruidas sin profundizar en los matices y problemas que plantean, sólo es necesario desmenuzar el encabezado: La Conquista de México.</p>
			<p>La Conquista de México, en todo caso, debería llamarse “La Conquista de lo que hoy es México” o más específico aún: “La Conquista de lo que después fue la Nueva España, que se independizó y se transformó en el Primer Imperio Mexicano, que después fue la República Federal de los Estados Unidos Mexicanos, que brevemente fue el Segundo Imperio Mexicano-Francés y que, finalmente, regresó a un sistema republicano hoy conocido como Estados Unidos Mexicanos”. Sin embargo, tal atropello de títulos rebasa los límites de la prudencia y la practicidad en la enseñanza de la historia; de aceptarse, cada título de cada tema debería contener una larguísima cadena de especificaciones. Este escenario absurdo resulta revelador y es un síntoma de la acuciante necesidad de generar conceptos más acertados.</p>
			<p>Los exploradores europeos del siglo XVI se toparon con una inmensa masa de tierra hasta entonces inexistente, o casi, en su universo mental; también se encontraron un crisol sumamente diverso de grupos que compartían ciertos rasgos culturales, pero tan diferentes entre sí como lo eran los castellanos de los ingleses o de los franceses.</p>
			<p>México no es Tenochtitlan, ni siquiera Mesoamérica era Tenochtitlan; a su vez, los mexicas sabían que ni su cultura ni su ciudad eran representativas de todos los grupos que conocían, tampoco de aquellos a los que habían sometido. Asimismo, los hispanos se vieron obligados a emprender campañas militares que iban mucho más allá de la zona del Altiplano Central; aun así, existe un discurso nacional que enarbola el binomio México-Tenochtitlan en la educación, en la mercadotecnia, en folclor mal aspectado y hasta en los deportes. A muchos niveles, se ha planteado que lo azteca y lo mexicano constituyen una especie de unidad indisociable, una estampa cultural que representa a todo lo que hoy es México. Este discurso es homogeneizador, no toma en cuenta la diversidad cultural del territorio nacional y, sobre todo, es terriblemente ahistórico, pues sugiere la idea de un México que siempre ha sido México; esto ha derivado en la enunciación de títulos y conceptos aceptados, pero igualmente anacrónicos, como el “México Antiguo”, el “México Prehispánico”, la “Conquista de México” y demás.</p>
			<p>El compendio de conceptos anacrónicos es consecuencia de la <italic>praxis</italic> de una historia universal o quizá más bien de una historia universalizante, con europeocentrismo incluido; esta forma de historiar se ha aplicado con distintos objetivos: narrar la versión de los vencedores, consolidar regímenes, crear una identidad nacional patriótica, elaborar contenido educativo, reducir procesos históricos a grandes generalidades para que éstos sean accesibles a un público masivo e incluso para censurar la heterogeneidad de voces y memorias consideradas como amenazas a proyectos de nación unificada. Así pues, la discusión o crítica de los nombres, títulos y conceptos que giran en torno a la llamada Conquista de México es necesaria para fomentar una conciencia crítica de la historia que los mexicanos identifican como propia; para lograrlo habrá que contar otra Historia, así como analizar y, de ser necesario, deconstruir lo que está vigente, es decir, destejer lo mal tejido.</p>
			<p>Los riesgos de una historia universalizante se resumen sucintamente en la siguiente afirmación de Walter Benjamin: “La historia universal carece de una armazón teórica. Su procedimiento es aditivo: suministra la masa de hechos que se necesita para llenar el tiempo homogéneo y vacío” (2008: 54). Por el contrario, el mismo Benjamin plantea al conocimiento histórico como un conocimiento del instante y como algo que sólo es posible en el instante histórico (2008).</p>
			<p>Así pues, el presente texto tiene como objetivo poner a prueba la idea de la Conquista como proceso total y terminado, así como la idea que da a Hernán Cortés y sus hombres el título de los “conquistadores de México”; por el contrario, se planteará que, tanto el extremeño como sus compañeros, enfrentaron circunstancias muy inciertas ante las que tuvieron que improvisar, cambiar sus planes y hasta reconstruirse a sí mismos. Para esto, se han analizado minuciosamente los primeros meses de la expedición cortesiana (febrero-agosto de 1519) y, de forma más general, las expediciones de Francisco Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva (1517-1518).</p>
			<p>Las fuentes a las que he recurrido son, principalmente, aquellas legadas por el propio Cortés y los pocos soldados que tuvieron a bien dejar un registro escrito de lo que les acaeció en el continente, esto por el valor personal y presencial que aporta este tipo de testimonios. Asimismo, se han utilizado obras de personajes que, si bien no fueron compañeros de Cortés, siguieron muy de cerca sus acciones, éste es el caso fray Bartolomé de las Casas, quien sobresale por su visión crítica de Hernán Cortés. También se han consultado obras de religiosos, como fray Bernardino de Sahagún y de fray Diego Durán, y la fuente de tradición indígena conocida como <italic>Crónica Mexicáyotl</italic>, esto por la erudición que ofrecen sobre la cultura de algunos pueblos originarios.</p>
			<p>En menor medida he recurrido a estudios especializados, entre los cuales resalta la obra de Ross Hassig para temas militares, y los trabajos de Bernard Grunberg y Peter Boyd-Bowman, cuyo meticuloso trabajo de archivo les permitió localizar con exactitud la procedencia, edad, origen y hasta el oficio de muchos de los compañeros de Cortés.</p>
		</sec>
		<sec>
			<title>Dos perdedores y un prófugo</title>
			<p>Tras los viajes de Cristóbal Colón, los hispanos iniciaron la ocupación, poco sistemática en realidad, de las islas caribeñas. El éxito de los poblados hispanos de ultramar fue variado en términos políticos y económicos, pero absolutamente desastroso y destructivo en cuanto a su interacción con los nativos.</p>
			<p>En 1511, Diego Colón encomendó a Diego Velázquez la conquista, más bien el poblamiento, de la isla de Cuba (<xref ref-type="bibr" rid="B7">Casas, 2017: v. 2, 25-27</xref>);<xref ref-type="fn" rid="fn1"><sup>1</sup></xref> la empresa de Velázquez fue exitosa y pronto se consolidó como gobernador de esas tierras. Ahora bien, la expansión castellana transoceánica no fue concebida como un proyecto premeditado y patrocinado por la Corona; por el contrario, ésta se construyó sobre las iniciativas de entusiastas particulares que actuaban con el permiso, ya fuese <italic>a priori</italic> o <italic>a posteriori</italic>, de las autoridades hispanas. El viaje de Francisco Hernández de Córdoba fue un buen ejemplo de lo anterior:</p>
			<disp-quote>
				<p>[…] acordamos de juntarnos ciento y diez compañeros de los que habíamos venido a Tierra Firme y de los que en la Isla de Cuba no tenían indios, y concertamos con un hidalgo que se decía Francisco Hernández de Córdoba […] para que fuese nuestro capitán […] para ir a nuestra ventura a buscar y descubrir tierras nuevas para en ellas emplear nuestras personas (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, 43</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>Bernal Díaz del Castillo deja claro que la primera incursión española en tierras mesoamericanas fue el intento de un centenar de hombres que esperaban, desesperada o ambiciosamente, hacerse de cierta riqueza y, así, mejorar su situación en Cuba.</p>
			<p>La expedición de Francisco Hernández de Córdoba no tenía objetivos claros, o al menos eso se percibe en las fuentes, esto dificulta medir su éxito: ¿era una misión de exploración?, ¿sólo se pretendía capturar nativos que explotar?, ¿se buscaba oro? Francisco Cervantes de Salazar incluso menciona que la verdadera intención de Córdoba era ir “[…] en demanda de alguna buena isla, para poblarla y ser Gobernador della […]” (<xref ref-type="bibr" rid="B8">Cervantes, 1985: v. 1, 46</xref>). En cualquier caso, se puede afirmar que este primer viaje al continente fue desventurado, al menos en el aspecto material.</p>
			<p>Los hombres de Córdoba tocaron el actual Yucatán en Punta Catoche y, desde ese momento, todas sus incursiones en tierra siguieron un patrón similar: desembarco, búsqueda de provisiones, contacto con los naturales, emboscadas por parte de éstos y la retirada española hacia los navíos. Cuando Córdoba llegó a Campeche, a un poblado que nombró Lázaro, fue atacado mientras trataba de reabastecerse de agua. Finalmente, las fuerzas de Córdoba sufrieron su mayor desventura en Champotón, donde los aguerridos pobladores acabaron con casi la mitad del contingente hispano; a duras penas lograron replegarse hacia sus navíos para emprender la retirada (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: 46-51</xref>).</p>
			<p>El capitán Hernández de Córdoba tuvo mala fortuna y ésta se debió, en gran parte, a la falta de un plan de acción claro y al desconocimiento del territorio en que incursionó; empezando porque el piloto Antón de Alaminos creía estar navegando en torno a una isla (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, 46</xref>). Hasta este momento, los castellanos estaban acostumbrados a lidiar con nativos isleños cuya organización militar ya no les representaba una amenaza; sin embargo, en el continente se toparon con los mayas y los mayas-chontales, quienes tenían logísticas militares más complejas. Los pobladores originarios centraron su estrategia en el barrido masivo y sistemático con proyectiles arrojadizos, esto fue una medida para contrarrestar la superioridad del equipamiento español en el combate cuerpo a cuerpo. Los encuentros hostiles fueron un gran problema para los hombres de Córdoba, ya que la escasez de provisiones los obligaba a desembarcar constantemente, necesidad que los nativos aprovecharon con éxito para tenderles emboscadas. Ni hablar de que esta expedición tuviera la posibilidad de conquistar o poblar.</p>
			<p>Por otra parte, el viaje de Francisco Hernández de Córdoba fue un avance en los siguientes términos: dio a conocer la existencia de un gran territorio y de poblaciones numerosas y prósperas que, presuntamente, eran ricas en oro. Éste fue un gran aliciente para que Diego Velázquez se interesara y destinara más recursos a explorar dichas tierras. No obstante, el gobernador de Cuba dio pasos pequeños, quizá por exceso de cautela, por temor a perder su patrimonio en una empresa infructuosa o en la espera de la autorización de la Corona.</p>
			<p>En 1518, Velázquez designó a su sobrino, Juan de Grijalva, líder de una segunda expedición; ambos aportaron los gastos necesarios para la armada; sin embargo, cada soldado tuvo que valerse de sus propios medios para pertrecharse. Esta vez, el contingente constó de cuatro navíos y 240 hombres (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v.1, 59-60</xref>).<xref ref-type="fn" rid="fn2"><sup>2</sup></xref>
			</p>
			<p>Grijalva contaba con la información del viaje de Córdoba y con el apoyo de algunos de los que participaron en el viaje anterior; sin embargo, sus planes aún parecían limitados al rescate de oro y la exploración, quizá con alguna ambigua intención de tentar el terreno para poblar (<xref ref-type="bibr" rid="B18">López de Gómara, 1988: 15</xref>). Esta expedición trató de seguir la ruta de Córdoba, pero fue más lejos y llegó hasta el actual Veracruz;<xref ref-type="fn" rid="fn3"><sup>3</sup></xref> al igual que su predecesor, Grijalva y sus hombres se enfrentaron a constantes ataques y emboscadas (<xref ref-type="bibr" rid="B9">Cortés, 2004: 9</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, 63-68</xref>). El nuevo contingente español resistió mejor al embate de los pobladores originarios y sufrió menos pérdidas humanas; sin embargo, le fue imposible establecerse y padeció de una severa escasez de provisiones.</p>
			<p>El último desembarco significativo de Grijalva fue en la bahía que posteriormente sería conocida como San Juan de Ulúa, donde permaneció varios días en unos arenales especialmente inhóspitos. Tras embarcarse, la expedición costeó el territorio e hizo relación de sus descubrimientos (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: 73-76</xref>).</p>
			<p>Entre los hombres de Grijalva había opiniones divididas: los que deseaban quedarse a poblar y aquellos que querían volver a Cuba. Según Bernal Díaz del Castillo y Bernardino Vázquez de Tapia, al final se impusieron las razones que respaldaban la retirada: escasez de suministros, malas mareas y pocos hombres para iniciar un poblado (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, 76</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B25">Vázquez, 1972: 26</xref>).</p>
			<p>El viaje de Grijalva acrecentó la idea de que los castellanos <italic>descubrieron</italic> una tierra inmensa, muy poblada y abundante en oro; de hecho, fueron los primeros en oír sobre la Gran Culúa (Tenochtitlan) y sus riquezas. No obstante, los hispanos no tenían idea de la complejidad de este <italic>nuevo mundo</italic>: no sabían la magnitud del poder de Tenochtitlan y sus aliados, Tlacopan y Texcoco; no tenían noticia de los aguerridos tlaxcaltecas, desconocían los complicados sistemas de alianzas, las dinámicas sociales y la inmensa diversidad y disparidad que existía entre los grupos que habitaban este territorio; en realidad se estaban creando una imagen un tanto ficticia del continente.</p>
			<p>Entusiasmado por las noticias de Grijalva, Velázquez se decidió a pedir el permiso oficial a las autoridades hispanas para emprender un proyecto de conquista y poblamiento. Es posible que la intención original del gobernador de Cuba fuese la de rescatar o reforzar a Grijalva con más hombres, pero, sin quererlo, echó a andar una tercera expedición totalmente diferente e independiente.<xref ref-type="fn" rid="fn4"><sup>4</sup></xref>
			</p>
			<p>Para 1518, Hernán Cortés y Diego Velázquez tenían una historia bastante irregular. Desde que los castellanos iniciaron el poblamiento de Cuba, Cortés se destacó como un soldado muy capaz, participó en ciertos conflictos en Aniguaiagua, Buacaiarima; tuvo la escribanía del ayuntamiento de Azúa y, posteriormente, fue a Cuba como tesorero, se instaló en Santiago de Barucoa y se involucró en varios negocios con Velázquez. Estas experiencias, junto con sus estudios en leyes, constituían el currículum militar y político-administrativo de Cortés.</p>
			<p>Por otra parte, Velázquez y Cortés tuvieron un desencuentro severo cuando el extremeño encabezó, o al menos representó, a un grupo de inconformes con el gobernador de Cuba; es posible que este incidente dejara sentida la relación personal de ambos hombres de forma permanente (<xref ref-type="bibr" rid="B7">Casas, 2017: v. 2, 27</xref>).</p>
			<p>A pesar del pasado, Diego Velázquez decidió nombrar a Cortés como capitán de una tercera
				expedición, posiblemente influido por Andrés de Duero, secretario del gobernador, y
				Amador de Lares, contador del rey (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1,
					81-82</xref>). Los preparativos iniciaron en los últimos meses de 1518, entre
				las aportaciones del gobernador y las de su nuevo capitán. La armada reunió 11
				navíos, 16 caballos y 450 hombres; entre ellos había 13 arcabuceros, 32 ballesteros,
				cuatro falconetes y 10 cañones (<xref ref-type="bibr" rid="B16">Hassig, 1994:
					47</xref>).</p>
			<p>Entre el 10 y el 12 de febrero de 1519, Cortés y sus hombres zarparon y recorrieron parte de
				la costa de Cuba hasta la villa de San Cristóbal. Durante este trayecto se hicieron
				de más hombres y provisiones; al respecto existen dos versiones: autores como <xref
					ref-type="bibr" rid="B18">López de Gómara (1988: 9-11)</xref> y <xref
					ref-type="bibr" rid="B23">Andrés de Tapia (2008: 17-18)</xref>, por ejemplo,
				afirman que todos los bienes fueron comprados, pero, según Bartolomé de las <xref
					ref-type="bibr" rid="B7">Casas (2017: v. 3, 66)</xref>, éstos fueron saqueados y
				pillados por la fuerza.</p>
			<p>Ya fuese por su historia personal o por los consejos de sus familiares, Velázquez se
				arrepintió de la capitanía de Hernán Cortés y giró nuevas instrucciones: le ordenó
				no zarpar y mandó su arresto. Sin embargo, la hueste de Cortés se encontraba en San
				Cristóbal, pequeña población donde fue imposible detener al capitán de medio millar
				de hombres armados (<xref ref-type="bibr" rid="B7">Casas, 2017</xref> y <xref
					ref-type="bibr" rid="B1">Aguilar, 1980: 65-66</xref>). En todo caso, Velázquez
				fracasó en su intento de detener a Cortés, quien partió en condición de prófugo, con
				una capitanía cuestionable, sin instrucciones de conquistar y sin el permiso, al
				menos de facto, de la autoridad hispana local.</p>
			<p>Las indicaciones de Velázquez a Cortés eran bastante precisas y cubrían, en la medida de lo posible, cualquier eventualidad; incluso especificaban que</p>
			<disp-quote>
				<p>[…] se os pueden ofrecer otras muchas [cosas], e que yo, como ausente, no podría prevenir en el medio e remedio dellas, a las cuales vos, como presente e personas de quien yo tengo experiencia e confianza que con todo estudio y vigilancia ternéis proveer como mías al servicio de Dios Nuestro Señor e de Sus Altezas convenga […] (<xref ref-type="bibr" rid="B19">Martínez, 1990: v. 1, 56</xref>). </p>
			</disp-quote>
			<p>Entre los muchos puntos de estas instrucciones destacaban: defender y predicar la fe católica, no maltratar a los naturales, hablar sobre el monarca hispano e invitar a su servicio, rescatar oro, evitar encuentros hostiles, investigar sobre las riquezas y costumbres de las tierras exploradas, buscar a Grijalva, informar sobre todo lo ocurrido y enviar cualquier riqueza obtenida a Cuba (<xref ref-type="bibr" rid="B19">Martínez, 1990: v. 1, 46-57</xref>); las órdenes de Diego Velázquez no hablaban de llevar a cabo conquistas ni de emprender ningún tipo de acción militar. Es posible que Velázquez buscara la unión de fuerzas entre Cortés y Grijalva mientras esperaba la autorización de la Corona para poblar y conquistar las tierras que había <italic>descubierto</italic>. De conseguir el permiso a tiempo, el gobernador de Cuba sería el responsable y la cabeza oficial de cualquier logro español en el continente, incluso sin pisarlo.</p>
			<p>En resumen, la expedición de Francisco Hernández de Córdoba fue más una empresa particular surgida de la necesidad de algunos individuos poco prósperos en Cuba y su objetivo fue ambiguo: explorar, capturar nativos para servirse de su trabajo, rescatar oro o quizá encontrar una nueva isla para gobernar. El viaje de Grijalva involucró de forma más directa a la autoridad hispana en Cuba, Diego Velázquez, y contó con más hombres, pero mantuvo los objetivos de explorar, buscar información y rescatar oro. En todo caso, ambos eventos crearon la visión de un <italic>nuevo mundo</italic> lleno de oro, lo que despertó un interés cada vez mayor en el gobernador de Cuba.</p>
			<p>El hecho de que Diego Velázquez organizara una tercera expedición, mucho más numerosa y mejor preparada; y el que iniciara las gestiones oficiales necesarias para poblar y conquistar, son indicios de que ya vislumbraba un proyecto de ocupación hispana en el continente. Pero, incluso si Velázquez proyectaba una conquista, difícilmente tenía idea de la escala que ésta debía tener; quizá 800<xref ref-type="fn" rid="fn5"><sup>5</sup></xref> hombres constituían una fuerza considerable para las conquistas de las islas, pero era una cantidad ínfima para la numerosa población continental. ¿Si el gobernador de Cuba hubiera sabido los números de los ejércitos a los que se podría enfrentar, las características de las grandes ciudades mesoamericanas y el poder de los señores más influyentes, se habría aventurado en tal empresa?, ¿habría enviado con tanta premura a un pequeño ejército en vez de tomarse todo el tiempo y hombres necesarios? En todo caso, Velázquez nunca planeó que Hernán Cortés llevase a cabo tal empresa, mucho menos que cobrase el crédito por ello.</p>
			<p>No hay forma de saber cuáles eran las intenciones iniciales de Hernán Cortés, rebelarse u obedecer a Velázquez, pero es muy posible que, dadas las condiciones de su partida (casi huida), fuera consciente de que sus acciones no tenían vuelta atrás.</p>
			<sec>
				<title><italic>Diversidad. Revoltosos y desobedientes</italic></title>
				<p>Hernán Cortés anunció con gran escándalo y ánimo su expedición, lo cual atrajo a toda clase de reclutas: soldados, aventureros, desposeídos, desesperados y demás. El resultado de la convocatoria del extremeño fue una amalgama sumamente heterogénea; había hombres de distintos estratos sociales, desde hidalgos hasta aquellos que sólo contaban con su persona. Es imposible saber, a ciencia cierta, cuáles eran las esperanzas e intereses particulares de cada uno de los hombres que siguieron a Cortés (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, 84-85</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B7">Casas, 2017: v. 3, 221-222</xref>).</p>
				<disp-quote>
					<p>Y luego mandó dar pregones y tocar trompetas y atambores […] para que cualesquiera personas que quisieren ir en su compañía a las tierras nuevamente descubiertas, a conquistarlas y poblarlas, les darían sus partes del oro y plata y riquezas que hubiere y encomiendas de indios […] (Bernal, 2008: v. 1, 84).</p>
				</disp-quote>
				<p>En este contexto se plantean las siguientes preguntas: ¿era la hueste cortesiana un ejército conquistador? ¿Cómo es que Cortés mantuvo su autoridad y la lealtad de los hombres a su cargo?</p>
				<p>La palabra más apropiada para referirse a los hombres de Cortés es la de compañía. El término hace referencia a un sistema específico en el que cada acompañante se compromete con su capitán a cambio de recibir como pago una parte del botín posterior; caso aparte eran los marineros profesionales que sí recibían un salario establecido (<xref ref-type="bibr" rid="B21">Martínez, 2013: 125-126</xref>).</p>
				<p>La compañía al mando de Cortés estaba compuesta por andaluces, los más numerosos; castellanos, extremeños, sus coetáneos; hombres de Badajoz, sevillanos, leoneses, gallegos, asturianos y portugueses; asimismo, había otros que no procedían de la península ibérica, entre ellos había genoveses y griegos (<xref ref-type="bibr" rid="B4">Boyd-Bowman, 1985: XV</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B15">Grunberg, 2004: 94-118</xref>).<xref ref-type="fn" rid="fn6"><sup>6</sup></xref> Además de esta diversidad de origen, existía otra más importante, la diversidad de intereses. A grandes rasgos, es posible dividir a la compañía en cuatro grupos: los amigos cercanos de Cortés, los hombres leales a Velázquez, con una buena posición en Cuba; y el grueso de la tropa, muchos de ellos pobres y sin nada que perder, pero todo que ganar. Además, debe considerarse que muchos de los que se embarcaron ya tenían la experiencia de la expedición de Córdoba, de Grijalva o de ambas, como el propio Bernal Díaz del Castillo (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, 84</xref>).<xref ref-type="fn" rid="fn7"><sup>7</sup></xref>
				</p>
				<p>Hernán Cortés fue un capitán hábil y disciplinado; sin embargo, se enfrentó al crisol de intereses y lealtades de los hombres bajo su mando. La capacidad del extremeño para mantener su autoridad radicó en sus cualidades, pero también en el soporte que le dio un núcleo de individuos que le eran leales y cercanos. Bernal narra que Cortés</p>
				<disp-quote>
					<p>[…] escribió a todas las villas a sus amigos que se aparejasen para ir con él aquel viaje, unos vendían sus haciendas para buscar armas y caballos, otros a hacer pan cazabe y tocinos para matalotaje, y colchaban armas de algodón, y se apercibían de lo que habían menester lo mejor que podían (Díaz, 2018: v. 1, 84).</p>
				</disp-quote>
				<p>Por otra parte, según Bartolomé de las Casas, mientras todos dormían “[…] va Cortés a despertar con suma diligencia a los más sus amigos, dicíendoles que luego convenía embarcarse. Y tomada dellos la compañía que le pareció para defensa de su persona, va de allí luego a la carnecería […]” (<xref ref-type="bibr" rid="B7">Casas, 2017: v. 3, 224</xref>). Estos hombres constituyeron una especie de guardia personal de Hernán Cortés y fueron su principal apoyo, tanto militar como político, durante toda su travesía; la lealtad de ellos debió de ser muy sólida si estuvieron dispuestos a desobedecer abiertamente al gobernador de Cuba y a vender sus cosas con tal de acompañar a aquél que los convocaba, aunque también debió motivarlos la promesa de ser recompensados con grandes riquezas.</p>
				<p>Cortés enfrentó a sus primeros enemigos en Cuba, que fueron otros hispanos, empezando por su antiguo amigo, Diego Velázquez. La accidentada partida de la compañía cortesiana dio pie a una ruptura de origen entre las filas de sus hombres, pues algunos de ellos permanecieron leales al gobernador de Cuba. No obstante, resulta curioso que todos los compañeros hayan zarpado con Cortés sin mayor problema. El propio Bartolomé de las Casas ya se cuestionaba:</p>
				<disp-quote>
					<p>[…] cómo se pudieren excusar de no ser partícipes desta rebelión de Cortés Alonso Hernández Puerto-Carrero, Francisco de Montejo, Alonso de Ávila, Pedro de Alvarado, Juan Vázquez y Diego de Ordás, que Diego Velázquez había señalado por capitanes de los otros navíos, pues no parece que pudieron ignorar embarcarse Cortés sin licencia de Diego Velázquez y de la manera que lo hizo […] (<xref ref-type="bibr" rid="B7">Casas, 2017: v. 3, 224</xref>).</p>
				</disp-quote>
				<p>Los partidarios de Velázquez generaron gran antagonismo con Cortés, que creció durante los primeros meses de su expedición y, aunque eran una minoría, muchos eran hidalgos que tenían cierta influencia y comodidad económica en Cuba. El extremeño tuvo que recurrir a la diplomacia, a la violencia, a las concesiones y al botín mismo para ganarse a sus opositores.</p>
				<p>Finalmente, están los hombres que ya habían viajado en las expediciones continentales anteriores, aproximadamente 200. Su interés iba más allá de tomar partido por Cortés o por Velázquez. Este grupo podía ser considerado una especie de núcleo veterano; gracias a sus experiencias habían aprendido las características generales del sur mesoamericano, sobre la forma de hacer la guerra de algunos grupos nativos y lo populoso de sus asentamientos, pero, sobre todo, aportaban dos elementos muy importantes a la compañía: la idea de que las nuevas tierras eran sumamente ricas en oro y el antecedente del deseo de asentarse y poblar. El resto de los hombres, que no tenían partido ni experiencia, se vieron en medio de las disputas de intereses.</p>
				<p>Hubo dos clases de conflicto entre Hernán Cortés y la gente a su cargo: la mera desobediencia y aquellos que le causaban problemas por permanecer leales a Diego Velázquez. El primer altercado se dio todavía sin salir de Cuba, de camino hacia el puerto de La Habana; la mayor parte de las embarcaciones no pudo o no quiso seguir a la nave capitana, donde viajaba Cortés, por lo que llegó mucho antes que el capitán. Según Bernal Díaz del Castillo, los días pasaban, Cortés no llegaba y “[…] había entre nosotros bandos y medio chirinolas sobre quién sería capitán hasta saber de Cortés y quien más en ello metió la mano fue Diego de Ordaz, como mayordomo mayor de Velázquez […]” (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, 90</xref>). En este caso, la falta de disciplina de los hombres de Cortés se mezcló con las lealtades divididas; la llegada del capitán puso fin a las disputas por el liderato y este apartó de inmediato a Diego de Ordaz, enviándolo por provisiones (Díaz, 2017: v.1, 91).</p>
				<p>El segundo incidente sucedió sólo unos días después, cuando la compañía al fin llegó a Cozumel o Acumazil. El plan original de Cortés era que sus navíos viajaran en una formación ordenada y sin separarse o perderse; sin embargo, un piloto apellidado Camacho hizo caso omiso de sus órdenes y llegó antes que todos a la isla de Cozumel. Por si fuese poco, Pedro de Alvarado actuó con absoluta libertad y comenzó a explorar los poblados cercanos al sitio de desembarco, robó gallinas y saqueó algunos templos. Una vez más, sólo la llegada de Cortés recuperó el orden: mandó a arrestar al piloto Camacho, reprendió a Alvarado y ordenó que todo lo robado fuese restituido, incluso dio algunos objetos en compensación por las gallinas que ya habían sido comidas (Díaz, 2017: v.1, 94-96). En esta ocasión, Cortés no sólo fue desobedecido, sino que sus hombres pusieron en riesgo la capacidad de la expedición para contactar con los pobladores nativos e incluso infringieron las instrucciones de Velázquez, ya que éstas especificaban que “por ninguna vía ninguna persona, de ninguna manera ni condición que sea, sea oseado de los hacer agravio (a los indios) ni les decir cosa de que puedan recibir sinsabor […]” (<xref ref-type="bibr" rid="B20">Martínez, 1990: v.1, 50</xref>).</p>
				<p>La batalla de Centla, Tabasco, demandó a la compañía cortesiana permanecer unida para sobrevivir y defenderse del enemigo; sin embargo, cuando el grupo continuó su avance, esta cohesión desapareció. El conflicto con los velazquistas fue más evidente durante las interacciones entre el extremeño y Tendile, representante de Motecuhzoma; éstos reclamaron a Cortés la libertad con la que los soldados rescataban oro con los nativos. El capitán se excusó con el argumento de que lo hacían para comprar provisiones, pero aceptó prohibirlo. A partir de este punto, las diferencias entre Cortés y sus detractores incrementaron y subieron de tono (Díaz, 2017: v.1, 131-136).</p>
				<p>Veracruz fue un punto crítico para la empresa cortesiana: las provisiones escaseaban, no era claro el rumbo que la compañía debía seguir y los enviados de Motecuhzoma, único sustento de los hispanos, los desampararon (Díaz, 2017: v.1, 132). En este contexto, los hombres leales a Velázquez expresaron con firmeza su deseo de regresar a Cuba alegando la escasez de comida que sufrían, las muertes acaecidas tras la batalla de Centla, el valor del botín hasta ese entonces rescatado y la incapacidad, tanto material como jurídica, de Hernán Cortés para ir más lejos o iniciar un proceso de poblamiento y conquista (Díaz, 2017: v.1, 140-141).</p>
				<p>En su momento, Juan de Grijalva se vio ante una disyuntiva similar: quedarse a poblar o regresar a Cuba. Su decisión decepcionó a los miembros de su compañía que deseaban colonizar. La diferencia entre Grijalva y Hernán Cortés es que el segundo no podía ni quería regresar al territorio gobernado por Diego Velázquez. La coyuntura en el territorio del actual Veracruz favoreció a Cortés, pues éste se apoyó en los hombres que le eran leales y en aquellos que, desde la expedición de Grijalva, se rehusaban a volver a Cuba y querían poblar las tierras continentales; la expresión de estas voluntades fue la fundación del primer ayuntamiento en los inhóspitos arenales de Chalchicuecan. En palabras de María del Carmen Martínez, “Cortés tenía concertado el plan con el grupo promotor y éste se ocupó de involucrar al conjunto, que se sintió protagonista […]” (<xref ref-type="bibr" rid="B21">Martínez, 2013: 88</xref>). Es decir que la voluntad de poblar la tierra no fue sólo del extremeño, sino de la mayor parte de sus hombres, prueba de esto es que todo haya sido formalizado y puesto por escrito en la “Carta de la justicia y regimiento de la Rica Villa de la Veracruz”.</p>
				<p>Hernán Cortés y muchos de los compañeros consolidaron el deseo de transformar su expedición en un proyecto de ocupación con la fundación de la Villa Rica de la Veracruz. Sin duda, el cambio de objetivo beneficiaba a Cortés, pero éste condicionó su apoyo con las siguientes peticiones: ser nombrado justicia mayor, recibir el cargo de capitán general y recibir un quinto del oro rescatado, descontando el quinto real (Díaz, 2017: v.1, 138). La creación de una villa fue la base legal que permitió a Cortés cooptar o castigar a sus opositores, tener una autoridad autónoma a la de Diego Velázquez y contar con una justificación que diera legitimidad a sus acciones desde la salida de Cuba.</p>
				<p>Los simpatizantes del proyecto de ocupación asumieron varios de los cargos del nuevo ayuntamiento, pero también se otorgaron puestos a los inconformes, como Francisco de Montejo, con el fin de apaciguarlos. Asimismo, se estableció una plaza como centro de la villa, acto más bien simbólico, y se colocó una horca en las afueras, claro mensaje disuasivo para los desobedientes. Aquellos que permanecieron reticentes fueron hechos prisioneros: Juan Velázquez de León, Diego de Ordaz, Pedro Escudero y Escobar el Paje (Díaz, 2017: v.1, 137-141).</p>
				<p>La creación del primer ayuntamiento ayudó a consolidar la autoridad de Cortés en el plano abstracto de lo jurídico; pero no fue sino hasta la alianza entre hispanos y cempoaltecas que esto se materializaría en un verdadero poblado español. La ayuda del señor de Cempoala, apodado el ‘Cacique Gordo’, dio la seguridad a Cortés de que su compañía no moriría de hambre, también le permitió trasladar la Villa Rica de la Vera Cruz a una mejor posición al norte de Cempoala.<xref ref-type="fn" rid="fn8"><sup>8</sup></xref>
				</p>
				<p>Con todo y que Cortés se fortaleció, un grupo permaneció firme en su oposición: demandaba volver a sus terruños en Cuba, rendir cuentas a Velázquez y desconocía la autoridad del capitán. El punto más álgido de los conflictos internos de la compañía cortesiana se dio tras la toma de Tizapancingo, ciudad enemiga de Cempoala: algunos compañeros rebeldes planearon tomar una embarcación y volver a la isla que tanto añoraban, fueron descubiertos y castigados severamente.</p>
				<p>Se mandó a ahorcar a Pedro Escudero y a Juan Cermeño, se ordenó cortar los pies a un piloto llamado Gonzalo de Umbría y se reprendió a unos marineros, apellidados Peñates, con 200 azotes cada uno. Para rematar, Cortés acordó con aquellos que lo apoyaban a barrenar las embarcaciones para aniquilar cualquier esperanza y posibilidad de regresar a Cuba (Díaz, 2017: v.1, 174-175).</p>
				<p>Hernán Cortés llegó a tierras mesoamericanas en febrero de 1519 y partió de Cempoala, donde consolidó su autoridad, en agosto del mismo año; esto quiere decir que el extremeño tardó cerca de medio año en acabar con las voces del grupo que contravenían a la suya.</p>
				<p>La compañía de Cortés no era un ejército conquistador español. Para empezar, ésta no había recibido la instrucción ni la autorización para emprender una acción militar con vistas a expandir los dominios de la Corona; tampoco se puede hablar de que la compañía tuviera disciplina marcial, una línea de mando firme u objetivos únicos y compartidos, características básicas de un contingente bélico. Por el contrario, los hombres de Cortés constituyeron un grupo de individuos que había comprometido su trabajo a cambio de una parte del botín resultante y de hombres ricos que buscaban ser todavía más prósperos; si acaso, eran mercenarios o aventureros.</p>
				<p>Si bien es cierto que Cortés enarbolaba la bandera de la Corona Española y de la fe católica, no hay forma de saber el interés particular de cada uno de los hombres comunes que arriesgaron sus vidas al acompañarlo.</p>
			</sec>
			<sec>
				<title><italic>¿Exploradores, saqueadores o conquistadores?</italic></title>
				<p>Bernard Grunberg afirma que el término <italic>conquistador</italic> se remonta a 1238 cuando el rey aragonés Jaime I arrebató Valencia de manos musulmanas; esta palabra, trasladada a América, se asoció a los hombres que, por medio de las armas, hacían reconocer los derechos de la Corona Española y de la Iglesia sobre algún territorio (<xref ref-type="bibr" rid="B15">Grunberg, 2004: 95-96</xref>).</p>
				<p>La compañía de Hernán Cortés era sumamente heterogénea. Sus hombres procedían de distintas regiones geográficas, pertenecían a diferentes estratos sociales y tenían experiencias de vida y de oficio muy disímiles. Gracias a un minucioso estudio de las fuentes, Grunberg identificó que en el grupo de Cortés había mercaderes, herreros, carpinteros, sastres, notarios, escribanos, clérigos, frailes, médicos, boticarios, músicos y hasta agricultores (<xref ref-type="bibr" rid="B15">Grunberg, 2004</xref>). Por otra parte, una minoría estuvo en ejércitos profesionales o eran hidalgos instruidos en la guerra. Entre ellos se menciona a Tovilla, Sotelo, Canillas, Rodrigo Guipuzcano, Pedro Briones, Juan Portillo, Francisco de Orozco, Francisco de Santa Cruz, Juan González de Heredia, Cristóbal de Maeda, Diego Marmolejos, Sebastián de Ebora y Gregorio de Castaneda (<xref ref-type="bibr" rid="B14">Grunberg, 2015: 258-260</xref>).</p>
				<p>La mayoría de los hombres de Cortés no eran soldados profesionales y sólo contaban con sus experiencias en Cuba y las An tillas. Es posible que esto fuera la causa de su poca disciplina militar. Muchos de estos soldados improvisados acudieron al llamado de Cortés con el objetivo de conseguir el bienestar que no tenían en Cuba y adquirieron experiencia militar en el camino.</p>
				<p>Como se ha visto, la primera expedición desde Cuba hacia el continente fue liderada por Francisco Hernández de Córdoba e impulsada por un grupo de hombres cuyas condiciones en la isla no parecían ser nada cómodas. Estos primeros expedicionarios fueron, sobre todo y obligadamente, exploradores: conocían poco o nada de las costas de Yucatán, por lo que su viaje fue muy revelador en cuanto a la vastedad del territorio y las características de algunos de los grupos que lo habitaban. El mayor interés de los hombres de Córdoba era el de rescatar oro y hacerse con nativos cuyo trabajo pudieran explotar en beneficio propio, por lo que eran una suerte de emprendedores, oportunistas y saqueadores. No se sabe con certeza si el capitán o sus hombres albergaban alguna esperanza de poblar o conquistar; sin embargo, es seguro que no tenían recursos ni hombres suficientes para hacerlo, tanto así que fueron duramente castigados por los mayas-chontales.</p>
				<p>La información obtenida durante la expedición de Córdoba despertó el interés de Diego Velázquez. Así, el viaje de Juan de Grijalva estuvo claramente motivado por la necesidad de aumentar el conocimiento del territorio continental y por la sed de oro. Grijalva partió con órdenes expresas de explorar y rescatar todo el oro posible. Entre sus hombres se alzó la voz de poblar; no obstante, las constantes hostilidades con los nativos y, de nuevo, la escasez de hombres y recursos constituyeron impedimentos insuperables.</p>
				<p>Diego Velázquez quedó convencido de que se había topado con una gran oportunidad, por lo que nombró a un tercer jefe expedicionario que pudiera buscar y reforzar a Grijalva, al tiempo que solicitaba que se le concediera la facultad de poblar y conquistar. El gobernador recibió tal autorización en la primera mitad de 1519, la cual le permitía explorar y conquistar las tierras de Yucatán y Cozumel; también se le concedía el título vitalicio de adelantado (<xref ref-type="bibr" rid="B7">Casas, 2017: v. 3, 255-259</xref>). Velázquez era, en efecto, un conquistador, que tenía la intención y el permiso oficial para hacer reconocer los derechos de la Corona y de la Iglesia en <italic>tierras desconocidas</italic>, así como la posibilidad de sacar provecho personal de ello.</p>
				<p>Hernán Cortés contaba con instrucciones específicas; sin embargo, su mala relación con Velázquez trastocó la legitimidad de su expedición y, por lo tanto, sus objetivos. Es seguro que Cortés, desde el momento de su elección como capitán, tuviera toda la intención de lograr grandes cosas; las fuentes reflejan que éste invirtió todos sus recursos para preparar la armada; esto no quiere decir que el extremeño planeara, desde siempre, rebelarse contra el gobernador de Cuba. Cuando Velázquez se retractó de su decisión y mandó a atrapar a su antiguo amigo, le cerró la posibilidad de volver a la isla sin el miedo de ser apresado y perder todo lo invertido.</p>
				<p>Cortés llegó a Cozumel en medio de una gran incertidumbre. En parte pretendía seguir las instrucciones de Diego Velázquez para demostrar que actuaba en el marco de lo legal, pero era consciente que debía pensar a largo plazo su estadía en el continente. Por otra parte, algunos de sus hombres sí tenían intenciones y planes claros: los que permanecían fieles a Velázquez, y que tenían una posición buena en Cuba, pretendían hacerse con todo el oro posible, mientras que los hombres que ya tenían la experiencia de las expediciones anteriores deseaban poblar, eran una suerte de potenciales colonos.</p>
				<p>Nada más tocar tierra, las acciones de algunos hombres fueron esclarecedoras, ya que no esperaron a su capitán, sino que dieron inicio al pillaje de alimentos y objetos valiosos, como el caso de Pedro de Alvarado. En contraste, Cortés trató de enmendar las acciones de sus hombres con el objetivo de no cerrar la puerta al acercamiento diplomático y la amistad con los nativos; no podía darse el lujo de estar entre la espada y la pared, entre Diego Velázquez y un continente hostil.</p>
				<p>La compañía cortesiana pasó, por lo menos, dos semanas en Cozumel, poniendo orden, planeando la continuidad de su itinerario, haciendo intercambios con los nativos y esperando a Jerónimo de Aguilar y Gonzalo Guerrero, náufragos de los que tuvieron noticias gracias a los mayas (<xref ref-type="bibr" rid="B9">Cortés, 2004: 11-14</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, 94-100</xref>). Los hispanos tomaron la ruta más lógica y siguieron el camino de Córdoba y de Grijalva. De esta forma cumplían con las instrucciones de Velázquez y se acercaban, hasta donde sabían, a la “Gran Culúa”, donde abundaba el oro. La armada hispana costeó Yucatán y Campeche, recorrido en el que apenas hicieron paradas y, debido al mal tiempo, Cortés vio negada la oportunidad de vengar lo ocurrido a sus antecesores en Champotón; su primer desembarco significativo y su primera batalla ocurrió en Centla, Tabasco.</p>
				<p>En Centla, Cortés cumplió con el protocolo bélico español al hacer tres veces el requerimiento de paz y vasallaje a los mayas-chontales, pero ni él desistió de desembarcar, ni los pobladores originarios renunciaron a defender su tierra. Tras ser derrotados, los líderes centlaltecas juraron obedecer a la Corona y profesar la religión católica. Hernán Cortés y sus hombres pasaron unos cinco días en Centla y los pobladores les obsequiaron comida y joyas que equivalían a 140 pesos de oro (<xref ref-type="bibr" rid="B9">Cortés, 2004: 18</xref>); más importantes que estos regalos fueron las mujeres que les dieron, entre las que iba Malinalli, y la confirmación de que la a “Gran Culúa” era muy rica en oro (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, 94-101</xref>). Pero ¿para qué paró la compañía en Centla y por qué se enfrascaron en una batalla?</p>
				<p>Francisco Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva se vieron obligados a desembarcar en territorios campechanos y tabasqueños por la terrible escasez de suministros, sobre todo de agua, que les acuciaba. Es posible que la armada de Cortés desembarcara en Centla por razones similares. A esto se sumó la información de que los pobladores de dicho lugar no fueron hostiles con Grijalva. Aunque Cortés pidió y logró el vasallaje de la población, no estuvo interesado en establecer un enclave, en conseguir ayuda militar ni en exigir un tributo, ya fuese único o regular. Esto quedaba enmarcado en las obligaciones que le dictaban las instrucciones de Velázquez: “[…] en su nombre os envío para que les habléis y requiráis se sometan debajo de su yugo e servidumbre e amparo real, e que sean ciertas que heciéndolo heis y sirviéndole bien e lealmente, serán de su Alteza e de mí en su nombre muy remunerados […]” (<xref ref-type="bibr" rid="B19">Martínez, 1990: v. 1, 51</xref>). Por otra parte, como el primer ayuntamiento aún no se había fundado, no existía ninguna autoridad que pudiese facultar legalmente a la compañía para poblar o conquistar.</p>
				<p>Ya fuese por el clima tropical hostil, por la ausencia de oro o por la falta de autoridad, la batalla de Centla no fue el inicio de un proceso de conquista española en tierras mesoamericanas; más bien fue un incidente causado por la necesidad de la compañía hispana de reabastecerse e imitar la ruta de Grijalva. En Centla, se siguieron al pie de la letra los protocolos del requerimiento y del vasallaje, pero, aunque hubo una batalla, nada se formalizó en un acuerdo perdurable y la presencia española no se consolidó, puesto que no se fundó un poblado ni se designó a una guarnición para la zona. En todo caso, el vasallaje al que accedieron los centlaltecas, sólo de palabra, se habría dado bajo las instrucciones y la autoridad del gobernador de Cuba.</p>
				<p>En Veracruz todo fue diferente, pues la situación de la compañía cortesiana cambió, muy a su favor, tras aliarse con Chicomácatl, señor de Cempoala. En esta ocasión, los hispanos sí consolidaron su presencia con la creación de una villa fortificada, la designación de una guarnición permanente y la línea de suministros que les proporcionaron los cempoaltecas. Las autoridades designadas para el poblado español eximieron a Cortés de sus órdenes previas y le otorgaron la facultad de poblar y conquistar como capitán general de la empresa, ya sin estar subordinado a Velázquez, sino directamen te a la Corona (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, 137-139</xref>). Asimismo, Cortés tuvo la certeza del poder, la riqueza y la ubicación de Tenochtitlan. Esto fue fundamental para que el extremeño vislumbrara la oportunidad de una verdadera ocupación.</p>
				<p>La información que los cempoaltecas dieron a Cortés sobre Tenochtitlan le permitió marcar objetivos y posibilidades muy claras: a) la existencia de una gran ciudad con grandes riquezas; b) la estructura de un centro de poder sobre el cual cimentar el dominio hispano, sin necesidad de someter a cada región por separado y c) una situación geopolítica que abría la puerta a un sistema de alianzas que compensaran la poca fuerza de facto que la compañía cortesiana tenía en el territorio. Aun así, Cortés no emprendió una campaña militar para hacer caer a Tenochtitlan, sino que optó por la vía de la diplomacia y la disuasión; conforme sus aliados crecieron en número, también fue capaz de ejercer cierta presión política y militar contra Tenochtitlan y sus aliados.<xref ref-type="fn" rid="fn9"><sup>9</sup></xref>
				</p>
				<p>En la Villa de la Vera Cruz, Cortés tuvo gran claridad sobre lo que podía hacer y muchos de sus hombres vieron cumplidas sus esperanzas de poblar. A pesar de esto, es cuestionable que la compañía cortesiana encajara en el concepto de <italic>conquistador</italic>, en la medida de que su capacidad para hacer reconocer los derechos de su Corona era limitada y no tenía como principal medio el uso de la fuerza y las armas, al menos no antes de que la compañía fuese expulsada de Tenochtitlan en 1520.</p>
				<p>En un caso extremo, se podría conjeturar que Cortés tenía un plan maestro de conquista desde que salió de Cuba; sin embargo, esto no podría aplicarse para el resto de sus compañeros, quienes fueron definidos como conquistadores <italic>a posteriori</italic>, cuando todo estuvo consumado y resultó de una forma específica (la caída militar de Tenochtitlan y las subsiguientes campañas militares). Es decir, la idea de <italic>los conquistadores de México</italic> se prefiguró cuando los compañeros de Cortés fueron parte de un proceso histórico y cultural en el que se les asignó esa imagen.</p>
			</sec>
		</sec>
		<sec>
			<title>Guerras, logísticas y mentalidades de otro mundo</title>
			<p>Para entender los enfrentamientos bélicos entre hispanos y mesoamericanos, es indispensable contar con un mínimo de contexto histórico acerca de ambas culturas. Hacer caso omiso de este contexto puede dar origen a interpretaciones simplistas, demasiado radicales o poco pertinentes.</p>
			<p>En el siglo XV, los hispanos acabaron con el último reducto musulmán en el sur de la península ibérica; en el mismo siglo, los reinos de Castilla y Aragón se unieron, lo que propició una gran cohesión política y militar en el territorio. Asimismo, la <italic>reconquista española</italic> cobró tintes sacros, por lo que se consideró una guerra santa y justa, una empresa que desterró a los infieles de las tierras cristianas (<xref ref-type="bibr" rid="B12">García, 2015: 457-487</xref>). Así pues, la sociedad española del siglo XVI llevaba años acostumbrada a un ambiente bélico, de expansión territorial y de fortalecimiento económico; tras los viajes de Cristóbal Colón, este auge fue más allá del territorio europeo.</p>
			<p>Los hispanos que llegaron a la actual América tenían los recursos mentales necesarios para sustentar el ideal de expansionismo y de la difusión de una fe católica capaz de derrotar cualquier paganismo. Hombres como Diego Velázquez, Francisco Hernández de Córdoba, Juan de Grijalva y Hernán Cortés actuaban bajo las directrices de aumentar el poder de la monarquía a la que pertenecían, imponer su religión y, desde luego, conseguir gloria para sí mismos. Muchos de los expedicionarios sabían leer, por lo que no sólo contaban con el impulso de su historia reciente, sino también con los modelos culturales heroicos que promovía la literatura caballeresca; pocos eran soldados profesionales, pero la mayoría tenía un universo mental impregnado de temáticas bélicas (<xref ref-type="bibr" rid="B15">Grunberg, 2014: 557-598</xref>).</p>
			<p>Los mexicas fundaron Tenochtitlan en 1325. Su experiencia militar comenzó con su rol como mercenarios de los tepanecas de Azcapotzalco que, para ese entonces, era la ciudad hegemónica del Altiplano Central. Los tenochcas derrocaron a los azcapotzalcas como principal potencia y consolidaron una poderosa alianza política, religiosa y militar con Texcoco y Tlacopan, la <italic>Excan Tlatoloyan</italic><xref ref-type="fn" rid="fn10"><sup>10</sup></xref> (<xref ref-type="bibr" rid="B2">Alvarado, 1949: 69 y 104-109</xref>). Durante unos 200 años, los mexicas expandieron su influencia, impusieron cargas tributarias a numerosos grupos y ganaron preeminencia frente a sus dos grandes aliados. En 1502, Motecuhzoma Xocoyoctzin fue designado <italic>tlahtoani</italic> de Tenochtitlan.</p>
			<p>Este gobernante inició una serie de cambios políticos destinados a fortalecer el poder tenochca: dotó a su cargo de un protocolo altamente despótico e intimidante, concentró al grueso de la élite social de toda la región en Tenochtitlan para ser adoctrinada, ejecutó acciones militares de mayor contundencia en contra de sus enemigos y creó enclaves con guarniciones permanentes en lugares distantes o estratégicos (<xref ref-type="bibr" rid="B11">Durán, 2006: v. 2, cap. 52-53</xref>).</p>
			<p>La sociedad mexica era altamente belicosa, aunque la base de su sustento era la agricultura; sin embargo, el sistema tributario y su constante expansión jugaban un papel clave en su economía. La guerra tenía un fuerte sustrato religioso en la cosmogonía tenochca e incluso existía una especie de religión estatal en la que Huitzilopochtli, principal deidad mexica, prometió a su pueblo gran gloria y poder si seguían su senda; las victorias militares eran la culminación de la relación entre lo divino y el hombre.<xref ref-type="fn" rid="fn11"><sup>11</sup></xref>
			</p>
			<p>Tanto hispanos como mexicas pertenecían a sociedades cercanas a la guerra, que se asumían superiores y que tenían profundas motivaciones religiosas. Así pues, no es posible afirmar que los europeos tuvieran una ventaja psicológica por considerarse portadores de una cultura superior (<xref ref-type="bibr" rid="B17">Hassig, 1988: 241</xref>). Las verdaderas ventajas y desventajas entre hispanos y mexicas, en realidad entre europeos en general y mesoamericanos en general, eran otras: a) la tecnología; b) las características de la guerra mesoamericana en contraste con la europea; c) las demandas espirituales de sus creencias religiosas, y d) su contexto específico.</p>
			<list list-type="simple">
				<list-item>
					<p>a) El armamento fue una de las disparidades más evidentes entre mesoamericanos e hispanos, pues la tecnología de ambos pueblos respondía a devenires históricos totalmente diferentes. Las espadas y armaduras europeas estaban hechas de acero, un material que probó ser más efectivo y resistente que el algodón y la obsidiana que utilizaban los pueblos originarios; las armas de fuego, aunque escasas y con poca cadencia de disparo, tuvieron un efecto psicológico inicial devastador debido al ruido que emitían y los efectos que ejercían en sus blancos. Por otra parte, los nativos conocían mejor el entorno y los recursos que los rodeaban. Un caso muy diferente era el de la habilidad y el coraje particular de cada guerrero. Los propios hispanos reconocían que se enfrentaban a enemigos de temer:</p>
				</list-item>
			</list>
			<disp-quote>
				<p>[…] harto teníamos que defendernos no nos matasen y nos llevasen de vencida, que aunque estuvieran los indios atados, no hiciéramos tantas muertes, es especial que tenían sus armas de algodón, que les cubrían el cuerpo, y arcos, saetas, rodelas, lanzas grandes, espadas de navajas como de a dos manos, que cortan más que nuestras espadas, y muy denodados guerreros (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, 79</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<list list-type="simple">
				<list-item>
					<p>b) Los hispanos estaban más acostumbrados a guerras de conquista en las que el bando vencedor exterminaba y se hacía con el territorio de los derrotados. Los grupos mesoamericanos, por el contrario, basaban sus conquistas en la expansión de sus zonas de influencia y la imposición de tributos, no buscaban el exterminio del enemigo ni la suplantación de su estructura política. Los mexicas se ahorraban gastos y esfuerzos administrativos al utilizar los sistemas preexistentes de las ciudades que sometían, sólo en caso de especial rebeldía recurrían al exterminio y la destrucción (<xref ref-type="bibr" rid="B16">Hassig, 1994</xref>). </p>
				</list-item>
				<list-item>
					<p>c) Por otra parte, los hispanos ejercieron una fe católica sumamente proselitista e impositiva, consideraban que toda creencia diferente o heterodoxa era un error y una ofensa para el <italic>dios verdadero</italic>, por lo que asumían como obligación el evangelizar a los pueblos paganos, sobre todo si éstos pasaban a formar parte de sus dominios. En contraste, los indígenas no imponían sus creencias a las ciudades que sometían, incluso asimilaban elementos externos; aunque la guerra poseía un fuerte tinte religioso, no tenía como objetivo ningún tipo de evangelización.<xref ref-type="fn" rid="fn12"><sup>12</sup></xref>
					</p>
				</list-item>
				<list-item>
			<p>d) Los hombres de Córdoba, de Grijalva y de Cortés estaban en tierras ajenas, no tenían sentido de pertenencia ni mucho conocimiento sobre éstas, esto los dejaba en una posición de desventaja numérica y de difícil reaprovisionamiento; no obstante, esta situación significaba que todos los grupos eran combatientes que estaban listos para la guerra en cualquier momento. Los mayas, los mayas-chontales, los mexicas y todos los grupos que se enfrentaron con los extranjeros poseían un gran conocimiento de su territorio, algunos podían convocar grandes ejércitos y tenían líneas de suministros estables. Las ventajas de los locales parecen apabullantes, pero debe considerarse que debían defender ciudades, extensos territorios y una inmensa población no combatiente; también estaban supeditados a sus actividades agrícolas y cotidianas, los ejércitos sólo podían sumarse en su totalidad una vez que la temporada de cosecha había pasado (<xref ref-type="bibr" rid="B16">Hassig, 1994: 45</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B17">Hassig, 1988: 243</xref>).</p>
				</list-item>
				</list>
			<disp-quote>
				<p>El concepto de un orden de conocimientos requiere sin duda que se incluya su opuesto complementario: la organización del no conocimiento o la ignorancia. De hecho, algunos académicos han comenzado a estudiar lo que llaman ‘regímenes de ignorancia’, en otras palabras, lo que diferentes tipos de personas no saben en ciertos lugares o momentos (<xref ref-type="bibr" rid="B5">Burke, 2017: 59</xref>).</p>
			</disp-quote>
				<p>Velázquez, Córdoba, Grijalva y Cortés son personajes que merecerían un lugar en los anales de esta historia de la ignorancia. Estos hombres emprendieron acciones temerarias bajo ideas falsas y falta de información: a Velázquez le hicieron creer que el continente era exorbitantemente rico en oro. Córdoba y Grijalva, y en un principio Cortés también, creyeron que pequeños contingentes bastaban para tener una posición sólida, tal como había pasado en las Antillas; el contacto con pequeñas ciudades mayas y totonacas posiblemente propició que se subestimara a las grandes urbes, etcétera. Como se ha mencionado, es posible que los hispanos actuasen de manera diferente de haber contado con información más precisa sobre el territorio en el que incursionaron.</p>
			<p>La expedición de Francisco Hernández de Córdoba tenía más un carácter de exploración y pillaje (rescatar oro, capturar nativos) que bélico; sus roces con los nativos se debieron a la necesidad de la compañía española de reabastecerse y no tanto como actos de guerra premeditados. En Campeche, el campamento de Córdoba y sus hombres fueron rodeados durante la noche por los guerreros de Champotón, quienes atacaron al amanecer. Aunque el equipamiento hispano era muy efectivo en el combate cuerpo a cuerpo, los guerreros de la zona supieron aprovechar su superioridad numérica, su conocimiento del terreno y las tácticas de barrido de flechas y demás proyectiles arrojadizos. El contingente de Córdoba estuvo a punto de ser totalmente exterminado, se salvaron gracias a una formación cerrada que les permitió volver a sus embarcaciones.</p>
			<p>A diferencia de lo que sucedió en el Altiplano Central, los mayas no dudaron en atacar y hostigar a los extranjeros. Es posible que éstos estuvieran prevenidos por Gonzalo Guerrero, náufrago español que adoptó el modo de vida de los nativos, o por el contacto entre comerciantes mayas y Cristóbal Colón.<xref ref-type="fn" rid="fn13"><sup>13</sup></xref>
			</p>
			<p>En 1518, Juan de Grijalva se enfrentó a dificultades similares a las de su antecesor; sin embargo, fue muy cauteloso, su contingente era más numeroso y supo utilizar, con efectividad, la ventaja que ofrecía el fuego de artillería de los navíos. Este recurso fue útil tanto ofensiva como defensivamente. No obstante, los pobladores originarios aún aprovechaban su superioridad numérica y su conocimiento del terreno, aprendieron que debían alejarse del fuego de la artillería e intensificaron sus ofensivas utilizando canoas para flechar a los invasores mientras se movían en sus embarcaciones. Durante una batalla, los hombres de Grijalva lograron poner en retirada a los mayas, quemaron parte del poblado y los persiguieron; sin embargo, sin el poder de fuego de sus navíos, y en terreno extraño, los mayas aprovecharon para atacarlos; una vez más, los hispanos sólo lograron salvarse gracias una retirada en formación cerrada y al amparo de sus cañones (<xref ref-type="bibr" rid="B16">Hassig, 1994: 42-43</xref>).</p>
			<p>Tras abandonar el territorio maya-chontal, la compañía de Grijalva no se enfrascó en más combates y, finalmente, optó por volver a Cuba. La escalada inicial de violencia y adaptación por parte de ambos bandos se dio en el sureste mesoamericano, algo que habría aumentado de no ser porque la presencia de la tercera expedición en la zona fue efímera.</p>
			<p>Hernán Cortés partió de Cuba con 450 hombres y 11 barcos, lo cual le permitió llevar consigo una cantidad mayor de provisiones, lo que disminuyó la necesidad de reabastecimiento y de desembarcos que propiciaran emboscadas. Cortés tardó sólo unos dos meses en recorrer, más bien costear, la zona maya y maya-chontal; aunque pretendía atacar Champotón, esta posibilidad le fue negada por el mal tiempo y el consejo de sus pilotos. La única batalla que vivió la empresa cortesiana durante estos meses se dio en Centla, Tabasco.</p>
			<p>Ante la aparición de extraños navíos en la costa, los mayas-chontales de Centla apostaron sus fuerzas en la playa como un acto de intimidación y advertencia para los recién llegados. Aunque los locales dieron alimentos y algunos obsequios a los hispanos, les negaron explícitamente el desembarco. Haciendo caso omiso de las advertencias, Cortés desplegó sus fuerzas, dando pie a las hostilidades. En sus <italic>Cartas de Relación</italic>, el extremeño narró cómo ofreció la paz hasta tres veces, una argucia legaloide para justificar el conflicto armado y las muertes que resultasen de éste (<xref ref-type="bibr" rid="B9">Cortés, 2004: 16</xref>).</p>
			<p>Aunque agobiados por las lluvias de flechas y el terreno pantanoso, la compañía cortesiana se abrió paso dividiendo sus fuerzas, el grueso de la infantería marchó por tierra y sacó ventaja de la superioridad de su equipamiento en el combate cuerpo a cuerpo. Por otra parte, una fuerza menor, compuesta por arcabuceros y ballesteros, rodeó la ciudad en pequeñas embarcaciones; las defensas de Centla cayeron y sus defensores emprendieron la retirada.</p>
			<p>El avance de los invasores fue engañoso, pues los centlatecas permanecieron en la periferia de su ciudad, dejando a Cortés aislado y sin provisiones, lo que fue evidente cuando un grupo de hispanos, que había salido en busca de alimentos, fue emboscado. Éstos salvaron la vida gracias a la ayuda otro grupo que venía de regreso y de aquellos que se habían quedado en Centla.</p>
			<p>Es posible que los centlatecas desearan convocar a más guerreros de los poblados cercanos para enfrentar a los invasores a mayor escala. Cortés se adelantó y propició que la batalla ocurriese en un terreno medianamente apto para usar la caballería, mientras el grueso de sus tropas hacía frente al enemigo. El choque duró entre una y tres horas en las que ningún bando aventajaba al otro. Los locales estaban armados con arcos, flechas, lanzas, hondas y armas para combate cercano; éstos prefirieron los ataques a distancia, pues las estocadas de los hispanos eran especialmente efectivas en contra de sus armaduras ligeras; sin embargo, esta estrategia los dejó vulnerables a los ataques con artillería.</p>
			<p>Los nativos cercaron a los invasores, quienes fueron salvados por la tardía intervención de la caballería, liderada por Cortés, que se retrasó debido al terreno pantanoso que abundaba en la zona. Sorprendidos en la retaguardia por enemigos tan extraños, los centlatecas se vieron forzados a emprender la retirada.</p>
			<p>Es probable que los hispanos estuviesen en desventaja numérica, pero no al grado que algunos cronistas afirmaron. Aunque los locales tenían una capacidad limitada para defenderse de las armas europeas, su derrota se debió más al éxito que tuvo Cortés en llevar la batalla a un terreno favorable y así evitar el encierro en una ciudad sin provisiones. Aunque éste fue el primer encuentro bélico mayor entre hispanos y mesoamericanos, no es posible afirmar que sentara las bases el modelo de combate de la compañía cortesiana, ya que en batallas posteriores hubo la participación masiva de contingentes indígenas (<xref ref-type="bibr" rid="B9">Cortés, 2004: 16-18</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, cap. 107-116</xref>).</p>
			<p>Es posible que los centlatecas no fueran especialmente belicosos o que no tuvieran experiencia previa de combate contra los hispanos. Tras la batalla, Hernán Cortés cuestionó al gobernante de Centla sobre los motivos de su actitud hostil y éste les respondió “[…] que el cacique de Champotón, su hermano, se lo aconsejó, y porque no le tuviesen por cobarde, y porque se lo reñían y deshonraban, y porque no nos dio guerra cuando la otra vez vino otro capitán […]” (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, 120</xref>). Esto quiere decir que los guerreros de Centla no se habían enfrentado en las expediciones anteriores. Por otra parte, después de perder la ciudad en el primer enfrentamiento, los centlatecas enviaron mensajeros a Cortés y accedieron a llevarle provisiones; sin embargo, la noche de ese mismo día Melchorejo huyó del campamento hispano y aconsejó al señor de Centla que atacara a los invasores sin descanso. Esta actitud vacilante contrasta con el incremento de violencia que otros grupos mostraron contra Grijalva, a quien atacaban sin siquiera esperar su desembarco (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, 120</xref>).</p>
			<p>Tras la victoria y el cobro del botín, la compañía cortesiana siguió su camino hacia el actual territorio de Veracruz, desembarcaron en los arenales de Chalchicuecan, establecieron un campamento y fundaron el llamado primer ayuntamiento; fue en este sitio donde, al fin, hicieron contacto con dignatarios que formaban parte del aparato de gobierno tenochca: Tendile y Pitalpitoque (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v.1, 128</xref>).</p>
			<p>Existe la idea de que Motecuhzoma Xocoyotzin actuó con ineptitud y cobardía ante la llegada de los hispanos; sin embargo, esto es mentira. El <italic>tlahtoani</italic> mexica fue enterado de la llegada de hombres extraños durante la expedición de Juan de Grijalva, los hábiles vigías al servicio de Tenochtitlan intercambiaron objetos con los extranjeros para mostrarlos a su señor; la respuesta de Motecuhzoma fue vigilar una gran extensión de la Costa del Golfo. Cuando Tendile y Pitalpitoque hicieron contacto con Cortés, optaron por actuar con cautela y diplomacia; mediante sus enviados, el <italic>tlahtoani</italic> mexica procuró disuadir a los invasores de acercarse a Tenochtitlan, les ofreció regalos e incluso trató de comprobar si estos extraños hombres barbados tenían un carácter divino (<xref ref-type="bibr" rid="B22">Sahagún, 2005: v. 4, 23-34</xref>).</p>
			<p>Ante la terquedad de Hernán Cortés, Motecuhzoma recurrió a una estrategia más agresiva, abandonó a los extranjeros y les cortó el flujo de suministros (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, cap. 134-136</xref>).</p>
			<p>El <italic>tlahtoani</italic> tenochca sabía perfectamente que los hispanos estaban rodeados por regiones sometidas a Tenochtitlan, lo que los obligaba a internarse en kilómetros y kilómetros de territorio hostil que, en teoría, no debía prestarles ningún tipo de asistencia. Ross Hassig afirma que Cortés llegó durante un periodo muy activo del ciclo agrícola y sin anunciarse como un agente hostil, es posible que éstas fueran algunas de las razones por las que Motecuhzoma recurrió a sistemas defensivos (diplomacia y blo queo logístico) en vez de emprender una ofensiva militar (<xref ref-type="bibr" rid="B17">Hassig, 1988: 242</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B16">Hassig, 1994: 45</xref>).</p>
			<p>Lo que Motecuhzoma no previó, o al menos no de forma acertada, fue la disrupción política iniciada por Hernán Cortés. Los grupos descontentos con la dominación mexica vieron a los extranjeros como una pieza más de su geopolítica y no dudaron en valerse de éstos para librarse de los tributos que la <italic>Excan Tlatoloyan</italic> les exigía.</p>
		</sec>
		<sec>
			<title>Rescatando a los 500 valientes, pero perdidos</title>
			<p>Bernal Díaz del Castillo escribió que “una mañana no amaneció indio ninguno de los que estaban en las chozas, que solían traer de comer, no los que rescataban, y con ellos Pitalpitoque, que sin hablar palabra se fueron huyendo” (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, 134</xref>).</p>
			<p>De un día para otro, la compañía cortesiana se quedó sin una línea de abastecimiento estable, sin la posibilidad de rescatar oro y sin la más mínima idea de cómo llegar a Tenochtitlan. En Chalchicuecan, los cempoaltecas ya espiaban de lejos a los extraños y, tras la partida de los hombres de Motecuhzoma, se animaron a contactarlos; éstos hablaron a Hernán Cortés sobre el señor de Cempoala, lo invitaron a su ciudad y también dieron al extremeño los primeros indicios de que la autoridad de Motecuhzoma no era incontestable. Ya fuese por voluntad propia o sonsacados por su interlocutor, los cempoaltecas hablaron sobre algunos de los grupos descontentos o plenamente insumisos a Tenochtitlan (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v.1, 135</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B7">Casas, 2017: v. 3, 249</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B8">Cervantes, 1985: 149-150</xref>). Hernán Cortés fracasó en su intento de llegar a Tenochtitlan mediante la diplomacia y con el beneplácito de Motecuhzoma; el capitán fijó como prioridad la búsqueda de un mejor asentamiento, presionado por la falta de provisiones y el creciente descontento de algunos de sus hombres. Francisco Montejo exploró la costa del actual Veracruz por órdenes de Cortés y divisó un peñón cuyo amparo era ideal para refundar la Villa Rica de la Vera Cruz (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, 131</xref>).</p>
			<p>En 1519, Cempoala era gobernada por Chicomácatl, a quien las fuentes describen como un hombre extremadamente gordo; la invitación que los hispanos recibieron de los embajadores cempoaltecas provino de este hombre, quien estaba enterado de la marcha de los extranjeros y de su victoria en Centla (<xref ref-type="bibr" rid="B17">Hassig, 1988</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B16">Hassig, 1994</xref>). La apariencia jocosa del señor cempoalteca contrasta con la sagacidad que mostró ante la presencia de un agente extraño a la dinámica política de la región. Conforme avanzaba, la compañía de Cortés se encontró con poblados abandonados, donde no habían quedado alimentos ni objetos valiosos. Es muy posible que Chicomácatl ordenara a su gente alejarse de los desconocidos: así evitaba posibles conflictos o saqueos y, al mismo tiempo, negaba a los extranjeros la oportunidad de reabastecerse, obligándolos a seguir su camino hasta la ciudad principal (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, 145</xref>).</p>
			<p>Los cempoaltecas rescataron a los hispanos de la inanición, les llevaron alimentos, ofrecieron guiarlos y los hospedaron en un poblado que estaba a un día de camino de Cempoala. Cortés y sus hombres entraron a la ciudad en junio de 1519 y se sorprendieron por su tamaño y poblamiento. También quedaron impactados por la obesidad de Chicomácatl, a quien apodaron <italic>El Cacique Gordo</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="B24">Torquemada, 1975-1983: v. 2, 83-84</xref>). En realidad, Cortés asumió un gran riesgo al internarse en una ciudad extraña y llena de potenciales enemigos; sin embargo, regresar a los arenales de Chalchicuecan o a Centla habría minado su autoridad y la moral de sus hombres, ni hablar de regresar a Cuba.</p>
			<p>Un Chicomácatl hostil habría evitado a los hispanos, dejándolos en Chalchicuecan; en caso de que éstos se internaran en su territorio, les habría cortado los suministros mediante el abandono planeado y sistemático de cualquier población a la que los invasores se acercaran. Si en su desesperación por obtener provisiones hubiera atacado a Cempoala, Cortés habría recurrido a su propio sistema de alianzas; en última instancia, cualquier acción bélica por parte de los his panos los señalaría como una amenaza para los territorios bajo el dominio de la <italic>Excan Tlatoloyan</italic>, que respondería con una campaña punitiva. En este escenario, Cortés quedaría empantanado en un conflicto muy lejos de Tenochtitlan, rodeado de grupos enemigos y sin un lugar para retirarse o reorganizarse. Nada de esto pasó, gracias a la inconformidad que Chicomácatl sentía ante la dominación de Motecuhzoma.</p>
			<p>Cempoala no figura en la <italic>Matrícula de Tributos</italic> como deudora de Tenochtitlan, pero sí aparece bajo la jurisdicción de Tlacopan en el <italic>Memorial de Tlacopan</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="B6">Carrasco, 1996</xref>). También existe cierto fundamento histórico para sostener que los mexicas sometieron, directamente, a esta ciudad de la Costa.</p>
			<p>En 1475 Axayácatl invitó a Tlehuitzilin, señor de Cempoala, a los cruentos festejos de <italic>Tlacaxipehualiztli</italic>. Ésta fue una estrategia ideada por Tlacaélel, <italic>cihuacóatl</italic> del <italic>tlahtoani</italic> mexica, para probar si Cempoala reconocía la autoridad de Tenochtitlan sin la necesidad de una intervención militar (<xref ref-type="bibr" rid="B11">Durán, 2006: v. 2, 276</xref>). Tlehuitzilin aceptó la invitación, obsequió a los embajadores que lo contactaron y fue intimidado exitosamente: “Los señores y principales que fueron llamados para esta fiesta y sacrificio estaban espantados y fuera de sí de ver matar y sacrificar tantos hombres, y tan atemorizados, que casi no osaban decir nada” (<xref ref-type="bibr" rid="B11">Durán, 2006: v. 2, 278</xref>). La complacencia del señor cempoalteca significó, de facto, que se sometía a Tenochtitlan y aceptaba pagar tributo. Posteriormente, Motecuhzoma Xocoyotzin llevó a cabo una serie de reformas políticas, posible cimiento de un proceso centralizador que encumbró a Tenochtitlan en detrimento de sus aliados, Texcoco y Tlacopan (<xref ref-type="bibr" rid="B11">Durán, 2006: v. 2, 403-409</xref>). Chicomácatl le tenía especial encono a Tenochtitlan, pues recordaba la humillación que había sufrido Tlelhuitzilin, mientras que la actitud despótica de Motechuzoma y el constante expansionismo de la <italic>Excan Tlatoloyan</italic> significaban una relación muy asimétrica entre dominados y dominadores. En este contexto, los cempoaltecas vieron a los hispanos como un valioso recurso en contra de sus opresores.</p>
			<p>La compañía cortesiana aprovechó su estadía en Cempoala para descansar, cuidar de sus heridos y relajarse un poco. Mientras tanto, su capitán concertó una audiencia privada con Chicomácatl. Entre quejidos y sollozos, <italic>El Cacique Gordo</italic> narró a Cortés las terribles exigencias de Motecuhzoma: despojaban a su pueblo de sus joyas, violaban a las mujeres y exigían personas para ser sacrificadas; el extremeño reconfortó como pudo a su huésped, le ofreció su ayuda y le habló sobre los beneficios de la fe católica y el servicio a su monarca. Posteriormente, Chicomácatl gestionó una reunión entre sus nuevos aliados y los representantes de varios poblados totonacos en la ciudad fortificada de Quiahuiztlán; en este lugar se concretó la alianza entre los hispanos y unos 20 grupos totonacos, que se declararon en abierta rebeldía en contra de Motecuhzoma (<xref ref-type="bibr" rid="B16">Hassig, 1994</xref>).</p>
			<p>Hernán Cortés partió de Cempoala en agosto de 1519 y <italic>El Cacique Gordo</italic> le confió el mando de unos 400 cargadores, con la función de transportar los pertrechos de guerra; y entre 40 o 50 guerreros de élite (<xref ref-type="bibr" rid="B16">Hassign, 1994</xref>). El aporte humano de Cempoala a la compañía cortesiana fue moderado, quizá porque su capacidad militar era limitada o como parte de una estrategia cautelosa por parte del gobernante de la ciudad; el valor de la alianza hispano-cempoalteca radicó en otro tipo de recursos. Chicomácatl fue la primera fuente de <italic>inteligencia militar</italic> para Cortés: habló a éste sobre los aliados de Tenochtitlan, sobre sus enemigos y le aconsejó buscar una alianza con los señoríos totonacos de la región y con los tlaxcaltecas, quienes se oponían con mayor firmeza al expansionismo mexica (<xref ref-type="bibr" rid="B13">García, 1998</xref>).</p>
			<p>La ayuda del señor cempoalteca permitió a Cortés vislumbrar un verdadero proyecto de conquista: consolidó el ayuntamiento que validó su autoridad, construyó un asentamiento español fortificado que servía como base de operaciones, estableció una buena línea de suministros, sumó a sus filas guías que le indicaran el camino a Te nochtitlan y cargadores que libraban a sus hombres de cargar con pertrechos, además recibió asistencia estratégica y diplomática para formar futuras alianzas. Ahora bien, la generosidad de Chicomácatl tenía un precio, su objetivo final y principal consistía en mermar el poder de Tenochtitlan en la zona, al menos lo suficiente como para liberarse de las cargas tributarias. No obstante, <italic>El Cacique Gordo</italic> no tardó en sacar otros beneficios de sus nuevos aliados: pidió ayuda a Cortés en contra de la ciudad de Tizapancigo y, posteriormente, obsequió al extremeño varias mujeres cempoaltecas, incluida su sobrina; la intención de este obsequio era formalizar la alianza mediante la unión del linaje local con Cortés. Por otra parte, Hernán Cortés tampoco fue un aliado ingenuo. Durante el encuentro entre hispanos y totonacos en Quiahuiztlán, el capitán extremeño secuestró a varios recaudadores mexicas y presionó para que toda la región se declarara libre de los tributos impuestos por Motecuhzoma, este incidente era un acto de gran rebeldía y ruptura definitiva con la hegemonía del Altiplano Central. Asimismo, tras la toma de Tizapancingo, Cortés exigió a los cempoaltecas abandonar su religión y convertirse al cristianismo, derribó las figuras de sus dioses y estuvo a punto de ser atacado por los guerreros locales, sólo salvó la vida tomando como rehén a Chicomácatl, quien no tuvo otra opción que tranquilizar a su pueblo.</p>
		</sec>
		<sec sec-type="conclusions">
			<title>Conclusión: ¿y la guerra de conquista?</title>
			<p>La compañía cortesiana se vio envuelta en tan sólo dos conflictos durante sus primeros seis meses en el continente: la batalla de Centla y la lucha de Hernán Cortés para consolidar su autoridad ante los hombres que lo acompañaron.</p>
			<p>Francisco Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva contaron información, autoridad e instrucciones muy limitadas; sin embargo, esto les dio un horizonte de posibilidades bien delimitado. Por el contrario, Hernán Cortés quedó sin un rumbo fijo cuando partió de Cuba sin la bendición de Diego Velázquez, esto lo obligó a improvisar, a replantear sus planes e incluso a deconstruir y reconstruir el carácter de su rebelde compañía; todo con tal de no regresar a Cuba con las manos vacías y a merced de un iracundo Velázquez.</p>
			<p>Cortés llegó a Cozumel en febrero de 1519 y desde ese momento hasta la fundación del primer ayuntamiento, se vio atrapado entre la espada y la pared: se ganó a Diego Velázquez como enemigo, pero legalmente seguía atado a sus instrucciones; asimismo, debió mediar entre los diferentes intereses que tensaban internamente a su compañía y los planes que él tenía para sí mismo y su futuro. Había quien sólo deseaba oro, otros querían poblar, algunos dudaban de la legitimidad de la capitanía del extremeño, quien tuvo que hacer malabares con la diversidad de su compañía hasta que éstas se encontraron en una coyuntura que le fue conveniente, es decir, la fundación del primer ayuntamiento. Antes de Veracruz, los hispanos se limitaron a seguir las rutas de Córdoba y Grijalva, a rescatar oro, a hablar un poco sobre su religión y a explorar; todo mientras procuraban no morir de hambre, de sed o en un amotinamiento.</p>
			<p>Cortés y sus hombres tuvieron, por lo menos, dos grandes golpes de suerte: no se enfrascaron en conflictos prolongados con los mayas-chontales, algo que agotaría sus suministros y sus números; y fueron rescatados del hambre y el extravío por los cempoaltecas. La ignorancia hispana de los protocolos bélicos mesoamericanos fue beneficiosa para ellos: no se anunciaron como una fuerza hostil, no sabían nada de las celebraciones religiosas o los ciclos agrícolas y, por si fuera poco, la subestimación que hicieron del poder de su enemigo pudo jugar a su favor. No obstante, ninguna de estas acciones fue parte de un plan de conquista previamente trazado, ni siquiera de exploración; en todo momento, Cortés y sus hombres estuvieron obligados a adaptarse.</p>
			<p>La alianza hispano-cempoalteca permitió a los invasores ingresar a la dinámica bélica y política de la región gracias a un sistema de alianzas que se opuso a la hegemónica <italic>Excan Tlatoloyan</italic>. A pesar de las alianzas, Cortés no emprendió una campaña militar en contra de Tenochtitlan sino hasta 1520, más de un año después de su desembarco y obligado por la violenta respuesta mexica como consecuencia de la matanza del templo mayor.</p>
			<p>Hernán Cortés fue un hombre sagaz y un capitán ágil; sin embargo, ninguna de sus acciones fue excepcional: sus tácticas, su religión, su actitud caballeresca y su mentalidad de <italic>civilización superior</italic> eran rasgos típicos de la península ibérica del siglo XVI, forjados por un proceso histórico específico. Ningún conquistador español llegó a Cozumel en 1519; tan sólo llegó un extremeño, al mando de medio millar de hombres, sumidos en una terrible incertidumbre. Los títulos de conquistadores fueron motes posteriormente concedidos a algunos de estos diversos y desobedientes compañeros. El extremeño falleció en 1547 y lo hizo en medio de disputas por el reconocimiento de sus derechos sobre la recién formada Nueva España, es decir que no se conformó con el mero hecho de que la monarquía hispana se impusiera sobre nuevos territorios, sino que murió exigiendo que se respetaran sus muy particulares méritos.</p>
			<p>Ahora bien, no podemos negar que la dominación castellana se consumó en un momento determinado de la historia; sin embargo, abordar todas las etapas de tan complejo proceso desde una mentalidad universalizante o desde una idea de completitud <italic>a priori</italic>, sería una actitud ahistórica. No se debe perder de vista la historicidad específica de cada momento, pues esto implicaría perder el sentido humano del devenir; en todo caso estaríamos, casi inconscientemente, tejiendo tramas teleológicas.</p>
			<p>
				<fig id="ch1">
					<graphic xlink:href="https://korpus21.cmq.edu.mx/index.php/ohtli/article/download/6/58/421"/>
				</fig>
			</p>
		</sec>
	</body>
	<back>
		<ref-list>
			<title>Fuentes consultadas</title>
			<ref id="B1">
				<mixed-citation>Aguilar, Francisco de (1980), <italic>Relación breve de la conquista de la Nueva España</italic>, 8ª ed., edición, estudio preliminar, notas y apéndices por Jorge Gurría Lacroix, México, UNAM.</mixed-citation>
				<element-citation publication-type="book">
					<person-group person-group-type="author">
						<name>
							<surname>Aguilar</surname>
							<given-names>Francisco de</given-names>
						</name>
					</person-group>
					<year>1980</year>
					<source>Relación breve de la conquista de la Nueva España</source>
					<edition>8</edition>
					<comment>estudio preliminar, notas y apéndices por Jorge Gurría Lacroix</comment>
					<publisher-loc>México</publisher-loc>
					<publisher-name>UNAM</publisher-name>
				</element-citation>
			</ref>
			<ref id="B2">
				<mixed-citation>Alvarado Tezozómoc, Fernando (1949), <italic>Crónica Mexicáyotl</italic>, 3ª ed., traducción de Adrián León, México, Universidad Nacional Autónoma de México-Instituto de Investigaciones Históricas.</mixed-citation>
				<element-citation publication-type="book">
					<person-group person-group-type="author">
						<name>
							<surname>Alvarado Tezozómoc</surname>
							<given-names>Fernando</given-names>
						</name>
					</person-group>
					<year>1949</year>
					<source>Crónica Mexicáyotl</source>
					<edition>3</edition>
					<person-group person-group-type="translator">
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							<surname>León</surname>
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			<fn fn-type="other" id="fn1">
				<label>1</label>
				<p>Fray Bartolomé de las Casas mantuvo una actitud crítica hacia Cortés, esto se aprecia en su descripción de los primeros años de Diego Velázquez en Cuba y su relación con el extremeño.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn2">
				<label>2</label>
				<p>Por otra parte, Hernán Cortés afirma que Grijalva partió con 170 hombres (<xref ref-type="bibr" rid="B9">Cortés, 2004: 7-8</xref>).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn3">
				<label>3</label>
				<p>En 1518, el actual territorio de Veracruz estaba ocupado por diversos grupos, entre ellos los cempoaltecas. Cortés, en específico, desembarcó en una zona controlada por Cotaxtla, que estaba dentro de la zona de influencia de la <italic>Excan Tlatoloyan</italic> o triple alianza. En el texto se utilizará el nombre de Veracruz con el fin de facilitar un marco de referencia geográfico claro para el lector.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn4">
				<label>4</label>
				<p>Hernán Cortés y Francisco López de Gómara mencionan la misión de buscar a Grijalva (<xref
						ref-type="bibr" rid="B9">Cortés, 2004: 10</xref> y <xref ref-type="bibr"
						rid="B18">López de Gómara, 1988: 15</xref>). Bernal Díaz del Castillo habla
					de la licencia que Velázquez pedía al rey para conquistar y poblar (<xref
						ref-type="bibr" rid="B10">Díaz, 2008: v. 1, 77-78</xref>).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn5">
				<label>5</label>
				<p>Sumando los hombres de Hernán Cortés con los de Juan de Grijalva.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn6">
				<label>6</label>
				<p>Peter Boyd-Bowman y Bernard Grunberg realizaron investigaciones meticulosas en diversos archivos para determinar el origen exacto o aproximado de los hombres de Hernán Cortés. Sus trabajos presentan ciertas variaciones en cuanto a las proporciones, pero coinciden en que el grupo mayoritario era andaluz.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn7">
				<label>7</label>
				<p>Bernal narra las dificultades a las que él y sus compañeros se enfrentaron antes y durante su aventura, así como su participación en las dos expediciones anteriores.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn8">
				<label>8</label>
				<p>Ross Hassig destaca el papel de los cempoaltecas como fuente de inteligencia militar y su ayuda en la logística militar de la compañía de Cortés (<xref ref-type="bibr" rid="B16">Hassig, 1994: 58-59, 130-132</xref>).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn9">
				<label>9</label>
				<p>Sobre todo, tras la alianza que Cortés concertó con los tlaxcaltecas.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn10">
				<label>10</label>
				<p>Comúnmente traducido como Triple Alianza.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn11">
				<label>11</label>
				<p>Fray Juan de Torquemada describió el llamado y el inicio del pacto entre Huitzilopochtli y los mexicas (<xref ref-type="bibr" rid="B24">Torquemada, 1975-1983: v.1, cap. 1</xref>).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn12">
				<label>12</label>
				<p>Con respecto a la evangelización, basta con poner como ejemplo las instrucciones de Velázquez a Cortés, “ítem 14”, en donde se plantea la evangelización como uno de los principales objetivos de llegar a tierras desconocidas para los hispanos (<xref ref-type="bibr" rid="B19">Martínez, 1990: v. 1, 52</xref>). Por otra parte, Durán menciona el carácter divino de la guerra mexica (<xref ref-type="bibr" rid="B11">Durán, 2006: v. 2, cap. 22</xref>).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn13">
				<label>13</label>
				<p>La posibilidad de que Gonzalo Guerrero aconsejase a los mayas en contra de los extranjeros es mencionada por <xref ref-type="bibr" rid="B10">Bernal Díaz del Castillo (2008: v. 1, 103-104)</xref>.</p>
			</fn>
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