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				<journal-title>Korpus 21</journal-title>
				<abbrev-journal-title abbrev-type="publisher">Korpus 21</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="ppub">2683-2682</issn>
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				<publisher-name>El Colegio Mexiquense A.C.</publisher-name>
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			<article-id pub-id-type="doi">10.22136/korpus21202129</article-id>
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					<subject>Artículos</subject>
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				<article-title>La pandemia como <italic>crisis sistémica y ecosocietal</italic>: oportunidades y desafíos de las ciencias sociales</article-title>
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					<trans-title>The pandemic as a systemic and eco-social crisis: opportunities and challenges for the social sciences</trans-title>
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						<surname>Enríquez Pérez</surname>
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					<institution content-type="original"> El Colegio Mexiquense, A.C. E-mail: isaacep@unam.mx.</institution>
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			<pub-date date-type="collection" publication-format="electronic">
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					<license-p>Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons</license-p>
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				<title>Resumen</title>
				<p>El artículo postula fundamentos epistemológicos para la construcción de una teoría y política de la pandemia, pues la crisis es un fenómeno inédito y no coyuntural ni efímero; es un hecho social total dotado de sistemas complejos entrelazados. La pandemia es una totalidad cruzada por relaciones orgánicas y una manifestación de la crisis sistémica y ecosocietal de larga gestación y duración, así como del colapso civilizatorio contemporáneo que amalgama distintas crisis acumuladas a lo largo de las últimas cuatro décadas. Se cuestionan las formas convencionales de construir conocimiento científico ante el vértigo de la incertidumbre y la crisis de sentido.</p>
			</abstract>
			<trans-abstract xml:lang="en">
				<title>Abstract</title>
				<p>This article aims to postulate epistemological foundations about the construction of a theory and policy of the pandemic based on the argument that the global epidemiological crisis is an unprecedented and everlasting phenomenon. The pandemic is conceived as a totality crossed by organic relationships between its components and as a manifestation of the systemic and eco-social crisis of long gestation and duration, and as the contemporary civilizational collapse that amalgamates different crises accumulated over the last four decades. The conventional ways of constructing scientific knowledge are questioned notwithstanding the vertigo of uncertainty and the crisis of meaning. </p>
			</trans-abstract>
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				<title>Palabras clave:</title>
				<kwd>Pandemia de la Covid-19</kwd>
				<kwd>colapso civilizatorio</kwd>
				<kwd>era de la incertidumbre</kwd>
				<kwd>pensamiento crítico</kwd>
				<kwd>teoría y política de la pandemia</kwd>
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				<title>Keywords:</title>
				<kwd>Covid-19 pandemic</kwd>
				<kwd>civilizational collapse</kwd>
				<kwd>era of uncertainty</kwd>
				<kwd>critical thinking</kwd>
				<kwd>theory and policy of the pandemic</kwd>
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		<sec sec-type="intro">
			<title>Introducción</title>
			<p>Cada cierto tiempo y no pocas veces de manera acelerada, la humanidad presencia el cierre de ciclos históricos y la apertura de otros nuevos. Éstos son a partir de acontecimientos macroliminales detonantes que trastocan las formas y los fondos de la organización de la vida humana, incidiendo -positiva o negativamente y con mayor o menor alcance- tanto en las estructuras sociales como en la cotidianeidad de los individuos. Las dos grandes guerras del siglo XX, la Gran Depresión de los años treinta, la efervescencia social y las movilizaciones de las clases medias en 1968, la caída del muro de Berlín en 1989, el derribo de las Torres Gemelas en septiembre de 2001 son sólo algunos de esos cuantiosos acontecimientos que a lo largo de la historia de los últimos 100 años cimbraron a las sociedades, reconfiguraron las relaciones de poder y transformaron la construcción de significaciones. Justo la pandemia de la Covid-19 es parte de la <italic>crisis sistémica y ecosocietal</italic> de larga gestación y duración; a la vez representa una manifestación más del colapso civilizatorio contemporáneo. Esta crisis epidemiológica global evidencia las posibilidades de un cambio de ciclo histórico a medida que sus impactos trascienden lo estrictamente sanitario y envuelven otros ámbitos y dimensiones de la vida social.</p>
			<p>Ante estas rupturas históricas, las ciencias sociales no se muestran incólumes, sino que también son trastocadas en sus fundamentos ontológicos y epistemológicos. De tal forma que, de cara a las crisis sociales, es posible germinar relevantes oportunidades de creación teórico/conceptual que desentrañen la naturaleza de esos cambios de ciclo histórico. Mientras esos procesos de imaginación creadora despliegan su vuelo, se suscitan interregnos de inadecuación histórica entre los sistemas teóricos vigentes y las dinámicas emergentes del mundo fenoménico.</p>
			<p>Tomando en cuenta los anteriores planteamientos, es posible esbozar algunas preguntas orientadoras de la investigación que le dieron forma al presente texto: ¿por qué la pandemia de la Covid-19 puede considerarse un fenómeno histórico inédito que no se circunscribe a lo estrictamente sanitario ni a un carácter efímero y coyuntural?, ¿de qué manera la <italic>era de la incertidumbre</italic> es acelerada con la actual pandemia y las decisiones públicas y corporativas que le son consustanciales?, ¿cuáles son los principales desafíos que enfrentan las ciencias sociales para aprehender un fenómeno histórico inédito como el de la crisis epidemiológica global?, ¿qué oportunidades se abren ante ello para estos campos del conocimiento y cuáles serían los márgenes de maniobra para la investigación interdisciplinaria y el pensamiento crítico?, ¿cómo construir nuevos conocimientos sobre lo social de cara a la intensificación de fenómenos emergentes como la pandemia y que dan pie a un cambio de ciclo histórico? A partir de estas interrogantes, es posible delinear que el objetivo principal del presente documento consiste en comprender el sentido de la pandemia como hecho social total (noción introducida por <xref ref-type="bibr" rid="B25">Marcel Mauss, 1924</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B26">1950</xref>) dotado de sistemas complejos, y que al tratarse de un fenómeno emergente y expuesto a la incertidumbre demanda de las ciencias sociales ejercicios de reflexión colectiva y de investigación interdisciplinaria, con el fin de construir conocimiento de frontera. De ahí que se pretenda esbozar los mínimos fundamentos para incursionar en una <italic>teoría y política de la pandemia</italic> partiendo de la urgencia de <italic>pensar en tiempo real</italic> de cara a la multitud de acontecimientos, que se desbordaron y eslabonaron en el transcurso del año 2020 y los primeros meses del 2021. </p>
			<p>A lo largo de la investigación que sustenta el presente artículo se asumió una premisa teórica-metodológica básica: la pandemia de la Covid-19 con mucho trasciende a un fenómeno estrictamente epidemiológico y desborda sus contornos hasta imbricarse con múltiples aristas de la vida social, que son modeladas o conducidas a partir de la <italic>construcción mediática del coronavirus</italic>. La pandemia es un acelerador del cambio de ciclo histórico gestado en los últimos lustros y a su vez se erige en un escenario para las disputas en torno a la construcción de significaciones, que inciden en el imaginario social en torno a la crisis sanitaria; así como en las decisiones públicas y en las nuevas orientaciones del Estado y las hegemonías en el sistema mundial. Frente a estos fenómenos emergentes y entrelazados se conforman sistemas complejos que, en medio de una especie de <italic>destierro autoimpuesto de la academia</italic>, las ciencias sociales no logran aprehender a cabalidad desde ópticas unidisciplinarias y distantes del diálogo de saberes.</p>
		</sec>
		<sec sec-type="supplementary-material">
			<title>La pandemia de la Covid-19 como fenómeno histórico inédito que trasciende lo epidemiológico</title>
			<p>Más allá de los reduccionismos difundidos por los <italic>mass media</italic>, que rayan en la trivialización del dato, el dolor y la muerte, la pandemia de la Covid-19 es en principio un hecho sociohistórico que desborda los confines estrictamente sanitarios. De tal manera que el fenómeno epidemiológico -en sí delicado y letal por cuanto afecta a los organismos humanos expuestos a comorbilidades- se entrecruza y se desdobla en multitud de aristas que trastocan las formas y los fondos en que se organizan las sociedades contemporáneas.</p>
			<p>El primer rasgo inédito que caracteriza a la pandemia contemporánea se suscita en el ámbito semántico. Concebida como un hecho aislado, sensacionalista, catastrófico, ahistórico, desterritorializado y coyuntural, la crisis epidemiológica global es apropiada por la narrativa de la <italic>industria mediática de la mentira,</italic> que privilegia un relato descontextualizado, alarmista y despojado de los intereses creados que subyacen en el manejo o gestión de este problema público. Una crisis sanitaria fue convertida con la <italic>construcción mediática del coronavirus</italic> en una tragedia de alcances apocalípticos que se inspira en el discurso belicista y en la exacerbación del miedo ante un agente patógeno, el cual es asumido por los gobiernos y los <italic>mass media</italic> como un “enemigo invisible y común”. Los toques de queda, la declaración de estados de alarma y estados de excepción, los confinamientos, cuarentenas, distanciamientos físicos y sociales, monitoreo de la temperatura corporal mediante dispositivos digitales, la geolocalización de individuos contagiados, los semáforos multicolores, los prototipos de Covid hunter son una muestra de ello.</p>
			<p>Tratada mediáticamente como una guerra, la pandemia se erigió en un dispositivo de poder no exento de la <italic>tergiversación semántica</italic>. Las fronteras entre la verdad y la mentira, entre el mundo de lo fáctico y la deformación de la realidad, entre la información veraz y el rumor, se tornaron frágiles o borrosas, al hacerse de la <italic>lapidación de la palabra</italic> una constante para vaciar de contenido y sentido sus significaciones. De esta forma y sin ánimo de cuestionar la severidad de la crisis estrictamente sanitaria, la construcción de una narrativa en torno a la pandemia funciona como un dispositivo que afianza las estructuras de poder, dominación y riqueza, a la vez que instaura o abre paso a nuevos dispositivos de control sobre los cuerpos, la mente, las conciencias y la intimidad. Este despliegue de la biopolítica no es nuevo en sí, pues desde las perspectivas postestucturalistas de <xref ref-type="bibr" rid="B17">Michel Foucault (1978/1979)</xref> se analizó con sumo detalle, hasta alcanzar una actualización con la obra del filósofo italiano <xref ref-type="bibr" rid="B16">Roberto Esposito (2004)</xref>.</p>
			<p>En este sentido, la <italic>construcción mediática del coronavirus</italic> crea las significaciones necesarias para erigir al <italic>consenso pandémico</italic> en un dispositivo de control social, que se engarza con el despliegue de un macro-experimento para reestructurar al capitalismo (la transición en el patrón tecnológico y energético) y el curso mismo de las hegemonías en el sistema mundial y de las pugnas geopolíticas y geoeconómicas que surcan al mundo contemporáneo.</p>
			<p>A su vez, como en las guerras y el relato de los muertos y heridos que suscita morbosidad, la <italic>construcción mediática del coronavirus</italic> inocula diariamente la <italic>obsesión compulsiva por el dato</italic>. Los inventarios sobre contagiados, muertos o pacientes recuperados de la Covid-19 se transmiten en tiempo real y a escala planetaria. El recuento realizado por el Center for Systems Science and Engineering de la Johns Hopkins University a través del <italic>Covid-19 Map</italic> (<ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://coronavirus.jhu.edu/map.html">https://coronavirus.jhu.edu/map.html</ext-link>) se sincroniza con los <italic>mass media</italic> y se asimila como verdad incuestionable que no deja pauta para dudar de su consistencia, fiabilidad o veracidad. Esta <italic>fetichización del dato</italic> es una expresión de la racionalidad tecnocrática y de la colonización que ésta se despliega sobre los problemas públicos y la toma de decisiones. Al tiempo que la narrativa mediática del dato entroniza una concepción sobrenatural y ahistórica de la nueva peste, encubre e invisibiliza la génesis de la pandemia y sus causas últimas no restándole más a los ciudadanos que experimentar ansiedad, sobresalto o indiferencia ante el aumento en el inventario de casos de Covid-19.</p>
			<p>En los márgenes de la era de la información y de la sociedad red (sobre estas nociones véase <xref ref-type="bibr" rid="B7">Castells, 2002</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B6">2006</xref>), la instantaneidad y simultaneidad de la comunicación hacen que una amplia proporción de ciudadanos accede desde la palma de la mano a la <italic>plaza pública digital</italic>; y desde el púlpito que ésta brinda profieran múltiples interpretaciones -no siempre informadas y fundamentadas- en torno a fenómenos que ameritan respuestas ante las preguntas que se imponen como urgencias al ciudadano de a pie. La sincronización de las relaciones sociales se intensifica con las tecnologías de la información y la comunicación, de tal modo que las interacciones sociales y los intercambios de distinto tipo se aceleran y adquieren una mayor densidad. Las redes sociodigitales configuran una especie de <italic>ciberleviatán</italic> (noción introducida por <xref ref-type="bibr" rid="B23">Lasalle, 2019</xref>) que subordina la reflexión razonada a la emoción pulsiva y desinformada. Por esta tecnosfera circulan múltiples narrativas en torno a la pandemia, y varias de ellas no se apegan al rigor, sino que son discursos imbuidos de intereses creados, contradicciones e ideologías de la conspiración. Por primera vez en la historia humana se alcanzó este nivel de sincronización, en tiempo real y a escala planetaria en torno a una crisis sanitaria que no deja indiferentes a quienes comentan en torno a ella.</p>
			<p>No menos importante es el hecho constatable de que en medio del colapso de legitimidad de los sistemas político-electorales y, particularmente, de los partidos políticos, la pandemia funge como una narrativa para increpar y denostar al adversario luego de esbozar noticias falsas (<italic>fake news</italic>) y evidenciar la omisión, postración y/o ausencia de las élites gobernantes para enfrentar los impactos de la crisis sanitaria. Por ejemplo, en México Tv Azteca, la segunda cadena de televisión con mayor audiencia en el país, incitó a los ciudadanos a la desobediencia civil respecto a las medidas preventivas anunciadas por la autoridad sanitaria. Esta postura es refrendada en las redes sociodigitales por Ricardo Salinas Pliego, propietario de la concesión televisora y de la segunda fortuna más grande del país (<xref ref-type="bibr" rid="B30">Pérez y Beauregard, 2020</xref>). En Argentina, con la campaña negra, sea desde los grandes corporativos mediáticos o desde las redes sociodigitales, se arguye que la vacuna rusa “puede inducir al comunismo” (“se sabe que en las primeras dosis de la Sputnik V inocularon comunismo y la segunda te pone sangre de Stalin de 1936”), o que “Sputnik V resultó de la utilización de fetos ‘abortados’ cuyos efectos pueden ser el cambio del ADN o el contagio de otro tipo de enfermedades” (<xref ref-type="bibr" rid="B20">González, 2020</xref>). Se trata de una irradiación mediática del virus desinformativo que evidencia, con la pandemia, la entronización de la <italic>sociedad de los extremos</italic> y la crisis de la praxis política.</p>
			<p>Entonces, la pandemia es una arena para las disputas en torno a la construcción de significaciones y narrativas relativas al cauce que adoptan los problemas públicos. Sin embargo, cabe preguntarse qué hay detrás de esa <italic>tergiversación semántica</italic> que cruza a la crisis epidemiológica global desde los Estados, las grandes corporaciones, los <italic>mass media</italic>, e incluso desde los mismos ciudadanos que despliegan el negacionismo y la indiferencia.</p>
			<p>La crisis de hiper-desempleo exacerbada con la pandemia y el <italic>confinamiento global</italic> se entrelaza con la transición en el patrón energético y tecnológico que privilegia las llamadas “energías limpias o verdes” y la profundización de la robotización, la inteligencia artificial, el análisis <italic>big data</italic>, la tecnología 5G y el Internet de las cosas en el campo laboral. La Organización Internacional del Trabajo (OIT) previó la pérdida de 590 millones de puestos de trabajo de tiempo completo en todo el mundo a lo largo del segundo semestre del 2020. Este dato se suma a los 495 millones de empleos destruidos durante el primer semestre (<xref ref-type="bibr" rid="B29">OIT, 2020</xref>). Por tanto, alrededor de 1085 millones de desempleados se gestaron durante el 2020. Este macro-experimento social supone la pauperización de las clases medias y la expansión de los fosos de pobreza. Si de cada desempleado depende una familia de cuatro miembros, más de 4340 millones de habitantes enfrentarán dificultades en lo inmediato para satisfacer sus necesidades básicas. De ahí que la pandemia sea una <italic>fábrica global de pobreza y pauperización social</italic>.</p>
			<p>Además, el manejo o gestión de la pandemia de la Covid-19 tiene una estrecha relación con la decadencia hegemónica de los Estados Unidos y el agotamiento de la <italic>pax americana</italic> como eje articulador del sistema mundial. Ante ello, se prefigura una <italic>hegemonía tripolar compartida</italic> con nuevos equilibrios entre China, Rusia y Estados Unidos. Su trasfondo geopolítico es el control del patrón de acumulación, la destrucción o no del patrón monetario de Bretton Woods, y de los reacomodos geoestratégicos y militares en el mundo.</p>
			<p>Aunado a lo anterior, las transformaciones geopolíticas y geoeconómicas se fusionaron con el proceso pre y post electoral de los Estados Unidos. Tal proceso tuvo su cenit el 3 de noviembre de 2020, en el marco de la cruenta lucha entre dos facciones de las élites plutocráticas que se disputan el control de la transición o no en el patrón energético y tecnológico. Se trata de dos poderosos grupos: uno regido por el industrialismo, la economía fosilizada, el proteccionismo, el neoconservadurismo, el nativismo y el neoaislacionismo, cuya cara visible es Donald Trump; y el otro la poderosa élite de vocación globalista, financiero/rentista, expansionista y proclive a la economía de guerra que se articula en torno al viejo <italic>establishment</italic> tecnocrático de Washington y al Estado profundo (<italic>Deep State</italic>) y cuyas caras visibles son las dinastías Bush/Clinton/ Obama (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Enríquez Pérez, 2020b</xref>). El manejo mediático y la gestión operativa de la pandemia de la Covid-19 fueron estratégicos para posicionar a los Estados Unidos en el epicentro de la crisis epidemiológica global e inclinar la balanza a favor de una de esas élites plutocráticas, que retornará a la ideología del Destino Manifiesto.</p>
			<p>Más allá de esta <italic>construcción mediática del coronavirus</italic>, el carácter inédito de la pandemia de la Covid-19 tiene como telón de fondo la intensificación de los procesos de globalización o la transcontinentalización de las relaciones sociales dada por la densidad y celeridad de flujos de capitales, información, bienes y servicios, agentes contaminantes de la naturaleza, conocimientos, simbolismos, migrantes, turistas, etc., que conforman redes globales capaces de tornar porosas las fronteras nacionales, de socavar las soberanías nacionales y de acercar a ciudadanos radicados en distintos espacios locales. Estas interacciones humanas suponen riesgos que aumentan la vulnerabilidad de los individuos y de las sociedades nacionales. Esta sociedad del riesgo global (noción introducida por <xref ref-type="bibr" rid="B2">Beck, 1999</xref>) amplifica con el mar de intercambios de distinta índole la posibilidad de la movilidad irrestricta de agentes patógenos como los virus y las bacterias. Particularmente, la movilidad laboral y el modelo de turismo masivo fundamentado en la reducción de los costes del transporte aéreo y en la laxitud de los controles fronterizos intensifica relaciones sociales entre individuos provenientes de distintas latitudes, y ello no está exento de la mayor sobre-exposición de los organismos humanos ante los riesgos que suponen esos agentes patógenos. Según la Organización Mundial de Turismo (World Tourism Organization), más de 1460 millones de llegadas de turistas internacionales se registraron en el año 2019 (<xref ref-type="bibr" rid="B37">2020</xref>), lo cual contrasta con los 699 millones de llegadas de turistas internacionales registradas en el año 2000 o los 450 millones de movimientos turísticos registrados en 1990.</p>
			<p>La misma sociedad del riesgo global entraña la irradiación territorial de los impactos de la contradictoria relación sociedad-naturaleza-proceso económico. Particularmente, la agroindustria alimentaria y la ganadería intensivas y su lógica neo-extractivista y depredadora, ganan terreno a los ecosistemas naturales, al tiempo que generan el 50% de los gases de efecto invernadero (<xref ref-type="bibr" rid="B19">GRAIN y IATP, 2018</xref>). Son parte medular de un patrón alimentario fundamentado en antivirales, antibióticos y hormonas para repeler enfermedades y estimular el crecimiento acelerado en cerdos, pollos, vacunos y peces que se comercializan masiva e inmediatamente; así como en glifosatos y demás agroquímicos como pesticidas y herbicidas (un sustancial estudio compilatorio sobre estos compuestos industriales es el de Martín <xref ref-type="bibr" rid="B32">Rossi, 2020</xref>). En todo ello, se conjuntan el desplazamiento de las fronteras agropecuarias y la invasión de especies silvestres al destruirse y fragmentarse sus hábitats naturales a través de la deforestación, la práctica de monocultivos, la extracción de metales preciosos, la pérdida de biodiversidad, la contaminación del agua, el suelo y el aire; y la migración de agentes patógenos -con su consecuente mutación acelerada- que van desde los animales al ser humano (zoonosis).</p>
			<p>Las regiones megalopolitanas y, principalmente, las llamadas ciudades globales y su interconectividad son el epicentro del colapso climático y de la irradiación de epidemias, debido a su densidad de flujos y a los eslabones que tejen para afianzar, desde ellas, el patrón de extracción, producción, mercantilización, consumo y ocupación territorial que gesta al capitaloceno como nueva era (sobre esta noción véase <xref ref-type="bibr" rid="B27">Moore, 2016</xref>). El mismo vértigo del estilo de vida en las regiones urbanas conforma patrones de consumo alimentario que, aunados al neo-extractivismo, alteran los equilibrios de los ecosistemas. El consumo de alimentos ultraprocesados y dotados de azúcares y grasas saturadas se combina en múltiples sociedades con la ingesta de animales silvestres faltos de cocción, así como con el consumo familiar de productos agrícolas tratados con agroquímicos nocivos y contaminantes, enfermando al ser humano y a otros organismos vivos que son parte de los equilibrios ambientales y de las cadenas alimenticias. El debilitamiento del sistema inmunitario con la ingesta de agroquímicos nocivos reduce las defensas de los organismos humanos ante el ataque de agentes patógenos, como el coronavirus SARS-CoV-2; al mismo tiempo que los expone a contraer enfermedades múltiples que se tornan co-morbilidades.</p>
			<p>Lo inédito de la actual pandemia no es el hecho de que el coronavirus SARS-CoV-2 desafíe e imponga riesgos a la salud del ser humano. Su letalidad es del 1% (<xref ref-type="bibr" rid="B33">Ruan, 2020</xref>), frente a los distintos tipos de cáncer que causan anualmente la muerte de 9.6 millones de personas en el mundo. Infinidad de agentes patógenos cohabitan en la naturaleza y en las sociedades humanas y son parte consustancial de los equilibrios ambientales, de la co-evolución y de la capacidad de adaptación y resiliencia de los organismos vivos. Lo que es desestructurado y problematizado por este nuevo patógeno microscópico 900 veces menor al ancho de un cabello (<xref ref-type="bibr" rid="B24">León Rodríguez, Gómez Corral y Castro Ponce, 2020</xref>) es la forma de ser y de organización de las sociedades contemporáneas crecientemente imbuidas en las contradicciones del capitalismo, la desigualdad extrema global y la incertidumbre.</p>
			<p>Entonces, lo inédito de esta crisis epidemiológica global es el hecho de que la vulnerabilidad humana es intensificada, al tiempo que cuestiona, altera y frena de golpe la cotidianeidad y la <italic>ilusión de la normalidad</italic> propia de la <italic>sociedad paradojal</italic> (islotes de innovaciones tecnológicas en un mar de exclusión social, pauperización, desigualdades y enfermedades evitables). Como <italic>crisis sistémica y ecosocietal,</italic> la pandemia es un condensador de múltiples contradicciones (políticas, económico/financieras, tecnológicas, energéticas, ambientales, geopolíticas, entre otras) y es a su vez un acelerador del colapso civilizatorio -iniciado con el agotamiento del liberalismo (1968) como ideología legitimadora y cohesionadora- y de la crisis estructural del capitalismo, regido por el mito del crecimiento económico ilimitado. Con el <italic>confinamiento global</italic> se abrió paso a un cambio de ciclo histórico que potencia los impactos del fin de la sociedad salarial; de la ruptura del pacto social de la segunda postguerra entre el Estado, el capital y la fuerza de trabajo; así como la emergencia o <italic>transición hacia una sociedad de las vidas prescindibles</italic> (pobres, personas sin techo, ancianos, enfermos, trabajadores dedicados al hacer y mover cosas, precariado). Con el avasallamiento sobre la clase trabajadora, se conforma un paisaje de nuevos náufragos con la pandemia y la <italic>gran reclusión</italic>.</p>
			<p>De cara al colapso de legitimidad y las ausencias, inoperatividad y postración del Estado, el miedo y sus nuevas significaciones representan <italic>un retorno al leviatán</italic> a medida que es consentida por los ciudadanos la <italic>ideología del higienismo</italic> y la gestación de nuevas funciones del sector público. De esta forma, la emergencia del <italic>Estado sanitizante o higienista</italic> es uno de los rasgos inéditos precipitado con la pandemia de la Covid-19 (para mayores detalles véase <xref ref-type="bibr" rid="B9">Enríquez Pérez, 2020a</xref>). Biopolítica, bioseguridad, biovigilancia y geolocalización se fusionan y son piloteadas desde los complejos tecnofinancieros, militares, farmacéuticos y comunicacionales, hasta configurar un <italic>Estado biotecnototalitario de excepción</italic> de corte hobbesiano que difunde una narrativa del cuidado o protección de los súbditos ante el miedo, la muerte y la urgencia de preservar la vida y la integridad física, a costa de suprimir libertades y los mecanismos tradicionales de socialización y cohesión social. A la imperiosa necesidad de adoptar una <italic>política de la precaución</italic> y de la prevención y detección temprana ante un agente patógeno altamente contagioso, invisible y desconocido, se difundió el <italic>virus del miedo pandémico</italic> como dispositivo de control del cuerpo, la mente, la conciencia y la intimidad de los individuos.</p>
			<p>Más aún, la misma <italic>gran reclusión</italic> se nutrió de 5000 o 6000 millones de habitantes que en condiciones de simultaneidad se apegaron al <italic>confinamiento global</italic> en aras de preservar la salud y la vida. Esto en sí es un hecho inédito que incidió en el proceso económico al disminuir la demanda del consumo y al fracturarse las cadenas globales de producción y suministro. De ahí que la reciente crisis de la economía mundial sea un fenómeno inducido para apostar al híper-endeudamiento de los Estados en aras del rescate de la gran corporación privada. </p>
			<p>En suma, el carácter histórico e inédito de la pandemia de la Covid-19 radica en erigirse en un hecho social detonante o desencadenante de múltiples fenómenos y acontecimientos de gran calado que se perfilan como parte de un cambio de ciclo histórico y que se engarza con la lógica y las pugnas propias de las estructuras de poder, dominación y riqueza. Es algo más que una crisis sanitaria. De ahí que la pandemia desborde con mucho la simple coyuntura y el carácter efímero que la narrativa convencional y alarmista pretende endilgarle.</p>
		</sec>
		<sec sec-type="supplementary-material">
			<title>La pandemia como acelerador del vértigo de la incertidumbre y el sentido de las decisiones que le son consustanciales</title>
			<p>Todo lo sólido se desvanece en el aire (Marshall Berman), la condición postmoderna (Jean-François Lyotard), la radicalización de las instituciones de la modernidad (Anthony Giddens), la metamorfosis de la cuestión social (Robert Castel) gestada con el fin de la sociedad salarial o la transición hacia una modernidad líquida o hacia tiempos líquidos (Zygmunt Bauman) son constructos teóricos que remiten a los acelerados cambios sociales suscitados a lo largo de las últimas tres décadas y media y que se expresan en una pérdida de control de las sociedades nacionales, de los Estados y sus instituciones públicas, y de los individuos con respecto a los aspectos cruciales de su existencia y al curso mismo de los problemas públicos. </p>
			<p>Más aún, en medio de esta <italic>orfandad ciudadana</italic> los individuos no disponen del control sobre las múltiples dimensiones de su vida y sobre su futuro. Ni siquiera tienen asegurados los afectos más inmediatos que puedan provenir de los ámbitos de la intimidad, de la pareja o de la vida en familia. Ello amplía la urgencia de respuestas simplificadas y reduccionistas de cara a los grandes problemas nacionales e individuales, así como la necesidad de contar con mínimas certezas útiles en la construcción de sentido respecto al mundo y su futuro. De ahí el <italic>malestar en el mundo y con el mundo</italic> y la germinación de una <italic>era del desconcierto, el desencanto y la desilusión</italic> que hace converger fenómenos, como la crisis de la política en tanto praxis para la construcción de soluciones en torno a los problemas públicos más acuciantes y urgentes que experimenta el ciudadano de a pie; la erosión entre los ciudadanos de la confianza, el consentimiento y la legitimidad del Estado en tanto forma de organización social capaz de garantizar derechos sociales básicos; el socavamiento sistemático de los mecanismos de intermediación que hay entre la sociedad y el Estado, principalmente de los partidos políticos y de los sindicatos; la exacerbación de las contradicciones que existen entre las promesas incumplidas de la ideología de la democratización y los mecanismos de desigualdad y exclusión social profundizados con el capitalismo y su patrón de acumulación financiero/rentista y neo-extractivista. De ahí que a las ausencias y postración del Estado radicalizadas con el dislocamiento entre el poder y la praxis política y con el mantra del fundamentalismo de mercado y que devinieron en esa pérdida de confianza y credibilidad en sus instituciones, se sumase una generalizada pérdida de confianza entre los mismos ciudadanos -o bien, respecto a “el otro”, la radicalización del individualismo hedonista y del social-conformismo.</p>
			<p>En este escenario, la pandemia de la Covid-19 -en tanto expresión de la intensificación de la <italic>crisis sistémica y ecosocietal</italic>- es parte del colapso civilizatorio que exacerba <italic>el vértigo de la incertidumbre</italic> y que dinamita la aparente y falsa seguridad y confort en el cual creíamos vivir hasta antes del caso índice del coronavirus SARS-CoV-2. No sólo se impone el hecho de que es imposible un control y apropiación irrestricto de la sociedad sobre la naturaleza, sino que se desvanece todo infundado convencimiento de que el ser humano puede conocerlo todo y resolver lo relacionado con el manejo de las coordenadas del tiempo, el espacio y la materia.</p>
			<p>La <italic>era de la incertidumbre</italic> camina a la par de la <italic>confusión epocal</italic> que se cierne cual torbellino sobre las élites políticas y los ciudadanos. Y ello es acelerado con el paso implacable del huracán pandémico que acentúa el desconcierto, la distopía, y convierte a las sociedades en presas del apocalipsis mediático. Sin embargo, la pandemia no es un hecho fortuito ni un castigo divino o una calamidad sobrenatural. Es una construcción sociohistórica y su cauce y gestión están en función de decisiones públicas y corporativas preñadas de intereses creados.</p>
			<p>Una de las tesis de este artículo consiste en argumentar que las decisiones tomadas desde el inicio de la crisis epidemiológica global están en función de la expansión y legitimación de las estructuras de poder, riqueza y dominación vinculadas a las posibilidades de reconfiguración del capitalismo a escala planetaria.</p>
			<p>Por un lado y fácticamente hablando, la pandemia de la Covid-19 es resultado de la crisis estructural del capitalismo -y no al revés como mediáticamente se difunde-, signada por su larga duración y por su perpetuación a través del fundamentalismo de mercado; el agotamiento de las posibilidades territoriales para expandir la acumulación de capital; la preeminencia de la financiarización sobre la producción y la base material del proceso económico; la intensificación de la doble explotación - la que recae sobre la naturaleza y sobre la fuerza de trabajo-; el híper-consumismo y la acumulación por desposesión y despojo mediante el <italic>avasallamiento sistemático sobre la clase trabajadora</italic>, la apropiación de la plusvalía mediante la sobre-explotación y el neo-extractivismo. Se trata de un patrón de producción y consumo contradictorio que se engarza con un <italic>modelo de desarrollo distorsionado</italic> legitimado a través de la etnocéntrica <italic>ilusión del progreso</italic> y el mito del crecimiento económico ilimitado. Todo ello está en el trasfondo de las múltiples crisis y colapsos contemporáneos que se entrecruzan y traslapan con la pandemia y la emergencia de nuevas desigualdades.</p>
			<p>Por otro lado y paralelo a lo anterior, las decisiones tomadas en torno a la pandemia, sea desde los gobiernos nacionales atomizados, desde organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS), desde <italic>espacios globales de deliberación</italic> como el Foro Económico Mundial radicado en Davos (World Economic Forum), desde el capitalismo filantrópico (Bill Gates, por mencionar un caso paradigmático), o desde las corporaciones mediáticas, del <italic>big pharma</italic> o del <italic>big tech</italic>, asumen a la pandemia como un amplio dispositivo de control social dirigido a gestar un macro-experimento que afiance la reestructuración del capitalismo como modo de producción y como proceso (des)civilizatorio, incluyendo por supuesto la nueva lógica que adquieren las relaciones económicas y políticas internacionales y la correlación de fuerzas en torno a la construcción de hegemonías en el sistema mundial. Entonces, entre las megatendencias que se aceleran con el <italic>consenso pandémico</italic>, <italic>la gran reclusión</italic> y el macro-experimento que ambos suponen, son las referidas al encauzamiento de la intrincada conflictividad social que subyace en las nuevas desigualdades extremas globales, de tal manera que éstas se tornen funcionales; así como aquellas tendencias relacionadas con la reestructuración del patrón de acumulación y la dinámica y fragmentación del sistema mundial.</p>
			<p>Al respecto, el Foro Económico Mundial promueve la iniciativa denominada <italic>“The great reseat”</italic> (<italic>el gran reinicio</italic>) (véase <xref ref-type="bibr" rid="B34">Schwab, 2020</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B35">2021</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B36">World Economic Forum, 2020</xref>). Esta iniciativa -fundamentada en la agenda globalista, en la concepción de que las crisis y el caos abren oportunidades de capitalización, en la cooptación del discurso de la sustentabilidad y en el liderazgo de las corporaciones del <italic>big tech</italic> y de los grandes fondos de inversión- asegura que la pandemia de la Covid-19 gesta las posibilidades para reconfigurar la estructura organizacional de la empresa, los negocios, el mundo del trabajo y los empleos del futuro, los sistemas educativos, la alimentación y el conjunto de la economía mundial. En lo que sería un ejercicio de reingeniería social, la crisis epidemiológica global es asumida como una excusa para el reformateo del capitalismo.</p>
			<p>Estas decisiones se fundamentan en la urgencia de incorporar la agenda ambiental en los procesos de acumulación de capital con la finalidad de superar los límites, que se imponen al crecimiento económico desde lustros atrás. Lo anterior se relaciona abiertamente con las transformaciones en el patrón energético y tecnológico y con el advenimiento de lo que catalogan como “cuarta revolución industrial” (integración o simbiosis de sistemas biológicos, tecnológicos y digitales). El trasfondo de todo ello radica en la premura de legitimar las decisiones públicas y corporativas que profundicen la suplantación del ser humano en el campo laboral y en la gestión del proceso económico a través de la mayor incorporación de la inteligencia artificial, la robotización y la programación de algoritmos. Todo ello inspirado en la ideología del llamado transhumanismo. Este movimiento ideológico, si bien supone la mejora del ser humano a través de las aplicaciones tecnológicas, son múltiples las implicaciones biológicas, éticas y sociales que subyacen en esa suplantación de la naturaleza humana por máquinas robotizadas o por avances biotecnológicos que podrían pronunciar las desigualdades sociales (para mayores detalles sobre esta ideología véase una perspectiva apologética en <xref ref-type="bibr" rid="B22">Kurzweil, 2005</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B28">O’Connell, 2018</xref>; o una perspectiva crítica en <xref ref-type="bibr" rid="B8">Diéguez, 2017</xref>).</p>
			<p>La pandemia radicaliza <italic>el vértigo de la incertidumbre</italic> y acelera el cambio de ciclo histórico. Las decisiones que son encubiertas con el <italic>consenso pandémico</italic> gestarán rupturas históricas, las cuales trastocarán las formas de construir conocimiento científico; más todavía; cuando tiende a intensificarse <italic>el fin de las certidumbres</italic> que ya refería Ilya <xref ref-type="bibr" rid="B31">Prigogine (1996)</xref>.</p>
		</sec>
		<sec sec-type="supplementary-material">
			<title>De la crisis epidemiológica global al cambio de ciclo histórico: los desafíos en la construcción del conocimiento científico</title>
			<p>Uno de los desafíos que se ciernen sobre la praxis científica en las sociedades contemporáneas es el que remite a la necesidad de aprender a vivir en condiciones de incertidumbre y de aprender a interactuar con ella y con los temores e impotencias que despierta. La incertidumbre es capaz de desestabilizar y desestructurar a las sociedades y de ampliar los fosos de la duda, los riesgos y de los peligros a los que se exponen los individuos. De ahí que históricamente el ser humano procurase domesticarla recurriendo al mito, a la magia, a la religión y a la autoridad instituida. Sin embargo, la explicación de lo que sucede y de lo que rodea a los individuos, o bien la previsión o anticipación de lo que sucederá, se lograba hasta cierto límite, pues no se reducía del todo la sorpresa y el rango de lo impredecible. Con la génesis y expansión del capitalismo se precisaba de mínimas condiciones de certidumbre para afianzar y expandir el proceso de acumulación y alejarlo de los riesgos y de la inestabilidad sociopolítica.</p>
			<p>Esta función de validar la verdad y las significaciones la desplegó la ciencia que acompañó al proceso civilizatorio consustancial a este modo de producción. Justo ese fue el aporte de la modernidad europea: la posibilidad de que el individuo construya la verdad al margen de la autoridad divina o terrenal, mediante el ejercicio innato de la razón, la contrastación empírica y los convencionalismos colectivos de especialistas en la materia. De ahí que las certezas fuesen construcciones probables a partir del determinismo que se fundamentaba en el carácter universal de las leyes de la naturaleza, el equilibrio o la armonía natural, la omisión del análisis histórico y en la separación entre cuerpo y mente, entre materia y espíritu. Estos supuestos epistemológicos se fundamentaron en la mecánica newtoniana y en la filosofía cartesiana.</p>
			<p>Por su parte, las ciencias sociales se gestaron en Europa como extensión de este <italic>imperialismo epistemológico</italic> de las ciencias positivistas o nomotético/deductivas. Hasta la fecha, tanto la teoría económica neoclásica (<xref ref-type="bibr" rid="B15">Enríquez Pérez, 2008</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B12">2016</xref>) como las ciencias sociales empiristas se apegan a estos supuestos y no logran asimilar del todo que la realidad social es una totalidad dotada de sistemas complejos cuya dinámica y comportamiento son inciertos, regresivos, volátiles y propensos al desequilibrio, la conflictividad y la contradicción. De ahí que la búsqueda de regularidades pierda sentido en el contexto de un mundo fenoménico vertiginoso e incesantemente cambiante y dotada cada una de sus partes de múltiples especificidades apegadas a un tiempo y a un espacio <italic>sui géneris</italic> para el cual dichas regularidades son insuficientes para comprender, explicar e interpretar los variados comportamientos, evoluciones y tendencias.</p>
			<p>Si el mundo fenoménico de lo social es incierto en esencia y no adopta una linealidad histórica, entonces la construcción de teoría sólo arroja aproximaciones, estimaciones, probabilidades e interpretaciones no replicables ni generalizables condicionadas por las coordenadas heterogéneas y asimétricas del tiempo y el espacio e, incluso, por las pautas ideológico/culturales y biográfico/valorativas de quien emprende esa praxis teórica. Sin embargo, cuando las estructuras sociales y las formas de organización en las cuales interactuamos enfrentan un colapso sistémico. Las propias formas de construir conocimiento experimentan rupturas y reinciden en inadecuaciones históricas, lo cual en sí mismo abona a ese <italic>vértigo de la incertidumbre</italic>. El distanciamiento de las ciencias y las humanidades y la arbitraria y artificial separación cartesiana entre naturaleza y sociedad, entre cuerpo y mente, entre materia y espíritu, colapsó como referente epistemológico heredero de la modernidad europea. Ello mismo contribuye a la <italic>confusión epocal</italic> y a una erosión de las significaciones para comprender las rupturas históricas y sus crecientes conflictividades.</p>
			<p>Con la pandemia, aquello que creíamos conocer y saber se desvanece al calor del fuego virulento de lo caótico e impredecible. El mismo paso implacable del huracán pandémico dinamita aquellos conceptos y categorías dotados de supuestos normativos y valores absolutos, ahistóricos y con pretensiones universales (modernidad, justicia, libertad, progreso, riqueza, democracia, cambio social, revolución, bienestar); al tiempo que los reduce a su dimensión de mera ilusión y retórica sin sustancia. La misma mentira, las noticias falsas (<italic>fake news</italic>), los rumores, los hechos alternativos (<italic>alternative facts</italic>), el negacionismo, el nihilismo postmoderno y el pensamiento parroquial desafían la reflexión sistemática y razonada y, a su vez, hacen de la <italic>tergiversación semántica</italic> una moneda común que ejerce la <italic>lapidación de la palabra</italic> al vaciarla de sentido, contenido, significado y sustancia. Esta pérdida de sentido en las significaciones construidas y validadas históricamente abona al mismo <italic>vértigo de la incertidumbre</italic>, al tiempo que el mismo <italic>consenso pandémico</italic> se nutre de discursos contradictorios procedentes de diversas fuentes, sean gobiernos, organismos internacionales, especialistas de distintas disciplinas académicas, periodistas sin especialidad alguna, y un sinfín de individuos portadores de ideologías de la conspiración que deambulan por las caminos de las redes sociodigitales.</p>
			<p>Con la pandemia se configura una <italic>crisis de las significaciones</italic> regida por la trivialización y extravío del valor de la verdad, la preponderancia de los intereses creados y la <italic>lapidación de la palabra</italic>. A la <italic>crisis de sentido</italic> (sobre esta noción véase <xref ref-type="bibr" rid="B18">Furedi, 2003</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B13">Enríquez Pérez, 2010</xref>) que experimentan las sociedades contemporáneas tras mostrarse incapaces para imaginar su futuro y para construir escenarios alternativos, se suma la <italic>orfandad intelectual</italic> que imposibilita las capacidades para representar a cabalidad la realidad y sus problemáticas.</p>
			<p>La crisis epistemológica -dada por la inadecuación entre la teoría y el fluir del caudaloso río de la historia- que invade a las ciencias y a las humanidades y que camina a la par de la pandemia, nutre el colapso del modelo de civilización que se erigió con el capitalismo y la <italic>ilusión del progreso</italic> que le fue consustancial. El reniego y el nihilismo posmoderno propiciaron el cuestionamiento de las grandes narrativas teórico/filosóficas y de los discursos que configuraron concepciones de la realidad a partir del imperativo de ofrecer certezas, pero sus propuestas teóricas no desentrañan las causas profundas de los problemas sociales.</p>
			<p>Más aún, en el caso de las ciencias sociales, desde los orígenes sus disciplinas se apegaron a la epistemología nomotético/ deductiva, hicieron una apuesta falsa por la ingeniería social a la manera del positivismo, y emprendieron un destierro del pensamiento filosófico por considerarlo “anticientífico” y “falto de rigor”.</p>
			<p>Esta herencia epistemológica de la compartimentalización de los saberes inhibe el diálogo horizontal e intercultural entre distintos campos del conocimiento, dificulta aprehender la realidad como una totalidad y comprender los entrecruzamientos de sus sistemas complejos. La pandemia, mediante la condensación del desafío sanitario, la vulnerabilidad humana y de las decisiones concretas, trastoca el conjunto de las estructuras sociales, instituciones, principios o valores, mundos de la vida, formas de organizar la cuestión social, prácticas, relaciones cara a cara y de la propia intimidad. De ahí que sea posible concebirla como un hecho social total que desafía a las ciencias y al mismo ejercicio del oficio de la investigación. Tanto los convencionalismos, la organización y prácticas cotidianas de la academia universitaria como los mismos referentes teórico/metodológicos son desafiados por la pandemia de la Covid-19.</p>
			<p>El telón de fondo que nos ayuda a comprender estas tendencias lo brindan las múltiples crisis de la universidad como organización productora del conocimiento científico. Asediada a nivel mundial por el burocratismo, los intereses creados, las prácticas de corrupción y el uso patrimonialista de los recursos y espacios públicos, la austeridad fiscal y las restricciones presupuestales que inhiben el disfrute pleno del derecho humano a la educación, la precarización de las condiciones laborales de las plantas académicas, la interiorización -entre los individuos y prácticas universitarias- de un pensamiento hegemónico neoconservador, tecnocrático, postmoderno y negacionista; la <italic>violencia epistémica o cognitiva</italic>, la mencionada ultra-especialización disciplinaria conduce a una dispersión de los saberes. No menos importante es la entronización de la racionalidad tecnocrática que instaura una gestión cuasi empresarial de la universidad y que se expresa en los procesos de evaluación de la producción académica, en la mercantilización de la ciencia regida por el afán de lucro y ganancia del complejo militar/ industrial/tecnocientífico/informacional/ farmacéutico y en la bancarización de los apoyos a la investigación o a la formación de las jóvenes generaciones.</p>
			<p>Todos estos factores y circunstancias condicionan directa e indirectamente la construcción de conocimiento científico y con la pandemia se intensifican a través de la instauración de la ciudad virtual, la universidad digital y la formación universitaria telemática en el contexto del despliegue de un Screen New Deal estimulado con esta crisis sanitaria. De tal forma que se gesta una ruptura de los mecanismos de socialización, sensibilización y empatía convencionales que, pese al apoyo de las tecnologías de la información y la comunicación, configuran la atomización de la praxis académica y desarraigan la noción de que el conocimiento es una construcción social; o bien un proceso que supone la alimentación del sentido de comunidad e interacción estrecha con “el otro”, el diálogo multidireccional e intercultural y la configuración de una simbólica y una serie de significaciones y lenguajes que le dan forma al circuito gnosia/praxis en tanto totalidad articulada.</p>
			<p>Lo que se evidenció a lo largo del 2020 con la <italic>crisis pandémica</italic> fue la generalizada <italic>postración de la universidad</italic> ante la urgencia de organizar sistemáticamente el ejercicio del pensamiento crítico y el rigor analítico respecto a los problemas sociales y las causas profundas y estructurales de éstos. La <italic>gran reclusión</italic> en no pocos casos significó la intensificación de la renuncia a la construcción de alternativas y vanguardias, en lo que sería una especie de <italic>destierro autoimpuesto de la academia</italic>. Hasta la misma investigación e invención en torno a las vacunas fue expropiada por la corporación privada. No sólo le invade el adormecimiento del pensamiento crítico, la parálisis de la imaginación creadora y de sus torrentes de innovación, sino que la universidad se manifiesta limitada en sus posibilidades para plantear discursos alternativos de cara a los dogmatismos, negacionismos y desigualdades contemporáneas. En una especie de <italic>asalto al conocimiento sistemático y razonado</italic> perpetrado por la <italic>industria mediática de la mentira</italic>, la biopolítica y su desinfodemia, que derivó en el rapto de las significaciones en torno a las manifestaciones, rasgos, implicaciones y consecuencias de la <italic>crisis epidemiológica global</italic>, la universidad y particularmente las ciencias sociales no suponen contrapesos ni diques contenedores ante el <italic>consenso pandémico</italic> y el apocalipsis mediático.</p>
			<p>La ruptura del circuito gnosia/praxis se enfrenta al irrestricto maremágnum de fenómenos y acontecimientos exacerbados con la pandemia. Por esto, la <italic>crisis sistémica y ecosocietal</italic> de larga gestación y duración, anudada y condensada en la <italic>gran reclusión</italic> tira por la borda la falsa ilusión de un mundo regido por las certidumbres y el carácter predecible del devenir histórico. Entonces, el mismo conocimiento científico, con sus cegueras, pero también con sus limitaciones consustanciales para construir certezas plenas, abona al desconcierto y a la <italic>confusión epocal</italic>.</p>
			<p>Aunado a lo anterior, cabe destacar que de cara a fenómenos emergentes y aún sin consumar en la realidad aumentan las limitaciones para que el sujeto investigador tome perspectiva sobre sus distintas aristas, manifestaciones y complejidades. Los acontecimientos y su irrefrenable sucesión en el seno de la crisis pandémica se presentan como una vorágine que se lanza con fuerza encima de nuestra mirada, muchas veces atónita, desconcertada, sorprendida y/o aturdida, como cuando abrimos una puerta y lo que está del otro lado en la caudalosa y ruidosa vereda nos azota cual vendaval exacerbando ese aturdimiento inicial. No necesariamente la confusión o el azoro se suscitan por desinterés o por alguna incapacidad o deficiencia teórico/metodológica o formativa -aunque todo ello puede ocurrir-, sino por una limitación orgánica donde resulta difícil aprehender la totalidad y las interacciones sistémicas de sus partes. Más todavía: es imposible que el ojo humano observe todo lo que nos rodea y es parte sustancial del entrecruzamiento de acontecimientos, aunque ello estuviese frente a nosotros clamando ser nombrado y sustraído de su silencio.</p>
			<p>En su <italic>Filosofía del Derecho</italic>, Georg Wilhelm Friedrich Hegel introduce la metáfora del búho de minerva (<xref ref-type="bibr" rid="B21">1821</xref>) que despliega sus alas al caer del crepúsculo. Con esta metáfora, se remite al hecho de que el pensamiento científico y la reflexión filosófica arraigados en ese búho siempre “llegan tarde” y que tras su despliegue metodológico se erigen en conocimiento después de que el mundo fenoménico gesta los hechos y las condiciones para el ejercicio de la construcción teórico/filosófica. Ello significa que se suscita un ineludible retraso o retardo de la teoría respecto a la realidad. Como la praxis teórica marcha permanentemente a la zaga, el conocimiento que de ella se deriva es, en esencia, incompleto y se torna rápidamente insuficiente ante el carácter histórico de los acontecimientos y su transcurrir perpetuo y convulso.</p>
			<p>La pandemia no sólo limita las posibilidades de poner al día a la teoría, sino que la celeridad de acontecimientos sucesivos y entrelazados que desató en pocos meses torna a ese hecho social total en una red de sistemas complejos en permanente fluidez, progresión, regresión, zigzagueo y maduración que rompen con toda lógica de linealidad o de continuum progresivo.</p>
			<p>El historiador francés Fernand Braudel argumentó que “los acontecimientos son el efímero polvo de la historia”, brillan en un instante, pero retornan a la oscuridad y probablemente al olvido, aunque tienen la virtud de iluminar algún oscuro rincón o el conjunto del paisaje histórico (<xref ref-type="bibr" rid="B4">Braudel, 1949</xref>). Lo que pretendió argumentar este representante de la escuela histórica de los Annales fue ir más allá de la simple narración de la sucesión de acontecimientos para empeñarse en la ardua labor de desentrañar lo que sucede y se inscribe en procesos más amplios de larga duración. De este modo, la pandemia no sólo es una sucesión de acontecimientos, sino que es preciso orientar la mirada más allá de lo coyuntural y efímero para inscribir sus manifestaciones y efectos macroliminales en macroprocesos de alcances sistémicos y estructurales. Esto es un pendiente de la ciencia en general y, especialmente, de las ciencias sociales.</p>
			<p>Por su parte, el pensamiento crítico, en el concierto de la crisis epidemiológica global, se muestra, en no pocos casos, errático, extraviado, invadido por una postura autocomplaciente, y cercano a argumentaciones nebulosas, desatinadas y cercanas a la idealización. Incapaz de cuestionarse a sí mismo y de cimbrar sus fundamentos, el pensamiento crítico no logra desentrañar la dinámica estructural y sistémica de la realidad y su carácter contradictorio, ni comprender las megatendencias de los problemas públicos inscritos en procesos de larga gestación y duración. Predomina en el discurso de algunos de sus representantes un talante ingenuo, obcecado y proclive a pensar más en buenas intenciones, buenos deseos y en el deber ser que a seguir los pasos y a tomar el pulso del mundo fenoménico y sus causalidades profundas. Más que comprender las nuevas desigualdades desnudadas por la pandemia, se apuesta al argumento fácil y carente de densidad teórica que privilegia más la denuncia, la impugnación y el entretenimiento de lectores desinformados. Por ejemplo, el filósofo italiano Giorgio Agamben, atendiendo la supresión de libertades en Italia con la instauración de un estado de excepción tras la “invención de la epidemia”, centra su análisis en la gestión de la pandemia y en la inviabilidad de las medidas sanitarias. Desapegado de las referencias empíricas, Agamben relativiza la enfermedad de la Covid-19 al señalar que es “una gripe normal, no muy distinta de las que nos afectan cada año” y que las medidas de emergencia son en sí mismas “frenéticas, irracionales y absolutamente injustificadas” (<xref ref-type="bibr" rid="B1">Agamben, 2020</xref>). El italiano no se entera que con esos argumentos termina contribuyendo a las ideologías de la conspiración, al negacionismo, a la post-verdad y a la misma <italic>tergiversación semántica</italic>. Por su parte, el intelectual esloveno Slavoj Žižek -una especie de rock star del pensamiento contemporáneo y adicto al espectáculo mediático a través de lo que podríamos denominar como <italic>reflexiones light de un pop intellectual</italic>- sentenció, también sin referencias y más con buenos e insaciables deseos, que “el coronavirus es un golpe al capitalismo a lo ‘Kill Bill’ que podría reinventar el comunismo a través de la confianza en las personas y en la ciencia” (<xref ref-type="bibr" rid="B38">Žižek, 2020a</xref>); y, por tanto, “el dilema al que nos enfrentamos es: barbarie o alguna forma de comunismo reinventado” (<xref ref-type="bibr" rid="B39">Žižek, 2020b</xref>). Además, el sociólogo argentino Atilio A. Borón, omitiendo que la pandemia desnudó la mayor transferencia de riquezas públicas a manos privadas, arguye que “la primera víctima fatal que se cobró la pandemia fue la versión neoliberal del capitalismo” [...] “la era neoliberal es un cadáver aún insepulto pero imposible de resucitar” (<xref ref-type="bibr" rid="B3">Borón, 2020</xref>). Al igual que Borón, el semiótico y periodista Fernando Buen Abad Domínguez apela con ímpetus desbordados a la emergencia de un postcapitalismo con el paso de la pandemia, al tiempo que observa en ella una oportunidad para reorganizar las luchas de la clase trabajadora, emancipar la conciencia y “revolucionar la pandemia” (<xref ref-type="bibr" rid="B5">Buen Abad, 2020</xref>).</p>
			<p>Trivialidad, postureo, arrogancia e idealismo identifican a estas posiciones discursivas que provienen del pensamiento crítico. Estos abismos ya existían y la pandemia los radicaliza, empañando la mirada para observar y analizar que las contradicciones del patrón de producción y consumo que afianza la acumulación por despojo, el rentismo y el neo-extractivismo, se perpetúan con la inoculación consentida -en tanto mayor éxito del fundamentalismo de mercado- del individualismo hedonista, el social-conformismo y la resignación política e intelectual, de lo cual son comparsas amplios sectores de quienes se autodenominan como progresistas. La misma conflictividad social se torna funcional a las estructuras de poder, dominación y riqueza, y esto se obvia al tratar de comprender las nuevas manifestaciones de las desigualdades extremas globales. Entonces, la <italic>gran reclusión</italic> devino en una <italic>reclusión intelectual</italic> que subsume la imaginación creadora y la capacidad para desprenderse de paradigmas que no brindan respuestas concretas ante los problemas fundamentales de la humanidad.</p>
			<p>La limitación principal del pensamiento crítico contemporáneo radica en su falta de bríos e inventiva para construir nuevas significaciones y reactualizarlas constantemente al calor del vendaval de los acontecimientos. Si se explica e interpreta el presente a la luz de conceptos y categorías anquilosados, el pensamiento crítico se torna dogma inmutable y se aleja de la <italic>urgencia de pensar en tiempo real</italic> apelando al rigor metodológico. A su vez, diluye toda posibilidad de desplegar el pensamiento anticipatorio para comprender los escenarios factibles que se abrirán en el <italic>mundo post-pandémico</italic>. Entrampado en falsas disyuntivas y en supuestos normativos faltos de realismo, infundados e irrealizables, el pensamiento crítico reincide en círculos viciosos que lo distancian de las decisiones públicas y de la vanguardia en los debates contemporáneos. El mismo <italic>homo digitalis</italic> que deambula en la <italic>plaza pública digital</italic> impone limitaciones al pensamiento crítico, a medida que se diluyen las nociones de razón y verdad con el sensacionalismo, la pulsión de las emociones y la desinformación. No es un asunto menor porque en las redes sociodigitales se abre otro escenario en la construcción y apropiación de las significaciones.</p>
			<p>A su vez, en las sociedades contemporáneas se relega u omite la vocación de cuestionar las dinámicas históricas y estructurales y el mismo transcurrir de los acontecimientos cotidianos. Entonces, los individuos caen presas de la resignación intelectual y no tienen más opción que asumir como simple monotonía soporífera todo aquello cuanto ocurre. La crisis pandémica evidenció la erosión de esa vocación y praxis social para cuestionar los senderos que adoptan los acontecimientos emergentes y la misma <italic>gran reclusión</italic> es lapidaria al inmovilizar los esfuerzos de reflexión colectiva. La mutilación o rapto de la praxis para autorrepresentarnos como sociedad es un botón de muestra del mismo colapso civilizatorio; y ese rapto fue exacerbado con la pandemia.</p>
			<p>En suma, toda crisis impone desafíos, pero a su vez detona procesos, muchas veces invisibles y lentos, que configuran oportunidades para desestabilizar y (re)hacer la teoría. ¿Cuáles son estos umbrales que se abren en el caso de las ciencias sociales en el mar del <italic>consenso pandémico</italic>?</p>
		</sec>
		<sec sec-type="supplementary-material">
			<title>Toda crisis sociohistórica estimula posibilidades de creación: las oportunidades que la pandemia abre a las ciencias sociales</title>
			<p>Si las crisis sistémicas y los cambios de ciclo histórico desestructuran las narrativas que acostumbran a las sociedades a ciertas seguridades y predicciones, la pandemia no es la excepción. Sin embargo, esas crisis, pese al carácter apocalíptico y de calamidad que le endilga el pensamiento parroquial, abren para la ciencia en general posibilidades de innovación y de despliegue de imaginación creadora en la construcción del conocimiento, incentivados, en buena medida, por la resiliencia humana y por un nada desdeñable cúmulo de conceptos, categorías, métodos, técnicas, instrumentos y tecnologías creados a lo largo de los últimos siglos.</p>
			<p>En particular, las ciencias sociales gozan de importantes referentes teórico/metodológicos para aprehender la esencia de una realidad social crecientemente incierta, volátil, conflictiva y asediada por recurrentes convulsiones y fluctuaciones. La diversidad teórica y de tradiciones de pensamiento, que podría considerarse una debilidad epistemológica, es en esencia una expresión de su riqueza en cuanto a la dotación de perspectivas que desde distintas concepciones, conceptos, categorías y metodologías aprehenden el mundo fenoménico. Esto no demerita el rigor de estas disciplinas ni su densidad creativa. Por el contrario, abre y dota de un amplio abanico que nos aproxima a la comprensión de los <italic>grandes problemas mundiales</italic>. Muy diferente es la fragmentación de los saberes por motivos de una división técnica del trabajo científico, por cegueras epistemológicas que separan a la sociedad de la naturaleza, o por prejuicios ideológicos y relaciones de poder que, en el ejercicio de la <italic>violencia epistémica o cognitiva</italic>, segregan a ciertos conocimientos, saberes o teorías por considerárseles inferiores, opuestos o distantes de ciertas cosmovisiones ético/políticas (sobre esta noción véase <xref ref-type="bibr" rid="B11">Enríquez Pérez, 2017</xref>).</p>
			<p>Por eso, la crisis epidemiológica global y la emergencia de la <italic>era post-pandémica</italic> impongan la urgencia de afianzar diálogos intradisciplinarios y transdisciplinarios. No sólo se abre la oportunidad para acercar las ciencias a las humanidades en aras de comprender a la pandemia como una totalidad que lo mismo es un fenómeno sanitario que uno de corte geopolítico, conductual o emocional, estas aristas, entre otras, aparentemente distantes e inconexas, y que supone la convergencia de epidemiólogos, antropólogos, especialistas en geoestrategia, neuropsicólogos, entre otros; sino que también abre la posibilidad de desmontar los diques que limitan el diálogo entre distintas tradiciones de pensamiento que le dan forma a un campo del conocimiento específico. La oportunidad también puede hacerse extensiva a la urgencia de acercar y conciliar el pensamiento crítico con la construcción de alternativas que incidan en el ámbito de las decisiones públicas y en los nuevos perfiles que asuma el Estado en el <italic>mundo post-pandémico</italic>.</p>
			<p>La praxis política experimenta una crisis en su sentido, funciones y legitimidad; crisis que la engarzan con el colapso civilizatorio contemporáneo. De ahí que las ciencias sociales y su pensamiento crítico, en el marco del <italic>consenso pandémico</italic>, tengan la oportunidad de arrojar aires nuevos y refrescantes desde el mundo de las ideas para ampliar las alternativas en el mundo de la toma de decisiones. Alejarse del desvarío, la ingenuidad y el idealismo es tarea crucial para no abonar a la <italic>tergiversación semántica</italic>. El poder de la palabra y de sus significaciones hacen del conocimiento, por sí mismo, una praxis transformadora de la realidad: el ser humano, al conocer su entorno y al conocerse a sí mismo, trastoca lo que fue y se mantenía en silencio, y a partir de ello se abre un mundo y escenarios diferentes a lo que era desconocido. A su vez y al no ser neutral, el conocimiento abre y delinea cursos de acción y comportamientos e incide directa o indirectamente en la construcción de concepciones y significaciones de aquellos actores y agentes territoriales que intervienen en la configuración de posibles soluciones relativas a los problemas públicos.</p>
			<p>La crisis estructural y sistémica del capitalismo contemporáneo adopta megatendencias de larga duración que se nutren de un sinfín de acontecimientos coyunturales que le dan forma a la economía mundial, la conflictividad y la política internacional, la seguridad plantearía, la gestación de una institucionalidad global, y a las nuevas funciones del Estado en tanto macroestructura institucional y arena donde se disputan intereses creados, narrativas y el control de significaciones. A su vez, estudiar estas megatendencias implica comprender en perspectiva histórica la reconfiguración de las estructuras de poder, dominación y riqueza, y sus manifestaciones e impactos en las instituciones, los derechos, las libertades, las prácticas y la cotidianeidad de los ciudadanos. De ahí que las ciencias sociales no omitan el análisis escrupuloso de esas megatendencias y cuenten con la oportunidad de (re)construir sus narrativas a partir de la actualización de la identificación, estudio y comprensión de las contradicciones sociales, las nuevas formas de la desigualdad social e internacional, y la intersecación de la salud, los cuidados y el conjunto de las praxis sociales. La pandemia sincera y transparenta un sinfín de contradicciones, que anteriormente son soterradas, disimuladas, encubiertas, invisibilizadas y silenciadas por el pensamiento hegemónico y la racionalidad tecnocrática. Frente a ello, las ciencias sociales tienen ante sus miradas un torrente de acontecimientos entrelazados con la crisis sanitaria que incitan a ser nombrados o a <italic>ponerle nombre al silencio</italic>. La <italic>urgencia de pensar en tiempo real</italic> sería un primer paso para ello y para atender lo imprevisto o impredecible (un ejemplo de este ejercicio se observa en <xref ref-type="bibr" rid="B9">Enríquez Pérez, 2020a</xref>).</p>
			<p><italic>Pensar en tiempo real</italic> ayuda, ante la celeridad irrefrenable de los acontecimientos que nos toman por asalto y el cúmulo de datos provisionales que se arrojan con la pandemia, a no perder la vocación y la capacidad para tomar perspectiva y dimensionar los fenómenos emergentes, los problemas públicos y sus impactos. A su vez, <italic>pensar en tiempo real</italic> a la pandemia supone, en principio y como ya se introdujo, aprender a convivir con la acelerada incertidumbre -cuyo despliegue y manifestaciones es la única certeza con la que contamos- y con el incesante y constante cambio que nos toma por asalto. La serenidad, la domesticación de las emociones pulsivas y la resiliencia son cruciales para ello. Supone también construir colectivamente preguntas precisas y claras que ayuden a posicionarnos de manera panorámica de cara a los hechos cotidianos sin perdernos en el bosque del maremágnum de acontecimientos. Sin el mínimo referente de las preguntas rigurosas y nutridas de la imaginación creadora, las respuestas serán erráticas y abonarán a la <italic>tergiversación semántica</italic>. Tomar distancia del <italic>consenso pandémico</italic> y de la <italic>construcción mediática del coronavirus</italic> sin descuidar la gravedad de la emergencia sanitaria es una condición indispensable para anteponer el razonamiento riguroso a la emoción pulsiva y movida por el prejuicio y la inoculación del odio que derivan del tratamiento ahistórico, reduccionista y trivial de la crisis epidemiológica global.</p>
			<p>La pandemia ofrece la oportunidad a las ciencias sociales para ampliar los márgenes que apuntan a desplegar la capacidad de orientar estas preguntas a la observación rigurosa del mundo fenoménico, a perfeccionar las explicaciones e interpretaciones, y a hacer de las significaciones un referente no sólo semántico sino también estratégico. </p>
			<p>Despojar a las ciencias sociales de la tentación de concebir a la pandemia como un fenómeno coyuntural, efímero, calamitoso y meramente sanitario supone romper con el <italic>consenso pandémico</italic> que desde la <italic>industria mediática de la mentira</italic> se instaura a partir de la <italic>biopolítica del miedo</italic>. El juego demagógico del discurso de la “nueva normalidad” y de la vacuna como elixir primordial para combatir la peste, no sólo sustrae la necesidad de articular una narrativa de la prevención y una política de la precaución, sino que hace de la pandemia un hecho aislado, ahistórico y pasajero. Las ciencias sociales cuentan con los bagajes y referentes teórico/metodológicos para impulsar la construcción de esas narrativas alternativas. De ahí que estos campos del conocimiento tengan la posibilidad de re-conceptualizar y de construir nuevos constructos teóricos para comprender realidades emergentes en clave intercultural e interdisciplinaria.</p>
			<p>Interiorizar la noción de hecho social total proveniente de las sociologías y antropologías estructurales es una condición inicial para la construcción de nuevo conocimiento en torno a la pandemia. Si a ello sumamos los argumentos de que la crisis epidemiológica global es un acelerador del colapso civilizatorio contemporáneo y que las epidemias cada vez más frecuentes están en función y tienen su génesis en el patrón de producción y consumo regido por la depredación de la naturaleza, el neo-extractivismo y el ultraprocesamiento de la dieta familiar, entonces se amplían las oportunidades para comprender la naturaleza de ese hecho social total y de sus sistemas complejos que condensan múltiples acontecimientos y procesos sustantivos de la realidad.</p>
			<p>De ahí la importancia de la investigación interdisciplinaria para aprehender el carácter y sentido de los sistemas complejos entrelazados y que se intersecan con la pandemia. Entonces ello puede abrir la oportunidad para (re)pensar la reforma de la universidad desde el plano epistemológico en aras de trascender la segmentación y dispersión de los conocimientos y saberes. Si la universidad continúa compartimentalizada en su organización y diálogos disciplinarios, las inercias que imperan en el tratamiento de los problemas públicos continuarán reproduciendo perspectivas fragmentarias que inhiben la posibilidad de desentrañar la esencia de los <italic>grandes problemas mundiales</italic>. Si la realidad social conforma una totalidad, es necesario construir conceptos y categorías interdisciplinarios (un ejercicio modesto relativo a ello se presenta en <xref ref-type="bibr" rid="B15">Enríquez Pérez, <italic>et al.</italic> 2015</xref>) para aprehender colectivamente las distintas aristas entreveradas de esa totalidad. Más que un bozal metodológico, la investigación interdisciplinaria es una oportunidad para crear referentes que contribuyan a organizar el trabajo empírico, los alcances de la imaginación creadora y la construcción de nuevos lenguajes para que ese diálogo multidireccional e intercultural de saberes propicie el estudio sistemático y la comprensión de las causalidades circulares y dialécticas; así como la comprensión de la génesis, manifestaciones, alcances, cambios irrestrictos, y contradicciones de la crisis epidemiológica global y de la emergencia de la <italic>era post-pandémica</italic>.</p>
			<p>A grandes rasgos, las oportunidades teóricas abiertas por la pandemia de la Covid-19 son múltiples. Las crisis sociohistóricas pueden concebirse no sólo en sus efectos catastróficos -que los tiene y en amplia proporción y magnitud- sino como un terreno fértil para sembrar el árbol del vuelo imaginativo, la creatividad y la innovación teórico/conceptual.</p>
		</sec>
		<sec sec-type="conclusions">
			<title>Consideraciones finales sobre la investigación: hacia una teoría y política de la pandemia</title>
			<p>La crisis epidemiológica global representa un cambio de ciclo histórico a medida que la vulnerabilidad humana se intensifica y se compagina con los alcances de las decisiones públicas y corporativas que desean acelerar esas transiciones que permitan gestionar -desde las élites plutocráticas- el colapso civilizatorio contemporáneo sin comprometer el patrón de acumulación y las estructuras de poder, dominación y riqueza. Una de las aristas de la pandemia consiste en reconocerla como un dispositivo de control y disciplinamiento de los cuerpos, la mente, las conciencias y la intimidad, en aras de legitimar esas transformaciones proyectadas y que, muy probablemente, adopten los alcances y profundidad de aquellas que se gestaron con las grandes guerras del siglo XX y la reconfiguración de las relaciones económicas y políticas internacionales a partir de 1945. La pandemia pues, más allá del negacionismo y la indiferencia de amplios sectores de las sociedades nacionales, está cambiando radicalmente -y también más allá de la costumbre y el falso confort- las formas de ser, hacer, pensar, imaginar, fabular, soñar, habitar, interactuar e intimar en los distintos mundos de la vida. No existe praxis social que escape al tamiz de la pandemia, pues directa o indirectamente incidirá en la vida de las sociedades, de las organizaciones, de las familias y de los individuos. La misma relación del ser humano con la enfermedad y la muerte fue trastocada y sus rituales también alterados; y no menos importantes serán los efectos neurológicos de la pandemia a partir de sus implicaciones emocionales, mentales y conductuales.</p>
			<p>Si lo que se alteró con la crisis epidemiológica global fueron las formas de organización social a las que estábamos habituados, entonces cambiarán las racionalidades y las formas de organizar el Estado y la (dia)lógica de las decisiones públicas. Un primer indicio de ello es la instauración consentida y sin resistencias de un <italic>Estado sanitizante</italic> regido por la biopolítica y la <italic>ideología del higienismo</italic>. De ahí que de manera colectiva sea preciso que la academia imagine una <italic>teoría y política de la pandemia</italic> que posicione a la crisis sanitaria en su justa dimensión orgánico/biológica y epidemiológica. Abogar por una <italic>política de la precaución</italic> más que por la <italic>cultura de la exacerbación del miedo pandémico</italic> impuesta por la <italic>industria del pánico global</italic> es una primera pauta para tomar en cuenta. Los riesgos sanitarios infligidos por el coronavirus SARS-CoV-2 son latentes, están allí, mutan y en ciertos casos pueden llegar a ser irreversibles. La <italic>teoría y política de la pandemia</italic> está urgida a reivindicar el <italic>sentido de esperanza</italic> y a conciliarlo con la relevancia de la medicina preventiva y la medicina familiar y comunitaria en aras de lograr un mínimo atemperamiento del <italic>vértigo de la incertidumbre</italic> que sacude a las sociedades contemporáneas y que acrecienta sus vulnerabilidades. A su vez, resulta urgente que esa precaución activa y crítica contrarreste la bioseguridad como dispositivo de control social y entronice a los cuidados y a la salud como derechos humanos fundamentales y como dimensión crucial en las formas de reorganización de la vida social y de sus dinámicas cotidianas.</p>
			<p>Todo ello amerita una praxis teórica capaz de desentrañar el carácter <italic>sui géneris</italic> de cada sociedad y de cada territorialidad para focalizar la mirada en los problemas específicos sin perderse en el bosque observando uno solo de sus frondosos árboles. Esto es, sin perder de vista la totalidad y sus intrínsecos entreveramientos. A su vez, ante el distanciamiento social impuesto y consentido, es relevante recuperar el sentido de comunidad y la autonomía de las territorialidades y colectividades. Las ciencias, incluidas las sociales, están llamadas a construir conocimientos que erijan diques ante los dogmatismos de distinto signo, el pensamiento parroquial, la conspiranoia y ante el negacionismo. De lo contrario, la humanidad corre el riesgo de ser lapidada por el colapso civilizatorio y de ser invadida por la inanición intensificada con la <italic>confusión epocal</italic> y el paso implacable del huracán pandémico.</p>
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			<title>Fuentes consultadas</title>
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