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			<journal-id journal-id-type="publisher-id">korpus</journal-id>
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				<journal-title>Korpus21. Revista de Historia y Ciencias Sociales</journal-title>
				<abbrev-journal-title abbrev-type="publisher">Korpus21</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="ppub">2683-2682</issn>
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				<publisher-name>El Colegio Mexiquense, A.C.</publisher-name>
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			<article-id pub-id-type="doi">10.22136/korpus212025249</article-id>
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					<subject>Artículos</subject>
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				<article-title>Cholos, pandillas y <italic>juvenicidio</italic> en Guadalajara, México</article-title>
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					<trans-title>Cholos, gangs and <italic>juvenicidio</italic> in Guadalajara, Mexico</trans-title>
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						<surname>Acosta Aguilar</surname>
						<given-names>Alberto</given-names>
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						<surname>Moreno Hernández</surname>
						<given-names>Hugo César</given-names>
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				<institution content-type="original">Universidad de Guadalajara, México</institution>
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				<country country="MX">Mexico</country>
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				<label>2</label>
				<institution content-type="original">Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México</institution>
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			<author-notes>
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					<label>*</label>Autor para correspondencia: <email>guantex_contreras@hotmail.com</email>
				</corresp>
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					<label>+</label>
					<p><bold>Alberto Acosta Aguilar.</bold> Licenciado en sociología por la Universidad de Guadalajara, con especialidad en cultura. Realizó la maestría en estudios sociales y humanos por el Colegio de Jalisco, con especialidad en estudios urbanos contemporáneos. Actualmente, cursa el Doctorado en Educación en la Universidad de Guadalajara, México. Sus principales líneas de investigación son: identidades juveniles, jóvenes en contextos de violencia, sociología de la desviación, desigualdades socioeducativas, prácticas culturales y estilos de vida. Dentro de sus últimas publicaciones se encuentran: “La escuela de la calle y la escuela institucional”, <italic>Diálogos sobre educación. Temas actuales en investigación educativa</italic>, 14 (28) (2023); “Taggeo, luego existo: grafiti juvenil, cultura e identidad”, <italic>Revista estudiantil venezolana de antropologí</italic>a, 2-3 (U) (2022-2023). Asimismo, ha realizado los documentales: <italic>Taggeo, luego existo: 30 de años de graffiti en Guadalajara</italic>, El Colegio de Jalisco, Homo Cultural (2020) y <italic>Sueños distópicos</italic>, Homo Cultural (2021). </p>
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					<label>+</label>
					<p><bold>Hugo César Moreno Hernández.</bold> Doctor en Ciencias Sociales y Políticas por la Universidad Iberoamericana, México. Es profesor investigador del Posgrado en Sociología en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego” de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, México. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores nivel II. Su línea de investigación: juventudes y subjetividades vulnerables. Entre sus últimas publicaciones se encuentran: “Jóvenes estudiantes en disputas territoriales por el cuerpo en el mundo digital”, <italic>Cuadernos Del Ciesal</italic>, 2 (23), 1-27 (2025); “¿De qué otra cosa vamos a hablar? Producciones culturales en el marco de la violencia social en México”, en Juan Carlos Ayala Barrón (Coord.), <italic>Violencias, resistencias y estrategias. Análisis de la situación de violencia en México</italic> (pp. 317-352), Tirant Lo Blanch (2024); “Mundos, violencia y nuevas juventudes”, en Romero, Juan; Pérez Islas, José Antonio; Vázquez, Melina y Valdez González, Mónica (Coords.), <italic>Nuevas generaciones de América Latina y el Caribe. Persistencias y emergencias de las desigualdades</italic> (pp. 271-298), CLACSO, Universidad Nacional Autónoma de México, CINDE, Seminario de Investigación en Juventud (2025).</p>
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			</author-notes>
			<pub-date date-type="pub" publication-format="electronic">
				<day>09</day>
				<month>12</month>
				<year>2025</year>
			</pub-date>
			<pub-date date-type="collection" publication-format="electronic">
				<season>Jan-Dec</season>
				<year>2025</year>
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			<volume>5</volume>
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				<date date-type="received">
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					<license-p>Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons</license-p>
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			<abstract>
				<title>Resumen</title>
				<p>El artículo analiza la evolución de las pandillas juveniles y de la cultura chola en Guadalajara, México, en el contexto de la violencia estructural y la delincuencia organizada. Se aborda el concepto de <italic>juvenicidio</italic>, entendido como la violencia sistémica contra jóvenes marginados, que incluye no solo la muerte física, sino también la anulación de sus proyectos de vida y la criminalización de sus identidades. La cultura chola, originaria de Los Ángeles, California, se adoptó en Guadalajara como una forma de resistencia y pertenencia entre jóvenes de barrios marginados.</p>
			</abstract>
			<trans-abstract xml:lang="en">
				<title>Abstract</title>
				<p>This article analyzes the evolution of youth gangs and the cholo culture in Guadalajara, Mexico, in the context of structural violence and organized crime. It addresses the concept of juvenicide, understood as systemic violence against marginalized youth, which includes not only physical death but also the nullification of their life projects and the criminalization of their identities. The cholo culture, which originated in Los Angeles, California, was adopted in Guadalajara as a form of both resistance and belonging among young people from marginalized neighborhoods.</p>
			</trans-abstract>
			<kwd-group xml:lang="en">
				<title>Keywords:</title>
				<kwd>symbolic juvenicide</kwd>
				<kwd>gangs</kwd>
				<kwd>cholo culture</kwd>
				<kwd>organized crime</kwd>
				<kwd>structural violence</kwd>
			</kwd-group>
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				<title>Palabras clave:</title>
				<kwd><italic>juvenicidio</italic> simbólico</kwd>
				<kwd>pandillas</kwd>
				<kwd>cultura chola</kwd>
				<kwd>delincuencia organizada</kwd>
				<kwd>violencia estructural</kwd>
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		<sec sec-type="intro">
			<title>Introducción</title>
			<p>Este documento examina la relación entre las pandillas juveniles, la cultura chola y el fenómeno del juvenicidio en Guadalajara, México. A través de un análisis sociológico y antropológico, se explora cómo la violencia estructural y la delincuencia organizada han transformado las dinámicas de las pandillas y la cultura chola, que han llevado a la paulatina desaparición de estas expresiones juveniles como formas de resistencia y pertenencia. También, se aborda cómo el Estado, el mercado y las organizaciones delictivas contribuyen a la criminalización y estigmatización de los jóvenes, mientras que sus expresiones culturales son expropiadas y comercializadas. Este análisis se enmarca en un contexto de exclusión social, precarización y violencia, donde los jóvenes son víctimas de un sistema que los reduce a cuerpos desechables.</p>
			<p>Así, se presenta una discusión sobre cómo la violencia estructural y la delincuencia organizada han impactado las pandillas y la cultura chola en Guadalajara. Se destaca el concepto de <italic>juvenicidio</italic>, que va más allá de la muerte física, puesto que abarca la anulación simbólica de las identidades juveniles. La cultura chola, que surgió como una forma de resistencia frente a la exclusión, ha sido diluida como consecuencia de la eliminación y cooptación por parte de la delincuencia organizada de las pandillas juveniles en las colonias que controlan estos grupos, por lo cual han perdido su esencia original y se han transformado en un símbolo de violencia. Además, el Estado y el mercado contribuyen a este proceso: criminalizan a los jóvenes mientras comercializan sus expresiones culturales. La discusión también aborda cómo la violencia en los barrios ha evolucionado con un aumento en el uso de armas de fuego y la deshumanización de los jóvenes, quienes son vistos como desechables en un sistema que combina exclusión social, criminalización y control territorial. El artículo plantea que la desaparición de las pandillas y la cultura chola es una forma de juvenicidio material y simbólico, donde los jóvenes son eliminados no solo físicamente, sino también culturalmente.</p>
		</sec>
		<sec>
			<title>Marco conceptual</title>
			<sec>
				<title>Pandillas</title>
				<p>Para entender a las pandillas como un fenómeno sociológico, más allá de una acepción delictiva, como la que plantea el Código Penal Federal mexicano, podemos partir de la conceptualización clásica de Frederic Thrasher, que las describe como grupos intersticiales que surgen espontáneamente y se integran mediante el conflicto. Thrasher define a la pandilla como:</p>
				<disp-quote>
					<p>un grupo intersticial formado en su origen espontáneamente e integrado después mediante el conflicto. Se caracteriza por el siguiente tipo de comportamiento: encuentros cara a cara, peleas, movimientos en el espacio como si fuera una unidad, conflictos con grupos similares y planificación. El resultado de este comportamiento colectivo es el desarrollo de una tradición, una estructura interna no reflexiva, esprit de corps, solidaridad moral, orgullo de grupo y vínculo con un territorio local (<xref ref-type="bibr" rid="B45">Thrasher, 2021: 118</xref>).</p>
				</disp-quote>
				<p>Por su parte, el Código Penal Federal, en su artículo 164, distingue entre <italic>pandilla</italic> y <italic>banda</italic>. Para ello, establece que: “Al que forme parte de una asociación o banda de tres o más personas con propósito de delinquir” (<xref ref-type="bibr" rid="B6">Código Penal Federal, 2025: 49</xref>), pero no ofrece una definición clara de <italic>banda</italic> o <italic>asociación</italic>, lo cual sí hace con la palabra <italic>pandilla</italic> en el artículo 164 Bis: “Se entiende por pandilla, para los efectos de esta disposición, la reunión habitual, ocasional o transitoria, de tres o más personas que sin estar organizadas con fines delictuosos, cometen en común algún delito” (<xref ref-type="bibr" rid="B6">Código Penal Federal, 2025: 49</xref>). La distinción entre pandilla y banda o asociación parece estar aquí en la pulsión delictiva, es decir, en que la banda es una formación espontánea cuya reunión está definida por la motivación de cometer un delito, mientras que en la pandilla la reunión puede ser también habitual, además de espontánea, pero la comisión de un delito no es aquello que los reúne. Sin embargo, para el código penal es más grave la reunión en pandilla que en banda: “Cuando se cometa algún delito por pandilla, se aplicará a los que intervengan en su comisión, hasta una mitad más de las penas que les correspondan por el o los delitos cometidos” (<xref ref-type="bibr" rid="B6">Código Penal Federal, 2025: 49</xref>), dice en el artículo 164 bis. Incluso, las penas son mayores para aquellos servidores públicos si cometen un delito en pandilla: </p>
				<disp-quote>
					<p>Cuando el miembro de la pandilla sea o haya sido servidor público de alguna corporación policiaca, la pena se aumentará hasta en dos terceras partes de las penas que le corresponda por el o los delitos cometidos y se le impondrá además, destitución del empleo, cargo o comisión públicos e inhabilitación de uno a cinco años para desempeñar otro (<xref ref-type="bibr" rid="B6">Código Penal Federal, 2025: 49</xref>).</p>
				</disp-quote>
				<p>Así, para el código penal, la pandilla está más criminalizada que la banda. La pandilla en México se autodenomina como “la banda”. Los <italic>pandilleros</italic>, como concepto aglutinador, se definieron como <italic>chavos-banda</italic> en la década de los ochenta y noventa (<xref ref-type="bibr" rid="B17">Gomezjara, 1987</xref>, <xref ref-type="bibr" rid="B51">Valenzuela, 1988</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B39">Reguillo, 1991</xref>). Sin embargo, una pandilla es profundamente distinta de una banda. Si bien ambas son transgresoras de la ley, cuando la pandilla roba, la motivación no es lucrativa. La banda se organiza profesionalmente para cometer un delito. La banda planea; la pandilla actúa en el momento. La banda “invierte” en autos, armas y telecomunicaciones, corrupción de funcionarios, etcétera, para cometer ilícitos, pues su fin es el lucro, la ganancia. La pandilla es visible y sensible. Está en su barrio, los vecinos los conocen. La banda se oculta, y necesita la secrecía para mantenerse (<xref ref-type="bibr" rid="B35">Perea, 2007</xref>). La pandilla se une no para delinquir; el robo es una más de sus actividades. Por otro lado, una pandilla que es en extremo violenta, es susceptible de ser cooptada por las organizaciones delincuenciales, ya sea por el narcotráfico, el robo de autos, el tráfico de armas, bandas de secuestradores, etcétera. En el barrio, la banda organizada también actúa, y sus empleados más a la mano son los pandilleros locales, como se puede observar en el siguiente testimonio tomado de un pandillero activo en la década de los noventa en una colonia al norte de la Ciudad de México.</p>
				<disp-quote>
					<p>Sí, fue lo que le puso en toda la torre a… a todo lo de la Presa… dinero fácil… muchos cuates que eran… pus buenos para eso y se metieron en eso y para andar con sus pericazos y toda la cosa…</p>
					<p>¿Buenos para qué?</p>
					<p>Pal trompón y valiéndoles queso. “oye mata a este cabrón”… ¡pum! Había cuates que los aventaban al metro, los iban cazando y nomás pasaba ¡pum! ¡moles! (<xref ref-type="bibr" rid="B27">Moreno, 2011: 206</xref>).</p>
				</disp-quote>
				<p>El caso colombiano es aleccionador en este sentido.</p>
				<disp-quote>
					<p>Sin embargo, Bogotá no tuvo un actor trabando negocios directos con las pandillas, bien bajo la contratación desembozada de contingentes completos de sicarios como en Medellín, bien bajo la estrategia más discreta, pero en todo caso eficaz, de Cali. Se sabe de varios muchachos bogotanos que, por su destacada capacidad violenta, fueron enrolados en las nóminas de los &lt;trabajos&gt; con los grandes varones, como el mentado Ojos Rojos, un alias que evoca con precisión el terror que causaba entre la gente. Se trataba de acciones dentro de la misma ciudad o sus zonas aledañas, más fáciles de realizar con personas ligadas a la vida local, pero el narcotráfico no extendió sus tentáculos hasta los parches bogotanos (<xref ref-type="bibr" rid="B36">Perea, 2000: 424</xref>).</p>
				</disp-quote>
				<p>Es preciso indicar que la manera como utilizamos el concepto <italic>pandilla</italic> está definida por su expresividad en el campo sociológico y antropológico, es decir, se trata de un aglutinante teórico-metodológico que funciona tanto para delimitar los contornos de la forma del grupo como para evitar su criminalización, incluso a pesar de que, como sucede con el código penal mexicano, la idea de pandilla supone mayor penalidad que la banda. En ese sentido, retomamos la aportación de Carles Feixa (<xref ref-type="bibr" rid="B15">2019</xref>), quien actualiza la definición de Thrasher para incluir características contemporáneas, como la transnacionalidad y la afectividad, y propone que:</p>
				<disp-quote>
					<p>Una pandilla (transnacional) es un grupo intersticial formado en su origen espontáneamente e integrado después mediante el conflicto. Se caracteriza por el siguiente tipo de comportamiento: encuentros cara a cara (y online), peleas (y diversión), movimientos en el espacio como si fuera una unidad (y búsqueda de espacios íntimos), conflictos (y alianzas) con grupos similares y planificación. El resultado de este comportamiento colectivo es el desarrollo de una tradición, una estructura interna no reflexiva (y el establecimiento de reglas para regular los intercambios con otras bandas e instituciones), espíritu de equipo, solidaridad moral, conciencia de grupo e identidad vinculada al territorio (ya sea en su lugar de origen, en su nuevo hogar o en el ciberespacio) (<xref ref-type="bibr" rid="B15">Feixa, 2019: 26</xref>).</p>
				</disp-quote>
				<p>Estas definiciones destacan que las pandillas no son simplemente grupos delictivos, sino comunidades juveniles que buscan un sentido de pertenencia y resistencia en contextos de exclusión social. En ese sentido, son espacios de socialidad (<xref ref-type="bibr" rid="B29">Moreno y Urteaga, 2022a</xref>) donde los jóvenes logran vehículos de expresión y acción de manera autónoma. Espacios de socialidad en los que los sujetos viven experiencias juveniles en territorios en disputa, como la calle y otros espacios públicos. Ahí producen valores éticos, estéticos y lingüísticos a través de los cuales territorializan los espacios. A nuestro parecer, el aniquilamiento de pandillas juveniles en colonias populares de la zona metropolitana de Guadalajara y todo México es una forma de juvenicidio que no solo se nota en el asesinato de jóvenes miembros de pandillas, sino, sobre todo, en la eliminación del lugar social pandillero (<xref ref-type="bibr" rid="B25">Moreno, 2014a</xref>), ya sea con su disolución o su cooptación como célula empleada por una organización delictiva para dedicarse a los negocios de estos grupos. </p>
			</sec>
			<sec>
				<title>Juvenicidio</title>
				<p>El concepto de <italic>juvenicidio</italic>, en las ciencias sociales latinoamericanas, ha sido desarrollado principalmente por autores como José Manuel Valenzuela, Rossana Reguillo y Alfredo Nateras, entre otros (<xref ref-type="bibr" rid="B48">Valenzuela, 2015</xref>). En principio, este se ha definido como una forma de violencia estructural y sistemática dirigida específicamente contra los jóvenes, en particular aquellos pertenecientes a sectores marginados. Valenzuela en <italic>Sed de mal: Feminicidio, jóvenes y exclusión social</italic> aborda el término <italic>juvenicidio</italic>. Aunque el autor no lo define con claridad, sí se puede colegir que el juvenicidio es una forma de violencia extrema ejercida contra dicho sector de la población, en especial aquel que vive en condiciones de exclusión social, pobreza y marginación. No se trata solo de muertes físicas, sino también de la anulación de sus proyectos de vida, la criminalización de sus identidades y la negación de sus derechos fundamentales (<xref ref-type="bibr" rid="B49">Valenzuela, 2012</xref>). En ese sentido, es claro que más allá del proceso de refinamiento del término a través de la reflexión constante y el diálogo continuo entre investigadores, desde que se recuperó de la prensa escrita hacia las ciencias sociales, el juvenicidio no se refiere al asesinato sistemático de los jóvenes por ser jóvenes, definición equivocada pero asequible por el uso del término. El juvenicidio no es solo un acto de violencia física, sino un proceso estructural que implica la deshumanización de las juventudes, su reducción a cuerpos desechables y la normalización del exterminio de determinados sectores juveniles (pobres o marginales, afrodescendientes, etcétera). Es una articulación entre tanatopolítica y necropolítica que opera a través de la exclusión, el miedo, la estigmatización, la criminalización y desciudadanización. </p>
				<p>Es importante detenernos un poco aquí para comprender las articulaciones entre biopolítica, tanatopolítica y necropolítica. La biopolítica y la tanatopolítica están estrechamente relacionadas, ya que ambas forman parte de un mismo sistema de poder que busca administrar la vida. La biopolítica se enfoca en “hacer vivir”, mientras que la tanatopolítica introduce la posibilidad de “rechazar hacia la muerte” a aquellos que son considerados una amenaza para la vida de la población. El racismo es un dispositivo clave que posibilita articular estas dos formas de poder (<xref ref-type="bibr" rid="B24">Moreno, 2020</xref>). La tanatopolítica y la necropolítica comparten la idea de que la muerte puede ser utilizada como una herramienta de gobierno. Sin embargo, mientras que la tanatopolítica busca “hacer vivir” mediante la eliminación de ciertos grupos, la necropolítica utiliza la muerte como un fin en sí mismo, para aterrorizar y controlar a las poblaciones. </p>
				<p>En ese sentido, el juvenicidio no solo se manifiesta en la muerte física de los jóvenes. Es más, se despliega con más crudeza en la muerte simbólica de las expresiones, producciones y actividades juveniles, en la negación de su voz, en la criminalización de sus prácticas culturales y en la construcción de narrativas que los presentan como amenazas sociales. El juvenicidio está intrínsecamente ligado a las dinámicas del capitalismo neoliberal, pues en este contexto, se convierte en una herramienta de control social que elimina a aquellos sujetos considerados ‘improductivos’ o ‘peligrosos’. Es una forma de violencia que se naturaliza y se justifica a través de discursos de seguridad y orden público. El neoliberalismo se relaciona con la necropolítica a través de la privatización de funciones gubernamentales y la mercantilización de la vida y la muerte. El neoliberalismo, entendido como la relación entre economía y política dedicada a abrir mercados y privatizar servicios, recursos y hasta la seguridad, faculta la delegación de funciones gubernamentales a actores no estatales, como organizaciones no gubernamentales (ONG), empresas privadas y grupos delincuenciales. Utilizando la muerte como un dispositivo de gestión, estas entidades pueden ejercer control sobre poblaciones, territorios y recursos. De esta manera, el juvenicidio está relacionado con la posibilidad de ejercer necropolítica en cuanto a que permite describir la violencia sistémica y estructural contra determinadas juventudes, sobre todo aquellos en contextos de exclusión social, e incluye tanto la muerte física como la simbólica a través de la criminalización y estigmatización de sus identidades y prácticas culturales. Como explica Andrea Bonvillani: </p>
				<disp-quote>
					<p>El juvenicidio es un operador epistémico en diversos temas de agenda local, desde procesos de estigmatización en distintos escenarios de sociabilidad juvenil, con énfasis en el espacio público, hasta las situaciones de vulnerabilidad, precarización y muerte potencial en tanto una de las causas del ingreso de estos grupos a mercados laborales ilícitos en general y al narcotráfico en particular. Se dibuja, incluso, una sublínea dentro de los estudios fronterizos, que recoge los asesinatos de jóvenes producto del crimen organizado y de la respuesta estatal en Ciudad Juárez (<xref ref-type="bibr" rid="B2">Bonvillani, 2022: 8</xref>).</p>
				</disp-quote>
				<p>La capacidad epistémica del término <italic>juvenicidio</italic> está en comprender que este no refiere en específico a que las personas jóvenes son matables solo por ser jóvenes (<xref ref-type="bibr" rid="B47">Urteaga y Moreno, 2020</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B30">Moreno y Urteaga, 2022b</xref>), sino porque pertenecen a sectores sociales desde donde desarrollan expresiones culturales autónomas. La edad no define al juvenicidio, sino la pertenencia social, las producciones éticas, estéticas y lingüísticas que son criminalizadas, así como su grado de estridencia. La noción de desciudanización (<xref ref-type="bibr" rid="B26">Moreno, 2014b</xref>) puede sumar al de juvenicidio en la medida que enfatiza la cancelación de derechos para sujetos convertidos en enemigos del Estado volviéndolos asesinables. En ese sentido, la agregación juvenil en pandillas desde donde expresan una cultura compleja, a través de la cual crean valores éticos, estéticos y lingüísticos propios, se convierte en foco de acción violenta llevada a cabo tanto por instituciones públicas como por poderes fácticos, y desde los medios de comunicación que les estigmatizan hasta las organizaciones delictivas que las destruyen. </p>
				<disp-quote>
					<p>[…] proponer que el juvenicidio alcance tanto a las/os jóvenes que reciben la violencia del Estado como a quienes la infligen sobre otros/as jóvenes en su carácter de víctimas se sostiene en el supuesto de que todos estos procesos están subsumidos a las condiciones juveniles de precariedad y vulnerabilidad, producidas en última instancia por la acción intencionada o el abandono del Estado. Complementariamente, concebir las distintas modalidades de violencia física o simbólica que las/os jóvenes padecen y ejercen contra sus pares como una respuesta a la acción estructural y sistemática del Estado es devolverle a este último su condición de actor responsable en el juvenicidio (<xref ref-type="bibr" rid="B2">Bonvillani, 2022: 14</xref>).</p>
				</disp-quote>
				<p>Es desde esta perspectiva que asumimos la situación actual de las pandillas juveniles y sus expresiones culturales basadas en el estilo cholo o cholismo una forma de juvenicidio simbólico debido a la destrucción de sus formas de agregación, expresión, manifestación y territorialización de los espacios, de por sí precarios y limitados para las juventudes, que habían hechos sus lugares de encuentro y socialidad. Ahora bien, es preciso explicar que cuando nos referimos a juvenicidio simbólico buscamos analizar cómo se elimina un universo simbólico contenido en el interior y que dispone un lugar a las subjetividades, en este caso el grupo que forma la pandilla a través del repertorio cultural que ofrece pertenencia e identidad. Recurriendo a la distinción que hace Slavoj Žižek (<xref ref-type="bibr" rid="B53">2003</xref>) entre muerte real y muerte simbólica, se trata de remediar el equívoco al que lleva el término <italic>juvenicidio</italic> cuando se supone significa la muerte del sujeto por el hecho de ser joven. La muerte real, orgánica, biológica que transforma al cuerpo en cadáver se simboliza en la muerte simbólica de aquello que sostiene y ofrece lugar de pertenencia al sujeto. Si bien, cómo se podrá advertir en los testimonios de los pandilleros expuestos a los efectos de la intromisión de la delincuencia organizada en sus barrios, siguen vivos, pero han padecido la muerte de compañeros, la desaparición del lugar simbólico que les acogía, el declive de los elementos culturales que les daban identidad de grupo y el reclutamiento de antiguos compañeros que adoptan estilos, lenguajes y actitudes distintas a las que se consideraban dentro de la pandilla y la cultura chola.</p>
			</sec>
			<sec>
				<title>Cholos</title>
				<p>La influencia de la cultura chola, originaria de Los Ángeles, California, en la formación de las pandillas en Guadalajara es central para comprender las formas de agregación, lealtades, pertenencias y producciones culturales. Esta cultura, que incluye elementos éticos, estéticos, lingüísticos y simbólicos, ha sido adoptada por los jóvenes como una forma de resistencia y pertenencia. Sin embargo, con la globalización y la expansión de las organizaciones delincuenciales, la cultura chola ha perdido parte de su significado original y se ha recrudecido su existencia como símbolo de violencia y delincuencia.</p>
				<p>En el libro <italic>¡A la brava ése!</italic>, de Juan Manuel Valenzuela (<xref ref-type="bibr" rid="B51">1988</xref>), se describe la cultura chola como un fenómeno social y cultural que surge en la frontera entre México y Estados Unidos, en particular en Tijuana, Baja California. Esta cultura se caracteriza por su estilo de vida, su identidad y sus prácticas culturales que combinan elementos tanto mexicanos como estadounidenses. La cultura chola se nutre de la mezcla de influencias mexicanas y estadounidenses y crean una identidad única. Valenzuela (<xref ref-type="bibr" rid="B51">1988</xref>) destaca cómo los cholos y cholas adoptan elementos de ambas culturas para construir su propia identidad. La cultura chola es un producto de la frontera, un espacio donde se mezclan y reelaboran elementos culturales de ambos lados de la línea divisoria. La vestimenta y la apariencia son elementos clave en esta cultura. Los cholos y cholas suelen usar ropa holgada, gorras, pañuelos y tenis, lo que refleja su pertenencia a un grupo. La estética chola se ha convertido en símbolo de identidad, resistencia y orgullo frente a la marginación y la discriminación. </p>
				<p>No es ocioso observar que el antecedente de los cholos fueron los pachucos, como lo establece el mismo Valenzuela con la noción <italic>pachoma</italic>, esto es, el “proceso no lineal que implica continuidades, apropiaciones y recreaciones, pero también rupturas y vínculos conflictivos” (<xref ref-type="bibr" rid="B50">Valenzuela, 2007: 36</xref>). En una serie de identificaciones de un bagaje cultural y simbólico donde primero aparecen los pachucos, luego, los cholos, Valenzuela suma la última silaba de la mara, como una forma más reciente de reconfigurar el espectro sociocultural heredado por pachucos y cholos a los pandilleros desarrollados en Centroamérica.</p>
				<p>La familia y la comunidad son pilares fundamentales en la cultura chola, donde la lealtad y el apoyo mutuo son valores que se transmiten de generación en generación. La cultura chola es una respuesta creativa a las condiciones sociales y culturales de la frontera entre México y Estados Unidos. Valenzuela (<xref ref-type="bibr" rid="B51">1988</xref>) destaca cómo esta cultura no solo es una forma de identidad, sino también una manera de resistir y reafirmarse frente a la exclusión y la marginación, y cómo por estas características se ha extendido más allá de la frontera: “La influencia de los cholos ‘prendió’ rápidamente entre los jóvenes pertenecientes a las clases bajas, proletarios y semiproletarios. Ello nos plantea una relación de asociación entre cholismo, migración y clase social” (<xref ref-type="bibr" rid="B51">Valenzuela, 1988: 56</xref>).</p>
				<p>Valenzuela describe cómo esta cultura surge como una respuesta identitaria y de resistencia entre jóvenes de barrios marginados, influenciada por la cercanía con Estados Unidos y la adopción de elementos culturales de las pandillas chicanas. El origen de la cultura chola está ligado a la migración, la marginalidad y la búsqueda de identidad en contextos urbanos. Los cholos son producto de la marginación urbana, de la falta de oportunidades y de la búsqueda de una identidad que les permita diferenciarse y resistir en un mundo que los excluye. Los jóvenes adoptan elementos de las pandillas estadounidenses, pero los adaptan a su contexto local, que da lugar a una expresión cultural única. </p>
				<p>Sobre el significado histórico y etimológico de la palabra <italic>cholo</italic>, Valenzuela (<xref ref-type="bibr" rid="B51">1988</xref>) ofrece un recorrido interesante; sin embargo, en la medida que este asunto excede los objetivos de este trabajo, asumiremos la postura de Rogelio Marcial, quien también explora las diferentes teorías sobre el origen del término <italic>cholo</italic> y destaca su posible raíz náhuatl, su uso peyorativo en América Latina y su adopción en Estados Unidos como una forma de identificar a los migrantes mexicanos, algo que también explora Valenzuela. Marcial menciona que “el término cholo proviene de la palabra náhuatl <italic>xolo</italic>, cuyo significado es ‘paje’; ‘mozo’; ‘sirviente’” (<xref ref-type="bibr" rid="B22">Marcial, 2006: 37</xref>), y que también se ha utilizado para referirse a personas de “sangre mezclada” o a aquellos que visten de manera “anticuada y con mal gusto”. Al igual que Valenzuela, Marcial, en su trabajo <italic>El cholismo en Guadalajara: orígenes y referentes culturales</italic>, vincula el fenómeno del cholismo con la migración, la identidad cultural y la marginación económica y social. Marcial comienza describiendo los orígenes del movimiento cholo en la década de 1970 en Los Ángeles, California, donde jóvenes de origen mexicano o hijos de mexicanos adoptaron una identidad cultural que incluía elementos como tatuajes, grafiti y un estilo de vestir particular. Este movimiento, según el autor, fue una respuesta a la discriminación y la violencia racial en una sociedad anglosajona. Marcial señala que “los cholos buscan, como sus antecesores, mecanismos de defensa étnica y grupal frente a una sociedad anglosajona fuertemente racista y violenta” (<xref ref-type="bibr" rid="B22">Marcial, 2006: 37</xref>). </p>
				<sec>
					<title>El cholismo en Guadalajara</title>
					<p>La llegada y consolidación del movimiento cholo en Guadalajara se nutre de la formación de pandillas juveniles en los barrios marginados de la ciudad. Marcial describe cómo estas pandillas se organizaron para resistir la represión policial y crear espacios de expresión cultural. El autor menciona que “en Guadalajara se empiezan a juntar bandas de cholos compuestas por hombres en su mayoría, pero también con participación de mujeres desde finales de la década de los setenta” (<xref ref-type="bibr" rid="B22">Marcial, 2006: 46</xref>). Una de las iniciativas más destacadas fue la creación de Bandas Unidas del Sector Hidalgo (BUSH), que promovió la literatura y el arte entre los jóvenes cholos. Marcial señala que “BUSH logró una importante presencia entre bandas de Guadalajara, más allá del sector Hidalgo e inclusive en los municipios de Zapopan y Tlaquepaque” (<xref ref-type="bibr" rid="B22">Marcial, 2006: 47</xref>). Esta organización no solo fomentó la expresión cultural, sino que también estableció vínculos con estudiantes universitarios, lo que contribuyó a una mayor reflexión crítica sobre las condiciones sociales y económicas de los jóvenes cholos.</p>
					<p>La cultura chola es, según los elementos señalados, una cultura juvenil donde las experiencias juveniles de sus representantes logran expresiones autónomas con respecto a otras experiencias sociales a través de las formas de habitar y ocupar los territorios como el propio cuerpo y la calle, así como también producen valores éticos, estéticos y lingüísticos tan propios y frontales que se convierten fácilmente en blancos de persecución y estigma. Sus rasgos subculturales permiten identificar sus relaciones históricas y estructurales con la clase social y la migración, si “las subculturas son difusas, mestizas, y que están diluidas en su forma” (<xref ref-type="bibr" rid="B19">Hall y Jefferson, 2014: 23</xref>), es debido a que son “manifestaciones de expresión individual, de autonomía y de diversidad cultural”, respecto de la cultura general de la que derivan. Esas culturas generales de las que derivan las subculturas juveniles tienen un componente de clase que se desestructura ante las realidades vividas por los jóvenes, quienes mantienen ciertos valores culturales, pero los renuevan, transforman, tergiversan o amplifican:</p>
					<disp-quote>
						<p>En las sociedades modernas, los grupos fundamentales son las clases sociales y las configuraciones culturales más importantes serán, sobre todo aunque a menudo de una forma mediada, las ‘culturas de clase’. Relativas a estas configuraciones de clase cultural, las subculturas son subconjuntos: estructuras más pequeñas, localizadas y diferenciadas, dentro de una u otra de las redes culturales más amplias (<xref ref-type="bibr" rid="B5">Clarke <italic>et al.</italic>, 2014: 66</xref>).</p>
					</disp-quote>
					<p>Para el fenómeno de la migración, determinante para comprender el cholismo, a la cultura de clase se debe sumar la cultura regional y la nacional que se fusionan en la condición de extranjería al migrar a un país distinto (en cuanto a lo regional, también se observa en la consolidación de culturas juveniles en ciudades que atraen grandes flujos migratorios); en ese sentido, “la identidad juvenil se entrevera con la identidad nacional y se defiende ante un clima de exclusión y discriminación en todo el trayecto” (<xref ref-type="bibr" rid="B22">Marcial, 2006: 56</xref>). Esta afirmación resume la esencia del movimiento cholo y su relevancia en la construcción de identidades juveniles en su condición migrante y su recepción en México: “Lo que queremos decir es que una subcultura, a pesar de diferir de importantes modos (en sus ‘asuntos centrales’, sus formas y actividades peculiares) de la cultura de la cual deriva, también compartirá algunas cosas con esa cultura ‘parental’” (<xref ref-type="bibr" rid="B5">Clarke <italic>et al</italic>., 2014: 66</xref>).</p>
				</sec>
			</sec>
			<sec>
				<title>Sobre la evolución de las pandillas y su relación con el crimen organizado</title>
				<p>Como se ha señalado, la cultura chola tuvo una buena recepción por parte de los jóvenes populares y, según sus cualidades subculturales, tuvo derivaciones y transformaciones contextuales. Marcial observa las transformaciones del movimiento cholo en Guadalajara y su relación con otras expresiones culturales como los chúntaros, originarios de las colonias populares de Monterrey, Nuevo León, también conocidos como <italic>cholombianos</italic>, al combinar elementos de la cultura chola con el disfrute de la cumbia, lo que generó una cultura del “hazlo tú mismo” con resultados bellísimos (<xref ref-type="bibr" rid="B30">Moreno y Urteaga, 2022b</xref>). Marcial también percibe alguna influencia de lo que mal llama “maras centroamericanas”. El autor señala que “algunas bandas cholas en diferentes ciudades de México están retomando los referentes culturales y las formas de expresión del movimiento de jóvenes chúntaros” (<xref ref-type="bibr" rid="B22">Marcial, 2006: 44</xref>), lo que refleja una mezcla de influencias culturales provenientes tanto de México como de Estados Unidos. En cuanto a las mal llamadas ‘maras’, Marcial destaca su conexión con el narcotráfico y su expansión en Centroamérica. “Las maras centroamericanas, muchos de ellos deportados de los Estados Unidos y otros reclutados por la delincuencia organizada de Centro y Sur América, se han convertido en los ‘soldados rasos’ de los cárteles de la droga” (<xref ref-type="bibr" rid="B22">Marcial, 2006: 45</xref>).</p>
				<p>Para la fecha en que Marcial escribe el texto, la investigación social sobre el fenómeno de las pandillas transnacionales estaba opacado por los relatos de los medios de comunicación que tenían como un buen monstruo capaz de provocar pánico moral contra los jóvenes, los salvadoreños y los migrantes en la Mara Salvatrucha 13 (no existe una Mara 13, como se afirma en el texto, tampoco una Mara 18, sino el Barrio o Pandilla 18). Sin embargo, resulta casi premonitorio la aseveración de que, como en Colombia, en Centroamérica los pandilleros estaban siendo contratados como sicarios por parte de la delincuencia organizada (<xref ref-type="bibr" rid="B22">Marcial, 2006</xref>). En ese sentido, el argumento de este trabajo es que la incorporación, cooptación o reclutamiento de pandillas por parte de la delincuencia organizada funciona como una forma de eliminar a las pandillas y erosiona las expresiones culturales, como el cholismo, central en el desenvolvimiento cultural de las pandillas en Guadalajara. Como afirma uno de nuestros informantes: “Por otro lado, hablando de pandillas, pues, como hablábamos del rollo de los cárteles, ya, pues, no se puede, pues, o sea, no conviene, ni está bien” (Moacyr, comunicación personal, octubre 2024). Este “ni está bien”, expresado por Moacyr, implica el desprecio de las organizaciones delincuenciales hacia la cultura chola, mientras que, en términos de comercialización, entendiendo por esto la captura de elementos culturales por parte del mercado de estilos, el estilo cholo se incorpora a la oferta de estilos ofrecidos por las marcas de moda al ser asociada a figuras populares. </p>
				<disp-quote>
					<p>Pues el panorama con las pandillas, pues ya cambió muchísimo, ¿verdad? O sea, yo, por ejemplo, pues ya el movimiento ‘cholo’, pues ya terminó, como lo, ya lo vuelvo a repetir, ya prácticamente ya el que se viste es por cultura, porque le gusta, ¿verdad? Es como la gente que se viste de ‘Pachuco’ en estos tiempos, así ya es prácticamente eso, de alguna manera sigue, y ahora, pues, cambió de repente, o sea, prácticamente, ya no hay pandillas, ya los que se juntan, pues, tienen que estar haciendo algún deporte, ¿verdad? (Moacyr<italic>,</italic> comunicación personal, octubre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>Moacyr insiste en que los rasgos fundamentales del cholismo, en cuanto a formación de pandillas y ocupación de los espacios públicos, ha sido mermado por tres vías: </p>
				<p>1) Por los discursos institucionales que estigmatizan y criminalizan la pertenencia a pandillas:</p>
				<disp-quote>
					<p>Sí, pues, ya es muy difícil, ya es muy difícil, pues, por lo mismo, por lo mismo de que, por lo mismo de la cuestión seguridad, por lo mismo de que la banda, pues, ya está más desinformada, ya las nuevas generaciones, pues, creo que ya viven una vida muy recia, muy distinta a la que uno vivió, ellos, pues, se les hizo, se les inculcó prácticamente, pues, que el ser pandillero era malo (Moacyr, comunicación personal, octubre 2024). </p>
				</disp-quote>
				<p>2) Los discursos sociales que promueven el individualismo: </p>
				<disp-quote>
					<p>Se les inculcaron otro tipo de cosas, otras costumbres, y es por eso que, pues, ya no se puede ver una bola de setenta personas, cien, confiando en esa misma bola, a lo que es ahora, que ya hay, pues, más desunión en la misma sociedad […] ya son bolitas más chiquitas (Moacyr, comunicación personal, octubre 2024). </p>
				</disp-quote>
				<p>3) La interferencia de la delincuencia organizada: “pues, por otro lado, hablando de pandillas, pues, como hablábamos del rollo de los cárteles, ya, pues, no se puede” (Moacyr, comunicación personal, octubre 2024).</p>
			</sec>
			<sec>
				<title>Cambio generacional, plaza y muerte cultural: ¿Una forma de juvenicidio simbólico?</title>
				<p>Los cambios que han sufrido las pandillas desde la década de los ochenta a la tercera década del siglo XXI son multifactoriales. Marcial y Vizcarra (<xref ref-type="bibr" rid="B23">2017</xref>) identifican estos cambios en función de transformaciones generacionales, donde los discursos institucionales y sociales promueven más el individualismo y la competencia, así como la interferencia de la delincuencia organizada en los barrios, que influyen en otras formas de ocupación de la calle y los espacios públicos distinta a la forma clásica de las pandillas donde la cultura chola era fundamental como presencia ética, estética y lingüística.</p>
				<disp-quote>
					<p>[…] durante los últimos años la influencia del cholismo chicano ha perdido el monopolio como universo simbólico y referente identitario para los grupos juveniles de esquina de fundamento territorial, es decir, barrios y pandillas. Aun cuando reconocemos ciertos cambios a lo largo de décadas […] la magnitud del sincretismo y ruptura que en ciertos casos ha alcanzado permite hablar de un proceso de cambio en este ámbito que referimos como cambio generacional, es decir, de una “vieja” a una “nueva generación”. Nos referimos a un cambio cultural, no a uno de carácter etario; aunque en muchos casos se encuentra relacionado también con la edad de los sujetos. Lo anterior no significa que los veteranos dejaron de existir o de ser parte destacable del fenómeno de pandillas en Guadalajara; tampoco que sean necesariamente subgrupos antagónicos y excluyentes (<xref ref-type="bibr" rid="B23">Marcial y Vizcarra, 2017: 154-155</xref>). </p>
				</disp-quote>
				<p>Así pues, la pauperización de las clases desprotegidas que implica una extrema precarización de las juventudes, la reconfiguración de las trayectorias migratorias, donde la criminalización y la desciudadanización de los migrantes convierte a la migración en una experiencia límite (<xref ref-type="bibr" rid="B28">Moreno y Cordero, 2022</xref>), la influencia del territorio digital para expandir las posibilidades de acceso y, al mismo tiempo, estrechar las percepciones de éxito, poniendo a las formas ilícitas en un lugar de legitimidad para alcanzar el éxito individual y los efectos de la intromisión de estructuras delictivas en los barrios, ha minado el cholismo como fórmula cultural a través de la cual producir valores éticos, estéticos y lingüísticos de forma autónoma por parte de los jóvenes. </p>
				<p>En una nota del diario <italic>Reforma</italic> de 2020 se indica que se ha detectado que las pandillas “redujeron en un proceso paulatino que comenzó hace 10 años” (<xref ref-type="bibr" rid="B3">Casillas, 2020</xref>) en la zona metropolitana de Guadalajara, por ejemplo, en una zona específica en la que se tenían ubicadas “183 agrupaciones en 2015 y actualmente solo se tiene registro de 40” (<xref ref-type="bibr" rid="B3">Casillas, 2020</xref>). Como veremos más adelante, esta disminución en el número de pandillas “se debe a que algunos grupos barriales fueron forzados a unirse al crimen organizado y éste les impone mantener bajo perfil”. A este respecto, Rogelio Marcial explica que:</p>
				<disp-quote>
					<p>La plaza obligó a estas pandillas, se montó, digamos en su organización, hacia el control de los territorios de los barrios para vender y para traficar, para mover las sustancias prohibidas. Muchas otras, todavía con la ideología de que defendían su barrio de extraños, de que era su territorio, se opusieron y ellos me cuentan cómo hubo aniquilamiento de muchas de estas pandillas (<xref ref-type="bibr" rid="B21">Marcial, 2020: 156</xref>).</p>
				</disp-quote>
				<p>La interferencia de la delincuencia organizada en las colonias territorializadas por pandillas juveniles no se entiende como un proceso de juvenicidio simbólico por parte de los medios, sino que se trata como una coyuntura casi natural; la pérdida del control de sus barrios significa la eliminación de lugares sociales creados por los jóvenes para habitar los territorios y, sobre todo, el aumento de la violencia que pasó de riñas entre pandillas a toques de queda, asesinatos, “levantones” y desapariciones forzadas. </p>
			</sec>
			<sec>
				<title>Breve recorrido en el tratamiento periodístico del fenómeno pandillero en Guadalajara</title>
				<p>Tras una revisión de medios con las búsquedas “pandilleros cholos en Guadalajara” y “pandilleros sicarios en Guadalajara”, en el periodo 2000 a 2024, con el objetivo de observar cómo fue mutando el fenómeno según el tratamiento periodístico se encontraron diversas notas de las cuales se eligieron aquellas con las que fuera posible dibujar el proceso de transformación del cholismo en Guadalajara hacia la deriva delincuencial alineada a organizaciones delictivas. Así, en una nota del año 2000, sobre un foro organizado por el gobierno del estado de Jalisco para discutir el fenómeno del grafiti, se expresaron opiniones de antropólogos, criminólogos, psiquiatras y representantes de los grupos juveniles. De estos últimos, Date, grafitero y miembro de pandilla, además de que “plaqueó” en el foro, definió el grafiti como “una cultura, un pretexto para convivir con los compas de la ‘clica’” (<xref ref-type="bibr" rid="B13">Estrada, 2000: 6</xref>). Secundando a Date, Rossana Reguillo explicó que las líneas, manchas e imágenes que plasman sobre las paredes grafiteros y constituyen gritos que exigen espacios de expresión a una sociedad ensordecida a sus demandas. Además, advirtió que endurecer la violencia ejercida por el Estado, más que soluciones, solo provocaría más resentimiento entre estos jóvenes. Desde la psiquiatría, la postura individualista implicó que los grafiteros son narcisistas donde “hay una incapacidad de entender la parte opuesta” (<xref ref-type="bibr" rid="B13">Estrada, 2000: 6</xref>). Para la visión policiaca las obras callejeras tienen una función de periódico mural, donde se anuncian pleitos entre pandillas, alianzas o advertencias, lo que abrió la puerta a propuestas legislativas para endurecer sanciones, reforzadas por la visión criminalística, muy en boga en aquel inicio del siglo XXI, que tomaba el modelo de Nueva York, conocido como “ventanas rotas”, lo que significa “cero tolerancia” a delitos menores. En lo que refiere al eje de este artículo, es interesante que, en ese momento, desde la apreciación criminológica, ya se identificaba cierta relación de las pandillas con el narcotráfico, como víctimas y enlace de los grupos delictivos (<xref ref-type="bibr" rid="B13">Estrada, 2000</xref>). </p>
				<p>Una nota de enero de 2006, no centrada en Guadalajara, pero interesante para este trabajo debido al momento en el que se escribió y por su advertencia, expone una alianza entre cárteles opuestos a Joaquín Guzmán Loera, el Chapo; se gestó una guerra entre organizaciones que implicó aumentar su capacidad de fuego, en conjunción con grupos pandilleros extranjeros: </p>
				<disp-quote>
					<p>El cártel de Tijuana cuenta con sus viejos aliados, pandilleros de la M y del barrio Logan de San Diego, California. La organización del Golfo aporta a Los Zetas y su alianza con ex militares guatemaltecos conocidos como kaibiles, mientras que el Chapo contrató a clicas (pandillas) de la Mara Salvatrucha en Chiapas y Tamaulipas […] el contacto inicial de la MS 13 […] lo hicieron en 2003 enviados del cártel de Juárez a El Salvador (<xref ref-type="bibr" rid="B32">Nájar, 2006</xref>).</p>
				</disp-quote>
				<p>Bajo esta misma línea, en marzo de 2010 una nota advierte que el Barrio Azteca, pandilla que trabajaba para el cártel de Juárez, planeaba el asesinato de policías estadounidenses (<xref ref-type="bibr" rid="B34">Notimex, 2010</xref>). En junio de 2010 se advertía que, en Guadalajara, según asesores de la Policía Nacional Civil de El Salvador, existía una pandilla con formas similares a la Mara Salvatrucha 13, llamada Sureños 13. Para los agentes salvadoreños, Sureños 13 era una pandilla ramificada de los maras (<xref ref-type="bibr" rid="B11"><italic>El Informador</italic>, 2010a</xref>). En la misma nota se reconoce que:</p>
				<disp-quote>
					<p>Aunque el recrudecimiento de la violencia en Jalisco se le ha atribuido a un ‘reajuste’ de posiciones en las filas de un cártel organizado de la droga, y el tema del pandillerismo no ha sido vinculado de ninguna manera con la escalada de homicidios que hoy vive la Entidad, la Secretaría de Seguridad Pública, ha detectado que existe un sector de jóvenes vulnerables que son atraídos a las filas de la delincuencia (<xref ref-type="bibr" rid="B11"><italic>El Informador</italic>, 2010a</xref>). </p>
				</disp-quote>
				<p>Según los agentes salvadoreños los Sureños 13 operaban como la MS13, en la medida que mediante “homicidios, el secuestro, la extorsión y el robo” ganaban poder y respeto (<xref ref-type="bibr" rid="B11"><italic>El Informador</italic>, 2010a</xref>). Esta nota es interesante en la medida que refleja la ignorancia respecto a las expresiones culturales y las líneas de expansión de una forma de hacer pandilla, donde la cultura chola, aunada a otras expresiones derivadas de la cultura hiphop, son centrales y fuertemente globales. Según la fuente salvadoreña de la Policía Nacional Civil, “no se sabe a ciencia cierta cómo es que los ‘sureños’ llegaron al Estado, pero dentro de las versiones que se manejan en sus investigaciones se destaca la inmigración o la deportación” (<xref ref-type="bibr" rid="B11"><italic>El Informador</italic>, 2010a</xref>). Según otra nota del mismo diario de días después, autoridades de la zona metropolitana no sabían mucho sobre los Sureños 13, pero sí identificaban actividades pandilleriles que imitan los usos y costumbres de los grupos centroamericanos (<xref ref-type="bibr" rid="B12"><italic>El Informador</italic>, 2010b</xref>). No se describen esos usos y costumbres, salvo que habían detenido a ocho personas que llevaban tatuado en la espalda el número 13 (<xref ref-type="bibr" rid="B12"><italic>El Informador</italic>, 2010b</xref>), es decir, esa pandilla que actuaba como la Mara Salvatrucha 13 solo podía imaginarse por similitudes en la forma de vestir, los tatuajes y otras formas de ocupar el espacio público. Por otro lado, es interesante ver que varias pandillas de la zona metropolitana de Guadalajara llevan el 13, el sur o el apelativo sureños en su nombre: Los Sureños, Los 13, Los 13 Norteños, otra vez Los 13, en otra colonia, Los CLP-13. </p>
				<p>También en 2010, la Secretaría de Seguridad Pública nacional, presentó el informe <italic>Pandillas: Análisis de su presencia en Territorio Nacional</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="B44">SPPC-DGPDPC, 2010</xref>). Para el caso de Guadalajara, informó de la existencia de más de 200 pandillas que se reunían en la vía pública para consumir alcohol o drogas. Dentro de los nombres de pandilla con los elementos mencionados, se identifican Florencia 13, Los Sureños, Los Primera Sur (1-13). Es significativo hacer un paréntesis aquí para explicar el significado del <italic>13</italic> en la cultura pandilleril de origen angelino, donde el cholismo es central: todo 13 hace referencia al sur, todo sureño es 13. Este número tiene su origen en el sur de California. Por otro lado, el <italic>13</italic> refiere a que la pandilla que lo porta está aliada a La Eme o Mafia Mexicana, organizada desde las prisiones californianas. El número 13 se identifica por la letra m, la decimotercera letra del alfabeto. El estilo de cholo es el más arraigado para los sureños y en su expansión fuera de California. La asociación entre el 13 y el cholismo es casi automática, de ahí que sea fácil comprender por qué los agentes salvadoreños asumieron la relación entre la MS13 y estilos de pandilleros en Guadalajara, porque comparten los mismos rasgos culturales, pues el 13 de la MS implica su cualidad de sureños; en este sentido, hay que comprender que también el Barrio 18 es 13, es sureño, pero debido a la violenta rivalidad que mantiene con la MS13 desde sus orígenes en Los Ángeles, no suelen evidenciar el 13. </p>
				<p>Respecto a lo que nos ocupa, en el informe ya referenciado, se identifica que en la colonia Santa Cecilia, para el 2010, se habían identificado a 12 pandillas “con tendencia al crimen organizado, robo o tráfico de drogas” (<xref ref-type="bibr" rid="B44">Subsecretaría de Prevención y Participación Ciudadana, 2010: 13</xref>), y que para el 2009 “se sabía de 144 pandillas con integrantes de edad mixta y sin distinción de género, contabilizando en total aproximadamente 3710 jóvenes activos en 65 colonias de la ciudad. Sus actividades según el informe son: 86 pandillas se dedican a alterar el orden y al graffiti; 12 al robo de vehículos y autopartes; 10 al consumo de enervantes y riñas; 10 al consumo, compra-venta de enervantes, robo de vehículos y casa-habitación; y 6 al robo de transeúntes y negocios” (<xref ref-type="bibr" rid="B44">SPPC-DGPDPC, 2010: 13</xref>). En ese sentido, para 2010, las pandillas en Guadalajara no habían enfrentado de lleno toda la sevicia de la delincuencia organizada. Una nota de 2011 advertía sobre la disputa por el territorio de Guadalajara por parte de dos nuevos grupos de narcotraficantes (<xref ref-type="bibr" rid="B14"><italic>Expansión</italic>, 2011</xref>), quienes reclutaban jóvenes ofreciendo pagos de entre tres mil pesos semanales y de entre seis mil y 12 mil pesos mensuales (<xref ref-type="bibr" rid="B14"><italic>Expansión</italic>, 2011</xref>). Los grupos identificados por la nota eran La Resistencia y el Cártel Jalisco Nueva Generación, y se afirma que surgieron a mediados de 2009. La presencia de estos grupos se hacía notar con el aumento de ejecuciones, pues si en 2007 en Jalisco el promedio era de 10 ejecuciones por mes, para 2010 se contaban setenta por mes (<xref ref-type="bibr" rid="B14"><italic>Expansión</italic>, 2011</xref>). Según lo revisado, entre 2009 y 2010 se inicia el proceso de infiltración, cooptación y destrucción de las pandillas en la Zona Metropolitana de Guadalajara por parte de la delincuencia organizada:</p>
				<disp-quote>
					<p>Es preocupante que existan rompimientos en los cárteles, porque lo que típicamente sucede es que hay un desplazamiento de células armadas que inician un trabajo de reclutamiento muy intensivo a nivel local, sobre todo de pandillas juveniles violentas, aunque también incorporan a muchachos que no tienen empleo (<xref ref-type="bibr" rid="B14"><italic>Expansión</italic>, 2011</xref>).</p>
				</disp-quote>
				<p>En ese sentido, Rossana Reguillo afirmaba la presencia de una transmutación de las pandillas juveniles a bandas afiliadas a organizaciones dedicadas al narcotráfico” (<xref ref-type="bibr" rid="B14"><italic>Expansión</italic>, 2011</xref>), comprendiendo que esto tenía más motivaciones que solo la cuestión económica: “las células también tiene una aceleración muy fuerte de violencia y de seducción, ofrecen no sólo dinero fácil, también sentido de pertenencia, territorialidad, de convertirse en el machín” (<xref ref-type="bibr" rid="B14"><italic>Expansión</italic>, 2011</xref>). Por otro lado, en 2012, se aseguraba que las pandillas eran susceptibles de ser reclutadas por la delincuencia organizada, con base en que había en Zapopan alrededor de 600 pandillas y unas 550 en Guadalajara (<xref ref-type="bibr" rid="B10"><italic>El Informador</italic>, 2012</xref>). En ese mismo año, otra nota describía el fenómeno de las pandillas como un asunto de control territorial que ocasionaba conflictos entre los distintos grupos: “El dominio de cada territorio de cada pandilla tiene sus cuadras cada quien defiende sus cuadras algunos no pueden venir para arriba. Por eso ellos allá en su terreno y nosotros aquí en nuestro terreno” (<xref ref-type="bibr" rid="B18">Gómez, 2012</xref>). Para julio de 2013, el diario <italic>El Informador</italic> aseguraba que, según la Secretaría de Seguridad Ciudadana de Guadalajara, había identificado a 20 pandillas vinculadas con grupos de la delincuencia organizada, una relación donde los pandilleros fungían como vendedores al consumidor directo (narcomenudeo) sin poder asegurar su participación en homicidios o ajustes de cuentas:</p>
				<disp-quote>
					<p>Algunos datos que tenemos es que los reclutan o forman parte de la parte más baja de la pirámide de la delincuencia organizada; otros que cometen están vinculados con la compra y venta de drogas. El caso de las pandillas en Guadalajara es prácticamente una tradición: son pandillas que tienen de cinco años para atrás de antigüedad, y lo que está ocurriendo es que se acercan algunos grupos (del crimen organizado) y les ofrecen la posibilidad de (tener) ingresos económicos, incluso beneficios como vehículos o acceso a armas de alto poder” (<xref ref-type="bibr" rid="B9"><italic>El Informador</italic>, 2013</xref>).</p>
				</disp-quote>
				<p>En 2015 se observó un cambio importante en la integración de las pandillas en la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG), donde la edad de ingreso bajó del promedio de 15 años a los 11, en un entorno donde la comisión de delitos trataba de asuntos más graves que los pleitos clásicos entre grupos de una década antes. Este componente es central para los intereses de la delincuencia organizada, pues los jóvenes menores de edad son presas más suculentas para estos grupos, mucho más si tienen experiencia de pandillas (<xref ref-type="bibr" rid="B37">Pérez Vega y Meléndez, 2015</xref>).</p>
				<p>En la ZMG se observó que, desde 2000, las pandillas se duplicaron y la delincuencia organizada se perfiló como uno de los delitos más cometidos (según se configura en el código penal, más que en un cambio exclusivamente imputable a las propias pandillas). En un diagnóstico de 2010, en Guadalajara había 697 pandillas (<xref ref-type="bibr" rid="B7">Contreras y Ososrio, 2016</xref>). Para Rogelio Marcial, esas cifras solo reflejaban el fracaso de las políticas públicas dirigidas a las juventudes y “al no repararse el tejido social en colonias populares, las agrupaciones quedan vulnerables ante la delincuencia”. En contraste con la nota anterior, lo reportado por Tania Casillas para 2020 afirma una reducción de las pandillas iniciado 10 años antes, es decir, en 2010. Otra vez, es Rogelio Marcial quien dio luz sobre el fenómeno al declarar que dicha reducción era resultado de la cooptación y destrucción de las pandillas:</p>
				<disp-quote>
					<p>La plaza obligó a estas pandillas, se montó, digamos en su organización, hacia el control de los territorios de los barrios para vender y para traficar, para mover las sustancias prohibidas. Muchas otras, todavía con la ideología de que defendían su barrio de extraños, de que era su territorio, se opusieron y ellos me cuentan cómo hubo aniquilamiento de muchas de estas pandillas (<xref ref-type="bibr" rid="B3">Casillas, 2020</xref>).</p>
				</disp-quote>
				<p>Para 2021, respecto al reclutamiento de jóvenes menores de edad por parte de la delincuencia organizada, se observó que, para el caso de Jalisco, se reclutaba a mayores de 18 años y menores de edad en dos formas: 1) incitación por parte de amigos y por iniciativa propia y 2) el forzado o contra la voluntad, que es la modalidad con menor frecuencia. Por otro lado, no se consideraba a las pandillas como paso previo a la integración en la delincuencia organizada (<xref ref-type="bibr" rid="B4">Chávez Ogazón, 2021</xref>), lo cual estaría en consonancia con la percepción de la desaparición de las pandillas ante la presencia de la delincuencia organizada que impone otras formas de actuar a las agrupaciones juveniles callejeras, sobre todo si atendemos a lo que se lee en una nota donde se reporta el asesinato de un joven de 18 años, aparecido en octubre de 2024, donde se afirma que las pandillas en Guadalajara ya no operan como antes, ahora son parte del crimen organizado (<xref ref-type="bibr" rid="B46">Torres Alfaro, 2024</xref>). En 2019, la Comisaría de Seguridad Pública de Guadalajara señaló “que en la ciudad ya no existían pandillas, ya que se indicaba que en estos grupos delictivos suelen estar conformados por hasta 40 personas, pero que ya no operan cómo lo hacían antes […] ya no hay más presencia de pandillas, ya que forman parte del crimen organizado” (<xref ref-type="bibr" rid="B46">Torres Alfaro, 2024</xref>). Al respecto, David Coronado afirmó:</p>
				<disp-quote>
					<p>Realmente su tiempo se acabó, ya ha llegado un momento en la historia en el cual su momento se ha agotado las pandillas como centro de reunión territorial de identificación de apoyo entre los jóvenes de defensa de las colonias, ya simplemente ha terminado, haz de cuenta siguiendo la metáfora de la globalización, el crimen organizado los ha alcanzado los ha avasallado y los ha incorporado en la dinámica del crimen organizado […] Me parece que este problema de las pandillas es un problema que ha sido absorbido prácticamente por los cárteles antes que combatido por políticas públicas del gobierno del estado, los programas culturales, los programas sociales, los programas deportivos (<xref ref-type="bibr" rid="B46">Torres Alfaro, 2024</xref>).</p>
				</disp-quote>
				<p>Por último, es fundamental presentar brevemente cómo se ha implicado la producción cultural de las pandillas con la delincuencia organizada y el proceso de destrucción de esta forma de agregación cultural, a través de los casos hiphoperos de Mr. Yosie Lokote y QBA, asumiendo que el análisis de este fenómeno excede por mucho los objetivos de este artículo y a fin de que sirva para tener en cuenta en futuros análisis no solo en lo musical, sino también en el grafiti, el tatuaje, la vestimenta, el lenguaje, etcétera. Como se comentó, una de las notas elegidas para dibujar someramente cómo se percibió el fenómeno a través de medios periodísticos dio cuenta del estudio <italic>Niñas, Niños y Adolescentes reclutados por la Delincuencia Organizada</italic>, realizado por Reinserta en <xref ref-type="bibr" rid="B40">2020</xref>, en dicho estudio se encontró que “la mariguana es la droga de inicio […] y que la cultura de apología al ‘narco’ tiene efectos en su ideología, determinando modelos a seguir y moldeando su identidad y personalidad” (<xref ref-type="bibr" rid="B4">Chávez Ogazón, 2021</xref>). Estas dos afirmaciones permiten abrir un marco analítico respecto al papel que juegan los consumos culturales, en donde se asume que el consumo de drogas se relaciona con determinada cultura callejera juvenil y no solo callejera, pues cada cultura juvenil tiene elementos enervantes que le acompañan, asunto que no es factible abordar debidamente en este trabajo (<xref ref-type="bibr" rid="B16">Feixa y Porzio, 2004</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B41">Romaní y Sepúlveda, 2005</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B33">Nateras, 2013</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B20">Manzano, 2014</xref>). En ese sentido, es interesante reconocer cómo fue mutando el consumo de drogas entre los pandilleros jaliscienses a la par del desarrollo del llamado <italic>rap malandro</italic>. En principio, el rap malandro es una reelaboración del hiphop en términos de sus cuatro pilares, que expresa, sobre todo, la pertenencia al barrio o la pandilla: los cuatro pilares tienen que ver con la voz (el rap o MC), la música (DJ), el baile (el <italic>break</italic>) y los elementos visuales (grafiti y en la cultura chola también puede integrarse aquí el tatuaje, aunque no en los momentos primigenios). La evolución de esta cultura llegó al gangsta rap; en México, “el gangsta rap también es conocido como rap criminal o rap malandro y/o cholero” (<xref ref-type="bibr" rid="B1">Barragán, 2021: 42</xref>). Por otro lado, el rap malandro ha evolucionado según los entornos donde se desarrollan las agrupaciones juveniles populares, asumiendo que son: </p>
				<disp-quote>
					<p>[…] universos simbólicos de la organización solidaria de la vida juvenil que se reproduce en las zonas urbanas empobrecidas en forma de pandillas, crews o barrios, y que en los últimos años han presentado transformaciones cualitativas que distinguen una nueva escuela de una vieja escuela, asumiendo que ello repercute en la estética del rap malandro que se hace a nivel de barrio y ciudad (<xref ref-type="bibr" rid="B1">Barragán, 2021: 41</xref>).</p>
				</disp-quote>
				<p>Las diferencias entre vieja y nueva escuela tiene un componente tanto generacional como contextual, donde la intervención de la delincuencia organizada en la vida del barrio y las pandillas, así como de los procesos sociales estructurales de superindividualización de la vida cotidiana impactan en los mensajes e historias rapeadas; si bien “al rap como expresión cultural le ha tocado narrar las difíciles condiciones de la vida urbana, en la que el crimen forma parte de lo cotidiano” (<xref ref-type="bibr" rid="B1">Barragán, 2021: 56</xref>), dichas condiciones se distinguen claramente en las líricas, en los objetos simbólicos a los que recurren para hacer la crónica y el diagnóstico de su realidad; en ese sentido, “el rap malandro no es mera apología del universo criminal, sino que su producción tiene una función de crónica, registro o diario popular, que vincula las condiciones de la vida urbana popular con eventos de orden moral o ético” (<xref ref-type="bibr" rid="B1">Barragán, 2021: 56</xref>), si bien se puede advertir en las líricas un cambio respecto a la relación con la violencia, como se nota en los siguientes extractos tomados de dos raperos malandros de generaciones distintas, de la vieja escuela Mr. Yosie Lokote y de la nueva QBA:</p>
				<verse-group>
					<verse-line>Recorriendo los caminos que pasé desde morrito</verse-line>
					<verse-line>Lo recuerdo de aquel tiempo que viví con mis homitos</verse-line>
					<verse-line>Empezamos a brincarnos a ponernos el placaso</verse-line>
					<verse-line>A pelear por el terreno a tumbar siempre contrarios</verse-line>
					<verse-line>Estrategias pa la riña los soldados en la esquina</verse-line>
					<verse-line>Todos agarren los suyos sobres de ellos mi pandilla</verse-line>
					<verse-line>Empezaba la batalla y pa tras nadie le daba</verse-line>
					<verse-line>En su madre sobres de ellos nada más eso escuchaba</verse-line>
					<verse-line>Botellazos por el aire a toparle esquivarme</verse-line>
					<verse-line>Ya corrieron esos putos en llevaron plomo en carme</verse-line>
					<verse-line>Nos nombraron los malditos por causar mucho peligro</verse-line>
					<attrib>(<italic>Las Calles Controlamos</italic>, Mr. Yosie Locote, <xref ref-type="bibr" rid="B31">2016</xref>).</attrib>
				</verse-group>
				<p>En esta pieza se canta la épica de la pandilla, desdoblándose desde fincar el territorio y defenderlo de otros, con alusión a una postura bélica. Por su parte, en QBA la presencia de drogas duras, policía y vidas desperdiciadas es palpable:</p>
				<verse-group>
					<verse-line>ya no es lo mismo</verse-line>
					<verse-line>han cambiado mis cotorreos</verse-line>
					<verse-line>se que no es nada bueno que en la calle agarre empleo</verse-line>
					<verse-line>varios se fueron, homitos de mi clika loca</verse-line>
					<verse-line>con todo respeto un saludo pa’ banda toncha</verse-line>
					<verse-line>sé que de arriba nos cuidan nuestros guerreros</verse-line>
					<verse-line>madre no se me awite, no estoy solo como un perro</verse-line>
					<verse-line>ya agarre vuelo y un poquito de fama</verse-line>
					<verse-line>ya no es lo mismo, tengo unas perras en cama</verse-line>
					<verse-line>ellas me aman como yo la amo a usted madre,</verse-line>
					<verse-line>a toda madre es usted igual mi padre</verse-line>
					<verse-line>no sé porque me regañan ustedes diario</verse-line>
					<verse-line>yo no los culpo, pero vean en donde estamos.</verse-line>
					<verse-line>el vecindario donde homies son CRAZYS</verse-line>
					<verse-line>donde se van RICKYS</verse-line>
					<verse-line>donde no hay MERCY</verse-line>
					<verse-line>con la chota, bueno algunas son comprados</verse-line>
					<verse-line>por eso hay tanto pingo, toncho, criko y marihuano.</verse-line>
					<attrib>(<italic>Me gusta caminar por el vecindario</italic>, QBA, <xref ref-type="bibr" rid="B38">2018</xref>).</attrib>
				</verse-group>
				<p>El cambio en las líricas del rap malandro describe los efectos de la intromisión de la delincuencia organizada en sus barrios y presentan los estragos sin remilgos cuando pasan de rapear sobre la épica de la pandilla al abuso de metanfetamina y masacres. El rap malandro funciona como diagnóstico certero del momento, reflexiona sobre las problemáticas de sus colonias y barrios con retoricas que retuercen la verdad para exprimirla, desde “la cercanía, exposición y atestiguamiento a modo de crónica urbana” (<xref ref-type="bibr" rid="B1">Barragán, 2021: 51</xref>). Por otro lado, sin importar si se hace la épica de la pandilla o se relata el deterioro del barrio producido por la economía de las drogas, los exponentes de este estilo, a fuerza de construir su mundo musical a la par de su mundo social, se han convertido en víctimas de la delincuencia organizada en la misma medida que muchos exponentes del estilo musical conocido como regional mexicano. </p>
				<disp-quote>
					<p>El rap malandro también ha sido alcanzado por las violencias que asfixian la metrópoli. En el caso de los raperos adscritos a dicho estilo musical, se han registrado algunos exponentes de la escena local de Guadalajara que sufrieron altercados y fueron victimarios de otros sujetos. En el 2017 fue asesinado el rapero Perro Loko del crew7 Poison Kings, así como Crash Lokote, también integrante del grupo anterior. Después en el 2018 asesinaron al rapero Yosie Lokote, y en el mismo año encarcelaron a QBA por su supuesta participación en el secuestro, asesinato y disolución en ácido de los tres estudiantes de la Universidad de Medios Audiovisuales (CAAV), desaparecidos en el municipio de Tonalá. Asimismo, en el 2019 asesinan al rapero Panchas Psicho y a Neber Uno Tres. En el 2021 mataron a Ruff, hermano del rapero C-Kan, y el último homicidio de un rapero en el AMG fue el de Lefty SM en el año 2023 (<xref ref-type="bibr" rid="B8">Cuevas, 2024: 7-8</xref>).</p>
				</disp-quote>
				<p>Mr. Yosie Locote era miembro de la pandilla La Florencia 13, de Santa Chila, la colonia Santa Cecilia de Guadalajara, considerada una de las más peligrosas de la ciudad. La Florencia 13 es una de las pandillas más de la zona y es posible considerarla de primera generación y a Yosie como rapero de la vieja escuela, en la medida que la pandilla surge en los noventa cuando migrantes retornados llegaron a las calles de Guadalajara con el estilo ganguero angelino y con el 13 tatuado, la ropa tumbada, las choyas al rape y tirando la M, totalmente cholo el estilo. En 2010, Mr. Yosie Lokote presentó el disco <italic>Riñas, fiestas y desmadres</italic>, pero es en 2012 cuando el sello estadounidense Cirkulo Asesino produjo su disco <italic>Trece Reglas del Varrio</italic>, después grabaría seis discos más, siendo el último <italic>Viaje sin equipaje</italic>, de 2018, casi premonitorio o totalmente en la medida que “a pesar de su creciente popularidad […] permaneció en Oblatos. Era un asiduo de la esquina, incluso cuando los recién llegados depredadores observaban su territorio con interés” (<xref ref-type="bibr" rid="B52">Woodman, 2019</xref>). De Oblatos también surgió QBA. Desde muy joven, QBA fue parte de la pandilla Infernus 21, creada en los límites del territorio de la Florencia 13; los conflictos con la pandilla antaña no fueron pocos, los enfrentamientos pusieron en peligro su vida, quien “huyó para salvar su vida en 2015 y vivió en un antro de drogas en las afueras” (<xref ref-type="bibr" rid="B52">Woodman, 2019</xref>). Infernus 21 puede ser considerada una pandilla de ‘segunda generación’ en la medida que no enarbolaba con el estilo ganguero californiano ni portaban el 13, se “organizaba de forma flexible y con una ética más individualista. Sus miembros también mostraban una sorprendente familiaridad con la violencia, tanto la ejercida como la sufrida. A diferencia de las pandillas más antiguas, los afiliados de Infernus 21 no declaraban lealtad a la Mafia Mexicana ni vestían de cholos” (<xref ref-type="bibr" rid="B52">Woodman, 2019</xref>). Para 2018, QBA tenía alrededor de cinco millones de visualizaciones por su video en YouTube <italic>Mala vida</italic> (en la actualidad alcanza más de seis millones). “Pero un amigo, que pidió permanecer en el anonimato, dijo que ganaba poco con la música. Los productores de sus videos se quedaban con la mayor parte de las ganancias de su trabajo. Con un hijo pequeño que mantener, el rapero había pasado años trabajando como tatuador por su cuenta” (<xref ref-type="bibr" rid="B52">Woodman, 2019</xref>).</p>
				<p>Como se establece en este artículo, y como se ha podido evidenciar, tanto a través de los testimonios como de la somera revisión periodística, la vida de las pandillas, sus producciones culturales y formas de relación con el resto de la sociedad se transformaron tras la intromisión de organizaciones delincuenciales, sobre todo del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) a partir de 2009-2010. El impacto de la violencia desencadenada por La Plaza, como se llama al cártel, sobre las pandillas fue su disolución en grupúsculos empleados por la organización, además de asesinatos y desapariciones. Para el caso de la cultura hiphop y chola, el efecto no solo se observa en su aletargamiento en el entorno barrial, sino también en la destrucción material de los cuerpos y trayectorias de los raperos. </p>
				<p>El 19 de abril de 2018, a los 42 años, Mr. Yosie Lokote fue asesinado. Su cuerpo se encontró encobijado en un terreno baldío del barrio de Tetlán Río Verde. Con un destornillador clavaron un mensaje donde se aseguraba que la muerte era una represalia por apoyar al Cholo: “Esto les va a pasar a todos los que siguen apoyando al ‘Cholo’” (<xref ref-type="bibr" rid="B52">Woodman, 2019</xref>); en ese momento el Cholo era el principal rival del CJNG en Guadalajara. El 22 de abril de 2018 arrestaron a QBA por su relación con el secuestro y asesinato de tres estudiantes de cine. Se afirmó que el rapero trabajaba para el CJNG, disolviendo cadáveres en ácido. Por este trabajo, cobraba tres mil pesos semanales. Christian Palma, QBA, tenía en ese momento 24 años (<xref ref-type="bibr" rid="B52">Woodman, 2019</xref>). En 2024 se le dictó la sentencia de 75 años de prisión (<xref ref-type="bibr" rid="B43">Saldaña, 2024</xref>).</p>
			</sec>
		</sec>
		<sec sec-type="methods">
			<title>Metodología</title>
			<p>La colonia donde se realizó el trabajo de campo en la ciudad de Guadalajara, Jalisco, está ocupada por una organización delincuencial cuyas prácticas se consideran de las más sangrientas y destructivas. Trabajar en territorios ocupados por este tipo de agrupaciones implica decisiones de investigación donde la seguridad del investigador y los colaboradores es primordial. La etnografía permite acceder a las construcciones de significado al explorar las subjetividades de los implicados. En territorios peligrosos es necesario contar con un “portero”, un colaborador con vínculos fuertes en el territorio que posibilite el encuentro con otros colaboradores y que les ofrezca seguridad y confianza. En ese contexto, la propuesta de Florence Rosemberg nos orientó: </p>
			<disp-quote>
				<p>Si se trabaja en campos peligrosos, hay que empezar con un cambio fundamental en la forma, que la metodología no sea rígida para la investigación, más bien hay que plantearla con mayor apertura y con una práctica maleable, es decir, debe depender de un nivel de flexibilidad de investigación por parte del etnógrafo, quien no siempre puede esperar trabajar en condiciones de seguridad. Así, la etnografía se reduce a una especie de cálculo que involucra tres variables dependientes: a) el tipo de información que se busca, b) cómo se adquirió y c) cuáles son los riesgos para el antropólogo (<xref ref-type="bibr" rid="B42">Rosemberg, 2019: 165</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>Para la etnografía en contextos violentos, además de la cautela, la flexibilización del investigador es determinante a fin de conseguir la información necesaria y pertinente. Para este artículo, se llevaron a cabo cinco entrevistas de personas que son o fueron pandilleros en la colonia donde se realizó el trabajo de campo. Los participantes eligieron los pseudónimos con los que aparecen. Se les comentó para qué eran sus testimonios y que su entrevista en audio se iba a convertir en escritura. Dos pidieron que si se tuviera la necesidad de utilizar su voz, que esta se distorsionara para su protección, aunque se les comentó que no sería necesario. Por cuestiones de protección a los entrevistados, se evita mencionar el nombre de la colonia donde se trabajó, así como otras referencias que sirvieran para identificarlos. Por esto mismo, se evita la presentación descriptiva de cada caso con el fin de resguardar su identidad.</p>
		</sec>
		<sec sec-type="results">
			<title>Resultados</title>
			<sec>
				<title>La cultura chola</title>
				<p>A partir de las entrevistas, es posible observar que la cultura chola tiene una fuerte influencia en las pandillas y en la identidad de los jóvenes en los barrios. Los entrevistados mencionan varios aspectos clave de esta cultura como la forma de vestir, el lenguaje, la música y el sentido de pertenencia a un barrio. Aquí algunas citas relevantes según los entrevistados:</p>
				<p>Chetos habla sobre la forma de vestir y el estilo de vida de los cholos en los años noventa:</p>
				<disp-quote>
					<p>[…] tenían esta forma de vestir o estilo de vida de lo que se le llama como un ‘cholo’, pues era lo que la banda aspiraba a hacer un ‘cholo’, pues de algún modo temido, que le tuvieran respeto y este, pues que las demás pandillas o así supieran así de qué barrio era, ¿no? eran pues banda que andaban pelones a coco, con pañuelos, la ropa holgada, fíjate que en ese tiempo sí se usaba (Chetos, comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>Bob<italic> </italic>menciona cómo los jóvenes se identificaban con la cultura chola y cómo esta influía en su comportamiento:</p>
				<disp-quote>
					<p>Nosotros nos dedicábamos todo el tiempo, pues, a estar ahí en el barrio consumiendo. Empezamos a fumar marihuana, los inhalantes, y pues era lo de diario, ¿no? Estar en pandilla buscando la riña con otros barrios y estando, pues, con morras, cotorreando, haciendo fiestas, haciendo ‘reventones’ (Bob, comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>Domi<italic> </italic>habla sobre cómo los jóvenes aspiraban a ser como los “cholos” y cómo esta cultura influía en su forma de vestir y comportarse:</p>
				<disp-quote>
					<p>Yo quería pertenecer a una pandilla de esas. Incluso empecé muy temprano yo en mi pandilla, que fue la que, pues, donde yo crecí. Pero seguía habiendo pandillas de personas más grandes que nosotros. Nosotros estábamos muy jóvenes. Y el hecho era que, pues, nosotros queríamos, según nosotros, crecer en volumen, en pandilla (Domi, comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>Moacyr<italic> </italic>describe cómo la cultura chola llegó a México desde Estados Unidos y cómo se manifestaba en Zapopan:</p>
				<disp-quote>
					<p>Yo los llegué a ver ya que de repente nos tocaba ir a Zapopan, andamos así por el rumbo de la Tuzanía, Santa Mago, así cerca de los tianguis y pues se dejaban ver y pues tenían una apariencia pues chicana, […] no sé, si eran, pues si eran de respeto, vaya si la gente les tenía miedo (Moacyr<italic>,</italic> comunicación personal, octubre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>La cultura chola se caracterizaba por un estilo de vida y una forma de vestir específica (ropa holgada, pañuelos, colores distintivos), un fuerte sentido de pertenencia al barrio y una actitud de respeto y temor hacia los miembros de las pandillas. Esta cultura influyó en la identidad de los jóvenes y en la dinámica de los barrios, especialmente en los años ochenta, noventa y principios de la década del 2000.</p>
				<p>Los entrevistados relacionan varios elementos culturales, como los tatuajes, los grafitis, la cultura chola, la música y otros aspectos, con las pandillas y cómo estos influyeron en su decisión de unirse a una. Cheto<italic>s</italic> menciona cómo los tatuajes eran parte de la identidad de los pandilleros, aunque en los noventa no eran tan comunes como hoy en día. Sin embargo, los tatuajes eran una forma de marcar pertenencia al barrio y de ganar respeto:</p>
				<disp-quote>
					<p>Aunque si había pues banda, pues que traía sus tatuajes y pues obviamente no existía lo que existe hoy donde hay un buen de estudios de tatuaje que prácticamente en todos lados hay y te puedes tatuar. Antes, pues como que era lo que uno del barrio que era el bueno para eso, que tenía habilidad para dibujar, pues era el que se aventaba los tatuajes así de los que quisieran tatuarse y pues eran máquinas de tatuar hechizas y cosas así de ese estilo (Chetos, comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>Domi también habla sobre cómo los tatuajes y la vestimenta ‘tumbada’ (holgada) eran parte de la identidad chola y cómo esto influyó en su deseo de pertenecer a una pandilla:</p>
				<disp-quote>
					<p>Pero yo aun así seguía un poco joven, pues, para andar en esos trotes. Pero ya me llamaba la atención vestirme como ellos, traer la ropa ‘tumbada’, usar pañuelos, o sea, todo ese rollo ya lo traía yo en mente. Yo quería pertenecer a una pandilla de esas (Domi, comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>Chetos describe cómo el estilo de vida cholo, con su vestimenta y actitud, era algo que los jóvenes aspiraban a imitar para ganar respeto y reconocimiento en el barrio:</p>
				<disp-quote>
					<p>[…] tenían esta forma de vestir o estilo de vida de lo que se le llama como un ‘cholo’, pues era lo que la banda aspiraba a hacer un ‘cholo’, pues de algún modo temido, que le tuvieran respeto y este, pues que las demás pandillas o así supieran así de qué barrio era, ¿no? eran pues banda que andaban pelones a coco, con pañuelos, la ropa este holgada, fíjate que en ese tiempo sí se usaba (Chetos, comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>Moacyr también habla sobre cómo la cultura chola, con su vestimenta y actitud, era una forma de identidad y respeto en las pandillas:</p>
				<disp-quote>
					<p>[…] se vestían muy ‘tumbado’, eran pues de <italic>dickies</italic>, pues son sureños, usaban colores azules, bien planchados, bien líneas con sus perros, pues todos bien topados, […] o sea era algo te digo algo pues completamente diferente, una onda pues que a lo que sé pues se vino de Estados Unidos (Moacyr, comunicación personal, octubre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>En resumen, los entrevistados relacionan los tatuajes, grafitis, la cultura chola, la música y otros elementos culturales con la identidad y el sentido de pertenencia a las pandillas. Estos elementos no solo marcaban la identidad de los pandilleros, sino que también influyeron en su decisión de unirse a una, ya que les proporcionaban un sentido de respeto, reconocimiento y pertenencia en su entorno social.</p>
			</sec>
			<sec>
				<title>La plaza, las pandillas y la cultura chola</title>
				<p>Según la entrevista con Paci Ranks, la delincuencia organizada, o “la plaza”, tuvo un impacto significativo en las pandillas y la cultura chola en su colonia. Para él, los principales efectos se sintieron en la transformación de las pandillas, pues antes de la llegada de “la plaza”, las pandillas eran grupos locales de cholos que se dedicaban principalmente a actividades menores, como peleas callejeras, consumo de alcohol y marihuana, taloneo. </p>
				<p>Con la influencia del crimen organizado, las pandillas se volvieron más “profesionales”. Los miembros comenzaron a portar armas, manejar camionetas y tener acceso a más dinero, algo que antes no era común. Esto, en estricto sentido, acabó con las pandillas, que pasaron de ser grupos de jóvenes a estructuras más organizadas y peligrosas.</p>
				<disp-quote>
					<p>Las pandillas dejaron de ser pandillas de cholos que pistean, fuman marihuana a veces. Ya los veías afuera de una casa donde estaba el punto, pues ya con armas, ¿no?, camionetas chidas, buena lana. Güeyes que uno no sabía que sabían manejar, y de repente ya los veías en carros, ¿no? (Paci Ranks, comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>Uno de esos efectos, para Paci Ranks fue la desaparición de la cultura chola tradicional. Como hemos visto, el cholismo, que se caracterizaba por un estilo de vida más desorganizado y basado en la identidad de barrio, se vio afectado por la llegada del crimen organizado. Los líderes de las pandillas (cabecillas) comenzaron a migrar a Estados Unidos o a unirse a los cárteles, lo que llevó a la desintegración de muchas pandillas tradicionales. Las que sobrevivieron lo hicieron alineándose con los cárteles, y en consecuencia perdían así su identidad original. La cultura chola, que antes se caracterizaba por una identidad propia y cierta independencia, se vio absorbida por la estructura de La Plaza. Los cholos ya no eran simplemente jóvenes que se reunían en las esquinas, sino que se convirtieron en parte de un sistema más grande y violento.</p>
				<disp-quote>
					<p>Ya no era madrear a un güey en tal calle, no, ya era “mataron aquí, y mataron allá, y mataron, y mataron, y mataron”. Y era pura gente que, si tú sales un poquito a la calle a convivir, toda esa gente era gente que no se quiso alinear o simplemente eran rivales (Paci Ranks, comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>La delincuencia organizada impuso un nuevo orden en las colonias. Las pandillas que no se alinearon con los cárteles fueron eliminadas o desplazadas, pues los cárteles prohibieron que se reunieran en las esquinas o causaran problemas, ya que buscaban mantener un control absoluto sobre el territorio. Esto llevó a la desaparición de las pandillas que no se adaptaron a este nuevo régimen. Al estar bajo el control de una misma plaza, los conflictos entre pandillas disminuyeron, ya que ahora trabajaban para el mismo ‘jefe’. Sin embargo, esto no significó una disminución de la violencia, sino que esta se dirigió hacia aquellos que no seguían las reglas del cártel. “Sí, la verdad es que ya bajó muchísimo el pleito entre pandillas, también bajó muchísimo porque todos trabajan para el mismo jefe, ¿no? Entonces, no se pueden pelear entre ellos” (Paci Ranks, comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				<p>Aunque “la plaza” buscaba mantener el control y evitar conflictos entre pandillas, también creó un ambiente en el que solo ellos tenían el poder de hacer ‘desmadre’. Las personas comunes no podían quejarse o enfrentarse a los miembros de los cárteles, ya que estos tenían el monopolio de la violencia y el desorden.</p>
				<p>La delincuencia organizada no solo controló las actividades ilegales, sino que también monopolizó el ‘desorden’. Aquellos que no formaban parte de la estructura del cártel no tenían derecho a causar problemas, y si lo hacían, eran castigados, “Lejos de que ellos estén controlando la delincuencia, pues realmente solo ellos tienen derecho a hacer desmadre, y la gente se tiene que aguantar. O sea, ¡tienen el monopolio del desorden” (Paci Ranks, comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				<p>El crimen organizado transformó radicalmente la dinámica de las pandillas y la cultura chola en la colonia de Paci Ranks. Las pandillas perdieron su identidad independiente y se convirtieron en herramientas de los cárteles, lo que llevó a un aumento de la violencia y el control territorial. La cultura chola, que antes era una expresión de identidad juvenil, fue absorbida por un sistema mucho más violento y organizado, donde la lealtad al cártel se volvió más importante que la lealtad al barrio.</p>
				<p>La venta de drogas pasó de ser un negocio local y menos organizado a estar controlado por estructuras más grandes, como los cárteles, lo que afectó directamente a las pandillas, que perdieron su influencia en el mercado de drogas: “Ya no hay pandillas, ya es otro tipo de organización” (Moacyr<italic>,</italic> comunicación personal, octubre 2024). Para Moacyr, el efecto de esta eliminación de las pandillas en la cultura chola es que ya no está tan asociada con la violencia, sino que se ha convertido en una expresión comercial de corte más estético y menos relacionado con el conflicto entre jóvenes, que deja ver cómo una cultura como la chola, antes asociada con la marginalidad y la violencia, gracias a impulsos comerciales, se ha transformado en una moda o estilo de vida promocionado por los medios de comunicación, y se ha alejado de las actividades que antes la caracterizaban:</p>
				<disp-quote>
					<p>Ya más bien es la cultura, ya puedes ver banda vestida bien ‘tumbada’, bien ‘chola’, pero pues ya no, pues ya no hay pandillas, vaya ya es prácticamente el gusto, escuchar unas buenas rolas, vestirte pues ‘pachucón’, bien planchado, por lo particular ese tipo de gente pues ves las familias iguales a la esposa, a los hijos, digo ya es una cultura prácticamente, ya no hay agresividad, ya es pues prácticamente un tabú lo que se dice de ellos, ya no es su apogeo prácticamente, si cambió un poco (Moacyr, comunicación personal, octubre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>Moacyr también menciona que la desaparición de las pandillas y su relación con la delincuencia organizada, se relaciona con que ya no tienen la misma fuerza que antes, en parte, debido a la influencia de la delincuencia organizada y a los cambios en la sociedad.</p>
				<disp-quote>
					<p>Ya es muy difícil, ya es muy difícil, pues, por lo mismo, por lo mismo de que, por lo mismo de la cuestión seguridad, por lo mismo de que la banda, pues, ya está más desinformada, ya las nuevas generaciones, pues, creo que ya viven una vida muy recia, muy distinta a la que uno vivió, ellos, pues, se les hizo, se les inculcó prácticamente, pues, que el ser pandillero era malo, se les inculcaron otro tipo de cosas, otras costumbres, y es por eso que, pues, ya no se puede ver una bola de setenta personas, cien, confiando en esa misma bola, a lo que es ahora, que ya hay, pues, más desunión en la misma sociedad, por este lado, y, pues, ya son bolitas más chiquitas, y, pues, por otro lado, hablando de pandillas, pues, como hablábamos del rollo de los cárteles, ya, pues, no se puede, pues, o sea, no conviene, ni está bien (Moacyr<italic>,</italic> comunicación personal, octubre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>Aquí, Moacyr señala que la delincuencia organizada ha contribuido a la desaparición de las pandillas, ya que estas estructuras más grandes han absorbido el control de las actividades delictivas, las cuales las han dejado sin un espacio que pueda ser ocupado. La delincuencia organizada y el control de la “plaza” han tenido un impacto significativo en las pandillas y la cultura chola. </p>
				<p>En la entrevista con Domi, él describe cómo “la plaza” afectó significativamente a las pandillas y la cultura chola en su barrio. Antes de la llegada de la plaza, las pandillas operaban de manera más independiente y local con conflictos que se resolvían principalmente a través de peleas físicas o “tiros de a solas”. No había un control centralizado sobre la venta de drogas y las pandillas tenían cierta autonomía en sus territorios.</p>
				<disp-quote>
					<p>En ese tiempo no había plazas, ¡cuál pinche plaza, ni qué la chingada! En ese tiempo, este, todavía controlaba a cada quien su esquina, cada quien podía vender donde fuera, como, como si fueran tiendas de abarrotes, pues, ¿eh? (Domi, comunicación personal, septiembre 2024). </p>
				</disp-quote>
				<p>Con la entrada de la plaza, las pandillas perdieron su autonomía. Debido a que la venta de drogas se volvió más controlada y centralizada, tuvieron que someterse a las reglas de los cárteles, incorporarse a la organización o pagar la independencia con la muerte y desaparición de sus grupos.</p>
				<disp-quote>
					<p>Y resulta que cuando regreso ya del gabacho, el vato ya era dueño de, de todo Oblatos, según él. Pero igual, o sea, como no era, como que yo dijera, va a ser mi trabajo para toda mi vida. Pues no, yo nomás dije, pues, para estar aquí. Y me enrolé, me enrolé en la finanza de, de las drogas, de vender (Domi, comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>En cuanto a la pérdida de la cultura chola original, Domi reflexiona que antes la cultura chola se basaba en la lealtad, el respeto y la identidad de barrio. Los conflictos se resolvían de manera más ‘honorable’, con peleas físicas y sin el uso excesivo de armas. “Estaba chingón, pues, porque no bajaban con ‘cuetes’, no bajaban con pistolas, no bajaban armados, ¿no? Bajaban a pegarse un tiro de ‘cabrones’, ¿no?” (Domi, comunicación personal, septiembre 2024). Después, con la influencia de la delincuencia organizada, la violencia se volvió más extrema y despiadada. Las pandillas ya no resolvían sus conflictos de manera ‘honorable’, sino que recurrían a la intimidación y al uso de armas. La lealtad y el respeto que caracterizaban al <italic>cholismo</italic> se vieron erosionados por la necesidad de someterse a los cárteles: “Ya no bajaban a pegarse un tiro, sino bajaban a querer intimidar a toda la banda, no nomás a los del barrio, sino que hasta a la misma gente, pues, ¿no? A gente que no tenía nada que ver, pero fue ‘chingón’, ¿no?” (Domi, comunicación personal, septiembre 2024). La plaza comenzó a realizar “limpias” para eliminar a quienes no se alineaban con sus intereses. Esto generó un ambiente de miedo y traición dentro de las pandillas, donde antiguos compañeros se volvían enemigos.</p>
				<disp-quote>
					<p>Entonces, empieza a gobernar la plaza y empiezan a hacer limpias y me doy cuenta que, pues, los pocos que quedaron vendiendo fue porque, pues, ya se adaptaron a vivir a, de ese modo, pues, a ‘poquitearse’, se podría decir […] Y, pues, muchas veces, muchos de ellos fueron, no, pues, que el otro conocido lo mató, pues, otro conocido del mismo barrio, de la misma colonia, lo mató y luego a ese güey lo mató otro conocido y así se la llevan (Domi<italic>,</italic> comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>Para Domi, el efecto en la identidad y cultura chola provocado por la interferencia de la delincuencia organizada se nota en que la cultura chola, que antes se basaba en la identidad de barrio y la lealtad entre compañeros, se vio gravemente afectada por la influencia de los cárteles. Las pandillas ya no eran grupos independientes con sus propias reglas, sino que se convirtieron en extensiones de las organizaciones delincuenciales, perdiendo su identidad original: “Y te das cuenta y dices, no, pues, ¿cómo mi compa mató a mi otro compa? ¿Cómo mi conocido mató a mi otro conocido? Así, pues, ¿no? Y entre ellos se han ido matando, pues, ¿no?” (Domi, comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				<p>Domi menciona que decidió alejarse de las pandillas y la delincuencia organizada para proteger a su familia y evitar caer en la violencia desmedida que caracteriza a la plaza. Esto refleja cómo la influencia de los carteles ha llevado a muchos a abandonar la cultura chola y buscar una vida fuera de la violencia: “Entonces, no les quiero dar esa vida, la verdad que no, para mí no es bueno. No les quiero dar esa vida de andar, este, no, pues que tú eres hijo de ‘fulano’ y por eso te va a pasar esto, no, no. Eso no está bien” (Domi, comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				<p>La plaza tuvo un efecto devastador en las pandillas y la cultura chola. La autonomía y la identidad de las pandillas se vieron erosionadas y la violencia se volvió más extrema y despiadada. La lealtad y el respeto que caracterizaban al cholismo se perdieron, y muchos, como Domi, optaron por alejarse de ese mundo para proteger a sus familias y buscar una vida fuera de la violencia y el control de los cárteles.</p>
				<p>Según la entrevista con Chetos, “la plaza” tuvo un impacto significativo en las pandillas y la cultura chola en su colonia. En principio, la desaparición de las pandillas tradicionales, pues absorbió o eliminó a las que no quisieron trabajar para ellos, lo que llevó a la desaparición de que existían desde los años ochenta y noventa. Chetos menciona que las pandillas ya no habitan el territorio como antes y los miembros que quedan trabajan para la plaza en lugar de mantener la vida de sus pandillas.</p>
				<disp-quote>
					<p>[…] las tres bandas que quedaron son porque trabajan para ellos y muchos no quisieron y ahí fue donde hubo así, como pues esos problemas, ¿no? Y este, pues comenzó una especie de sí, de tirar presión, pues a las pandillas y otra cosa, que pues ellos los querían reclutar para trabajar con ellos. Ahora ya no operan así, como una pandilla, no como de que en una esquina diario se juntan como 50, 60 y de qué pasa alguien de otro barrio y va a haber riña, ¿no? Ahorita ven en la noche y no hay nadie, nadie, y eso es que te digo que eran de esas pandillas que todavía siguen ahí, pues tampoco ya se juntan, sino más bien están en los puntos, ahí este, vigilando la zona y todo ese rollo, no, pero eso es ya lo que queda, pues pandillas como tal ya nada (Chetos, comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>La violencia ya no se da entre pandillas por conflictos territoriales o de respeto, como ocurría en los años noventa y la década del 2000, sino que estaba controlada por la delincuencia organizada. “Las muertes ya no son resultado de riñas entre pandillas, sino de la presión y control ejercido por la plaza, pero lo que sí se sabía es de que esas muertes no eran por como en el noventa o 2000, o sea, que las muertes no eran por riñas entre pandillas o nada de eso” (Chetos, comunicación personal, septiembre 2024). Para Chetos, el efecto en la cultura chola de esa nueva realidad se observa en que mientras la cultura chola se caracterizaba por un estilo de vida y vestimenta específicas, así como por un código de respeto entre pandillas, se vio desplazada por la llegada de la delincuencia organizada. Chetos menciona que los jóvenes ya no se juntan como antes, y la cultura de las pandillas ha desaparecido en gran medida: “Ahorita la situación aquí en el barrio, pues ya está también controlada por la plaza, las pandillas como tal, así como te venía explicando desde los ochenta, noventa, ‘dosmil’, pues en realidad ya no existen” (Chetos, comunicación personal, septiembre 2024). Las pandillas se disolvieron por la acción mortífera de las organizaciones delincuenciales o por el reclutamiento. Algunos miembros de las pandillas fueron reclutados, mientras que otros desaparecieron o perdieron la vida. Esto contribuyó a su desintegración de las pandillas y al fin de la cultura chola tal como se conocía.</p>
				<disp-quote>
					<p>[…] dos amigos de que tenía desde la infancia, pues de ahí del barrio uno hace como cinco o seis años, pues perdió la vida, pues porque se metió a las filas del narcotráfico y pues ese fue su destino, ¿no? estuvo ahí un rato trabajando con ellos y de repente apareció muerto, ¿no? Y otro también, que tiene pues ya como cinco años desaparecido, pues no se ha habido señales de él (Chetos, comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>Para Chetos, la delincuencia organizada transformó radicalmente la dinámica de las pandillas en su colonia. Las pandillas tradicionales desaparecieron, la violencia cambió de naturaleza y la cultura chola se vio erosionada por la influencia y el control de la plaza. Los jóvenes ya no se reúnen como antes y la identidad de las pandillas ha sido reemplazada por la estructura jerárquica del narcotráfico.</p>
				<p>Chetos menciona cómo la música, específicamente el “movimiento alterado” de finales de la década del 2000, influyó en la actitud de los pandilleros y cómo se sentían identificados con las letras de las canciones:</p>
				<disp-quote>
					<p>Este y en ese tiempo, también me acuerdo que, qué será 2008, como del 2008 al 2010 que fue cuando se puso muy de moda este esto de los del “movimiento alterado”, me acuerdo que se llamaba así, como esa moda, que eran así como los corridos o las canciones que cantaba el Komander y Los buitres de Sinaloa y todos este tipo de grupos, muchos pandilleros incluso que eran así cholos porque no eran y no se vestían ni como norteños, ni como rancheros pues, como pues como los artistas de ese tipo de música adoptaron esas canciones (Chetos, comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>En la entrevista con Bob se describe cómo “la plaza”, tuvo un impacto significativo en las pandillas y la cultura chola en su barrio. A través del control del territorio, se llegó a la extinción de las pandillas. Bob menciona que la delincuencia organizada llegó a controlar la colonia y a extinguir las pandillas, lo que cambió drásticamente el ambiente del barrio. Esto se evidencia en la siguiente cita “Ya la colonia está muy controlada por personas que, pues, prácticamente a eso vinieron, ¿no? A extinguir las pandillas, a calmar ese tipo de desorden social que existía día con día: las riñas, los balazos, las muertes” (Bob, comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				<p>Bob explica que las pandillas ya no tienen la misma presencia que antes, y que la delincuencia organizada ha impuesto un nuevo orden. Esto ha llevado a un cambio en la cultura chola, ya que las actividades que antes eran comunes, como las riñas entre pandillas, ya no son toleradas: “Y ahora siguen sucediendo, pero ya es por otros temas, pues ya nada que ver con pandillas, ya son cosas más grandes” (Bob, comunicación personal, septiembre de 2024). Aunque Bob siente nostalgia por el pasado y la cultura chola que vivió en su juventud, reconoce que el barrio ha cambiado y que la delincuencia organizada ha impuesto un nuevo orden. </p>
				<disp-quote>
					<p>El barrio, pues, ya cambió. Lo que fueron las pandillas de antes, pues ya no queda casi nada. ¿Quién sabe si vuelva a ocurrir? Hoy todo está controlado por la ‘plaza’ y no puedes andar haciendo desorden porque te metes en problemas ‘cabrones’, entonces es mejor hacerla seria (Bob, comunicación personal, septiembre 2024).</p>
				</disp-quote>
				<p>Para Bob, el efecto en la cultura chola, que para él se caracterizaba por la identidad de barrio, las riñas entre pandillas y un estilo de vida marcado por la violencia y la resistencia, se vio afectada por la llegada de la delincuencia organizada. Bob menciona que las pandillas ya no tienen el mismo poder y que la cultura chola ha perdido parte de su esencia original. La plaza tuvo un efecto significativo en la desintegración de las pandillas y en la transformación de la cultura chola en el barrio de Bob. La llegada de este nuevo poder impuso un control más estricto, lo que llevó a la disminución de las actividades pandilleras y a un cambio en la dinámica social del barrio. Aunque Bob siente nostalgia por el pasado, reconoce que el barrio ya no es el mismo y que la cultura chola ha evolucionado debido a la influencia de la delincuencia organizada.</p>
			</sec>
		</sec>
		<sec sec-type="conclusions">
			<title>Conclusiones: juvenicidio simbólico</title>
			<p>La forma en que evolucionó la cultura chola más allá de las pandillas, observable, por una parte, en su estigmatización y criminalización y, por otra, en su masificación comercial, es una forma de juvenicidio, donde interviene el Estado, la delincuencia organizada y el mercado. Como asegura Marcial: “es claro que en México se ha impulsado un juvenicidio desde el contubernio entre el Estado y el crimen organizado” (<xref ref-type="bibr" rid="B21">Marcial, 2020: 152</xref>). Al respecto, es importante agregar el efecto de la comercialización a través de una enorme multiplicidad de productos de la cultura chola como una moda. Aquí la diferencia de clase es fundamental para indagar sobre cómo se comete juvenicidio simbólico.</p>
			<disp-quote>
				<p>Entre los y las que se congregan en las llamadas pandillas o barrios, las nulas opciones de educación y empleo, los cruentos procesos de estigmatización social, la presencia del crimen organizado en sus barrios, entre otras cuestiones, construyen una realidad que abreva de los roles tradicionales de género para consolidar masculinidades violentas que encuentran en la imposición y el sometimiento uno de los recursos más efectivos para lograr reconocimiento y para defender al grupo ante sus enemigos inmediatos y otras pandillas, la policía, La Plaza. La reproducción de estos roles tradicionales entre varones y mujeres perpetúa no solo la subordinación de las mujeres al poder masculino, sino que además contribuye significativamente al aniquilamiento juvenil impulsado no solo por el crimen organizado sino también por los propios cuerpos policiacos de la ciudad, aniquilamiento en el que los y las jóvenes son tanto las víctimas y como los victimarios (<xref ref-type="bibr" rid="B21">Marcial, 2020: 153</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>Marcial percibe cómo la reproducción social de la subcultura chola donde la virilidad se construye a través de supuestos machistas se superpone a la solidaridad, la lealtad y el sentido de pertenecía a través del aumento de la violencia como respuesta a la violencia recibida y percibida por parte de las organizaciones delincuenciales. De esta manera, la reproducción de la subcultura se enfrenta a un proceso de implosión violenta donde las prácticas sociales de los cholos se convierten en las armas de su destrucción, ya sea porque se enfrentan o se reclutan; en cualquier caso, la cultura chola se disuelve en las improntas de los invasores. Por otro lado, el estilo de vestimenta, la inclusión de elementos culturales en producciones musicales y visuales se masifican como moda, la cual será practicada por otros sectores de clase según sus contextos y necesidades.</p>
			<disp-quote>
				<p>[…] más allá del simbolismo de todo esto, proteger está implicando ser cada vez más violento, a nivel físico y real, ante la violencia que enfrentan cotidianamente en sus barrios debido a la presencia de lo que llaman La plaza (cárteles del crimen organizado). Es así como la construcción de masculinidades tradicionales entre estos jóvenes varones se liga intrínsecamente con la representación y el uso de la violencia. Si el papel de proveedor cuestiona sus masculinidades, ser violento en casa y en la calle las reafirma (<xref ref-type="bibr" rid="B21">Marcial, 2020: 161</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>La reproducción de roles tradicionales de género y la construcción de masculinidades violentas en las pandillas juveniles han exacerbado la violencia en los barrios. La necesidad de proteger el territorio y la identidad del grupo ha llevado a un aumento en la agresividad y el uso de armas de fuego, lo que ha generado un círculo vicioso de violencia que afecta tanto a los jóvenes como a sus comunidades.</p>
			<p>Las pandillas juveniles en Guadalajara, influenciadas por la cultura chola originaria de Los Ángeles, California, surgieron como una forma de resistencia y pertenencia en barrios marginados. La cultura chola, con su estilo de vida, vestimenta, música y lenguaje, proporcionó a los jóvenes un sentido de identidad y orgullo frente a la marginación y la discriminación. Sin embargo, con el tiempo, esta cultura se vio transformada debido a la influencia de la delincuencia organizada, por lo cual han perdido su esencia original. A esto nos referimos por <italic>juvenicidio simbólico</italic>. Si bien el concepto de <italic>juvenicidio</italic> se refiere a la violencia estructural y sistemática dirigida contra los jóvenes, especialmente aquellos en condiciones de exclusión social, este fenómeno no solo implica la muerte física, sino también la anulación de proyectos de vida, la criminalización de identidades y la negación de derechos fundamentales. En el contexto de Guadalajara, el juvenicidio se manifiesta en la eliminación de las pandillas juveniles, la destrucción de sus espacios de socialidad y la cooptación de sus miembros por parte de la delincuencia organizada debido a que su llegada a los barrios marginados transformó radicalmente su dinámica. Aquellas que antes operaban de manera independiente y se enfocaban en conflictos locales, se vieron absorbidas por estructuras más grandes y violentas. Esto llevó a la desaparición de muchas pandillas tradicionales y a la pérdida de la cultura chola como una expresión autónoma de resistencia juvenil. La violencia se volvió más extrema y despiadada y la lealtad al cártel reemplazó la lealtad al barrio.</p>
			<p>Los cambios generacionales, la influencia de los medios de comunicación, la promoción del individualismo y la interferencia de la delincuencia organizada han contribuido a la desaparición de las pandillas juveniles. Las nuevas generaciones ya no se identifican con la cultura chola de la misma manera, y las pandillas han perdido su poder y presencia en los barrios. Por un lado, la cultura chola ha evolucionado hacia una expresión más comercial y menos violenta, alejándose de su asociación con las pandillas, y, por otro, la criminalización y estigmatización de la cultura chola, junto con su masificación comercial, representan una forma de juvenicidio simbólico. </p>
			<p>Para concluir, la intersección de la exclusión social, la violencia estructural, el crimen organizado y la criminalización de las identidades juveniles ha llevado a la desaparición de las pandillas tradicionales y a la transformación de la cultura chola en Guadalajara. Este proceso representa una forma de juvenicidio, tanto físico como simbólico, que refleja las dinámicas más amplias de control social y violencia en el contexto neoliberal. Coincidimos con Marcial en la idea de que, con el fin de disminuir la violencia y ofrecer a las juventudes espacios donde puedan desarrollarse de manera autónoma, es necesario comprender a las pandillas en sus dimensiones de colectivos con quienes se debe entablar el diálogo para apoyarlos en la articulación de sus demandas y así limitar la influencia de la delincuencia organizada. </p>
		</sec>
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	<back>
		<ref-list>
			<title>Fuentes consultadas</title>
			<ref id="B1">
				<mixed-citation>Barragán, Antonio (2021), “Thug Life: significados sobre masculinidad y trasgresión en el rap malandro”, <italic>Epistemus. Revista de estudios en Música, Cognición y Cultura</italic>, 9 (1), 39-62, e027, <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://dx.doi.org/10.24215/18530494e027">https://doi.org/10.24215/18530494e027</ext-link>
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				<element-citation publication-type="journal">
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					<article-title>Thug Life: significados sobre masculinidad y trasgresión en el rap malandro</article-title>
					<source>Epistemus. Revista de estudios en Música, Cognición y Cultura</source>
					<volume>9</volume>
					<issue>1</issue>
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					<lpage>62</lpage>
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					<pub-id pub-id-type="doi">10.24215/18530494e027</pub-id>
				</element-citation>
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				<mixed-citation>Bonvillani, Andrea (2022), “Juvenicidio: un concepto parido por el dolor. Reflexiones desde una revisión bibliográfica”, <italic>Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud</italic>, 20 (3), 1-26, <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://lc.cx/VYbg68">https://lc.cx/VYbg68</ext-link>
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					<article-title>Juvenicidio: un concepto parido por el dolor. Reflexiones desde una revisión bibliográfica</article-title>
					<source>Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud</source>
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					<lpage>26</lpage>
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			<ref id="B3">
				<mixed-citation>Casillas, Tania (2020), “Absorbe crimen a las pandillas”, <italic>Reforma</italic>, 2 de febrero, Comunidad, <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://lc.cx/CZfD8O">https://lc.cx/CZfD8O</ext-link>
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					<comment>2 de febrero</comment>
					<issue-part>Comunidad</issue-part>
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					<source>Rituales de resistencia. Subculturas juveniles en la Gran Bretaña de Posguerra</source>
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					<publisher-name>Traficantes de sueños</publisher-name>
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						<collab>Código Penal Federal</collab>
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					<article-title>Reformado</article-title>
					<source>Diario Oficial de la Federación</source>
					<comment>16 de julio de 2025</comment>
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