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				<journal-title>Korpus21. Revista de Historia y Ciencias Sociales</journal-title>
				<abbrev-journal-title abbrev-type="publisher">Korpus21</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="ppub">2683-2682</issn>
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				<publisher-name>El Colegio Mexiquense, A.C.</publisher-name>
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			<article-id pub-id-type="doi">10.22136/korpus212025217</article-id>
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					<subject>DOSSIER: Género, militancia e impresos en América Latina (siglos XX y XXI)</subject>
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				<article-title>Escritura y lectura disidentes para la cultura obrera: entre la heterodoxia y la doxa</article-title>
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					<trans-title>Dissident writing and reading for the working-class culture: between heterodoxy and doxa</trans-title>
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						<surname>Guzmán Méndez</surname>
						<given-names>Diana Paola</given-names>
					</name>
					<xref ref-type="aff" rid="aff1"><sup>1</sup></xref>
					<xref ref-type="corresp" rid="c1">*</xref>
					<xref ref-type="fn" rid="fn0"><sup>+</sup></xref>
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					<label>1</label>
					<institution content-type="original">Universidad de Antioquia, Colombia</institution>
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					<country country="CO">Colombia</country>
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			<author-notes>
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					<label>*</label>Autor para correspondencia: <email>paola.guzman@udea.edu.com</email>
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					<label>+</label>
					<p><bold>Diana Paola Guzmán Méndez.</bold> Doctora en literatura por la Universidad de Antioquia, Colombia. Profesora de la Universidad Jorge Tadeo Lozano en el programa de estudios literarios y edición y del doctorado en literatura de la Universidad de Antioquia. Sus líneas de investigación son la historia de la cultura escrita y su relación con los movimientos sociales. También se ha concentrado en la historia y producción de la prensa campesina en Colombia. Además, forma parte del grupo Colombia: tradiciones de la palabra de la Universidad de Antioquia. Entre sus publicaciones más recientes como editora académica y coautora se encuentran: <italic>Detrás del papel. Impresos Colombia y Chile en el siglo XX</italic>, UTadeo (2024); <italic>Aferrarse al mundo. Historias de lectores y sus bibliotecas</italic>, UTadeo (2024); y <italic>La edición del cuento en Colombia en el siglo XX. Apuestas editoriales y legitimación de un género</italic>, Biblioteca de Culturas del Libro (2023). </p>
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			</author-notes>
			<pub-date date-type="pub" publication-format="electronic">
				<day>10</day>
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				<year>2025</year>
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			<pub-date date-type="collection" publication-format="electronic">
				<season>Jan-Dec</season>
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			<volume>5</volume>
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					<license-p>Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons</license-p>
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			<abstract>
				<title>Resumen</title>
				<p>La entrada de los grupos subalternos a la cultura escrita se define como una acción provincial impulsada por el Estado o la escuela, al concebirse como un acceso obligatorio que ofrece cierta participación por medio de la lectura. Sin embargo, la historia del movimiento obrero colombiano en la primera mitad del siglo XX y su relación con la prensa, la expresión escrita y la construcción de una conciencia de clase nos enfrentan a una respuesta muy diferente: los escritores obreros forjaron usos propios y relaciones con la escritura y la lectura a pesar del dirigismo cultural de algunos periódicos fabriles. </p>
			</abstract>
			<trans-abstract xml:lang="en">
				<title>Abstract</title>
				<p>The entry of subaltern groups into written culture is defined as a provincial action promoted by the State or the school, since it is conceived as a mandatory access that offers a certain degree of participation through reading. However, the history of the Colombian labor movement in the first half of the 20th century and its relationship with the press, written expression, and the construction of class consciousness confront us with a very different answer: working-class writers forged their own uses and relationships with writing and reading, despite the cultural dirigisme of some factory newspapers.</p>
			</trans-abstract>
			<kwd-group xml:lang="en">
				<title>Keywords:</title>
				<kwd>conquest</kwd>
				<kwd>alphabet</kwd>
				<kwd>writing</kwd>
				<kwd>working class</kwd>
				<kwd>culture</kwd>
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				<title>Palabras clave:</title>
				<kwd>conquista</kwd>
				<kwd>alfabeto</kwd>
				<kwd>escritura</kwd>
				<kwd>obreros</kwd>
				<kwd>cultura</kwd>
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			<verse-line><italic>Terminar con eso, saber por qué aún no se termina, cambiar la vida...</italic></verse-line>
			<verse-line><italic>La subversión del mundo comienza a esa hora en que los trabajadores normales deberían disfrutar del sueño apacible de aquellos cuyo oficio no obliga a pensar; por ejemplo, esa noche de octubre de 1839: a las 8 más exactamente, se les encontrará en casa del sastre Martin Rose para fundar un periódico de obreros.</italic></verse-line>
			<attrib><italic>La noche de los proletarios</italic> J. Rancière</attrib>
		</verse-group>
		<sec sec-type="intro">
			<title>Introducción: hacia una igualdad poética del discurso</title>
			<p>Como lo dice Jacques Rancière en La noche de los proletarios. Archivos del sueño obrero (<xref ref-type="bibr" rid="B40">2010</xref>), la participación del colectivo obrero en la cultura escrita se ha estudiado desde una perspectiva subalterna, creando la <italic>ilusión</italic> de que la academia, por ejemplo, les da voz a aquellos que sólo voz tenían, pero que, al parecer, no eran escuchados. Hablar sobre el mundo gráfico de los obreros nos obliga a pensar que cada texto que llega a nuestras manos es un acontecimiento, no por su oposición o rareza frente al estatuto cultural dominante, sino por los retos que conlleva. Así lo describe Rancière: “Yo tenía que dar cuenta de este acontecimiento y hacer sentir la vibración poética de sus textos y del contenido de sus pensamientos. El discurso habitual de los académicos anula ese acontecimiento” (<xref ref-type="bibr" rid="B40">2010: 7</xref>).</p>
			<p>En este sentido, considerar la pulsión poética como parte esencial de la configuración de una subjetividad obrera implica también abandonar la idea de un acervo exótico que sólo confirma, como lo señala Rancière, el “presupuesto de la desigualdad que impone lo académico” (<xref ref-type="bibr" rid="B40">2010: 8</xref>). El reclamo por la igualdad poética nos enfrenta a un reto profundo que comienza con el fin de los prejuicios y con la necesidad de evidenciar cada decisión narrativa como parte de un pensamiento común, politizado y compartido por un colectivo. En este sentido, una de las decisiones narrativas más importantes es el uso de la escritura como una forma de dominio del porvenir, un espacio intersticial entre el trabajo y el mundo de la cultura. </p>
			<p>Justamente, este espacio intersticial denominado escritura puede concebirse de distintas maneras: escribir para domesticar y formar lectores, o escribir para existir y saberse escritor. Nosotros, como parte del tiempo presente de la revolución que Rancière (<xref ref-type="bibr" rid="B40">2010</xref>) llama los tiempos de la igualdad, debemos abandonar la idea de los obreros restringidos por el tiempo del trabajo, la calle o la huelga, para reconocer a los obreros que detienen la máquina o el mitin para escribir, rompiendo el tiempo de producción, secretamente enamorados de lo inútil. </p>
			<p>De este modo, estudiar las dinámicas de escritura y lectura de los obreros colombianos entre las décadas de 1920 y 1935, a partir de periódicos como <italic>La Humanidad</italic> (1925-1927) o <italic>El Bolchevique</italic> (1934-1935), requiere establecer una distinción entre dos tipos de publicaciones periódicas: por un lado, las que recogen testimonios, crónicas y textos escritos por los propios obreros; y por otro, aquéllas dirigidas a este sector, pero producidas desde la élite. </p>
			<p>Las primeras se caracterizan por ofrecer voces de primera mano y presentar a la prensa como una herramienta para romper el silencio y la conformidad del colectivo obrero. Las segundas, en cambio, estuvieron orientadas a la construcción de una cultura obrera que pudiera funcionar como una forma de domesticación de los movimientos huelguistas, con el objetivo de apaciguar las aguas revueltas. Un ejemplo de ello es <italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer</italic> (1937-1970), donde la editorial presentaba la publicación como una figura paternalista y generosa que “sacará de la ignorancia la infantil cultura obrera y este es el mejor término para caracterizarla, porque los trabajadores manuales tienen, con suerte, la misma capacidad de un muchacho en segundo grado escolar” (<xref ref-type="bibr" rid="B28"><italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer</italic>, 1954d: 3</xref>). Para abordar la escritura obrera, presentamos dos publicaciones clave: <italic>El Bolchevique</italic>, periódico bogotano publicado entre 1934 y 1935, dirigido por Luis Vidales, y <italic>La Humanidad</italic> (1925 y 1927), publicación caleña liderada por Tomás Torres Giraldo y autodenominada prensa obrera. Estos dos impresos nos servirán para analizar la pluma activa de los obreros y su apropiación del oficio escritural. </p>
			<p><italic>El Bolchevique</italic> formaba parte de las publicaciones oficiales del Partido Comunista Colombiano (PCC), al igual que el periódico <italic>Tierra,</italic> que circuló entre 1932 y 1938 y cerró en los mismos años en que apareció <italic>El Bolchevique.</italic> Con una circulación de 3000 ejemplares distribuidos en las fábricas, <italic>El Bolchevique</italic> concentró su atención en las voces obreras, a diferencia de <italic>Tierra,</italic> que se enfocó en la educación política de los trabajadores y militantes de izquierda. En este sentido, <italic>El Bolchevique</italic> se centraba en la posibilidad de la escritura, mientras que <italic>Tierra</italic> ponía énfasis en la obligatoriedad y la necesidad de la lectura. Una muestra de esta diferencia es la red epistolar que comenzó a crearse en las páginas de <italic>El Bolchevique,</italic> la cual, con el tiempo, integró crónicas y testimonios escritos por obreros y obreras. El periódico denominó a esta red de voces: red de corresponsales obreros. </p>
			<p>Lo interesante de esta red, que iba creciendo con el paso de los números, las huelgas y las historias, es que tenía claro que el poder de la escritura radicaba en la posibilidad del legado propio, lo que Fontana ha llamado escritura deseada (<xref ref-type="bibr" rid="B15">2017</xref>). De acuerdo con este autor, uno de los impulsos determinantes de dicha escritura es el deseo de dejar un legado, entendido como una condición del escritor proveniente de las clases subalternas. Para Fontana, la misión de este escritor comprometido con la memoria colectiva puede dividirse en dos vertientes: la producción de una escritura dirigida a la clase obrera y la construcción de una conciencia de clase gregaria y colectiva. La forma más evidente para que esta misión bipartita se concrete es, siguiendo a Fontana, la politización de la práctica escritural.</p>
			<p>Esto conlleva la idea de un escritor que representa a las clases subalternas y que, por ello, trasciende la noción moderna de una escritura centrada únicamente en la expresión y la existencia subjetiva. Más bien, su escritura se sitúa en un terreno activo, veraz y real, que se transparenta en la voz de un testigo. Se escribía para ser recordado y para ser reconocido como parte de una clase social constituida: la clase obrera. Así, la importancia de la escritura obrera no estriba en quién escribe, sino en para quién se escribe y cómo conquista el alfabeto. </p>
			<p>En este proceso, aparece una tríada entre memoria, escritura y clase social, que pone en primer plano el concepto de apropiación, compuesto por las experiencias y los usos que tanto la escritura como la lectura generan dentro de un grupo social determinado. Esto implica entender la escritura como una praxis que va más allá de la práctica misma y que cumple funciones informativas, narrativas y de denuncia; es decir, un hacer que evidencia la politización como una acción participativa permanente y la consolidación de una “acción de escritura”, como lo denomina Chartier (<xref ref-type="bibr" rid="B5">2007: 28</xref>).<xref ref-type="fn" rid="fn1"><sup>1</sup></xref>
			</p>
			<p>En este sentido, la apropiación del alfabeto por parte de los obreros y las obreras se convirtió en un espacio de disputa del sentido común como doxa social, que oscilaba entre los mecanismos coercitivos establecidos desde arriba y la apropiación de la escritura como herramienta de combate; una batalla cultural que surgió a partir de la división del trabajo intelectual, exclusivo de la élite, y del trabajo manual mecánico, que restringía la existencia de los obreros. </p>
			<p>De este modo, la escritura, en tanto espacio liminal entre el trabajo manual y el intelectual, funcionó como un mecanismo de negociación que situaba al obrero en un escenario históricamente vedado para él. Por esta razón, fue clave recuperar los testimonios escritos que transformaron sus voces y cotidianidades en una escritura fijada y lista para una existencia permanente: el surgimiento de una inteligencia que luchó por imponerse y pretendió escapar de los límites impuestos por la cultura escrita. Es, como diría Rancière, “la suspensión de la ancestral jerarquía que subordina a quienes se dedican a trabajar con sus manos a aquellos que han recibido el privilegio del pensamiento” (<xref ref-type="bibr" rid="B40">2010: 20</xref>).</p>
			<p>También resultó fundamental comprender y determinar los niveles de dominación que caracterizaron a la industria fabril colombiana durante la primera mitad del siglo XX, particularmente en relación con la práctica escritural obrera como una conquista y no como un acceso controlado. En esta línea, en la segunda parte de este trabajo nos enfocamos en el análisis del llamado dirigismo cultural, objetivo de la prensa fabril propiciada por los dueños de los emporios económicos y emparentada con un paternalismo proteccionista que definió varias prácticas de control y domesticación, como la lectura y el uso de los impresos. Como lo hemos referido, el estudio se centró en <italic>La Lazandera. Órgano Coltejer,</italic> publicación de una empresa ubicada en territorio antioqueño desde 1903 hasta bien entrada la década de los 2000. En sus páginas abundan las referencias a la precariedad de la clase trabajadora, a la cual era necesario educar y orientar a través de la lectura y la moral cristiana. </p>
			<p>Partimos del estudio de las cartas y crónicas que aparecieron en estas publicaciones para rastrear el uso de la escritura literaria como una vía expresiva que, paulatinamente, comenzó a ser considerada por los obreros. Poemas, coplas y un pequeño <italic>corpus</italic> de novelas escritas por autores que manifestaron de forma directa y contundente ser albañiles o trabajadores fabriles son una aproximación, aunque tímida, a la literatura. Centramos nuestra atención en dos obras específicas: <italic>El estiércol de las hienas,</italic> escrita por Juan Alberto Triana en 1977, e <italic>Historia gráfica de la lucha por la tierra en la Costa Atlántica,</italic> una narración de autoría colectiva, ilustrada por Chalarka y publicada en <xref ref-type="bibr" rid="B4">1985</xref>. Estas obras constituyen el material de investigación de la segunda parte de este trabajo. </p>
			<p>Si bien las publicaciones periódicas consideradas se ubican entre las décadas de 1920 y 1950, y las novelas fueron editadas entre 1970 y 1980, pretendemos evidenciar una suerte de camino que se fue abriendo hacia una escritura obrera más institucionalizada y reconocida por ciertas editoriales colombianas. Planteamos que las crónicas, las cartas y los testimonios que anteceden a las novelas son, de alguna manera, prototextos que las sugieren y que configuran una poética melodramática que se consolida en las obras enunciadas.<xref ref-type="fn" rid="fn2"><sup>2</sup></xref>
			</p>
		</sec>
		<sec>
			<title>“Lo que soy yo escribo estas líneas para que todos sepan quiénes somos”: escritura obrera y apropiación del alfabeto</title>
			<p>No es nuestra intención hacer una historia del movimiento obrero ni de la prensa obrera, sino abordar la presencia de la lectura y la escritura en la consolidación de una clase con conciencia política. Tal es el caso de Félix López, quien formó parte del periódico obrero <italic>La Humanidad,</italic> publicado en Cali y dirigido por Tomás Giraldo. López participó activamente en el periódico e incluso asumió la dirección durante una breve ausencia de Giraldo. Fue descrito como un “compañero con un claro concepto de la lucha de clases, que cree con nosotros que los trabajadores necesitan formar su personalidad en el estudio” (<xref ref-type="bibr" rid="B21"><italic>La Humanidad</italic>, 1925a: 1</xref>). </p>
			<p>A pesar de los ataques que recibió por no ser casado -motivo por el cual fue acusado de ser vicioso y desviado-, López lideró la formación de escuelas nocturnas que no dependían del gobierno, sino que nacían del propio grupo obrero. Como mencionaba en “La pluma obrera”, publicado el 28 de noviembre (<xref ref-type="bibr" rid="B34">López, 1925a</xref>), lo más importante era que estos espacios se concentraran en la escritura, la lectura y el manejo de la imprenta. El llamado que hacía López era el eco de una larga relación entre las luchas obreras y la prensa como parte esencial de sus dinámicas.<xref ref-type="fn" rid="fn3"><sup>3</sup></xref>
			</p>
			<p>Por esta razón, resulta fundamental considerar el empleo de la práctica escritural al margen de los mecanismos coercitivos, es decir, presentarla como una disputa permanente que trasciende la prohibición misma y no partir de la idea de que los obreros y las obreras tenían prohibido el uso del alfabeto. Esta percepción resultaría reduccionista y convertiría una experiencia majestuosa en una anécdota pueril. El grupo obrero no tenía prohibido el uso de las letras; de hecho, son harto conocidos los llamados de las sociedades de caridad o socorro mutuo para que se educaran y participaran en periódicos y revistas. Lo que sí resulta digno de atención es el modo en que la escritura se convirtió en un escenario que permitió un uso autónomo y autoactivo de la práctica.</p>
			<p>López nos ofrece un ejemplo de disputa autónoma del alfabeto en el “Llamado a los trabajadores de Buenaventura”, publicado el 27 de junio de <xref ref-type="bibr" rid="B35">1925</xref>. En la página dos de este ejemplar apareció un dirigido a la Unión de Trabajadores de Buenaventura para que su acción principal fuera la adquisición de una imprenta, porque es “la válvula del grito de los oprimidos” (<xref ref-type="bibr" rid="B34">López, 1925a: 2</xref>). En la misma página, y escrita a mano alzada, se encuentra una solicitud del autor para que esta nota fuera compartida con los camaradas. </p>
			<p>Lo anterior implica que la invitación a adquirir una imprenta y a impulsar la escritura de los obreros no cabría -siguiendo a Antonio Castillo Gómez (<xref ref-type="bibr" rid="B3">2002</xref>)- en la llamada escritura de la gente común. Los nuevos estudios sobre literacidad han demostrado que las denominadas clases populares, como campesinos u obreros, no escriben para salir de su pobreza e ignorancia ni para fundar un canon subalterno, ni tampoco para dejar de ser lo que son y convertirse en patrones; por el contrario, escriben para reafirmarse como campesinos u obreros. </p>
			<p>La diferencia entre la escritura de la gente común, como la ha nombrado Lyons (<xref ref-type="bibr" rid="B36">2006</xref>), y la escritura de las clases subalternas la explica Gibelli (<xref ref-type="bibr" rid="B16">2002</xref>), para quien resulta fundamental considerar que dicha disputa en el uso de la escritura se concentra, a su vez, en la apropiación de un vocablo como cultura. A diferencia de la <italic>cultura obrera</italic> propuesta por publicaciones fabriles como <italic>La Lanzadera</italic> bien entrado el siglo XX -como se explicará más adelante-, la escritura obrera convocada por trabajadores como López no se orienta al buen comportamiento ni a la idealización de las costumbres gremiales; más bien, se sitúa en una disputa del sentido común y en una necesidad de identidad de clase. En conclusión, la diferencia entre las escrituras de la gente común y las escrituras populares radica en que las segundas se dirigen siempre a la lucha de clases y al ejercicio politizado de la expresión escrita.<xref ref-type="fn" rid="fn4"><sup>4</sup></xref>
			</p>
			<p><italic>La Humanidad</italic> adoptó, además, una práctica muy interesante para la publicación de cartas o comunicaciones de obreros: las cartas dictadas. Tal es el caso de la historia de un obrero que cuenta las vicisitudes con su madre enferma, publicada el 11 de julio de 1925 y titulada “La madre de un obrero”: “Un hombre de mediana estatura de unos treinta y cinco años y de traje menos que humilde, se acercó a nuestra oficina el miércoles y habló así: soy de Santander obrero zapatero de profesión y de nombre Jorge H Ramírez” (<xref ref-type="bibr" rid="B39">Ramírez, 1925: 3</xref>).</p>
			<p>A continuación, la narración de Ramírez se concentra en el estado de salud mental de su mamá, quien se ve obligada a vagar por las calles porque él, debido a su trabajo, no puede cuidarla. La mujer padece de dolores y de una enfermedad mental que la hace desvariar y gritar. Por lo mismo, la policía la arresta y golpea, acusándola de vagancia. En una de esas golpizas, la señora queda postrada en la cama durante semanas. Su hijo se acerca a la inspección de policía a denunciar el hecho y a pedir ayuda, misma que le fue negada. El clamor de Ramírez termina con el llamado urgente por ayuda y expresa que se encuentran en el barrio obrero sin cobijo ni comida (<xref ref-type="bibr" rid="B39">Ramírez, 1925</xref>). </p>
			<p>La triste historia, trascrita por algún miembro del periódico y convertida en escritura, es una muestra de una práctica permanente que se cifraba como una sección de cartas dictadas. La razón por la cual el señor Ramírez no remitió su carta directamente a la publicación no puede explicarse sólo porque infiramos que no sabía escribir, sino porque, de alguna manera, consideró que la narración en carne y hueso podía ser más comprendida y efectiva. </p>
			<p>De hecho, el 27 de junio de 1925 se publicó otra carta dictada de “la muy digna maestra de Lomitas, doña Tulia quien se acercó a nuestras oficinas a solicitar, de viva voz, un espacio en esta hoja” (<xref ref-type="bibr" rid="B23"><italic>La Humanidad</italic>, 1925c: 4</xref>). La maestra Tulia, quien evidentemente sí sabía leer y escribir, decidió narrar la historia de su hija, una trabajadora de una fábrica de fósforos, quien fue acusada de tener amores con un doctor prestante del municipio. Doña Tulia, muy preocupada, solicitaba que la honra de su hija fuera respetada porque “por ser humilde, no puede acusársele de algo que ella no ha hecho. Acaso las mujeres obreras no tienen derecho a la honra” (<xref ref-type="bibr" rid="B23"><italic>La Humanidad</italic>, 1925c: 4</xref>).</p>
			<p>Pero las cartas dictadas no siempre fueron narradas por las personas que vivieron los hechos. También sobresalen historias contadas por testigos de acontecimientos que merecían ser denunciados, como es el caso de “La caridad burguesa”, en donde “un compañero obrero se acerca a contarnos los hechos injustos y violentos sobre la humanidad de una mujer obrera que fue golpeada por el miembro de familia prestante” (<xref ref-type="bibr" rid="B23"><italic>La Humanidad</italic>, 1925c: 5</xref>).</p>
			<p>La denuncia no escatimó en detalles y, al final, el testigo subrayó la importancia que tiene “que estos hechos aparezcan en el periódico, para que todos los obreros sepamos lo que otros obreros deben vivir” (<xref ref-type="bibr" rid="B22"><italic>La Humanidad</italic>, 1925b: 5</xref>). De esta forma, las cartas dictadas, al consolidar un registro sistemático de las vivencias compartidas, le conferían a la escritura la misión de configurar una comunidad y una clase social orientada por la necesidad de la lucha política. </p>
			<p>Este proyecto de constituir una red con protocolos, normas y periodicidad comenzó a gestarse en el periódico <italic>El Bolchevique</italic> (1934-1935). Esta publicación estuvo inicialmente bajo la dirección del poeta Luis Vidales y, en su segundo año, el sastre Aurelio Álvarez fue quien se encargó del destino de la publicación. De algún modo, <italic>El Bolchevique</italic> reemplazó el vacío que dejó el periódico <italic>Tierra. Órgano del Partido Comunista Colombiano</italic>, que inició en 1932 y fue cerrado por orden gubernamental en 1934 para reaparecer en 1935, año en que cesó sus actividades de forma paulatina. <italic>El Bolchevique</italic>, a diferencia de <italic>Tierra</italic> en su primera etapa (1932-1934), fijó su atención en la actualidad obrera del país y se trazó como objetivo la nacionalización del comunismo en el movimiento obrero y campesino de Colombia. </p>
			<p>Justamente, dicho objetivo exigió, de alguna manera, hacer eco al clamor de López en <italic>La Humanidad</italic>: convocar a los obreros y militantes a escribir y contar, con su propia voz, las dinámicas y vicisitudes de la vida en las fábricas. <italic>El Bolchevique</italic> se convirtió en una suerte de publicación de publicaciones y, por lo mismo, inició en julio de 1934 a incluir notas reiteradas sobre periódicos obreros de distintas regiones, elaborados de manera artesanal. El 4 de agosto de 1934 hizo un llamado dirigido a los periódicos producidos en mimeógrafo:<xref ref-type="fn" rid="fn5"><sup>5</sup></xref>
			</p>
			<disp-quote>
				<p>(…) nos surgió la idea de promover una emulación revolucionaria entre las organizaciones que comprendan la importancia actual, y el alcance aún mayor para un futuro próximo, de los periódicos impresos en mimeógrafo. En cada número de EL BOLCHEVIQUE aparecerá un cliché del mejor periódico de los que hayan llegado a nuestra redacción en el lapso transcurrido entre dos de nuestros números (<xref ref-type="bibr" rid="B12"><italic>El Bolchevique. Órgano Central del Partido Comunista Colombiano</italic>, 1934c: 1</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>El artículo que presentó esta iniciativa también enumeraba las características que debían tener dichas publicaciones para ser mencionadas y consideradas como verdaderos periódicos obreros: una presentación atractiva, una composición fácil de leer y un registro de los hechos ocurridos en las fábricas. En este llamado destacan varios elementos interesantes. Por un lado, aparece la preocupación porque la materialidad permitiera una lectura accesible; por otro, se evidencia la necesidad imperiosa de fomentar la participación escrita de los obreros. </p>
			<p>Tanto <italic>Tierra</italic> como <italic>El Bolchevique</italic> compartieron una sección titulada “Voz de las fábricas y los campos”; sin embargo, <italic>El Bolchevique,</italic> a diferencia de <italic>Tierra</italic>, inauguró un tipo de red designando corresponsales obreros, cuya función era narrar la cotidianidad atravesada por la denuncia, el desarrollo de huelgas y los atropellos de los patrones y el Estado. Si bien en <italic>La Humanidad</italic> las cartas contadas, de alguna manera, buscaban el mismo objetivo, los textos escritos por los corresponsables obreros ampliaban el discurso biográfico del sujeto, situándolo dentro de un problema político y colectivo, sobre todo bajo un espíritu de existencia perdurable.</p>
			<p>Justamente, esa existencia engendrada para la existencia misma que nombramos escritura se centra, como lo señala Castillo Gómez (<xref ref-type="bibr" rid="B3">2002</xref>), en una presencia constante de la autobiografía. No obstante, en el caso de los obreros y de sus soportes impresos, la autobiografía no contempla al individuo ni a sus experiencias fuera de la colectividad. No se trata de una escritura testimonial de la gente común, sino de una autobiografía politizada, vivida y comprendida por todos, superando la idea de una subjetividad estética. </p>
			<p>Presentar como autobiografía los relatos publicados por los corresponsales obreros puede ser una imprecisión que requiere ser aclarada. De acuerdo con Lejeune (<xref ref-type="bibr" rid="B31">1991</xref>), la autobiografía hace énfasis en la vida intelectual, personal e íntima del sujeto; en cambio, aquellos relatos definidos como memorias se caracterizan por expresar la experiencia colectiva de una serie de hechos. Weintraub (<xref ref-type="bibr" rid="B48">1996</xref>), por su parte, añade a las memorias la figura de un narrador testigo: alguien que relata hechos de los que formó parte junto con otros individuos, pero que no dependen exclusivamente de él, como ocurre en la autobiografía. </p>
			<p>En este sentido, los relatos publicados en <italic>El Bolchevique</italic> se acercan a lo que Lejeune (<xref ref-type="bibr" rid="B31">1991</xref>) y Weintraub (<xref ref-type="bibr" rid="B48">1996</xref>) definen como memorias. Los escritos pueden organizarse en distintas tipologías: por un lado, están las cartas abiertas narradas en tercera persona y dirigidas a un receptor específico (los trabajadores, los patrones, el periódico o el Estado); por otro, aparecen crónicas que describen con detalles hechos concretos, como huelgas o atropellos y; finalmente, están los relatos individuales en primera persona, que forman parte de la escritura producida por la red y reafirman la presencia de testigos que vivieron en carne propia los acontecimientos narrados.</p>
			<p>Uno de los casos que mayor cobertura recibió en el periódico fue la huelga de escogedoras de café. Este <italic>corpus</italic> incluye todos los tipos de escritura, junto con fotografías y nombres propios de las lideresas huelguistas.<xref ref-type="fn" rid="fn6"><sup>6</sup></xref> La primera mención a dicho acontecimiento apareció bajo el título “Noticia sobre la huelga cafetera”, publicada el 4 de agosto de 1934, donde se señala que “la masa trabajadora de la industria cafetera es una de las más explotadas. En las plantaciones ganan jornales de 20 y 30 centavos diarios: se trabaja todo el tiempo que los patrones imponen” (<xref ref-type="bibr" rid="B11"><italic>El Bolchevique. Órgano Central del Partido Comunista Colombiano</italic>, 1934b: 1</xref>). En ese mismo número, pero en la sección de la “Voz de las fábricas y los campos”, se incluyó una breve mención en la crónica “Encuentro del Partido Comunista en el eje cafetero”, que presentó el movimiento de las escogedoras como una muestra de entusiasmo revolucionario y anunció el inicio de un “levantamiento que pasará a la historia de un país oprimido” (<xref ref-type="bibr" rid="B10"><italic>El Bolchevique. Órgano Central del Partido Comunista Colombiano</italic>, 1934a: 4</xref>). La crónica fue firmada por un corresponsal obrero. </p>
			<p>En el número publicado el 6 de octubre de <xref ref-type="bibr" rid="B13">1934</xref> apareció un apartado nuevo llamado “Sección femenina”. Allí se narraron los atropellos del gobierno contra las escogedoras de Venadillo, contando en tercera persona detalles sobre lo que estas mujeres tuvieron que afrontar por irse a huelga: cárcel, maltratos y despidos. No sabemos si la sección se nombró así por tratarse de un movimiento encabezado por mujeres o si el texto fue escrito por una de las escogedoras; sin embargo, se hizo evidente que el objetivo de la escritura se limitó a narrar lo sucedido y no planteó observaciones subjetivas o personales. Siguiendo a Weintraub (<xref ref-type="bibr" rid="B48">1996</xref>), esta característica es otra diferencia entre la autobiografía y las memorias: la elaboración argumental de las memorias se centra en la descripción de lo acontecido y no en la percepción de los hechos.</p>
			<p>Muestra de esto es la crónica que escribió otro corresponsal obrero, publicada el 26 de enero de 1935. En este escrito, “La marcha de las escogedoras de Caldas”, se relató la toma de la plaza principal del pueblo por parte de las trabajadoras. Los desmanes terminaron con “una de las compañeras herida de gravedad y otras presas” (<xref ref-type="bibr" rid="B9"><italic>El Bolchevique. Órgano Central del Partido Comunista Colombiano</italic>, 1935: 1</xref>). En la misma página donde se publicó la crónica apareció, por primera vez, “La voz de las escogedoras”, firmada por Clarisa González y Lilia González: “Nosotras confiamos en su buena comprensión; estamos seguras de que no nos dejaran entregar por hombre, ni nos dejaran abalear. Confíen en nuestra firmeza: nuestras vidas las ofrecemos por la lucha de la causa obrera. Viva la huelga” (<xref ref-type="bibr" rid="B17">González y González, 1935: 1</xref>).</p>
			<p>El 2 de febrero del mismo año, María Vanegas, secretaria del sindicato de escogedoras, firmó el pliego de peticiones, que incluía derechos como la instalación de sanitarios, el pago de salarios dignos y la posibilidad de contar con un mimeógrafo que les permitiera continuar con sus acciones de escritura y expresión: “debemos pelear el derecho a la información, las denuncias y los triunfos. Un mimeógrafo nos permite hacer de este triunfo, el triunfo de todos” (<xref ref-type="bibr" rid="B43">Vanegas<italic>,</italic> 1935: 2</xref>). </p>
			<p>En este contexto, vale la pena retomar el concepto de escritura propuesto por Chartier (<xref ref-type="bibr" rid="B5">2007</xref>), para quien la escena de escritura comprende varios aspectos importantes: las materialidades en las que se publica lo escrito, las máquinas y tecnologías con las que se escribe, y las concepciones que se expresan sobre la escritura. En este caso, la materialidad no se limita al periódico, sino que también incluye la red de corresponsales obreros, conformada, de alguna manera, por un grupo de personas con la responsabilidad sistemática de escribir para la publicación. Además, se identifica la presencia de tres tecnologías de escritura e impresión: la oralidad (las cartas dictadas), los manuscritos y el mimeógrafo. Por otro lado, si consideramos el conjunto de categorías permanentes que rodean la presentación de la escritura dentro de estas publicaciones, encontramos términos como triunfo, conquista, lucha y voz. </p>
			<p>Retomando a Lyons (<xref ref-type="bibr" rid="B36">2006</xref>), la historia de la escritura no puede entenderse como un simple tránsito inmediato entre tecnologías (de la oralidad al manuscrito, del manuscrito a la imprenta), sino como una dinámica paulatina que permite la coexistencia de varias prácticas escriturales. El mismo Chartier (<xref ref-type="bibr" rid="B5">2007</xref>) ha señalado que el impreso no sustituyó por completo al manuscrito, ni éste a la oralidad, sino que la permanencia de cada una de estas formas ha impulsado el cambio y la convivencia entre ellas. Tal es el caso de los periódicos analizados. </p>
			<p>Justamente esa convivencia configura un marco que brinda mayor fuerza a la concepción de la escritura como una conquista que, a su vez, transparenta una lucha social, una conciencia e identidad política al grupo de corresponsales obreros. La convivencia entre prácticas escriturales a las que hemos hecho referencia también se emula en la coexistencia de objetivos y formas de escritura. Sin embargo, las escrituras dirigidas desde las publicaciones hechas por obreros adquieren otra significación que se evidencia a través de la correspondencia. </p>
			<p>De acuerdo con Vargas García (<xref ref-type="bibr" rid="B44">2002</xref>), la escritura de cartas manifiesta una forma ritualizada de los usos de la escritura, en donde se combinan la narración de hechos (memorias) y la descripción de sentimientos y sensaciones personales (autobiografías). El cuerpo argumentativo que caracteriza a las memorias se hace patente por medio de la narración pormenorizada de los acontecimientos de las huelgas o de la vida en las fábricas, al mismo tiempo que vehicula los miedos y deseos de quienes las escriben. En este sentido, las cartas no dejan de ser cartas, pero tampoco dejan de ser crónicas. Lo que unifica este cuerpo de <italic>cartas-crónicas</italic> es la concepción de la escritura como conquista y como expresión de una solidaridad común entre la clase obrera. </p>
			<p>De este modo, el acceso a la lectura, como lo veremos en el análisis de <italic>La Lanzadera,</italic> se considera un evento de civilidad necesario para apaciguar las tensiones del movimiento obrero; mientras que la escritura se presenta como una conquista rotunda y definitiva del alfabeto por parte de los obreros. Así, la producción escrita solidaria difiere de manera determinante de la solidaridad condescendiente de la prensa fabril, que convirtió la escritura en un acto caritativo para salvar al obrero de su ignorancia. En el primer caso, la solidaridad deviene de los sujetos obreros hacia sus pares; en el segundo, se configura como una enunciación mediada por la élite empresarial hacia el trabajador. </p>
			<p>La articulación entre las experiencias personales y las colectivas se ejemplifica en <italic>El Bolchevique,</italic> el 16 de febrero de 1935, cuando se publicó una nota titulada “Habla Lilia González. Líder de la huelga de las escogedoras”. El testimonio, escrito en primera persona y acompañado de una foto de Lilia, le puso rostro a la voz y a la escritura que aparecían de forma paralela en el mismo título del texto: </p>
			<disp-quote>
				<p>Como joven trabajadora y sostén de mi casa, creo en la huelga y en la necesidad de la conciencia de las trabajadoras del café y nos ha dado a conocer en la práctica la fuerza de la unión y la organización. Localmente la huelga estuvo bien organizada, yo fui designada para la secretaría, y al frente de él hasta que fui arrestada (<xref ref-type="bibr" rid="B18">González<italic>,</italic> 1935: 1</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>El testimonio de Lilia, preparado para el periódico, configura una suerte de desdoblamiento de la identidad. Lilia pasa de ser una joven obrera y sostén de su casa a secretaria de la organización y luchadora incasable del movimiento obrero. Esa conciencia politizada y participativa le confiere, de alguna manera, la posibilidad de contar los hechos como testigo y participante de primera mano. Lo más interesante es que la primera persona con la que inicia Lilia se transforma en un nosotras que acciona y resiste. Así lo escribe en el número 45 de <italic>El Bolchevique</italic> publicado en febrero 16 de 1935: “Entre nosotras las obreras reina buen ambiente para recomenzar la lucha a pesar de la represión, el Sindicato no deja de sesionar y las obraras estamos convencidas de que con mayor preparación se obtendrán mayores triunfos” (<xref ref-type="bibr" rid="B18">González<italic>,</italic> 1935: 4</xref>). </p>
			<p>Como mencionamos anteriormente, la presencia de la voz de Lilia, que se transforma en escritura, es la muestra más clara de una convivencia entre modos de argumentación: oralidad y escritura, autobiografía y memorias. De alguna forma, podríamos inferir que la escritura obrera se caracteriza, precisamente, por la habitabilidad compartida de diferentes prácticas, materialidades y discursos. La historia de las escogedoras y su huelga no fue la única que se contó de manera sistemática. También aparece una serie de escritos sobre el mundo minero en el Nordeste antioqueño, testimonios sobre las colonias penales y la huelga de los braceros en el río Magdalena. Sin embargo, nos interesa centrarnos en las llamadas transmisiones textuales y en el camino que comienza a abrirse hacia la escritura en las masas.<xref ref-type="fn" rid="fn7"><sup>7</sup></xref>
			</p>
		</sec>
		<sec>
			<title>Transmisiones textuales: hacia una escritura de masas</title>
			<p>Si tenemos en cuenta la relación entre la escritura como fenómeno de masas y la conciencia colectiva de su uso, la red de corresponsales obreros se transforma en una red significativa que trasciende los productos escriturales exclusivamente privados, como los diarios personales o las narraciones autobiográficas. Si retomamos la idea de que el primer instrumento de transmisión textual, de acuerdo con Castillo Gómez (<xref ref-type="bibr" rid="B3">2002</xref>) y con Lyons (<xref ref-type="bibr" rid="B36">2006</xref>), que alentó la presencia de la expresión escrita fue la carta, veremos que, en el caso de la escritura obrera, su forma original permanece, pero, a la vez, se transforma: cartas orales (dictadas), cartas-crónicas, cartas abiertas, cartas-testimonio. </p>
			<p>Con la pervivencia de la carta, los elementos que Castillo Gómez (<xref ref-type="bibr" rid="B3">2002</xref>) considera como parte de esta forma de comunicación urgente -atravesada por la alfabetización, la migración y la violencia- varían su significado original y se convierten en posibilidades de intercambio, circulación y diálogo. No afirmamos que las duras realidades vividas a lo largo de nuestra historia, marcadas por la guerra y los desplazamientos forzados, pierdan su vínculo con el dolor y la injusticia, sino que permiten aprendizajes y experiencias que encuentran en la escritura y en la carta, con sus múltiples aristas, una oportunidad para una supervivencia impresa. Si bien la forma de transmisión epistolar conserva un carácter familiar y personal, la escritura obrera la resignifica, convirtiéndola en una herramienta de denuncia y en muestra de la autodidaxia que surge de los obreros para los obreros.</p>
			<p>De este modo, la escritura obrera se inscribe en la llamada <italic>epistolaridad</italic>, entendida como una forma de transmisión textual que puede ser comprendida y usada por todos: una estructura abierta que permite la participación de cualquier individuo, más allá de su nivel de acceso o conocimiento de la cultura escrita. De acuerdo con Guillén, la epístola procura la continuidad de la presencia humana cercana y familiar, sumada a la “ilusión de la no ficcionalidad” (<xref ref-type="bibr" rid="B19">1998: 192</xref>). </p>
			<p>Si retomamos la idea de la presencia humana, podríamos vincular la escritura de cartas con la autobiografía; sin embargo, como lo explica Guillén, el contrato epistolar conserva la distancia entre escritor y receptor; es decir, existe una función de comunicación directa y pragmática que busca informar, denunciar o persuadir. Justamente, al combinarse con crónicas o testimonios, la carta, antes familiar y subjetiva, se convierte en una vía radical para generar y fortalecer una conciencia colectiva. El hecho de regular la expresión escrita a través de este sistema representa una elección consciente de una forma de transmisión cercana a los obreros. </p>
			<p>A estas condiciones se debe sumar otro punto importante: la carta constituye la forma escritural más próxima a los obreros, ya que otras, como la literatura, suelen percibirse distantes para la escritura obrera, aunque no para su lectura, porque la literatura también ocupó un lugar relativamente importante. En 1906, en el número 14 del 19 de abril, el periódico <italic>El Yunque. Órgano de la Clase Obrera</italic> hizo un llamado a las plumas obreras para su incursión en la literatura: </p>
			<disp-quote>
				<p>Para qué empeñarnos más en formar literatos y artistas, cuando no hay cómo remunerarles su trabajo ni ánimo para admirar sus talentos. Para qué más poemas lagrimosos, necesitamos poemas obreros, que el obrero escriba para que cuente lo que pasa y la mentira del opresor se vaya poniendo en evidencia. Para el obrero las artes de la escritura son tan ajenas que siente miedo, cuando las artes escritas deben ser su primera herramienta (<xref ref-type="bibr" rid="B14"><italic>El Yunque. Órgano de la Clase Obrera</italic>, 1906: 1</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>Hay varios puntos interesantes en este texto anónimo. Por un lado, no se trata de una editorial, sino que se titula como una “Carta abierta”. Esto implica un llamado a un modo de escritura que había resultado esquivo para los obreros, pero que se realiza por medio de un contenedor cercano: la carta. Por otro lado, plantea un cuestionamiento directo a la labor y el lugar de la literatura y, a la vez, a la consolidación de un corpus literario de origen obrero que se comprometiera con las necesidades e ideales de este grupo. La prensa obrera no se caracteriza por la publicación numerosa de obras literarias, aunque, en la mayoría de los periódicos, sí llegaron a aparecer poemas cortos o, incluso, novelas por entregas, en las que eran comunes los nombres de Víctor Hugo o Wenceslao Ayguals de Izco.<xref ref-type="fn" rid="fn8"><sup>8</sup></xref>
			</p>
			<p>A diferencia de <italic>El Bolchevique</italic>, el periódico <italic>La Humanidad</italic> prestó más atención a la producción literaria de los obreros, quienes enviaban sus poemas para ser publicados. Todos se cifran sobre los ideales de la movilización obrera y la crítica a los sistemas que los oprimían. Resalta el poema de Miguel <xref ref-type="bibr" rid="B8">Delgado, publicado el 6 de junio 1925</xref>. Este autor respondió al llamado que el periódico había hecho permanentemente para que los lectores obreros enviaran sus contribuciones literarias. </p>
			<p>“El Capitalismo”, como se titula el poema, hace una comparación entre el burgués y el obrero: “Si tú eres un gran patán; yo inteligente / Tú un vago ricachón; yo un hombre probo / sí yo trabajo el día como un bobo” (<xref ref-type="bibr" rid="B8">Delgado, 1925: 5</xref>). En ese mismo número, aparece el poema “La imprenta”, de Víctor Hugo, el cual hace eco a los versos del obrero Delgado: “¡La pluma es todo! Rayo que vibra / fuerza demoledora / puñal que hiere o látigo que Fustiga” (<xref ref-type="bibr" rid="B20">Hugo, 1925: 6</xref>).</p>
			<p>La presencia de la poesía como el género más visible de una escritura obrera literaria puede relacionarse con lo que ha mencionado Archila (<xref ref-type="bibr" rid="B1">1992</xref>): una de las acciones más recurrentes de la prensa obrera es el reconocimiento de las denominadas memorias orales, o bien, la publicación de poemas y coplas populares, campesinas, con las que muchos de los obreros crecieron. Tal es el caso de la copla que apareció el 20 de junio de 1925, en el número 6 de <italic>La Humanidad</italic>: “Un anciano agricultor tenía un trapiche de palo / todo viejo y todo mal, que robaba su vigor, masticando ingratamente / la caña de su plantío” (<xref ref-type="bibr" rid="B24"><italic>La Humanidad,</italic> 1925d: 1</xref>).</p>
			<p>A ello se sumó la presencia de poetas latinoamericanos como José Santos Chocano con “Vox populi” (<xref ref-type="bibr" rid="B42">27 de junio de 1925</xref>) o Rubén Darío con “La crucifixión del derecho” (<xref ref-type="bibr" rid="B7">11 de julio de 1925</xref>). En el mismo número en que se incluyó el poema de Rubén Darío se publicó un poema escrito especialmente para <italic>La Humanidad</italic> por P. A. Correa, titulado “El obrero”: “En Cali, la sultana hermosas tradiciones / un halito de gloria se siente revivir / ¡Silencio! que es un grupo de heráldicos obreros / que van a la conquista de un bello porvenir” (<xref ref-type="bibr" rid="B6">Correa<italic>,</italic> 1925: 5</xref>). </p>
			<p>La escritura obrera disputa el espacio de lo literario, que parecía exclusivo para las élites nacionales. Esto muestra que la conciencia autorial individual se ve superada por la conciencia de clase y por la creación de una épica propia. De esta forma, la noción de la literatura basada en la figura de un autor con un <italic>habitus</italic> definido se ve cuestionada y puesta en crisis a causa de una conquista del alfabeto que sólo tendría razón al concebirse como una creación colectiva. </p>
			<p>Es evidente que dicha conquista no comienza ni termina en la lectura o en los mecanismos de acceso al libro y a la biblioteca, sino que se hace patente a través de la escritura y en la configuración de una expresión con una fuerte caracterización formal: la convivencia de diferentes registros expresivos (la oralidad, lo impreso, la gráfica, la carta, el testimonio y la crónica); la consolidación de un cuerpo híbrido en donde se mezclan las autobiografías y las memorias sociales; y, finalmente, la importancia conferida a tecnologías, como la imprenta y el mimeógrafo, como parte fundamental del desarrollo del movimiento obrero. </p>
			<p>De alguna manera, la presencia de la literatura escrita por obreros representa la consolidación paulatina de un cuerpo trazado, escrito, marcado, que sólo puede existir y latir con un corazón común. Iniciar por la poesía tiene una razón que puede entroncarse con la educación sentimental obrera y las lecturas primarias a las que tuvieron acceso en escuelas y bibliotecas, pero también puede considerarse como resultado de la familiaridad con un género cercano a la oralidad, que les permitía mezclar el tiempo libre dedicado a la pulsión poética con el tiempo destinado al trabajo. </p>
			<p>Sin embargo, la relación con la narrativa fue mucho más tardía. Si bien en el periódico <italic>Tierra</italic> se creó una sección titulada “El cuento proletario” y los directores de la publicación hicieron un llamado para que los obreros enviaran sus colaboraciones, no apareció una sola narración escrita por la pluma obrera a lo largo de su trayectoria. Por lo mismo, dicha sección terminó exponiendo cuentos de escritores consumados y reconocidos. </p>
			<p>El alfabeto había sido disputado y la idea del acceso se transformó en la consigna de la conquista. La literatura representaba el último terreno que ese triunfo debía alcanzar. Este fenómeno -que será tema de otra investigación- se evidencia de dos formas: por una parte, con la aparición de autores interesados en escribir para ser leídos por los obreros, como es el caso de Fernando Soto Aparicio; y, por otra parte, con la publicación de algunas novelas cuyos autores se identificaban como obreros, como es el caso del albañil Juan Alberto Triana, autor del <italic>Estiércol de las hienas,</italic> publicada en 1977 por la editorial comunista Colombia Nueva. Triana manifestó haber escrito más de 10 novelas, las cuales quedaron a la espera de algún lector o editor interesado que, por lo visto, nunca llegó. </p>
		</sec>
		<sec>
			<title>La cultura obrera: una muestra de dirigismo cultural</title>
			<p>Hemos visto cómo la escritura obrera es una muestra latente de la conquista del alfabeto y de la consolidación de una conciencia de clase; sin embargo, la industria fabril también consideró que el escenario impreso podía reafirmar su presencia en la vida y formación de esta comunidad. Como la ha señalado Mirtha Zaida Lobato, la prensa dirigida a los trabajadores, sobre todo en la primera mitad del siglo XX, tiene una relación íntima con la idea de saber como poder y con la necesidad de proteger la mente de los trabajadores, ya sea del peligro del comunismo o de “la opresión y el dominio burgués” (<xref ref-type="bibr" rid="B33">2009: 15</xref>), dependiendo del lugar desde el cual se produzcan estas publicaciones. De acuerdo con esta autora, el surgimiento de este <italic>corpus</italic> se enfocó en un público lector compuesto por trabajadores dedicados a los oficios fabriles, quienes necesitaban, con urgencia, escenarios para generar una conciencia obrera frente a la expansión capitalista que invadía a América Latina a inicios del siglo XX. Lobato, a su vez, deja claro que esta misión del impreso no fue únicamente una invitación a los obreros, sino que se convirtió en una estrategia asumida por las fábricas que los empleaban.</p>
			<p>En este sentido, las publicaciones impresas y el circuito que las sostenía son ejemplos del llamado <italic>dirigismo cultural</italic>. Según Rojas Claros (<xref ref-type="bibr" rid="B41">2013</xref>), éste puede definirse como una tendencia absolutista y restrictiva en el control de cualquier expresión política y cultural que se oponga o no se adecue a las líneas de la hegemonía, por lo que no sólo obedece a la restricción, sino también a la promoción de ideales a través de objetos culturales. Es así como uno de sus propósitos más claros es la eliminación de la oposición, de todo lo diferente, de todo lo otro. Una manera recurrente de este dirigismo es la de personificar al pueblo como un infante que debe ser moldeado por la voluntad de las clases dirigentes, convirtiendo a la masa obrera en sujetos que necesitan y merecen ser formados para ser parte de la sociedad, así sea en sus márgenes. Un ejemplo de ello puede observase en la editorial publicada el 18 de septiembre de 1954, “¿Cuándo el obrero culto?”, en <italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer</italic>:</p>
			<disp-quote>
				<p>Dijimos antes que la cultura obrera es infantil, y este es el término más adecuado para calificarla, cuando se le antepone esta palabra: tediosamente. Porque, aunque nos duela, el saber de la mayoría de los trabajadores manuales puede medirse y equipararse, con exceso, a la de un muchacho de segundo grado escolar, y hay quienes no pueden competir en un tablero y con demostraciones aritméticas con un niño que haya terminado un primer año escolar bien aprovechado (<xref ref-type="bibr" rid="B25"><italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer</italic>, 1954a: 4</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>Para comprender mejor esta publicación, es necesario ubicar a <italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer</italic> como un periódico representativo del naciente periodismo fabril. Fue editado por una de las fábricas textileras más grandes del país, Coltejer, instalada en 1903 en Antioquia, que aglutinó a la mayoría de obreros y obreras de esta industria en Colombia. <italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer</italic> no es una publicación obrera, sino una publicación para los obreros.<xref ref-type="fn" rid="fn9"><sup>9</sup></xref>
			</p>
			<p>Durante las décadas de 1940 y 1950, el periódico concentró su atención en lo que se denominaba <italic>cultura obrera</italic>; posteriormente, sus intereses se desplazaron hacia la vida deportiva y las alianzas comerciales de la fábrica. También reflejó el aparente interés del Estado por la educación de los obreros, que en realidad se centraba en el perfeccionamiento técnico de la mano de obra.<xref ref-type="fn" rid="fn10"><sup>10</sup></xref><italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer</italic> hizo eco de este afán gubernamental, poniendo atención en un problema que consideraba central: la masa obrera era vista como un grupo de infantes básicos y sin educación suficiente. </p>
			<p>Uno de los mecanismos más empleados por la publicación fue la promoción de la instrucción bajo regímenes devotos y moralizantes, sumados al miedo de una insurrección incontrolable. La mejor manera de transmitir un mensaje incuestionable fue la prensa, acompañada de la literatura y la lectura. El objetivo principal de esta noción de cultura obrera era reeducar bajo los lineamientos del Estado y prevenir cualquier práctica heterodoxa que pudiera conducir a la disidencia. Esta premisa se expresó con claridad en el artículo “El clamor por el libro”, publicado el 20 de octubre de 1954:</p>
			<disp-quote>
				<p>Hemos clamado siempre por el libro, porque él es el único agente capaz de penetrar luz, de romper la maraña inextricable y repetida de las cabezas llenas de nada, de una nada magnifica y soberana (…) Y por la razón misma de su modo de ser, nuestro obrero no asiste a conferencias culturales ni lleva su humanidad a los lugares donde la anarquía anímica puede ser disuelta. Pero, si logramos que nuestro obrero comience a leer, la lectura será el rodrigón magnífico, acertado, y, para el caso, único, que ha de llevarle a su propia superación (<xref ref-type="bibr" rid="B29"><italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer</italic>, 1954e: 4</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>Según la publicación, los obreros caminan con la cabeza llena de nada y con el peligro latente de caer en la anarquía. La lectura, orientada por letrados católicos y moralistas, es presentada como la cura más eficaz frente a la ignorancia que ponía en riesgo a la clase obrera y podía provocar su filiación hacia el pecado del comunismo y el sindicalismo. Otro punto importante del dirigismo cultural promovido por <italic>La Lanzadera</italic> fue la institucionalización de la lectura y el acceso a los libros. Por esta razón, en varias de sus publicaciones, la revista hacía énfasis en la fundación de bibliotecas obreras como espacios de formación. Por ejemplo, se afirmaba que ningún sujeto que tuviera algo de cultura podía revelarse contra aquel que se la otorgaba.<xref ref-type="fn" rid="fn11"><sup>11</sup></xref> De alguna forma, la creación de bibliotecas no sólo institucionalizó la lectura, sino que la convirtió en un baluarte digno de las familias prestantes, cuyos nombre eran publicados por el periódico al donar ejemplares para la educación de los obreros y, con ello, contribuir a la “seguridad y buen comportamiento de las clases populares a través de la cultura” (<xref ref-type="bibr" rid="B29"><italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer</italic>, 1954e: 4</xref>). </p>
			<p>Como lo evidencia Geneviève Bollème, la presencia de los grupos subalternos, por ejemplo, los trabajadores, está ligada de manera inmediata con lo que se denomina <italic>popular</italic>. Sin embargo, esta relación no es tan sencilla ni transparente; por lo mismo, propone, más que una definición de lo popular, un modo de pensarlo. En este sentido, Bollème plantea que la noción de cultura opera como mediadora entre lo hegemónico y lo subalterno, los obreros, y que su significación depende del lugar desde donde se piense. Como hemos visto, en las publicaciones producidas por los obreros, la idea de cultura obrera responde a una identidad de clase con una serie de posibilidades y exigencias. En cambio, en las publicaciones fabriles, como <italic>La Lanzadera</italic>, la noción de cultura obrera opera como un “sistema de apaciguamiento, silenciamiento y refinamiento siniestro” (<xref ref-type="bibr" rid="B2">Bollème, 1991: 58</xref>).</p>
			<p>De hecho, parte de ese refinamiento civilizatorio es el grupo de almas nobles, “amantes de las cosas del espíritu, Quijotes en el idealismo y hombres prácticos en las realizaciones” (<xref ref-type="bibr" rid="B26"><italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer</italic>, 1954b: 1</xref>), quienes donaron libros, predominando títulos de carácter religioso, como <italic>Escuchando al Papa</italic> de Pierre Sauvage (del que se donaron tres ejemplares), <italic>La iglesia y los obreros</italic> del Papa León XIII o <italic>La vida de San Francisco de Asís</italic> escrita por San Buenaventura. También se registraron obras previamente censuradas por la Iglesia, como <italic>Una mujer de 4 en conducta</italic> de Jaime Sanín Echeverri, y algunos volúmenes de poesía, como <italic>Variaciones</italic> de Guillermo de Greiff <italic>Variaciones,</italic> donado por el mismo autor. Además, abundaron textos sobre industria, economía, historia nacional y biografías de militares y obispos. </p>
			<p>Se hace evidente que el acervo seleccionado contempla dos escenarios concretos de lectura: por un lado, el moral-religioso; por otro, el educativo-empresarial. Un pequeño rubro quedó destinado al ocio (la literatura) y a la construcción de la identidad patriótica (la historia). En este marco, la lectura presentada como un acto de caridad y asistencia se convirtió, de manera inmediata, en una posibilidad de acceso controlado. </p>
			<p>La mayoría de las editoriales de <italic>La Lanzadera</italic> se dedicaron precisamente a estos llamados y directrices. Retomando a Rojas Claros (<xref ref-type="bibr" rid="B41">2013</xref>), el dirigismo cultural se consolida también mediante un proceso de reescritura de ciertas categorías que surgen de los grupos subalternos, traducidas y apropiadas por la élite. Un ejemplo es la editorial “Un panorama obrero”, publicada el 17 de julio de 1954, centrada en el espíritu obrero, que se propone como “un ideal educado por las oportunidades que la educación en las fábricas les ha dado como oportunidad única” (<xref ref-type="bibr" rid="B27"><italic>La Lanzadera,</italic> 1954c: 5</xref>).</p>
			<p>En este sentido, el espíritu obrero es descrito como una disposición modelada por y para los patrones, quienes, en medio de su interés caritativo, construyeron institutos y escuelas obreras. Esta misma expresión del espíritu obrero apareció seis años antes en el manifiesto del VII Congreso Obrero, celebrado en Bogotá en 1948, que fue motivo para que un movimiento fragmentado volviera a unirse por medio de la participación de la masa obrera en la militancia comunista.<xref ref-type="fn" rid="fn12"><sup>12</sup></xref>
			</p>
			<p>Este hecho alarmó a los dueños de las fábricas, quienes pronto iniciaron una avanzada contra la participación política de los obreros. La educación y la lectura acompañarían a las normas represivas contra esta militancia que se recrudeció durante el gobierno conservador de Laureano Gómez, <italic>El monstruo</italic>, a inicios de la década de 1950 y que marcó el inicio de una serie de gobiernos conservadores que aumentaron la persecución de las expresiones de izquierda. </p>
			<p>Es así como <italic>La Lanzadera,</italic> haciendo eco de los principios del dirigismo cultural, resignificó el espíritu obrero como un ideal educado, domesticado, un dispositivo de control que puso a la práctica lectora en el centro del huracán. En esta editorial, el espíritu obrero dialoga con lo propuesto en la encíclica <italic>Rerum novarum</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="B32">1891</xref>), escrita por el Papa León XIII, que dedicó sus ideas a la peligrosa situación de los obreros. Las palabras consignadas en <italic>La Lanzadera</italic> traen a colación las sentidas palabras del pontífice, quien señalaba los peligros del socialismo como un movimiento que cree que “atizando el odio de los indigentes contra los ricos, tratan de acabar con la propiedad privada de los bienes” (<xref ref-type="bibr" rid="B32">León XIII, 1891: 2</xref>). La cita de la encíclica no resulta gratuita luego de evidenciar la calamidad que se acercaba con la participación militante de los obreros en el PCC. </p>
			<p>Más adelante, la editorial sostenía que:</p>
			<disp-quote>
				<p>Solo por medio de una educación controlada, de lecturas constructivas, morales y a través de la presencia de bibliotecas que regulen el acceso de los obreros a la lectura evitando el acercamiento a materiales peligrosos y viciosos, nacerá un espíritu obrero libre de crimen y falsa rebeldía y dispuesto a trabajar por el progreso de la empresa (<xref ref-type="bibr" rid="B27"><italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer</italic>, 1954c: 5</xref>).</p>
			</disp-quote>
			<p>De este modo, la mirada de una educación que controla y una lectura que cierra y abre las puertas del conocimiento a la voluntad de los patrones convierte al llamado <italic>espíritu obrero</italic> -referido en la proclama del VII Congreso Obrero como un inicio de libertad, autonomía y rebeldía frente al gobierno-. El espíritu obrero se cifra como la posibilidad más cercana para exigir justicia y derechos, aunque contenido en un ideal contralado, cristiano y obediente. Una muestra de ello es que, entre los títulos donados por los benefactores a la biblioteca obrera de Sedeco, se encontraba la encíclica del Papa León XIII.<xref ref-type="fn" rid="fn13"><sup>13</sup></xref>
			</p>
			<p>El funcionamiento de la biblioteca era muy simple: las señoritas de la sociedad literaria Jorge Isaacs se turnaban para atender las demandas de los obreros que visitaban la casa cultural con cierta obligatoriedad. De acuerdo con “Un tema obrero”, publicado el 23 de agosto de 1953, el obrero no era dado a la lectura, sino al habla de grueso calibre, de vocabulario podrido; por lo que resultaba necesario que el obrero leyera para mejorar la calidad de su habla y regular las relaciones humanas. Es decir, no se trata de que el obrero dejara de lado la oralidad -forma única de comunicación, según la editorial-, sino de que dejara de lado las groserías que reñían con el “aseo aceptable de los obreros quienes, a diferencia de otras masas, no huelen tan mal” (<xref ref-type="bibr" rid="B30"><italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer,</italic> 1953: 3</xref>).</p>
			<p><italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer</italic> se preocupó por dar instrucciones a las señoritas que atendían la biblioteca y publicó uno de los textos más interesantes del <italic>corpus</italic>: “El cerebro obrero”, del ecuatoriano Belisario Peña, publicado el 2 de julio de 1963. Lo primero que expone Peña es que la anatomía cerebral de los obreros dependía de lo que era percibido por el ojo y de lo que el hombre ejecutaba con sus manos. En el caso de los obreros, esta condición resultaba ser mucho más directa y sin tanta medicación como en cerebros más ejercitados. Es por esto por lo que requería de instrucción y no podía culparse al obrero de sus ignorancias. </p>
			<p>La primera recomendación que el autor hace a las señoritas es que “la idea de lo que queramos que un obrero haga, se revele de manera muy clara en el centro de la visión” (<xref ref-type="bibr" rid="B38">Peña, 1963: 8</xref>), es decir, que el obrero vea directamente la imagen, las letras y las ilustraciones, para que entienda con claridad las órdenes, no las ideas. Guardemos las diferencias. Por esto, resulta importante que “al leerles los obreros puedan relacionar la letra y el sonido, pero si tenemos la fortuna de que el obrero pueda leer solo, debemos estar cerca para mostrarle con presteza cómo debe comprender lo que ve” (<xref ref-type="bibr" rid="B38">Peña, 1963: 8</xref>). El autor también se preocupa mucho porque el obrero, al acercarse solo al libro, pueda “perderse, confundirse e interpretar, si así le podemos llamar a su infantil comprensión, aquellas ideas que lo son extrañas” (<xref ref-type="bibr" rid="B38">Peña, 1963: 9</xref>). Por esta razón, considera importantes las lecturas dirigidas y en voz alta pues, al final, “el cerebro obrero es un órgano dado a la voz y no a las letras” (<xref ref-type="bibr" rid="B38">Peña, 1963: 9</xref>).</p>
			<p>La lectura que aconseja Peña no es una lectura letrada; más bien, una lectura destinada a la oralidad, entendida como una comunicación cotidiana, instrumental y primitiva. No tenemos registros de lecturas en voz alta en Coltejer, pero sí encontramos las invitaciones hechas por la sociedad literaria a círculos de lectura constructivos, como los denomina el periódico, en casi todos sus números a través de llamados y avisos públicos.<xref ref-type="fn" rid="fn14"><sup>14</sup></xref>
			</p>
			<p>En este sentido, la fundación de la biblioteca donde las señoritas practicaban la caridad formó parte de un sistema vinculado al paternalismo industrial. Si bien puede parecer lógico que las ciudades se prepararan para recibir a sus nuevos pobladores y que los patrones contribuyeran a una vida digna para sus trabajadores, el asunto tenía una raíz menos noble de lo que aparentaba. Como explica Ángela Vergara (<xref ref-type="bibr" rid="B47">2013</xref>), la intención era aislar y controlar a los trabajadores, administrar mejor su tiempo, mantenerlos cerca, cuidados, vigilados y controlados. En consecuencia, el acceso a la lectura o a la biblioteca respondía a la intención de aislar y delimitar un territorio con fronteras muy claras: la biblioteca representaba la casa higiénica contemplada por la ley desde 1922. </p>
			<p>De este modo, el cuidado de la lectura de los obreros, su higiene y moralidad obedece a un paternalismo rampante ejercido por la fábrica sobre sus trabajadores y representa una forma de contención frente a cualquier intento de emancipación, como la escritura. No en vano, la última recomendación que hace Peña resulta ser la más importante de acuerdo con su texto: el cerebro obrero no está hecho para la escritura: “El hombre, al escribir, no sólo fija sus ideales en el papel, sino lo que es más extraordinario, los rasgos de la escritura se dice que revelan condiciones del carácter” (<xref ref-type="bibr" rid="B38">1963: 10</xref>). Luego, desarrolla una extensa reflexión sobre la escritura que, palabras más, palabras menos, está destinada a “espíritus superiores, anatomías cerebrales que tardan años en consolidarse” (<xref ref-type="bibr" rid="B38">1963: 10</xref>). En consecuencia, la escritura no es una práctica para la que se encuentre preparado el llamado cerebro obrero, porque:</p>
			<disp-quote>
				<p>Solo podrán salir torpezas, letras inocentes sin ideas claras, no malgastemos el tiempo haciendo que los obreros escriban, por ahora que puedan comprender algo del mundo de los libros, con el tiempo la sociedad más civilizada, tendrá plumas obreras que expresen ideales coherentes (<xref ref-type="bibr" rid="B38">Peña, 1963: 10</xref>).<xref ref-type="fn" rid="fn15"><sup>15</sup></xref>
				</p>
			</disp-quote>
			<p>Entonces, las señoritas de la sociedad literaria no tuvieron que preocuparse por instruir a los obreros y sus familias en las artes de la escritura. <italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer</italic> tampoco abrió ningún espacio en sus años de publicación para textos escritos por los obreros: cartas, reclamos o crónicas. La literatura, por su parte, ocupaba poco espacio en las páginas de la revista y se limitaba a algunos poemas y uno que otro cuento corto. </p>
			<p>Es evidente que los obreros accedieron a la lectura -tranquilos espíritus caritativos-; tuvieron bibliotecas, institutos y escuelas; es decir, contaron con espacios considerables y apropiados para leer textos morales y recibir la voz de una lectura dirigida. No obstante, como todo cambia y serpentea de forma inesperada, los obreros escribieron y reemplazaron la idea de acceso por la idea de apropiación y conquista. </p>
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			<title>Fuentes consultadas</title>
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					<year>1992</year>
					<source>Cultura e identidad obrera, Colombia, 1910-1945</source>
					<publisher-name>Editorial CINEP</publisher-name>
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					<year>1991</year>
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					<year>1954</year>
					<article-title>¿Cuándo el obrero culto?</article-title>
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				<mixed-citation><italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer</italic> (1954b), “La Biblioteca de Sedeco”, 13 de septiembre, p. 1.</mixed-citation>
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					<article-title>La Biblioteca de Sedeco</article-title>
					<comment>13 de septiembre</comment>
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				<mixed-citation><italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer</italic> (1954c), “Un panorama obrero”, 17 de julio, p. 5.</mixed-citation>
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					<article-title>Un panorama obrero</article-title>
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				<mixed-citation><italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer</italic> (1954d), “Editorial”, 15 de junio, 7 de marzo, p. 3.</mixed-citation>
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				<mixed-citation><italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer</italic> (1954e), “El clamor por el libro”, 15 de junio, p. 3.</mixed-citation>
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				<mixed-citation><italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer</italic> (1953), “Un tema obrero”, 23 de agosto, p. 3.</mixed-citation>
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				<mixed-citation>Rojas Claros, Francisco (2013),<italic>Dirigismo cultural y disidencia editorial en España (1962-1973)</italic>, Universidad de Alicante.</mixed-citation>
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					<publisher-name>Trea</publisher-name>
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					<source>Lingüística y Literatura</source>
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				<element-citation publication-type="journal">
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					<article-title>Paternalismo industrial, empresa extranjera y campamentos mineros en América Latina: un esfuerzo de historia laboral y transnacional</article-title>
					<source>Avances del Cesor</source>
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				<element-citation publication-type="book">
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					<source>La formación de la individualidad: autobiografía e historia</source>
					<publisher-name>Megazul-Endymion</publisher-name>
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		</ref-list>
		<fn-group>
			<fn fn-type="other" id="fn1">
				<label>1</label>
				<p>Para Chartier (<xref ref-type="bibr" rid="B5">2007</xref>), las acciones de escritura tienen que ver con textos cuyos objetivos principales son <italic>hacer creer, hacer decir</italic> y <italic>hacer hacer.</italic> Son artefactos que definen, desde su propia armazón, la naturaleza activa de la escritura en la praxis cotidiana de los lectores.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn2">
				<label>2</label>
				<p>Seguimos la periodización que Vega (<xref ref-type="bibr" rid="B46">2018</xref>) propone de la prensa obrera: 1910-1919, emergencia de la prensa obrero-artesanal; 1919-1925, aparición de la prensa socialista; y 1926-1930, auge de la prensa socialista-revolucionaria. En este sentido, nos interesan los dos últimos momentos, en los cuales Vega ubica un espíritu gregario más cercano a la politización y a la consolidación de una clase trabajadora con conciencia política más cohesionada.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn3">
				<label>3</label>
				<p>Si bien este trabajo no se propone hacer una historia de la prensa obrera, resulta nodal evidenciar que la presencia del mundo impreso en las luchas de los trabajadores tiene su antecedente más visible en los primeros periódicos elaborados por los artesanos, quienes expresaron sus reclamos por una educación digna y su oposición al libre comercio. Por esta razón, se unieron al general José María Melo para conquistar el poder mediante un golpe de Estado que culminó en una dictadura. Algunos de los primeros títulos de esta prensa artesanal son <italic>La Tarde de los Agricultores y Artesanos</italic> (1846), <italic>El Amigo de los Artesanos</italic> (1949-1850) y <italic>El Demócrata: Periódico de la Sociedad de Artesanos</italic> (1850). El siglo XX colombiano inició con una guerra a cuestas —la de los Mil Días— pero, con el paso de los años, la bonanza cafetera y el auge de la economía fabril trajeron consigo una nueva clase de ciudadano que abandonó el campo o los oficios familiares por el trabajo en la fábrica. En este sentido, los periódicos adquirieron la misión de fortalecer la conciencia gremial y surgieron títulos como <italic>El Faro</italic> (1906), <italic>La Razón del Obrero</italic> (1910) o <italic>El Proteccionista</italic> (1910). Con la fundación del Partido Socialista de Trabajadores y la entrada del obrerismo a Colombia hacia la década de 1920, la conciencia gremial mutó a la conciencia de clase y la prensa radicalizó sus mensajes contra el sistema dominante. Fue entonces cuando aparecieron publicaciones como <italic>El Comunista</italic> (1910-1925), <italic>El Símbolo</italic> (1912-1925) o <italic>El Verbo Rojo</italic> (1925). Una característica común entre todas estas publicaciones fue la urgencia de apropiarse de la palabra impresa como un derecho y un arma principal en la defensa de los derechos laborales. Para ampliar esta historia puede consultarse <italic>El obrero ilustrado. Prensa obrera y popular en Colombia (1909-1929),</italic> de Ángela Núñez (<xref ref-type="bibr" rid="B37">2006</xref>), uno de los trabajos más robustos publicados en el país sobre este tipo de prensa.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn4">
				<label>4</label>
				<p><italic>La Lanzadera</italic> hace referencia en casi todos los números revisados a la denominada cultura obrera. La concepción de esta categoría, tal como aparece en la publicación, se relaciona con una suerte de domesticación de los trabajadores mediante lecturas orientadas a forjar su moral, así como con prácticas que intentaban evidenciar su inferioridad intelectual. Este enfoque se vincula con un paternalismo industrial que caracterizó las nuevas formas de la dinámica fabril tanto en el país como en el continente.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn5">
				<label>5</label>
				<p>Tal es el caso del número 19, publicado el 4 de agosto de 1934, en el que se mencionó <italic>El Remache</italic>, periódico elaborado en mimeógrafo por los trabajadores paileros de la ciudad de Barranquilla. Más adelante, en el número 25 (15 de septiembre de 1934), se hizo referencia a <italic>Frente Único</italic>, órgano sindical nacional de Bogotá.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn6">
				<label>6</label>
				<p>En las décadas de 1920 y 1930, la economía colombiana se basó en la producción de café. Zonas como Caldas, Antioquia y el norte del Valle fueron escenarios de migraciones campesinas que buscaban en este sector la posibilidad de la subsistencia. Gran parte de la fuerza laboral cafetera estaba conformada por mujeres que trabajaban en las trilladoras, cuya función principal era la elección y recolección de los granos de café. Dentro del grupo de trabajadoras había madres cabeza de familia, jóvenes e incluso trabajadoras sexuales. Estas mujeres eran sometidas a jornadas de más de 12 horas y recibían una remuneración miserable. El movimiento cobró fuerza con la presencia de la lideresa del Partido Socialista Revolucionario, María Cano, en las fincas cafeteras, y comenzó en Armenia y sus alrededores, extendiéndose rápidamente en toda la zona. Dicho movimiento contó con un liderazgo predominantemente femenino y se unió, de manera solidaria, con el levantamiento de otros sectores laborales, como los lustrabotas y los braceros.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn7">
				<label>7</label>
				<p>De acuerdo con Castillo Gómez (<xref ref-type="bibr" rid="B3">2002</xref>), el fenómeno de la escritura de masas presenta tres condiciones específicas: los procesos de alfabetización, la migración y la guerra. Este autor entiende la distribución del proceso escritural de masas como la aparición de materialidades, usos y publicaciones elaborados por poblaciones que, históricamente, no habían tenido acceso inmediato a la cultura escrita. En este sentido, la idea de que el acceso y la disponibilidad de la escritura dependen únicamente de las instituciones estatales, educativas o religiosas resulta ingenua. El fenómeno se consolida, realmente, cuando los grupos humanos adquieren una conciencia política sobre la importancia que tiene la reproducción y circulación de sus ideas. Desde esta perspectiva, dicho fenómeno puede explicarse como un proceso de concienciación y de usos que conviven en un mismo escrito: comunicarse, expresarse, denunciar, identificarse. En resumen, la escritura de masas surge cuando se produce una conciencia y apropiación colectiva.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn8">
				<label>8</label>
				<p>Existen trabajos muy valiosos que abordan la lectura de obras literarias por parte de los obreros en Colombia, como es el caso de “Mujeres y obreros: los nuevos lectores de las dos últimas décadas del siglo XIX colombiano”, escrito por Juliana Vasco Acosta (<xref ref-type="bibr" rid="B45">2017</xref>), o <italic>El obrero ilustrado. Prensa obrera y popular en Colombia (1909-1929),</italic> de Ángela Núñez (<xref ref-type="bibr" rid="B37">2006</xref>).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn9">
				<label>9</label>
				<p>Entre 1937 y 1943 se publicó un boletín llamado <italic>Ecos de Coltejer,</italic> del cual se editaron 357 números. Aparecía mensualmente y, a partir de 1944, se convirtió en una publicación quincenal bajo el título <italic>La Lanzadera. Órgano de Coltejer,</italic> en alusión a la pieza fija y afilada del telar<italic>.</italic> Su primera directora fue Gabriela Arboleda, conocida como <italic>la madre</italic>. En 1956 volvió a su publicación quincenal y pasó a formar parte de los proyectos del recién fundado Departamento de Relaciones Públicas de la fábrica. Posteriormente, estuvo bajo la dirección de Bertha Inés y, para 1950, Mario Escobar Velázquez asumió la dirección. Entre 1960 y 1975, la revista centró su contenido en la promoción de los deportes, particularmente la participación de la fábrica en la Vuelta a Colombia en bicicleta.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn10">
				<label>10</label>
				<p>Un antecedente importante de la legislación sobre educación obrera en Colombia es la ley 59 de 1896, relativa a la creación de las escuelas de artes y oficios, inspiradas en el modelo del doctor Juan Nepomuceno Rodríguez, conocido como el taller modelo. En 1903, se promulgó la Ley 39, cuyo artículo 38 establece la creación de escuelas nocturnas destinadas a los obreros, con el propósito de brindarles su alfabetización básica. En 1936, mediante el Decreto 506, se reglamentó la creación de las escuelas industriales, orientadas a capacitar a obreros alfabetizados en el manejo de maquinarias y en oficios técnicos. En 1940, se organizaron y regularon los patronatos escolares a través del Decreto 722, probablemente el documento más extenso relacionado con la educación de los obreros y sus familias. El objetivo principal de estos patronatos era garantizar una educación básica y secundaria, financiada en gran parte por los industriales. El documento introduce el concepto de educación popular, diferenciada de la educación académica en los contenidos orientados al trabajo, que se consolidó en la Ley 143 de 1948.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn11">
				<label>11</label>
				<p>En 1950 se fundó la cooperativa Secretaría de Desarrollo Económico (Sedeco), una organización conformada por trabajadores y directivos de Coltejer, cuya misión principal era garantizar el bienestar de los obreros y sus familias. En 1951, Sedeco inauguró la Casa de la Cultura y, con ella, la Biblioteca Obrera. En 1952, ésta ya contaba con más de 100 volúmenes, donados por familias prestantes y reconocidas del territorio antioqueño, incluidos intelectuales como los hermanos De Greiff. En varios de sus números, la revista <italic>La Lanzadera</italic> solía publicar los nombres de los benefactores junto con los títulos donados a la biblioteca.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn12">
				<label>12</label>
				<p>Como lo hemos mencionado, el primer congreso obrero en Colombia se llevó a cabo en 1919. Durante su realización se fundó el Partido Socialista de Trabajadores (PST). Luego de múltiples divisiones —la más significativa relacionada con las disputas con el Partido Comunista Colombiano (PCC), fundado en 1930—, al final, el PST terminó absorbido por el PCC. Muchos de sus militantes continuaron su actividad política dentro del PCC. Estos desacuerdos pueden encontrarse con cierta regularidad en los primeros números del periódico <italic>Tierra.</italic></p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn13">
				<label>13</label>
				<p>Retomando a Bollème (<xref ref-type="bibr" rid="B2">1991</xref>), esta idea colonizada de la existencia obrera se manifiesta en <italic>La Lanzadera</italic> a través de otro mecanismo: la misión de fundar barrios, bibliotecas, escuelas y centros culturales que <italic>popularizaran</italic> tanto el uso del libro como dispositivo de control y aceptación, como la imagen de la fábrica como un patrón preocupado por sus trabadores y por la creación de una relación liberal, paternalista y cuidadora, cifrada por un conocimiento regulado y vigilado.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn14">
				<label>14</label>
				<p>La fundación de bibliotecas y la publicación de impresos que orientaban al obrero se vinculan con varios fenómenos: el vertiginoso crecimiento demográfico en Medellín —desde 1918 a 1960, su población aumentó en más de 200%—, así como la migración atraída por la posibilidad del trabajo fabril, producto del desplazamiento a causa de la violencia y la pobreza en el campo colombiano. Esta población fue habitando las ciudades y motivó la formulación de nuevas políticas públicas. Por medio de la Ley 46 de 1918 se establecieron varias disposiciones; entre ellas, los municipios con más de 15,000 habitantes debían destinar un espacio y recursos a la fundación de los llamados barrios obreros. Esta ley, reformada en 1922, también estipulaba que las fábricas debían apoyar la construcción de estos barrios. Un ejemplo es el barrio Sedeco de Medellín, creado en 1943 por Coltejer para sus trabajadores. Este barrio fue el resultado de una serie de desplazamientos sufridos por los tejedores tradicionales que habitaban el norte de Itagüí, donde se construyó el barrio, cerca de una de las sedes principales de Coltejer. Antes de regular el acueducto, se fundaron la parroquia del Divino Salvador y la biblioteca Sedeco, ésta ubicada justo al lado de la iglesia. Es evidente que, en ese momento, resultaba más importante el control religioso y moral que el acceso a servicios básicos de supervivencia. No fue sino hasta 1952 cuando los pobladores de este barrio —trabajadores de Coltejer— contaron con servicios básicos.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn15">
				<label>15</label>
				<p>De acuerdo con Ángela Vergara (<xref ref-type="bibr" rid="B47">2013</xref>), el paternalismo industrial se instauró como una nueva práctica empresarial, propia de los aires de desarrollo capitalista en América Latina. Una de sus primeras condiciones fue el cambio de la figura del patrón-padre, que cuidaba y dirigía a la familia obrera mediante un equilibrio entre autoridad y benevolencia, por la de una organización empresarial que sistematizaba y convertía esas prácticas en beneficios sociales y colectivos. En esta medida, Coltejer encontró en la educación y en la promoción de una cultura obrera la posibilidad de extender beneficios que ya no dependían de un patrón con nombre propio, sino de una organización empresarial constituida. Siguiendo a Vergara, “estos cambios en las ideas y prácticas patronales fueron parte de una transformación más amplia de como se pensaba y diseñaba la producción industrial a lo largo del siglo XX” (<xref ref-type="bibr" rid="B47">2013: 118</xref>).</p>
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