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			<journal-id journal-id-type="publisher-id">korpus21</journal-id>
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				<journal-title>Korpus 21</journal-title>
				<abbrev-journal-title abbrev-type="publisher">Korpus 21</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="ppub">2683-2674</issn>
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				<publisher-name>El Colegio Mexiquense A.C.</publisher-name>
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			<article-id pub-id-type="doi">10.22136/korpus212023145</article-id>
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				<subj-group subj-group-type="heading">
					<subject>Artículos</subject>
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				<article-title>El lado malo de los chicos buenos. Notas críticas sobre anti-populismo y democracia</article-title>
				<trans-title-group xml:lang="en">
					<trans-title>The bad side of good guys. Critical notes on anti-populism and democracy</trans-title>
				</trans-title-group>
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				<contrib contrib-type="author">
					<contrib-id contrib-id-type="orcid">0009-0003-7138-5681</contrib-id>
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						<surname>Morales Oyarvide</surname>
						<given-names>César</given-names>
					</name>
					<xref ref-type="aff" rid="aff1"><sup>1</sup></xref>
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				<aff id="aff1">
					<label>1</label>
					<institution content-type="original">El Colegio de México, A.C. México morales.oyarvide@gmail.com</institution>
					<institution content-type="orgname">El Colegio de México, A.C.</institution>
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					<email>morales.oyarvide@gmail.com</email>
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			<author-notes>
				<fn fn-type="other" id="fn18">
					<p><bold>César Morales Oyarvide</bold></p>
						<p>Es maestro en políticas públicas por la Universidad de Chicago. Actualmente estudia el doctorado en ciencia política en el Centro de Estudios Internacionales de El Colegio de México, A.C. Su línea de investigación está en la intersección entre la teoría política, la política comparada y la comunicación política. Entre sus más recientes publicaciones destacan, como autor: “Democracia en disputa: una lectura <italic>maireana</italic> de la política en tiempos de AMLO”, <italic>Polis</italic>, 18 (2), Ciudad de México, Universidad Autónoma Metropolitana, pp. 69-96 (2022); como coautor: “Mexico’s Fourth Transformation after the pandemic: windows of opportunity for adaptative policies”, <italic>HAPSc Policy Brief Series</italic>, 1 (1), Atenas, Hellenic Association of Political Science, pp. 53-59 (2020). </p>
				</fn>
			</author-notes>
			<pub-date date-type="pub" publication-format="electronic">
				<day>04</day>
				<month>09</month>
				<year>2023</year>
			</pub-date>
			<pub-date date-type="collection" publication-format="electronic">
				<season>May-Aug</season>
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			</pub-date>
			<volume>3</volume>
			<issue>9</issue>
			<fpage>387</fpage>
			<lpage>403</lpage>
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					<license-p>Este es un artículo publicado en acceso abierto bajo una licencia Creative Commons</license-p>
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			<abstract>
				<title>Resumen</title>
				<p>El anti-populismo es un fenómeno poco estudiado, aunque es el estilo político más extendido actualmente, una forma de discurso y praxis política reactiva al populismo. El artículo caracteriza al fenómeno más allá de concepciones normativas y problematiza su relación con la democracia a través de un análisis crítico de las principales retóricas que lo caracterizan: el consenso, la racionalidad, la normalidad y la nostalgia. Finalmente, plantea que la división entre populismo y anti-populismo se ha convertido en un eje articulador de la competencia electoral en las democracias contemporáneas.</p>
			</abstract>
			<trans-abstract xml:lang="en">
				<title>Abstract</title>
				<p>Anti-populism is an understudied political phenomenon. However, it is perhaps the most widespread political style in the world. Building from a definition of anti-populism as a form of political discourse and praxis in reaction to populism, this paper seeks to offer a characterization of this phenomenon that breaks with normative conceptions and to problematize its relationship with democracy. This article is devoted to analyzing the main rhetorical tropes used in anti-populism: consensus, rationality, normality and nostalgia. The paper argues that the divide between populism and anti-populism has become an articula ting axis of political competition in contemporary democracies.</p>
			</trans-abstract>
			<kwd-group xml:lang="es">
				<title>Palabras clave:</title>
				<kwd>Populismo</kwd>
				<kwd>Anti-populismo</kwd>
				<kwd>Democracia</kwd>
				<kwd>Discurso</kwd>
			</kwd-group>
			<kwd-group xml:lang="en">
				<title>Keywords:</title>
				<kwd>Populism</kwd>
				<kwd>Anti-populism</kwd>
				<kwd>Democracy</kwd>
				<kwd>Discourse</kwd>
			</kwd-group>
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	<body>
		<sec sec-type="intro">
			<title>Introducción</title>
			<p><italic>Si la retórica populista, citada aisladamente, suena melodramática, es importante recordar que una retórica igualmente incendiaria prevaleció en el otro lado.</italic></p>
			<p>
				<xref ref-type="bibr" rid="B17">Richard Hofstadter (1969)</xref>
			</p>
			<p>&#x00A0;</p>
			<p><italic>En toda ciudad hay dos humores contrapuestos, el del pueblo y el de los grandes, y todas las leyes que preservan la libertad nacen de un desacuerdo entre ellos.</italic></p>
			<p>
				<xref ref-type="bibr" rid="B29">Nicolás Maquiavelo (1993)</xref>
			</p>
			<p>En un artículo de noviembre de 2021 en el diario <italic>Reforma</italic>, Jesús Silva-Herzog llamaba la atención sobre los dilemas de la oposición al gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO) en México. Para este analista, el principal problema de los opositores radicaba en el contagio que habían sufrido de los males populistas que combatían, la misma “lógica maniquea, su mismo impulso persecutorio, su brutal simplificación política” (<xref ref-type="bibr" rid="B53">Silva-Herzog, 2021</xref>). El texto era víctima de esa inercia <italic>amlocéntrica</italic> que impide a nuestra conversación pública salir de la órbita del presidente. Sin embargo, tenía la virtud de haber sido uno de los primeros intelectuales públicos mexicanos en señalar algunos de los problemas del anti-populismo contemporáneo, un estilo de hacer política que, pese a su extensión alrededor del mundo, ha sido poco estudiado <italic>vis à vis</italic> sus adversarios populistas. El objetivo de este trabajo es ofrecer una caracterización del fenómeno político al que hace referencia Silva-Herzog, el anti-populismo, y problematizar su relación con la democracia a través de un análisis crítico de los principales elementos que, dentro de su diversidad, comparten los discursos anti-populistas contemporáneos. </p>
			<p>Durante los últimos años, el populismo ha vuelto al candelero. Los políticos y gobiernos populistas ocupan una posición prominente tanto en la competencia electoral como en los medios y la discusión académica. Como señaló con precisión hace unos años <xref ref-type="bibr" rid="B42">Cas Mudde (2004)</xref>, uno de los mayores expertos en el fenómeno, el mundo vive desde hace tiempo un “<italic>Zeitgeist</italic> populista”.</p>
			<p>En el centro de este interés por el populismo está su relación con la democracia liberal, frente a la que suele vérsele al mismo tiempo como un correctivo y una amenaza (<xref ref-type="bibr" rid="B52">Rovira Kaltwasser, 2012</xref>). A diferencia del populismo, el ascenso del anti-populismo -su opuesto- ha despertado un interés mediático y académico más modesto, pese a que constituye el discurso y la manera de hacer política probablemente más extendida hoy en el mundo (<xref ref-type="bibr" rid="B34">Moffitt, 2020b</xref>). Aunque se trata de una posición compartida por políticos de todo el espectro ideológico -de Hillary Clinton y Joe Biden en Estados Unidos a Silvio Berlusconi y Emmanuel Macron en Italia y Francia, pasando por la oposición al gobierno de AMLO del Partido Revolucionario Institucional (PRI), el Partido Acción Nacional (PAN) y el Partido de la Revolución Democrática (PRD) en México- el anti-populismo ha recibido apenas atención. A la sombra de sus adversarios más controvertidos, que acaparan noticias y conversaciones con sus declaraciones o propuestas, pareciera que los planteamientos de los anti-populistas son de simple <italic>sentido común</italic> y, como tales, no necesitan ser interrogados ni criticados. Este trabajo busca contribuir a llenar este vacío, realizando una aportación al estudio del anti-populismo, de sus principales elementos retóricos y de las dinámicas de competencia política de las que forma parte en las democracias contemporáneas.</p>
			<p>La primera sección del texto está dedicada a la tarea de ofrecer una definición del populismo y el anti-populismo, a partir de un enfoque discursivo-performativo. Propongo definir como anti-populista a un estilo de hacer política compartido por un conjunto heterogéneo (en términos tanto ideológicos como de clase) de actores que se oponen radicalmente al populismo, lo encuadran en términos peyorativos como una amenaza a la democracia y buscan desacreditar como autoritarios o irresponsables tanto a los líderes populistas como a sus seguidores. En el centro de este estilo político están ideas que, a simple vista, parecen de sentido común: una forma de comportarse basada en lo apropiado, la respetabilidad, la técnica y el cuidado por los procedimientos. Como un movimiento reactivo, el propósito del anti-populismo es eminentemente restauracionista y, como tal, busca regresar a una forma de hacer política vinculada al <italic>establishment</italic> y al orden establecido antes de la irrupción populista.</p>
			<p>A partir de esta labor de conceptualización, la segunda sección del texto está dedicada al estudio de la retórica del anti-populismo. A pesar de que el anti-populismo se plantea como una defensa de las instituciones democráticas, lo que argumento es que varios de los elementos centrales de su discurso -tales como (1) la insistencia en una política basada en el consenso frente al conflicto y la división, (2) en la racionalidad frente a la irrupción de las emociones y los afectos en la vida pública, (3) en el énfasis en cierta idea de <italic>normalidad</italic> política y (4) ciertos usos de la nostalgia- llevan consigo una serie de sesgos elitistas y tienen una relación problemática con la democracia, a la que limitan a una versión liberal.</p>
			<p>La tercera sección del texto plantea que la división entre populismo y anti-populismo se ha convertido en un eje articulador de la competencia política contemporánea tanto o más importante que la división tradicional entre izquierda y derecha. Este proceso, visible en contextos tan diversos como Europa y América Latina, se ha profundizado de la mano de fenómenos concomitantes como el de la polarización afectiva y la construcción de identidades negativas (más allá de los partidos políticos) en torno a liderazgos carismáticos. Este apartado termina advirtiendo de los riesgos de que esta fractura adopte cada vez más tintes morales y normativos. Finalmente, se presentan unas conclusiones recapitulando las aportaciones del trabajo.</p>
			<p>El presente artículo es, hasta mi conocimiento, una de las pocas investigaciones publicadas en México dedicadas a analizar al anti-populismo contemporáneo como fenómeno, a diseccionar su retórica y a plantear que, junto con el populismo, articula una nueva fractura en la política. Para hacerlo, privilegiaré el uso de referencias al momento mexicano actual, aunque incluyo también ejemplos de actores y discursos populistas y anti-populistas de otros países, considerando la diversidad del fenómeno.</p>
		</sec>
		<sec>
			<title>Hacia una conceptualización del populismo y el anti-populismo</title>
			<p>Desde sus conferencias matutinas, el presidente López Obrador suele afirmar que “vivimos tiempos de definiciones”. Se esté o no de acuerdo con esta lectura del presente, la frase del político que mejor encarna el estilo populista en México sirve para introducir una tarea tan compleja como necesaria: la de definir al populismo y al anti-populismo.</p>
			<sec>
				<title><italic>El populismo</italic></title>
				<p>Hace casi dos décadas, <xref ref-type="bibr" rid="B48">Francisco Panizza (2005)</xref>
					señalaba que, al escribir sobre populismo, comenzar lamentando la falta de
					claridad sobre el concepto y poniendo en duda su utilidad analítica se había
					vuelto una especie de <italic>cliché</italic> dentro de la literatura. Las cosas
					no han cambiado mucho desde entonces.<xref ref-type="fn" rid="fn1"
						><sup>1</sup></xref> El populismo sigue siendo un concepto
						<italic>disputado</italic>, tanto en la academia como fuera de ella. Lo es,
					en primer lugar, porque se trata de un término con una larga historia, que se
					expande por tres siglos -desde los <italic>naródniki</italic> rusos del siglo
					XIX a Hugo Chávez y Donald Trump, pasando por Roosevelt, Lázaro Cárdenas o Juan
					Domingo Perón- y cuyas encarnaciones son muy diversas. En segundo lugar, porque
					se trata de una etiqueta que suele llevar atada una importante carga de valor,
					generalmente peyorativa. Más que los propios populistas, son sus críticos los
					que hacen un uso más frecuente del término (su invocación suele tener,
					paradójicamente, una connotación anti-populista). Con todo, pese a no haber un
					acuerdo entre el significado del populismo entre los especialistas, sí hay un
					consenso entre sus principales características y los enfoques que han buscado
					definirlo. </p>
				<p>El rasgo central de todas las definiciones de populismo es la división y el enfrentamiento que este fenómeno plantea entre <italic>el pueblo</italic> y la <italic>élite</italic>. Para el populismo, el espacio de lo político está atravesado por esta fractura, que suele adoptar rasgos morales (el pueblo es “bueno”, mientras que la élite es “corrupta”) y le da a las sociedades una composición antagónica.<xref ref-type="fn" rid="fn2"><sup>2</sup></xref>
				</p>
				<p>En lo que no existe acuerdo es en qué tipo de fenómeno es el populismo (<xref ref-type="bibr" rid="B33">Moffitt, 2020a: 11</xref>). Es decir, los especialistas no han logrado dejar claro si el populismo es una ideología, una estrategia, un discurso o una forma de hacer política. De este desacuerdo han surgido los principales enfoques para definirlo: el ideacional, el estratégico y el discursivo-performativo. Los defino brevemente a partir del trabajo de <xref ref-type="bibr" rid="B36">Benjamin Moffitt (2014: 383-390</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B33">2020a: 10-31</xref>):</p>
				<p>El enfoque ideacional, representado por los trabajos de Cas Mudde y Cristóbal Rovira, es probablemente la aproximación más utilizada hoy para definir al populismo desde la ciencia política. Este enfoque concibe al populismo como una ideología, es decir, como un conjunto de ideas y una visión del mundo. En su trabajo, <xref ref-type="bibr" rid="B41">Mudde y Rovira (2017: 6)</xref> definen al populismo como una ideología que considera a la sociedad como separada entre dos grupos homogéneos y antagónicos, “el pueblo puro” y “la élite corrupta” y que plantea que la política debe ser la expresión de la <italic>volonté general</italic> (en francés en el original). Un rasgo característico de esta aproximación es que ve al populismo como una ideología de “centro tenue” (<italic>thin centered</italic>), lo que la diferencia de otras visiones del mundo más comprehensivas (<italic>thick</italic>), tales como el socialismo, el fascismo o el liberalismo, con las que suele cohabitar.</p>
				<p>Si el enfoque ideacional define al populismo como algo que puede ser un atributo que un actor político (partido, gobernante o ciudadano) puede <italic>poseer</italic>, las otras dos aproximaciones lo entienden fundamentalmente como algo que se puede <italic>hacer</italic>.</p>
				<p>El segundo enfoque para definir al populismo es el estratégico, ejemplificado por el trabajo de Kurt Weyland, para quien el populismo es “una estrategia política a través de la que un líder personalista busca o ejerce el poder basado en el apoyo directo, sin intermediarios y no institucionalizado de un número amplio de seguidores mayormente no organizados” (<xref ref-type="bibr" rid="B60">Weyland, 2001: 14</xref>). Si bien este enfoque tiene la virtud de incorporar la variable del liderazgo a la definición del populismo y ha sido utilizada ampliamente en el estudio de los populistas latinoamericanos, omite a uno de los referentes clave del populismo: el pueblo.</p>
				<p>Por último, el tercer enfoque entiende al populismo más como un estilo de hacer política. Para esta aproximación, la clave para entender este fenómeno son sus rasgos performativos, discursivos y relacionales, desde el lenguaje que utilizan los populistas hasta su forma de tomar decisiones. Un referente fundamental para quienes estudian el populismo desde esta aproximación es el trabajo de Ernesto Laclau, quien tanto en su obra individual (2005) como en la que desarrolló con su compañera y co-autora Chantal Mouffe (1987) plantea que el populismo es una <italic>lógica</italic> por medio de la cual las identidades colectivas antagónicas de <italic>pueblo</italic> y la <italic>élite</italic> se construyen a través de “significantes vacíos”. El énfasis en la dimensión socio-cultural del populismo y en el papel que en el populismo tienen los procesos de representación y formación de identidades son algunas de las características de este enfoque que lo distinguen de los otros dos. Esta aproximación es la que siguen los principales autores que han contribuido al estudio del anti-populismo y es en la que se inspira este trabajo.</p>
			</sec>
			<sec>
				<title><italic>El anti-populismo</italic></title>
				<p>Ahora bien, ¿qué es el anti-populismo? Si entendemos al populismo eminentemente como un
					estilo de hacer política, se sigue que éste no puede ser comparado ni
					contrastado con ideologías como el liberalismo, el socialismo o el
					conservadurismo. Los <italic>otros</italic> del populismo están en otra parte.
					Como señala <xref ref-type="bibr" rid="B23">Andy Knott (2020: 20)</xref>, los
					opuestos al populismo son el “no-populismo” y el “anti-populismo”. Por
					“no-populismo” se entiende el estilo de hacer política que florece en tiempos de
					“calma hegemónica”, antes de una “erupción populista”; por su parte, se entiende
					como “anti-populismo” a la reacción directa contra dicha erupción.</p>
				<p>Concebir al anti-populismo, en primer lugar, como una <italic>reacción</italic> al populismo resulta especialmente útil porque contribuye a superar el principal obstáculo a la hora de definirlo: su pesada carga normativa. La mayoría de los estudios sobre populismo oponen este fenómeno a ideologías o valores como el liberalismo, la tolerancia, la diversidad y el pluralismo (<xref ref-type="bibr" rid="B35">Moffitt, 2018: 4</xref>). Lejos de ser neutral u objetiva, esta oposición implica ya un posicionamiento, pues identifica al populismo como un fenómeno eminentemente perjudicial para la política democrática. Desde esta perspectiva, el anti-populismo no es simplemente una reacción en un sentido mecánico, sino la solución a un problema, una respuesta a la que no es necesario interrogar: son “los chicos buenos”.<xref ref-type="fn" rid="fn3"><sup>3</sup></xref>
				</p>
				<p>Aunque los trabajos que buscan alejarse de esta interpretación normativa y analizan
					críticamente la reacción anti-populista como fenómeno están lejos de ser moneda
					corriente dentro de la ciencia política, en los últimos años se ha formado una
					literatura incipiente al respecto, tanto teórica como empírica. En ella destacan
					los trabajos de Yannis Stavrakakis y el grupo POPULISMUS en Grecia (2014, 2017,
					2018, 2019), <xref ref-type="bibr" rid="B46">Pierre Ostiguy (2009)</xref>,
					Brandon <xref ref-type="bibr" rid="B59">Van Dyck (2019)</xref> y el propio <xref
						ref-type="bibr" rid="B35">Benjamin Moffitt (2018)</xref>. Un precursor de
					este enfoque es el historiador Alan Knight, quien en un texto sobre el populismo
					latinoamericano, señala que “si el populismo es, en cierto modo, un fenómeno
					discernible y útil, es lógico buscar su contraparte elitista, el
					‘anti-populismo’, es decir, un discurso/ideología/estilo que deplora el carácter
					tosco, irresponsable y degenerado del pueblo” (<xref ref-type="bibr" rid="B22"
						>Knight, 1998: 239</xref>).</p>
				<p>Continuando la búsqueda de esta “contraparte elitista” del populismo planteada por Knight, propongo caracterizar al anti-populismo como un estilo de hacer política definido por las siguientes características: </p>
				<p>
					<list list-type="order">
						<list-item>
							<p>Se trata de una reacción antagónica al populismo. El anti-populismo no sólo critica sino que se opone radicalmente a los discursos, estilos y actores que designa como populistas de forma peyorativa, aunque los imite en la medida en que plantea una visión dicotómica y conflictiva de la política. Como explica <xref ref-type="bibr" rid="B55">Stavrakakis (2014: 509) </xref>, si en el caso del populismo <italic>el pueblo</italic> es un “significante vacío” con connotaciones positivas, en el discurso del <italic>anti-populismo</italic> el significante vacío es el populismo mismo, sólo que con una connotación negativa y operando como una <italic>sinécdoque</italic> que condensa “un mal omnipresente asociado con la irresponsabilidad, la demagogia, la inmoralidad, la corrupción, la destrucción y la irracionalidad”.<xref ref-type="fn" rid="fn4"><sup>4</sup></xref>
							</p>
						</list-item>
						<list-item>
							<p>Si bien el populismo adopta una lógica antagónica, busca el restablecimiento de un mundo pre-populista, caracterizado por la antítesis del conflicto: el consenso. De igual modo, pretende restaurar una forma de hacer política que hace énfasis en su dimensión administrativa y tecnocrática, el <italic>business as usual</italic> y la normalidad. Para <xref ref-type="bibr" rid="B11">Galanopoulos (2020)</xref>, el anti-populismo busca “la defensa del orden, la preservación del <italic>statu quo</italic>, <italic>y</italic> la normal e ininterrumpida reproducción del <italic>establishment</italic>”<italic>.</italic></p>
						</list-item>
						<list-item>
							<p>En términos socioculturales y sociopolíticos, el anti-populismo se caracterizado por lo que <xref ref-type="bibr" rid="B46">Ostiguy (2009)</xref> define como una forma “elevada” de hacer política,<xref ref-type="fn" rid="fn5"><sup>5</sup></xref> que enfatiza los “buenos modales”, la pulcritud, el cosmopolitismo, así como el institucionalismo, el respeto a los procedimientos y el legalismo. Frente a los <italic>outsiders</italic> populistas, el anti-populismo destaca la forma “apropiada” de actuar en el mundo político del <italic>insider</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="B36">Moffitt y Tormey, 2014</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B35">Moffit, 2018</xref>).</p>
						</list-item>
						<list-item>
							<p>El anti-populismo tiene un carácter heterogéneo. Como plantea <xref ref-type="bibr" rid="B59">Van Dyck (2019: 362) </xref>, dado que los “populistas exitosos desacreditan un amplio espectro de las elites y organizaciones, los anti-populistas son heterogéneos en términos tanto ideológicos como de clase”. Esta heterogeneidad implica que el anti-populismo es, por definición, transideológico (<xref ref-type="bibr" rid="B10">Enríquez Arévalo, 2021: 6</xref>), capaz de incluir sectores de izquierda y derecha, a las élites y a sectores medios asociadas a ellas en coaliciones temporales y más o menos formales.</p>
						</list-item>
						<list-item>
							<p>Finalmente, el anti-populismo se presenta como una defensa de una visión particular de la democracia frente a lo que se considera una amenaza autoritaria. En la concepción anti-populista de la democracia, lo que predomina es su componente liberal y elementos como el Estado de Derecho, la protección de las minorías y el sistema de frenos y contrapesos de este régimen (<xref ref-type="bibr" rid="B35">Moffitt, 2018: 9-10</xref>).</p>
						</list-item>
					</list>
				</p>
			</sec>
		</sec>
		<sec>
			<title>Retóricas del anti-populismo: consenso, racionalidad, normalidad y nostalgia</title>
			<p>En <italic>Retóricas de la instransigencia</italic>, <xref ref-type="bibr" rid="B15">Albert O. Hirschman (1991)</xref> destacaba algunos de los principales argumentos que se habían esgrimido frente a lo que el célebre economista veía como los “movimientos progresistas” a lo largo de la historia. Mi propósito es hacer lo propio con la reacción anti-populista. Como un estilo de hacer política, el anti-populismo posee una serie de discursos, muchos de ellos con un carácter problemático en su relación con la democracia. En esta sección analizo cuatro de ellos: las apelaciones al consenso, a la racionalidad, y a la normalidad, así como los usos anti-populistas de la nostalgia.</p>
			<sec>
				<title><italic>La retórica del consenso</italic></title>
				<p>El primer elemento central dentro de la retórica anti-populista es el énfasis que se le da al consenso, contrapuesto a la lógica antagónica que caracteriza a sus rivales, acusados de hacer de la polarización su estrategia central. Los anti-populistas imaginan una política protagonizada por partidos de centro y moderados, basada en discusiones civilizadas que se dirimen con argumentos técnicos, respaldados por opiniones expertas. Más que el conflicto, los símbolos de la democracia anti-populista son los acuerdos y los compromisos.</p>
				<p>Como apunta <xref ref-type="bibr" rid="B34">Benjamin Moffitt (2020b)</xref>, esta visión <italic>consensual</italic> de la política genera diversos interrogantes: ¿qué se entiende por consenso? ¿Quiénes son los que lo conforman? ¿A quiénes benefician los acuerdos así construidos? Históricamente, el problema de la mayoría de los consensos políticos es que no han incluido a todos y todas. Tampoco han trabajado para las mayorías, sino para la clase política y un conjunto de intereses privados. Se ha tratado, paradójicamente, de consensos basados en la exclusión.<xref ref-type="fn" rid="fn6"><sup>6</sup></xref> No resulta extraño que una de las propuestas más exitosas del populismo sea la inclusión (simbólica y/o material) en la comunidad política de las poblaciones excluidas de estos arreglos históricos.</p>
				<p>Algo similar puede argumentarse en torno a la idea de moderación. Como ha explicado <xref
						ref-type="bibr" rid="B51">Kenneth Roberts (2021: 2)</xref>, el populismo no
					suele aparecer en sistemas políticos con alta polarización programática
					-entendida como la distancia ideológica entre los principales partidos
						políticos-<xref ref-type="fn" rid="fn7"><sup>7</sup></xref> sino al
					contrario: salvo excepciones, los populismos contemporáneos han surgido en
					contextos donde el grueso de los partidos juegan en la parte media de la cancha.
					Más que resultado de un giro hacia el centro de todos los partidos, esta
					moderación ideológica fue un producto de la claudicación de la izquierda frente
					a los postulados económicos de la derecha durante las últimas décadas del siglo
					XX y narrativas como la del “fin de la historia” luego del colapso de la Unión
					Soviética. El ejemplo más claro de este fenómeno es lo que ocurrió con la
						<italic>Third Way</italic> de Anthony Giddens y Tony Blair: un programa que
					ofrecía superar la división entre izquierda y derecha, pero que acabó como
					heredero y continuador del <italic>thatcherismo</italic>. Hoy Blair es uno de
					los promotores más vocales del antipopulismo.</p>
				<p>El consenso al que apela la retórica anti-populista es lo que autores como <xref ref-type="bibr" rid="B40">Mouffe (2007: 9-14) </xref> han llamado el mundo de la “post-política”: una visión según la cual, gracias a la globalización y la universalización de la democracia liberal (y la economía de mercado), es posible vivir en un mundo “sin enemigos”, en donde los conflictos partisanos pertenecen al pasado y el acuerdo puede obtenerse a través del diálogo y la deliberación. Esta visión “post-política”, advierte Mouffe, se convirtió en el “sentido común” de las sociedades occidentales. </p>
				<p>El problema de esta creencia en un consenso racional universal es que simplemente oculta la naturaleza esencialmente adversarial y agonística de la política y lo político. Mouffe se pregunta: ¿qué sentido tienen palabras como diálogo en el campo político si no hay opciones reales disponibles y los participantes de la discusión no pueden decidir entre alternativas claramente diferenciadas? Se trata de un cuestionamiento que apunta directamente al centro del discurso anti-populista.</p>
				<p>La retórica del consenso y la convergencia programática transpartidista (<xref ref-type="bibr" rid="B51">Roberts, 2021: 5-6</xref>) de finales del siglo XX en torno a una agenda -la del neoliberalismo- contribuyeron al desarrollo de lo que la ciencia política bautizó como el “partido cartel” (<xref ref-type="bibr" rid="B20">Katz y Mair, 2004</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B19">2018</xref>). Como es sabido, la tesis de la cartelización es que los partidos políticos, otrora vasos comunicantes entre la sociedad y el Estado, habían abandonado la primera para irse en brazos del segundo. De forma análoga a lo que ha ocurrido en los mercados, durante las últimas décadas del siglo pasado un número de democracias se convirtió en oligopolios <italic>de facto</italic>, en el que un puñado de jugadores se ponía de acuerdo entre sí para dar la impresión de que competían mientras que, de hecho, cerraban la posibilidad para que <italic>outsiders</italic> y posibles adversarios reales entraran a la arena política. Al mismo tiempo, actuaban como grupo a la hora de buscar incrementos en los recursos públicos destinados a su financiamiento.</p>
				<p>Esta tendencia habría conducido a una situación “en la que cada partido se iba distanciando de los votantes a los que supuestamente buscaba representar mientras que se vinculaba de forma más cercana con los rivales contra los que en teoría debía competir” (<xref ref-type="bibr" rid="B27">Mair, 2013: 83</xref>). La argamasa de estos carteles fue el consenso “post-político”: la cercanía de sus ofertas programáticas, cada vez más parecidas entre sí. </p>
				<p>Generalmente, este tipo de acuerdos permanecía en la informalidad, denunciados a través de neologismos como el “PRIAN” (México), “PPSOE” (España) o “UMPS” (Francia), haciendo referencia a la unión <italic>de facto</italic> de las agendas de los principales partidos del régimen.<xref ref-type="fn" rid="fn8"><sup>8</sup></xref> En nuestro país, el resultado de este proceso tuvo nombre oficial: “Pacto por México”, un acuerdo político que incluía a la presidencia y las dirigencias del PRI, PAN y PRD firmado en 2012, en el marco del regreso del PRI al gobierno de la mano de Enrique Peña Nieto. El Pacto fue recibido como un éxito democrático histórico. El propio presidente <xref ref-type="bibr" rid="B50">Peña (2014)</xref> lo promovió como “una manera para dar solución a los grandes problemas nacionales, superando así una época marcada por la polarización y la parálisis”. En realidad, el acuerdo fue la prueba más transparente de la existencia de un conjunto de partidos cuya convergencia ideológica los volvía prácticamente indistinguibles. Si usualmente se piensa en los oligopolios como acuerdos implícitos que se mantienen en las sombras, el Pacto por México y las 11 reformas que generó mostraron hasta qué punto el sistema de partidos de la transición a la democracia mexicana funcionaba, en la práctica, como un cartel cuyo programa era presentado como producto de un consenso del que estaban excluidas las mayorías.</p>
			</sec>
			<sec>
				<title><italic>La retórica de la racionalidad</italic></title>
				<p>Además del consenso, la defensa de la racionalidad en la política es un elemento central de la retórica anti-populista, que busca distinguirse así de sus adversarios, a quienes ve como demagogos manipuladores, siempre dispuestos a sacar provecho del enojo o el miedo de las mayorías, o bien como víctimas que, presas de sus pasiones, son incapaces de distinguir lo que realmente les conviene a través de la reflexión. Detrás de esta retórica tan común hay una idea simple pero peligrosa: para el anti-populismo las emociones no tienen cabida en la vida pública. Este planteamiento no sólo es falso, sino que ha servido como una herramienta anti-democrática. </p>
				<p>Desde los discursos anti-populistas la distinción entre unos ciudadanos <italic>buenos</italic> y <italic>responsables</italic>, que votan siguiendo una opinión informada, y una muchedumbre <italic>ignorante</italic>, <italic>irracional</italic> y <italic>manipulada</italic> que vota siguiendo lo que dictan sus entrañas es una constante. Al hacer esta diferencia basada en prejuicios y estereotipos, el anti-populismo reproduce un mecanismo mediante el cual se ha etiquetado históricamente a poblaciones enteras como <italic>no aptas</italic> para participar en el juego democrático por ser poco <italic>racionales</italic> y se ha deslegitimado la soberanía popular.</p>
				<p>Como explica <xref ref-type="bibr" rid="B7">Emmy Eklundh (2020a</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B8">2020b)</xref>, esta estrategia ha sido padecida por las mujeres a lo largo de casi toda la historia humana. A lo largo de varios siglos, recuerda Eklundh, los defensores de la política <italic>racional</italic> se han referido a ellas como “locas, histéricas y víctimas de sus hormonas”. Durante un largo tiempo esta misma estrategia fue aplicada también contra quienes nacieron fuera de Europa. Hoy suele utilizarse para hacer a un lado a los jóvenes. Todos estos colectivos han sido juzgados como demasiado <italic>emocionales</italic> para entrar al mundo de la política: sus opiniones han sido vistas como menos valiosas que las de los <italic>verdaderos</italic> ciudadanos y, en ocasiones, como abiertas amenazas para el orden y la democracia.</p>
				<p>Algo similar pasa hoy con los políticos y votantes populistas<italic>.</italic> En México, quienes votaron por AMLO han sido llamados públicamente “súbditos de un orate”, “feligresía irracional”, “legión de idiotas”, “pejezombies”, “zoológico” y “masa ignorante” (<xref ref-type="bibr" rid="B13">Gómez Bruera, 2021a</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B14">2021b: 244</xref>). Su <italic>enojo</italic> y <italic>resentimiento</italic> son presentados por sus críticos como un “peligro para México”. Al igual que ha ocurrido en otros momentos de la historia, la etiqueta de irracional se ha convertido en una forma de vulnerar de forma más o menos explícita la participación popular y la igualdad política, principios fundamentales de un régimen democrático, separando a las opiniones legítimas de las que se juzgan como riesgosas.</p>
				<p>Lo cuestionable de esta retórica no sólo es que la apelación a la <italic>racionalidad</italic> sea utilizada como una herramienta de exclusión, sino que su mismo concepto es problemático. Filósofos como <xref ref-type="bibr" rid="B32">Charles Mills (2017)</xref> han sostenido que la idea misma de <italic>racionalidad</italic> está fundamentada en prejuicios raciales y de clase, y resulta inseparable de un contexto específico. Ni siquiera Kant pudo escapar de estos sesgos, como muestran sus opiniones sobre los negros y los indígenas americanos: “esclavos naturales” para el filósofo de Königsberg.<xref ref-type="fn" rid="fn9"><sup>9</sup></xref> Al igual que la idea de separar mente y cuerpo, hoy pretender hacer una distinción tajante entre razón y emoción en política es confundir planteamientos ideológicos con argumentación científica. La democracia requiere de ambas. Obviar este hecho sólo puede entenderse como una forma de intentar excluir ciertas posturas del juego democrático, como ocurre en el discurso anti-populista.<xref ref-type="fn" rid="fn10"><sup>10</sup></xref>
				</p>
				<p>Íntimamente vinculada a la retórica de la racionalidad está la apelación anti-populista a la tecnocracia, una forma de representación que subraya la prominencia del <italic>expertise</italic> en la identificación e implementación de soluciones (consideradas) objetivas a los problemas sociales (<xref ref-type="bibr" rid="B2">Caramani, 2017: 54</xref>). En el discurso anti-populista, sólo los especialistas técnicos pueden tomar buenas decisiones de política pública, mientras que el pueblo es un actor poco inspirador de confianza (por falta de tiempo, habilidad o información) como para dejar en sus manos cuestiones sustantivas. Desde esta perspectiva, la complejidad de los desafíos de las sociedades no llama a una mayor participación sino a una delegación en expertos no sujetos a la “tiranía de la aprobación popular”.</p>
				<p> ¿Hasta qué punto este discurso tecnocrático es realmente <italic>apolítico</italic>? Como explican <xref ref-type="bibr" rid="B19">Katz y Mair (2018)</xref>, gobernar siempre implica cuestiones tanto de <italic>preferencias</italic> como de <italic>técnica</italic>. La manipulación de la distinción entre una y otras puede ser una útil herramienta política, que puede servir como una estrategia para incrementar la influencia de los propios burócratas y expertos. Al encuadrar una decisión como una cuestión de técnica, señalan, “el tema es sacado de la arena política y al experto se le otorga la posición de privilegio en la que puede decidir, mientras que las preferencias expresadas por la ciudadanía son definidas como ingenuas o mal informadas” (<xref ref-type="bibr" rid="B19">Katz y Mair, 2018: 162</xref>). En este sentido, la retórica tecnocrática no sólo tiene un trasfondo menos técnico y más político que lo que se pretende, sino que avanza una visión de la democracia en donde el <italic>demos</italic> tiene un espacio de poder e influencia muy acotado. </p>
				<p>Finalmente, el discurso de la racionalidad se ha visto reforzado por la aparición del fenómeno de las <italic>fake news</italic> y la postverdad. Desde la retórica anti-populista, la postverdad y el populismo están íntimamente vinculados y representan patologías políticas que se refuerzan mutuamente. Frente a ellas, las fuerzas anti-populistas -en la política, en la academia y en los medios de comunicación- tendrían de su lado a los <italic>hechos</italic>, la racionalidad y el conocimiento experto. Examinando este tipo de recursos retóricos en el caso de Grecia, <xref ref-type="bibr" rid="B12">Galanopoulos y Stravakakis (2019)</xref> encuentran una estrategia que busca, en última instancia, convertir lo que originalmente era una confrontación entre distintas alternativas políticas en un debate epistemológico supuestamente neutral entre la <italic>verdad</italic> y la <italic>mentira</italic>. En este debate, el anti-populismo adopta una posición de <italic>superioridad epistémica</italic>, que se sostiene en la posesión de una <italic>racionalidad suprema</italic> y una verdad presentada como única, neutral y apolítica.</p>
			</sec>
			<sec>
				<title><italic>La retórica de la normalidad</italic></title>
				<p>Un dilema adicional del anti-populismo es que, como escribe <xref ref-type="bibr" rid="B34">Moffitt (2020b)</xref>, su discurso fomenta una atmósfera en la que cualquier político que se desvía de la <italic>norma</italic> se gana el mote de populista. El riesgo de esta deriva es que acaba por deslegitimar todos los cuestionamientos al orden político, sin tomar en cuenta su pertinencia o valor. La retórica de la normalidad produce así una política sin alternativas. Un escenario en el que “todos los políticos son iguales” y es imposible el cambio o la innovación. </p>
				<p>En el centro de este discurso está la falta de una definición clara sobre populismo, una categoría polisémica que es utilizada como una etiqueta útil para desestimar cualquier crítica al <italic>establishment</italic> y, como se mencionó en la primera sección de este texto, que tiene una fuerte carga normativa. El discurso anti-populista es deliberadamente omiso a las diferencias entre sus rivales. Si bien existe una amplia literatura empírica sobre las diferencias temporales<xref ref-type="fn" rid="fn11"><sup>11</sup></xref>, regionales e ideológicas<xref ref-type="fn" rid="fn12"><sup>12</sup></xref> de las distintas encarnaciones del populismo en el siglo XX y XXI, para la retórica anti-populista son en esencia lo mismo. En esa confusión, movimientos de izquierda como <italic>La France Insoumise</italic> y de derecha como el <italic>Tea Party</italic> son puestos en el mismo saco, partidos vinculados a ideologías tan distintas como el socialismo del PSUV venezolano o el nativismo xenófobo de la <italic>Lega</italic> italiana son equiparados y políticos con una definición de <italic>pueblo</italic> tan radicalmente distinta en términos de su amplitud como la de Evo Morales y Viktor Orbán se presentan como indistinguibles.</p>
				<p>El caso de López Obrador en México es un buen ejemplo de las confusiones que genera un discurso en el que ser populista pasa a designar a algo que simplemente se sale de la <italic>normalidad</italic>. En 2006, la campaña negativa contra el entonces candidato a la presidencia se centró en equipararlo tanto a los últimos gobiernos del PRI (especialmente a José López Portillo, convertido en sinónimo del manejo irresponsable de las finanzas públicas) como al de Hugo Chávez. El <italic>peligro</italic> para México era entonces la llegada de un supuesto socialismo. Apenas una década después, en su tercera campaña por la presidencia, la comparación que se hizo de AMLO no fue ya con una izquierda más o menos revolucionaria, sino con el estadounidense Donald Trump, cuyo gobierno estuvo marcado por la xenofobia, el racismo y la misoginia, y por una política plutocrática. Más que una utilidad analítica, este tipo de comparaciones basadas en la <italic>anormalidad</italic> de la afinidad populista cumplen una función eminentemente despectiva. El riesgo es que, al hacerse comunes, hacen ver a toda crítica al <italic>statu quo</italic> como destructiva y peligrosa. De esta manera, la retórica anti-populista no sólo presenta como iguales a partidos y movimientos que no comparten salvo un estilo de hacer política, sino que descarta agravios y demandas legítimas que no se han visto representadas de otra manera. En el caso extremo, este discurso despoja a los populistas de su humanidad, al recurrir a metáforas de lo <italic>monstruoso</italic> o lo <italic>animal</italic> para subrayar lo <italic>anormal</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="B56">Stavrakakis y Galanopoulos, 2019</xref>). Las frecuentes alusiones a AMLO por parte de <italic>influencers</italic> opositores como la “bestia de Macuspana” son un ejemplo de lo anterior. </p>
				<p>Este discurso sobre la normalidad es un rasgo vigente en el anti-populismo actual. En Grecia,
					el triunfo del partido de centro-derecha Nueva Democracia en 2019 luego del
					gobierno de la coalición SYRIZA (Coalición de Izquierda Radical) fue saludado
					como un paso de “vuelta a la normalidad” (<xref ref-type="bibr" rid="B11"
						>Galanopoulos, 2020</xref>). De igual modo, el “regreso a la normalidad” fue
					uno de los ejes de la campaña de Joe Biden para la presidencia de los Estados
					Unidos de 2020: una normalidad que implicaba la superación de la pandemia del
					coronavirus, pero también el dejar atrás el populismo de “los años de Trump”
						(<xref ref-type="bibr" rid="B21">Klassen, 2021</xref>). Más recientemente en
					México, desde las páginas de <italic>El Financiero</italic> el economista <xref
						ref-type="bibr" rid="B37">Manuel Molano (2023)</xref> interpretaba las
					protestas contra el intento de reforma política del gobierno de AMLO como la
					reacción de una ciudadanía que “quiere un país normal”. </p>
				<p>La apelación a la normalidad tiene también un marcado componente socio-cultural que atraviesa
					todo el discurso anti-populista. Se trata de lo que el politólogo <xref
						ref-type="bibr" rid="B46">Pierre Ostiguy (2009)</xref> captura en sus
					conceptos de <italic>alta</italic> y <italic>baja</italic> política. Para
					Ostiguy, la competencia política está estructurada en dos espacios: en primer
					lugar, en el conocido eje izquierda-derecha, que tiene que ver con cuestiones
					económicas y distributivas. En segundo lugar, en un eje que se superpone a este
					último, que va de lo <italic>alto</italic> a lo <italic>bajo</italic> y que
					tiene que ver con una cuestión de estilo: desde el acento hasta el lenguaje
					corporal, pasando por el registro verbal, la manera de vestir o las preferencias
					gastronómicas. </p>
				<p>De acuerdo con Ostiguy, los políticos en el polo <italic>alto</italic> son <italic>bien portados</italic>, formales e institucionales. Los políticos del polo <italic>bajo</italic>, en cambio, son más <italic>campechanos</italic> y desinhibidos, pero también más toscos o <italic>vulgares</italic>. En el planteamiento de Ostiguy, el populismo es, en buena medida, una politización del plano <italic>bajo</italic> de este eje y el anti-populismo una reacción desde lo <italic>alto</italic>. Piénsese, por ejemplo, en el lenguaje de Donald Trump<italic>,</italic> en la afición del líder del <italic>United Kingdom Independence Party</italic> Nigel Farage por las <italic>pintas</italic> de cerveza o la dificultad del exministro del italiano <italic>Movimento 5 Stelle</italic>, Luigi di Maio, para utilizar correctamente el subjuntivo, y compárese con una Hillary Cinton, un Tony Blair o un Mario Draghi en términos de estilo.</p>
				<p>En México, es habitual que las críticas hacia AMLO se articulen en estos términos socioculturales: su acento tabasqueño, el (mal) corte de sus trajes o su gusto por los tamales de chipilín son algunos ejemplos. En este sentido, la <italic>normalidad</italic> a la que apela el anti-populismo equivale a una política de lo <italic>alto</italic>: cosmopolita, educada, institucional y pulcra, que mantiene distancia con lo popular. Cualquier alternativa que se salga de esa norma será criticada por quienes no quieren a gente como esa en el gobierno. Se trata de una visión elitista, no en términos de clase o ideología,<xref ref-type="fn" rid="fn13"><sup>13</sup></xref> pero sí culturales, que rechaza un estilo <italic>plebeyo</italic> en aras de un posicionamiento <italic>patricio</italic> más o menos abierto.</p>
				<p>La utilidad de la idea de este segundo eje ortogonal al de izquierda y derecha es que permite formar combinaciones y explicar con relativa sencillez la existencia de populismos de izquierda y derecha. Incluso, explica un caso tan <italic>sui generis</italic> como el del peronismo en Argentina, un movimiento populista que se ha movido de la izquierda a la derecha constantemente durante los últimos cincuenta años. </p>
				<p>A su vez, la propuesta de Ostiguy permite plantear la existencia de distintos tipos de anti-populismo. Como señala el propio autor (2009: 25), si bien el anti-populismo latinoamericano suele provenir de la derecha en lo <italic>alto</italic>, en el anti-populismo de Europa prevalece, dado el carácter mayoritariamente nativista y autoritario de los populistas en esa región, la <italic>izquierda elevada</italic>.</p>
			</sec>
			<sec>
				<title><italic>Los usos de la nostalgia</italic></title>
				<p>Una última nota respecto a la retórica anti-populista tiene que ver con los usos que hace de la nostalgia. La idea de que los populistas son políticos con ideas de otros tiempos está bien establecida en nuestro imaginario. La referencia a una Edad de Oro que brinde seguridad, legitimidad e identidad ante los retos de un presente en crisis es un recurso habitual de la retórica populista (<xref ref-type="bibr" rid="B9">Elçi, 2021: 700</xref>), especialmente de la que va unida a una ideología de derecha y nativista, desde el <italic>Make America great again</italic> trumpista a los <italic>slogans</italic> sobre <italic>resurrección</italic> del partido Justicia y Desarrollo (AKP) de Recep Tayyip Erdogan en Turquía. Lo interesante es que, a su manera, la política anti-populista comparte esta visión melancólica del mundo. </p>
				<p>Como argumenta <xref ref-type="bibr" rid="B5">Jonathan Dean (2022)</xref>, en el centro del anti-populismo está un recuento particular de la historia política reciente, acompañado de un componente afectivo: “un profundo sentido de anhelo melancólico por los tiempos pre-populistas”. En el caso del Reino Unido, objeto de estudio de este autor, la melancolía anti-populista es particularmente acusada entre los comentadores políticos y se manifiesta en un compromiso normativo (y una nostalgia) por la política del <italic>Third way</italic> de Blair o el triunfalismo de los discursos del “fin de la historia”.</p>
				<p>Este sentimiento de nostalgia y melancolía anti-populista por un pasado reciente más <italic>moderado y razonable</italic> es una característica extendida en la política más allá del Reino Unido. Podemos pensar, en clave mexicana, en la imagen idealizada que algunos comentaristas, activistas y políticos hacen de los años de la transición a la democracia y del papel de algunos actores e instituciones en dicho proceso, particularmente de los organismos constitucionales autónomos y las organizaciones de la sociedad civil.</p>
				<p>Especialmente desde posiciones de centro-izquierda y centro-derecha, como señala <xref ref-type="bibr" rid="B5">Dean (2022)</xref>, la ruptura del consenso <italic>post-democrático</italic> se ha revelado profundamente desestabilizador. Quizá la mayor crítica que puede realizarse a estos planteamientos no es la distancia entre este mundo que añoran los anti-populistas y el que realmente existía, sino que ese estado de cosas fue lo que provocó el ascenso del populismo en primer lugar.</p>
			</sec>
		</sec>
		<sec>
			<title>Populismo y anti-populismo: la nueva fractura política</title>
			<p>El estudio del anti-populismo y su retórica adquiere una relevancia adicional ante la evidencia de que la disputa entre los campeones del consenso, la racionalidad y la normalidad y sus rivales se ha convertido en un eje articulador de la competencia política en las democracias contemporáneas. A la división tradicional entre izquierda y derecha se ha superpuesto una nueva dimensión de conflicto, cada vez más protagónica, que opone al populismo con el anti-populismo en las elecciones. ¿Esta división puede constituirse en un nuevo <italic>cleavage</italic> dentro de las sociedades actuales, como lo han sido las fracturas religiosas, de clase o entre centro y periferia? La historia política reciente de escenarios tan diversos como Europa Occidental, Estados Unidos y América Latina parece sugerir que sí.</p>
			<p>La polarización entre populismo y anti-populismo se ha convertido en una característica estructural de la política europea, que marca la competencia electoral y los discursos en un contexto caracterizado por una triple crisis: la financiera, la de la Unión Europea y la migratoria (<xref ref-type="bibr" rid="B35">Moffitt, 2018</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B54">Stravakakis, 2018</xref>). La historia reciente de Grecia y el gobierno de SYRIZA, o las últimas dos elecciones presidenciales en Francia, que enfrentaron a Emmanuel Macron y a Marine Le Pen son algunos ejemplos de esta tendencia. Se trata de algo ya advertido de forma preclara por <xref ref-type="bibr" rid="B19">Katz y Mair (2018)</xref> en el último de sus estudios sobre los partidos cartel. Para estos autores, la dialéctica de la competencia partidista a principios del siglo XXI en Europa estaba desembocando en una situación en la que los partidos cartelizados generaban un tipo de oposición anti-sistémica en la forma de desafíos populistas de distinto tipo. Partiendo de este planteamiento de Katz y Mair, podemos argumentar que hoy, los antiguos partidos cartelizados en torno al proyecto neoliberal están caracterizados, también, por compartir una retórica anti-populista que los opone a los políticos y partidos que desafían el <italic>consenso</italic> de finales del siglo en el XXI. </p>
			<p>De acuerdo con <xref ref-type="bibr" rid="B46">Ostiguy (2009)</xref>, la división entre populismo y anti-populismo (o entre “lo alto” y “lo bajo”, según su propia terminología) no sólo es un eje complementario al de izquierda y derecha sino que ya vertebra la competencia partidista en contextos donde estas categorías, más asociadas a la experiencia europea, han dejado de ser centrales o no lo han sido nunca, como Norteamérica. Por ejemplo, el caso de las útimas dos elecciones presidenciales en los Estados Unidos, donde el Partido Republicano, <italic>capturado</italic> por el proyecto populista de Donald Trump (<xref ref-type="bibr" rid="B51">Roberts, 2021</xref>; <xref ref-type="bibr" rid="B47">Ostiguy y Roberts, 2016</xref>) se enfrentó a un Partido Demócrata liderado por políticos anti-populistas como Hillary Clinton y Joe Biden. Una declaración de la ex primera dama estadounidense Michelle Obama resume bien la dinámica de esta nueva forma de competencia que replica, así sea involuntariamente, las coordenadas de <italic>alta</italic> y <italic>baja</italic> política planteadas por Ostiguy: “our motto is, when they go low, we go high”. </p>
			<p>En el caso latinoamericano, una región caracterizada por partidos políticos poco institucionalizados y tendientes a formas de competencia más personalistas, la división entre populismo y anti-populismo no es reciente, sino que ha tenido un papel relevante en la dinámica política desde hace décadas. El trabajo pionero de <xref ref-type="bibr" rid="B3">Cyr y Meléndez (2018)</xref> contribuye a mostrar cómo en contextos marcados por la inestabilidad y la fluidez en sus sistemas de partidos, liderazgos populistas como los de Hugo Chávez, Alberto Fujimori o Álvaro Uribe (por mencionar a tres personajes programáticamente muy distintos entre sí) pueden servir para llenar el vacío de representación y articular la competencia electoral. Las predisposiciones (a favor y en contra) hacia estas figuras políticas controversiales formarían, de acuerdo con estos autores, cuasi-identidades positivas y negativas que guían las preferencias y el comportamiento político de los votantes en sus respectivos países. </p>
			<p>Así, los movimientos formados por populistas, como el <italic>fujimorismo</italic> en Perú, el <italic>chavismo</italic> en Venezuela o el <italic>uribismo</italic> en Colombia y sus contra-movimientos (el <italic>anti-fujimorismo</italic>, el <italic>anti-chavismo</italic> y el <italic>anti-uribismo</italic>) han trascendido tanto las organizaciones de partidos formales como a la propia gestión de estos presidentes. Esta división sigue articulando la política en estos países aun después de la propia desaparición física de esos líderes (en el caso de Chávez) o de su salida del escenario político (Fujimori) a través de sus sucesores o descendientes. Esta fractura es lo que, hablando de Argentina, lo que el periodista <xref ref-type="bibr" rid="B26">Jorge Lanata (2023)</xref> bautizó como “la grieta”, la polarización entre las diversas versiones del populismo peronista (particularmente el <italic>kirchnerismo</italic>) y sus adversarios que ha protagonizado la política argentina de los últimos años.</p>
			<p>¿Qué implicaciones tiene para la democracia este creciente protagonismo de la división populismo/anti-populismo como eje de la competencia? En la lectura de <xref ref-type="bibr" rid="B35">Moffitt (2018)</xref> sobre el caso europeo, populismo y anti-populismo enarbolan visiones radicalmente distintas de cómo debe operar este régimen político. Ambas visiones de la democracia son legítimas, pero quizá sean incompatibles. Mientras que la visión de la democracia avanzada por los populistas es una de tipo <italic>popular</italic> y <italic>radical</italic>, la visión de los anti-populistas es la de una democracia eminentemente <italic>liberal</italic>.<xref ref-type="fn" rid="fn14"><sup>14</sup></xref> En el centro de esta disputa está la evolución de la democracia liberal como un régimen híbrido que pone en balance dos componentes: uno propiamente liberal y otro más de índole popular o democrático: el primero enfatiza elementos como el Estado de derecho, la protección de las minorías, el equilibro de poderes y el sistema de frenos y contrapesos, mientras que el segundo destaca características como la participación ciudadana, la toma de decisiones siguiendo la regla de la mayoría y la soberanía popular. Mientras que los populistas consideran que es el componente democrático o popular de la democracia el que ha perdido peso durante las últimas décadas, para los anti-populistas es el componente liberal el que debe predominar y ser protegido.<xref ref-type="fn" rid="fn15"><sup>15</sup></xref>
			</p>
			<p>En el contexto mexicano, la coyuntura política tras las elecciones presidenciales de 2018 puede leerse desde esta misma perspectiva. Más que una interpretación anti-populista que encuadre el momento actual del país como un conflicto entre <italic>democracia</italic> o <italic>autoritarismo</italic>, lo que hoy define a la competencia política mexicana, al menos en el plano del discurso, es una disputa entre dos visiones contrapuestas de democracia (<xref ref-type="bibr" rid="B38">Morales Oyarvide, 2022</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B39">2021</xref>). Por un lado, la visión de los partidarios del <italic>lopezobradorismo</italic>, de tipo popular-radical, con su énfasis en los 30 millones de votos obtenidos por AMLO en 2018, la importancia que se le asigna a las consultas populares como formas de expresión de la voluntad popular e incluso al sorteo como mecanismo de selección de cargos públicos. Por el otro lado, está la visión de la democracia del anti-obradorismo en la oposición, en la forma de sus múltiples versiones, que defiende un tipo de democracia más liberal y elitista, donde la lógica de los frenos y contrapesos a las mayorías resulta fundamental. El conflicto en torno al papel que los organismos constitucionales autónomos (entre ellos el propio Instituto Nacional Electoral) deben tener en la democracia mexicana ha sido un escenario ideal para estudiar el despliegue de estas dos ideas contrapuestas.</p>
			<p>Ahora bien, la división entre populismo y anti-populismo es una fractura política <italic>sui generis</italic>. Por un lado, puede desembocar en lo que <xref ref-type="bibr" rid="B51">Roberts (2021)</xref> llama “polarización institucional”: un conflicto que se libra en torno a las reglas que regulan el conflicto democrático mismo, con el riesgo de abrir el camino al uso partisano de instituciones diseñadas para evitar la concentración de poder y, de este modo, inclinar el campo de juego a favor de alguno de los contendientes. Por el otro lado, utilizando el lenguaje de Mouffe, como hace <xref ref-type="bibr" rid="B35">Moffitt (2018)</xref>, es preocupante que esta disputa adopte cada vez más una lógica antagónica y no agonística, es decir, que tanto el populismo como el anti-populismo tienden a ver a sus rivales como enemigos y no como adversarios. </p>
			<p>El encuadre de esta disputa política en términos morales y normativos (una batalla entre el bien y el mal, entre la verdadera democracia y el autoritarismo o la reacción) contribuye a su profundización por medio de estrategias que busca cultivar miedo y odio y al establecimiento de fronteras a nivel grupal basada en la simplificación, la <italic>demonización</italic> del rival o en su <italic>deshumanización</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="B55">Stravakakis, 2014</xref>, <xref ref-type="bibr" rid="B54">2018</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B57">Stravakakis <italic>et al</italic>., 2017</xref>). Se trata de un proceso impulsado también por una polarización política que deja de plantearse en términos ideológicos o de políticas públicas y se convierte en una polarización <italic>afectiva</italic>, basada en identidades y lealtades de grupo (<xref ref-type="bibr" rid="B18">Iyengar <italic>et al</italic>., 2018</xref>).</p>
			<p>La peligrosa deriva de esta disputa puede dimensionarse si pasamos de la retórica a la praxis anti-populista, que no ha estado exenta de tácticas extremas para desplazar a sus adversarios del poder. Baste pensar, por ejemplo, en la experiencia de los gobiernos populistas de izquierda latinoamericanos agrupados en la “marea rosa” (Chávez en Venezuela, Correa en Ecuador, Morales en Bolivia y los Kirchner en Argentina), que enfrentaron movilizaciones anti-populistas marcadas por lo que podemos llamar una “lógica destituyente” (<xref ref-type="bibr" rid="B49">Paramio, 2012</xref>).<xref ref-type="fn" rid="fn16"><sup>16</sup></xref> En ocasiones, estas movilizaciones han ido acompañadas de estrategias que utilizan la ley y el aparato judicial de forma política contra los políticos populistas, lo que se conoce como <italic>lawfare</italic>. Por ejemplo, el proceso de desafuero contra López Obrador en 2004. Con todo, el método más extremo que ha tomado esta disputa ha sido el golpe de Estado. Durante el siglo XXI, <xref ref-type="bibr" rid="B1">Baykan <italic>et al</italic>. (2021)</xref> contabilizan 17 intentos de golpes de Estado contra gobernantes populistas, entre los que destacan casos como los de Venezuela (2002), Tailandia (2006 y 2014), Turquía (2016) y Bolivia (2019).</p>
		</sec>
		<sec sec-type="conclusions">
			<title>Conclusiones</title>
			<p>El populismo no puede entenderse sin el anti-populismo. Y lo mismo ocurre al contrario. El propósito de este texto ha sido llamar la atención sobre uno de los elementos de esta pareja, el anti-populismo, como un fenómeno sub-estudiado y subrayar así la necesidad de su análisis junto al de sus rivales. Pese a su relevancia en la política actual, el anti-populismo ha recibido escasa atención académica. Lo anterior obedece a varias razones: una de ellas es el componente normativo que aún carga la discusión en torno a estos fenómenos, cargada de prejuicios y estereotipos. Otra igual de importante es el que el anti-populismo es una postura extendida también en académicos y especialistas, lo que ha impedido interrogarlo y problematizarlo.</p>
			<p>Para contribuir a salir de esa inercia, este trabajo ha ofrecido una definición de anti-populismo a partir de un enfoque performativo-discursivo, como un estilo de hacer política que caracteriza a un conjunto heterogéneo (tanto en términos ideológicos como de clase) de actores que se oponen radicalmente al populismo, lo encuadran en términos peyorativos como una amenaza a la democracia (liberal) y buscan desacreditarlo. El estilo anti-populista está basado en conceptos como la respetabilidad, la técnica y la moderación, y su objetivo es regresar a una forma de hacer política vinculada al consenso del <italic>establishment</italic> previo a la irrupción populista.</p>
			<p>A partir de esta definición, he buscado estudiar los principales elementos de su retórica, subrayando la lógica excluyente y elitista que está en el fondo de sus llamamientos a una política del consenso, de la racionalidad y de la normalidad, así como en los usos que hace de la nostalgia. Desde esta perspectiva, el discurso del consenso anti-populista, que se contrapone a la lógica polarizadora de sus rivales, se revelaría como una estrategia para negar el carácter inherentemente adversarial y conflictivo de la política y presentar acuerdos centrados en la convergencia ideológica en torno al neoliberalismo como universales. Por su parte, la retórica de la racionalidad, que busca distinguirse de las apelaciones populistas a las emociones y a los afectos, se mostraría como una herramienta utilizada históricamente para excluir a ciertos colectivos (como las mujeres y los jóvenes) del juego democrático y para hacer pasar los desacuerdos políticos por discusiones epistémicas aparentemente neutrales o que requieren soluciones técnicas. De forma similar, el discurso anti-populista que califica despectivamente a cualquier político que se desvía de la <italic>norma</italic> como populista implica dilemas de índole democrático. El mayor riesgo de su prevalencia es que acaba por deslegitimar cualquier cuestionamiento al orden político <italic>a priori</italic>, sin importar su pertinencia, y que en casos extremos conlleva la deshumanización de aquellos a los que se califica como “anormales”. Finalmente, la principal crítica a los usos discursivos de la nostalgia anti-populista es que, paradójicamente, en su recuento idealizado del pasado reciente, el anti-populismo no cae en la cuenta de que el estado de cosas que añora fue en buena medida lo que provocó el ascenso de los populistas en primer lugar.</p>
			<p>De igual modo, se ha presentado una reflexión en torno a la división entre populismo y anti-populismo como un nuevo eje de competencia en la política contemporánea en donde lo que está en juego, más allá de votos y escaños, es qué concepción de la democracia es la hegemónica a principios del siglo XXI: una que enfatiza los elementos <italic>populares</italic> de este régimen político u otra que subraya la importancia de sus componentes de corte liberal. Esta disputa adopta cada vez tintes más antagónicos y pone en marcha una dinámica de polarización <italic>afectiva</italic>, cargada de moralidad y con una lógica de <italic>demonización</italic> del adversario de la que ambas partes en conflicto, populistas y anti-populistas, comparten responsabilidad.</p>
			<p>Una conclusión de este trabajo es que, para entender esta disputa, se requiere, en primer lugar, reconocer la complejidad del populismo como fenómeno y su papel en la política democrática, potencialmente amenazante pero también correctivo. Durkheim decía que el socialismo era el “grito de dolor” de la sociedad moderna: la respuesta ante los dramas de la alienación, la explotación y la anomia causados por un mundo nuevo, secular y capitalista. Como sugiere el profesor <xref ref-type="bibr" rid="B30">John P. McCormick (2017)</xref>, el populismo es también un grito, el de la democracia representativa: una reacción recurrente, natural e inevitable a la indiscutible realidad de que, aunque formalmente la mayoría de los gobiernos se adhieren a los principios democráticos, en realidad el pueblo no gobierna en ningún sitio. Como tal, muchos de los agravios y reclamos de quienes lo apoyan son legítimos, aun si no se atienen a los estándares de la <italic>norma</italic>. De igual modo, debe considerarse lo benéfico que son para una democracia el conflicto y la diferencia, cuando están bien regulados y tienen canales institucionales por los cuales encauzarse, una idea por mucho tiempo olvidada, pero que existe al menos desde Maquiavelo.<xref ref-type="fn" rid="fn17"><sup>17</sup></xref>
			</p>
			<p>Hoy, en lugar de dar la bienvenida a los populismos inclusivos y progresistas y rechazar a los de tipo excluyente y autoritario, los discursos mayoritarios en la academia, los medios de comunicación y la política institucional adquieren frecuentemente una posición anti-populista <italic>a priori</italic>. Al juzgar a todo proyecto populista como una amenaza, el anti-populismo no sólo desestima el potencial democratizante de los que tienen un signo igualitarista, sino que sigue el juego de aquellos reaccionarios que se presentan como única alternativa real de las mayorías frente a un <italic>statu quo</italic> cada vez más cuestionado, como bien señala Stavrakakis (2018). </p>
			<p>En este sentido, la trampa del anti-populismo es que acabe -en su reacción indiscriminada- por socavar las bases del pluralismo, la tolerancia y la democracia que dice defender. Mientras su oferta continúe siendo una vuelta acrítica al pasado y busque detener a toda costa a sus rivales o imitarlos sin entender sus reclamos, no podrá salir de ella. </p>
			<p>Este trabajo ha trazado apenas los contornos del fenómeno anti-populista y los problemas políticos que plantea. Tocará a investigaciones posteriores ahondar en la dinámica particular del anti-populismo en contextos particulares como el de México: su historia específica, sus repertorios de acción y sus implicaciones para la trayectoria democrática del país. Un camino aún poco transitado, pero cuya exploración es tan fascinante como necesaria.</p>
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			<title>Fuentes consultadas</title>
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					<year>2017</year>
					<chapter-title>Populism, anti-populism and crisis</chapter-title>
					<source>Contemporary Political Theory</source>
					<volume>17</volume>
					<issue>1</issue>
					<publisher-loc>Londres</publisher-loc>
					<publisher-name>Palgrave Macmillan publishes</publisher-name>
					<fpage>1</fpage>
					<lpage>24</lpage>
					<comment> 1-24, <ext-link ext-link-type="uri"
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					</comment>
					<date-in-citation content-type="access-date" iso-8601-date="2023-07-27">27 de
						julio de 2023</date-in-citation>
				</element-citation>
			</ref>
			<ref id="B58">
				<mixed-citation>Vallespín, Fernando y Martínez Bascuñán, Máriam (2017), <italic>Populismos</italic>, Madrid, Alianza Editorial. </mixed-citation>
				<element-citation publication-type="book">
					<person-group person-group-type="author">
						<name>
							<surname>Vallespín</surname>
							<given-names>Fernando</given-names>
						</name>
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							<surname>Martínez Bascuñán</surname>
							<given-names>Máriam</given-names>
						</name>
					</person-group>
					<year>2017</year>
					<source>Populismos</source>
					<publisher-loc>Madrid</publisher-loc>
					<publisher-name>Alianza Editorial</publisher-name>
				</element-citation>
			</ref>
			<ref id="B59">
				<mixed-citation>Van Dyck, Brandon (2019), “Why not anti-populist parties? Theory
					with evidence from the Andes and Thailand”, <italic>Comparative
						politics</italic>, 51 (3), Nueva York, Universidad de Nueva York, pp. 361-
					383, &lt;<comment><ext-link ext-link-type="uri"
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					2023. </mixed-citation>
				<element-citation publication-type="journal">
					<person-group person-group-type="author">
						<name>
							<surname>Van Dyck</surname>
							<given-names>Brandon</given-names>
						</name>
					</person-group>
					<year>2019</year>
					<article-title>Why not anti-populist parties? Theory with evidence from the
						Andes and Thailand</article-title>
					<source>Comparative politics</source>
					<volume>51</volume>
					<issue>3</issue>
					<publisher-loc>Nueva York</publisher-loc>
					<publisher-name>Universidad de Nueva York</publisher-name>
					<fpage>361</fpage>
					<lpage> 383</lpage>
					<comment> 361- 383, <ext-link ext-link-type="uri"
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					<date-in-citation content-type="access-date" iso-8601-date="2023-07-27">27 de
						julio de 2023</date-in-citation>
				</element-citation>
			</ref>
			<ref id="B60">
				<mixed-citation>Weyland, Kurt (2001), “Clarifying a contested concept: populism in
					the study of Latin American poli tics”, <italic>Comparative politics</italic>,
					34 (1), Nueva York, Universidad de Nueva York , pp. 1-22, &lt;<comment><ext-link
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					2023.</mixed-citation>
				<element-citation publication-type="journal">
					<person-group person-group-type="author">
						<name>
							<surname>Weyland</surname>
							<given-names>Kurt</given-names>
						</name>
					</person-group>
					<year>2001</year>
					<article-title>Clarifying a contested concept: populism in the study of Latin
						American poli tics</article-title>
					<source>Comparative politics</source>
					<volume>34</volume>
					<issue>1</issue>
					<publisher-loc>Nueva York</publisher-loc>
					<publisher-name>Universidad de Nueva York</publisher-name>
					<fpage>1</fpage>
					<lpage>22</lpage>
					<comment> 1-22, <ext-link ext-link-type="uri"
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					</comment>
					<date-in-citation content-type="access-date" iso-8601-date="2023-07-27">27 de
						julio de 2023</date-in-citation>
				</element-citation>
			</ref>
		</ref-list>
		<fn-group>
			<fn fn-type="other" id="fn1">
				<label>1</label>
				<p>En un texto en <italic>The Guardian</italic> de 2017, Cass Mudde plantea que el populismo “se había convertido en la <italic>buzzword</italic> del año en buena medida por estar pobremente definida y ser mal utilizada”.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn2">
				<label>2</label>
				<p><xref ref-type="bibr" rid="B58">Vallespín y Martínez Bascuñán (2017)</xref> le llaman
					“dualismo maniqueo”.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn3">
				<label>3</label>
				<p>No olvido que, tal y como advierte <xref ref-type="bibr" rid="B15">Hirschman (1991:18-20) </xref>, el término <italic>reacción</italic> corre el riesgo de tener atado un juicio de valor en sentido contrario: como algo eminentemente negativo. Aquí entiendo por reacción simplemente un contra-impulso que se opone a una acción determinada.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn4">
				<label>4</label>
				<p>Como argumenta el propio <xref ref-type="bibr" rid="B55">Stavrakakis (2014: 506) </xref>, aunque la retórica anti-populista tiene en la mira al populismo, la “demonización” de este último acaba por incorporar también toda referencia al pueblo. El anti-populismo termina así por marginar al pueblo y a sus demandas de la política. En un caso extremo, legitima soluciones elitistas para “gobernar sin el pueblo” (<xref ref-type="bibr" rid="B57">Stravakakis <italic>et al</italic>., 2017: 12</xref>)</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn5">
				<label>5</label>
				<p>Para un tratamiento más extenso de lo que Ostiguy considera el eje “alto-bajo” de la política, véase la siguiente sección de este texto.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn6">
				<label>6</label>
				<p>Un caso singular es el de los Estados Unidos, que durante décadas fue visto como un símbolo de la democracia a pesar de contener una “fractura originaria”, que excluyó (primero <italic>de iure</italic> y luego <italic>de facto</italic>) a millones de personas negras.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn7">
				<label>7</label>
				<p>Me refiero aquí a la polarización ideológica o programática. Para una visión alternativa de la polarización, vinculada a la identidad y los afectos, no a la ideología o las políticas públicas, véanse <xref ref-type="bibr" rid="B18">Iyengar <italic>et al.</italic> (2018)</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B6">Druckman y Levy (2021)</xref>.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn8">
				<label>8</label>
				<p>Estos apelativos hacen referencia, respectivamente, al PRI y al PAN, al Partido Popular y al Partido Socialista Obrero Español, y a la Unión por un Movimiento Popular junto al Partido Socialista francés.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn9">
				<label>9</label>
				<p>Si bien este tipo de opiniones no echa por tierra el valor del proyecto ilustrado, sí demanda que se le mire también desde otra perspectiva: la de quienes no fueron pensandos, en primera instancia, como los destinatarios de este proyecto <italic>universalista</italic>.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn10">
				<label>10</label>
				<p>Para una defensa de la utilidad democrática de emociones asociadas al populismo como el resentimiento y la rabia, véase, además del trabajo de <xref ref-type="bibr" rid="B7">Eklundh (2020a</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="B8">2020b)</xref>, la obra de <xref ref-type="bibr" rid="B31">McLachlan (2010)</xref>.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn11">
				<label>11</label>
				<p>La distinción entre distintas <italic>temporalidades</italic> en el populismo es uno de los pocos consensos existentes entre sus estudiosos. Un libro sobre el tema editado por El Colegio de México a principios de siglo lleva un título elocuente al respecto: <italic>Del populismo de los antiguos al populismo de los modernos</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="B16">Hermet <italic>et al</italic>., 2001</xref>). En general, se considera como populistas <italic>clásicos</italic> a regímenes como los de Cárdenas en México, Vargas en Brasil o Perón en Argentina, que compartían además ciertas características ideológicas. Definir el <italic>neopopulismo</italic> es una cuestión menos sencilla, pues abarca fenómenos más diversos, desde un Fujimori, un Berlusconi o un Ménem en los años 90, a un Chávez, un Trump o un Tsipras ya en el siglo XXI.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn12">
				<label>12</label>
				<p>Un referente útil para el análisis de estas diferencias ideológicas y regionales entre populismos es el trabajo de <xref ref-type="bibr" rid="B44">Mudde y Rovira (2013)</xref>. Estos autores distinguen entre un populismo de tipo <italic>incluyente</italic>, más propio de la experiencia de la izquierda latinoamericana y otro de signo más <italic>excluyente</italic>, que caracteriza a los partidos de derecha radical europeos. La clave estaría en la manera en la que los populistas definen al pueblo al que apelan.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn13">
				<label>13</label>
				<p>Hay derechistas en lo <italic>bajo</italic> y hay izquierdistas en lo <italic>alto</italic>. En México, Ricardo Salinas Pliego sería un caso emblemático de un millonario en lo <italic>bajo</italic> mientras que Marcelo Ebrard podría representar versión <italic>alta</italic> de la izquierda.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn14">
				<label>14</label>
				<p>La célebre caracterización del populismo de <xref ref-type="bibr" rid="B43">Mudde y Rovira (2017: 116)</xref> como una “respuesta iliberal pero democrática a un liberalismo no democrático” es una elegante síntesis de esta idea.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn15">
				<label>15</label>
				<p>Aunque es especialmente relevante para entender la política contemporánea, esta división dista de ser nueva: ya está presente, por ejemplo, en <xref ref-type="bibr" rid="B4">Dahl (2006)</xref> y en la distinción entre “democracia Madisoniana” y “democracia populista” contenida en su clásico <italic>A preface to democratic theory</italic>. Pensando en Europa, <xref ref-type="bibr" rid="B28">Peter Mair (2009)</xref> la plantea en términos de la distinción entre “gobiernos responsables” y “gobiernos representativos”. Para un excelente (y visionario) recuento de la redefinición de la democracia y del proceso de “ponderación relativa” durante el siglo XX que favoreció al componente <italic>liberal</italic>, véase Mair (2013).</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn16">
				<label>16</label>
				<p>Por <italic>destituyente</italic> se entiende un tipo particular de movilizaciones que busca poner fin al mandato de un cargo electo antes de que se cumpla el plazo de su ejercicio.</p>
			</fn>
			<fn fn-type="other" id="fn17">
				<label>17</label>
				<p>Véanse los primeros capítulos del Libro I de los <italic>Discursos sobre la primera década de Tito Livio</italic>, especialmente el 4 y el 6.</p>
			</fn>
		</fn-group>
	</back>
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